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No le sentó muy bien a Iván que sus padres le obligaran a ir a ver a su tío con la excusa de invitarle a pasar las Navidades con ellos. Pero vio la cara de su madre cuando se lo propuso y supo que no tenía alternativa si no quería arriesgarse a una lluvia de improperios y de castigos. Cuando un mes y medio antes le tocó quedarse al cuidado de sus abuelos maternos el puente del Pilar, su negativa fue rotunda. Además, no le parecía justo con el tío Edu, al que no le habían ayudado nunca con los abuelos. Es más, estaba hasta prohibido llamarlo por si se descolgaba con alguna petición.

Pero después de la primera andanada de su madre:

- Nada de móvil ni ordenador, ni televisión. Y olvídate de ir con tus amigos a esa excursión a la nieve en el colegio.

Su negativa bajó de nivel. Pero como aún no parecía estar completamente convencido, su padre apostilló.

- Y ya puedes ir olvidándote del Cristian ese que no me gusta nada, nada.

No puso más objeciones a quedarse esa vez con los abuelos. Y ahora tampoco abrió la boca ante el encargo sobre su tío. Pero eso no quitaba para que el mandado le fastidiara sobremanera.

No le caía bien su tío. Nunca había venido a jugar con él, ni le había prestado la más mínima atención. Las pocas veces que lo veía, parecía siempre malhumorado. Era un hombre gris, gris oscuro, muy oscuro. Y parecía además que no tenía nada de que hablar, ni sentido del humor, ni nada. No le gustaban los niños, eso estaba claro. Y en contrapartida, a Iván, no le gustaba él. Por eso ahora, ir a decirle con cara de pánfilo “Tío, querido, mis papás me dice que te diga que estamos todos deseando que vengas las navidades con nosotros”, le causaba algún problema digestivo. ¿Debería insistir mucho y hacerle carantoñas? No, no, su madre no dijo que lo convenciera, solo que se lo propusiera. Además, tampoco a él le gustaba demasiado el ambiente en navidad en su casa. Sus tíos vendrían y empezarían a mirarlo mal, a meterse con su ropa, con sus gestos. Su tía Adelina empezaría a llamarle en femenino, y a reírse de él mientras lo miraba y hacía gestos con la muñeca. Y el abuelo Francisco, lo taladraría con sus ojos negros, como siempre hacía salvo las temporadas en que se quedaba a su cargo.

- Tengo 15 putos años ¿Por qué debo ocuparme yo de mis abuelos? Ricardo es mayor que yo, que se ocupe él. – pensó aquella vez. Y lo mismo pensó ahora, con su tío.

Pero su hermano Ricardo era un adalid de su equipo de fútbol y no podía encargarse de esas tareas y dejar de liderar a ese grupo de compañeros del balón, camino de la gloria del campeonato provincial de juveniles. Sus padres en secreto debían pensar que tenían un portento del balón que les iba a retirar a todos en cuanto alguno de esos ojeadores del Barcelona lo vieran y se lo llevaran a la Masía sin dudarlo. A sus primos no se les conocía especiales virtudes, pero eran chicos, chicos, como decía su padre. Y los chicos, chicos, no valían para eso. Y sus primas, eran mujeres y no tenía fuerza para manejar al abuelo y la abuela, que no es que estuvieran impedidos, pero que sí necesitaba ocasionalmente alguna ayuda respecto a su movilidad.

¿Quién hay más por ahí? ¿A quién le toca la china? ¿Quién no puede justificar ser imprescindible para nada ni para nadie, salvo quizás para Antonio, otro de sus amigos, pero ese ya tenía prohibida la entrada en su casa. “Uno de esos”, así lo llamaba su padre. Antonio estaba enamorado perdidamente de Iván. Aunque Iván… miraba más en dirección a Cristian.

- Tío que quería hablar contigo. Hace la leche que no quedamos. – intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca, seca.

- Ya te mandé el dinero por tu cumple – le contestó su tío Eduardo con precaución, haciendo cábalas sobre las intenciones de su sobrino.

- Y eso quería, agradecértelo y tal. Y que me invites a un chocolate. – se le ocurrió en el último momento.

Al final su tío Eduardo aceptó, aunque no de muy buena gana. De todas formas, Iván tampoco le podía poner mucho reparo a esa apatía, porque él nunca había prodigado su atención a su tío. Ni ganas.

“Tío, quiero invitarte a las Navidades en casa. Vendrán todos. Va a ser una mierda, pero si vienes, así toca menos mierda a cada uno.”

No, si le decía eso, no lo convencería.

“Tío, mis papás, tu hermano y tu cuñada, están deseooooooooooooooosos de que vayas a pasar con todos nosotros las Navidades. Y mi hermano Ricardo también. Y mi hermana Asun. Y el perro Turco.”

Tampoco le convencía mucho esa forma de abordar el tema.

Siguió probando distintos caminos. Cuando llegó al “Tómate otra Sam”, el bar de su tío, dudó a la hora de entrar. Se sentó en un banco cerca de la puerta. Quiso darse la vuelta, les diría cualquier escusa a sus padres, no se iban a atrever a llamar al tío, pero de repente se acercó Diego, uno de los empleados de su tío Eduardo, lo reconoció y no pudo recular.

Su tío estaba sentado en una mesa al fondo, con el ordenador. Escribía con decisión. Levantó la cabeza y lo sonrió.

- Espera un segundo, sobrino. ¡Qué guapo estás!

Iván abrió mucho los ojos, sorprendido por el halago. No era la forma de comportarse que recordaba en el tío Eduardo.

- Ya está.

Cerró la tapa del portátil y se levantó. Eduardo dio los dos pasos que lo separaban de su sobrino. Éste le tendió la mano, pero Eduardo obvió el gesto para darle dos besos y un abrazo. Iván no supo corresponderle. Parecía un muñeco de trapo en brazos de su tío.

Pero le gustó, cosa que le sorprendió. Hacía tiempo que nadie le abrazaba ni le daba un beso.

Hablaron un rato de sus vidas y tal. Diego les trajo dos chocolates con unos bizcochos buenísimos. Llegó un momento en que Edu se quedó mirando a su sobrino esperando.

- ¿Y bien? – lo animó.

- Es que… mispadresdicenquesivienesacasapornavidad. – lo soltó de un tirón.

Miró a su tío, que como única reacción levantó las cejas sin quitar la vista de su sobrino.

- Pero… ¿a tí te gustaría que fuera? ¿te gusta pasar las Navidades…? – se calló al ver el gesto que se le escapó a su sobrino.

- Mira, Álvaro, este es mi sobrino.

Un camarero se había acercado para consultarle algo.

- Hola, sobrino de Edu – y sonrió de esa forma que él sabía hacerlo. Iván le tendió la mano rápido, para intentar evitar lo de los besos, pero le dio igual porque Álvaro se los dio igual.

- Y este es Nuño – dijo llamando la atención de otro de los camareros.

- Hola, sobrino de Edu.

- Iván, se llama Iván, no seáis así. Un fallo lo tiene cualquiera.

- Sí…

El joven quería decir algo, pero no supo. De repente se sentía a gusto con un grupo de gente, que no lo miraba raro ni juzgaba cada movimiento. Y su tío lo miraba sonriendo, a gusto. No recordaba eso en su tío.

- Vamos a hacer una cosa, sobrino Iván. Voy a llamar a mi hermano, tu padre, y le digo que te quedas conmigo las Navidades. Todas. Tengo habitaciones de sobra. Lo pasaremos bien y no aguantaremos a la familia.

- Pero no me van a dejar… – murmuró el chico, pensando en que alguien se debería ocupar de sus abuelos esas noches en que sus padres se iban con los amigos de cena.

- Vamos a probar.

Y probó.

Y dijeron que sí.

Y unos días después, hicieron el traslado de sus cosas a casa del tío.

Y disfrutaron de las Navidades. Sus amigos iban a casa a menudo, y se fue al cine con su tío y Diego, y con Álvaro y los demás. Fueron a ver alguna obra de teatro y de paseo. Y el día de Nochebuena, hicieron una fiesta en la cafetería y luego cenaron todos juntos.

Fue guay. Porque además, Iván hizo un descubrimiento sobre su tío que lo dejó patidifuso. Y muy contento.

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La puedes comprar en En la FNAC, en Amazon, en la Casa del libro, en Google plays y en iTunes.

Antes de comprarla en uno de estos sitios, asegúrate de que el formato es compatible con tu lector.

Dirige Alejandro Beltrán.

Jorge Valls y Marcos Ruiz, en los principales papeles.

Es hora de ver un corto. Este Corto. “Mi amigo Jaime”.

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Espero que os haya gustado.

 

Para ser protagonista de una historia, debes ser alguien especial, o cuando menos, que te ocurra algo poco habitual. Debes sufrir por amor, sufrir porque no encuentras tu camino, porque eres gay, porque no te aman, porque te aman y tú no amas a quién te ama sino a quién no te ama. Puedes ser protagonista de un relato si eres un asesino en serie, si eres un detective que vas a descubrir al asesino en serie, si eres una de las víctimas del asesino en serie (en este caso tu protagonismo sería un poco circunstancial y sobre todo corto).
Puedes ser protagonista si eres un chapero, o una puta y tengas miles de historias de clientes que revivir en las líneas del relato.
Puedes también ser un protagonista si buscas algo trascendental, como el Santo Grial, o la Mona Lisa, o la perfección.
Si eres un trepa, también tienes una historia.
Si eres un crápula, más malo que la tiña, si pisas a la gente, si les escupes, si sonríes con superioridad a la vida.
O si estás enfermo. Sobre todo si te vas a morir. Quizás en este caso sea un poco frustrante porque no podrías disfrutar de su repercusión, de la fama, de la algarabía que produciría en tus conciudadanos el éxito de la historia basada en tu vida. Aunque si eres creyente, quizás en el más allá… pero en realidad en el Cielo, esas cosas dejan de importar, así que daría igual, te quedarías sin el gustirrinín.
Si te pegan en el cole, en la oficina, en casa. Puede pegarte tu padre, tu marido, tu mujer, tu hijo, tu amigo. O la sociedad. También vale.
Si eres raro, también tienes una historia. Cuanto más raro mejor. O si eres un payaso, la leche de divertido, que anda metiendo permanentemente la cara entera en una tarta de nata.
Daniel no es nada de eso. Daniel es un joven que estudia 3º de derecho, una carrera sin glamour, que no canta en un grupo de rock, ni es un ligón de la noche. Conoció a su novio en clase, cuando les tocó hacer un trabajo juntos. Su novio se llama Manuel y no es guapo, ni feo: del montón. Tampoco está enfermo ni es mala persona. No les gusta salir a descubrir a los culpables de los crímenes de su ciudad. De momento tampoco han sido víctimas de los locos del día o de la noche, ni se pegan, ni han discutido con el conductor del autobús que les lleva a la universidad.
Daniel no se ha presentado a las elecciones de representante de estudiantes por lo que tendría muchas cosas que contar, sobre estudiantes y profesores, cada uno por su lado, o mezclados, que no agitados.
Sale los sábados por la noche. Bebe de botellón y baila en un chamizo de un amigo. Allí también bebe. Nada especial. En este caso sería novedad que no bebiera o que no le gustara bailar.
Tiene sexo con su pareja de forma periódica, sin aspavientos. No tiene problemas con el sexo, ni tampoco le gusta hasta la obsesión. No son aburridos pero tampoco están buscando ser súper originales del tipo: “Vamos a montárnoslo en el ascensor de la casa de mis padres”. “¿Y si lo hacemos en clase de Romano justo a la hora de entrada?”
Nunca ha sufrido por ser gay, ni lo han pegado, ni degradado, ni insultado. Tampoco ha sufrido por amor.
No fuma.
Sus padres se quieren y discuten de vez en cuando. Su padre es el rey de la cocina y su madre se encarga de la limpieza fuera del reino de su marido. Trabajan los dos y no tienen problemas en el trabajo, salvo con algún compañero capullo y con el jefe que a veces es un capullo. Pero nada anormal, vaya. Hay que decir que sus padres están razonablemente sanos, salvo un poco el colesterol.
Quieren a su hijo, pero sin protegerlo en exceso. No le pegan ni piensan echarlo de casa.
Daniel tiene dos hermanos, pero sin peleas ni discusiones. Se llevan bien, pero tampoco tienen una relación de camaradería extrema. No sufren de amor fraternal.
Daniel tampoco es una belleza, es agradable a la vista, pero sin estridencias. Pero sí que es más guapo que Manolo. Manolo es del montón, ya os dije antes. Daniel del montón + 2.
No toca el violín, ni la bandolina. Ni pinta cuadros ni le gusta escribir.
Le gusta leer, y la televisión, como a todo el mundo. De vez en cuando incluso ve “Sálvame”.
Es culto pero sin destacar en nada en especial. Tampoco es un cultureta resabiado.
Comete alguna falta de ortografía, como yo, que en este relato me he descubierto dos o tres que me han hecho sonrojar.
Daniel quiere ser el protagonista de una historia. Me lo ha dicho varias veces. Es su único sueño en esta vida, a parte de encontrar trabajo cuando acabe de estudiar, que eso si que es un sueño. Aunque Rufino, el jefe del bar en el que trabaja los fines de semana le ha dicho siempre que, el día que quiera, tiene un trabajo fijo en el bar. Maruja, una amiga, siempre le ha dicho que Rufino le tira los tejos. “Está colaico por ti”.
Daniel no lo cree. Aunque eso sí sería una historia porque Rufino tiene ya unos años, así como 55, una señora esposa desde que tenían 18 y siete hijos. Y dos nietos, que la mayor se empeñó en hacer a su padre abuelo con cuarenta años.
Le he tenido que decir que no a Daniel. Lo de la historia, digo.
– No, Daniel, no puedes ser el protagonista de una historia. Si acaso, si tuvieras un vocabulario rebuscado y elitista, podríamos hacer una bella historia con factura impecable para que los amantes de la literatura tuvieran orgasmos al leer esas páginas. Pero Daniel, te aviso, tu historia a esos, les importa una mierda, tus sentimientos, otra mierda. Tú, el truño más grande. Las palabras y su sonido, es lo que les hace entrar en éxtasis.
Daniel se ha quedado cabizbajo.
– Lo siento.
Y le he dado un abrazo.
Me gusta Daniel. Una lástima que ese Manuel sea tan majo y lo quiera tanto. Aunque quizás… esa sería una buena forma de hacer protagonista a Daniel, una vez descartado Rufino: asediarle y hacer que se enamora de mí y destierre con el mayor dramatismo posible a Manuel de su vida. Y le sustituya por mí.
– Oye, Daniel, estaba pensando… ¿Y si nos liamos y… ?
No, por la cara que ha puesto, no está dispuesto a venderse para ser protagonista de una historia. Y yo que me creía mejor partido que Rufino… por lo de escribirle una historia y hacer realidad sus sueños.

Pero no.
Una pena.

NO hay que esperar a San Valentín para hacer apología del amor. En este caso de amor entre dos hombres.

Hoy es un buen día para homenajearlo.

 

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Algunas de estas parejas, ya no lo serán. Otras, serán modelos posando para un fotógrafo. Algunas, seguirán enamorados, incluso algunas, se querrán más que cuando se sacaron la fotografía. Pero todas estas imágenes quedan ahí, para alimentar las esperanzas, los deseos de muchos.

 

La cabaña de Hugo.

Hacía tiempo que no iba a la cabaña. Al menos los cinco años que había pasado viviendo en diversos países del mundo. Primero en Australia, después pasó un año en Bélgica, por fin acabó en Berlín.

En cuanto acabó el bachillerato, se fue. Buscaba. Buscaba algo o alguien, no sabía muy bien. En todos ellos, al principio pensó que lo había encontrado. Pero al cabo de unos meses, tuvo la certeza de que no, no era lo que esperaba, lo que anhelaba. Su búsqueda debía continuar. En cuanto tomaba conciencia, se ponía a planificar otro cambio.

En todos ellos, echaba de menos su cabaña. No era nada especial, ni siquiera era suya. Era una especie de pequeño parque de juegos, posiblemente de una casa solariega cercana, que en otros tiempos, seguramente había acogido los pasatiempos de los hijos del dueño.

La descubrió un día que salió huyendo de su casa, porque le faltaba el aire. Tenía apenas 15 años. Corrió y corrió hasta salir de la ciudad. Anduvo por el campo hasta que la vio. De repente se dio cuenta de que estaba agotado, y sintió una necesidad imperiosa de sentarse y descansar. Se acercó con precaución, pegó un par de gritos para asegurarse que no molestaba a nadie, y se subió al tejado. Se sintió tan a  gusto, que se la apropió al momento. Al menos de manera figurada.

En verano le gustaba ir allí y desnudarse. Paseaba por los alrededores, se subía al tejado como aquel primer día, se tumbaba y tomaba el sol. Dejaba que las mariposas se posaran en su piel y que el sol calentara el frío que siempre sentía dentro de él. Si llovía se metía dentro y se sentaba a lo indio, cerrando los ojos y escuchando atentamente el repiqueteo de las gotas sobre la madera. Aunque a veces, prefería dejar que las gotas estallaran sobre su piel.

Era el momento en que se sentía en paz con el mundo, en paz consigo mismo.

No hizo ningún cambio, ni dejaba ninguna señal de su paso. Solo le acompañaba allí algún libro, aunque rara vez lo abría. No necesitaba. Solo necesitaba el sonido de la hierba mecidas por el aire, el calor del sol, el aleteo de las mariposas, el zumbido de las moscas. Todo ello aplacaba el desgarro que sentía por dentro, y que no acertaba a descifrar.

Nunca habló de ello, ni descubrió su refugio a nadie. Ni sus padres, ni sus parejas lo conocieron. Ni su hermano, que era muchas veces su confidente. El único. Pero a él tampoco se lo confió.

Ahora, después de abandonar Berlín, volvía a casa. No lo hacía por una causa especial, ni porque hubiera encontrado lo que anhelaba. En el fondo estaba convencido que la causa de su regreso era volver a la cabaña, cada día, desnudarse, cerrar los ojos y conseguir que la paz le inundara, aunque fuera por unas horas. Dejar que su cabeza se vaciara de todo lo que le agobiaba cada día, del torrente de pensamientos que lo acuciaban a cada instante.

Caminando hacia su caseta de madera, sintió miedo durante un instante. ¿Y si en esos años su refugio había desaparecido? Era ya muy vieja. Uno de los últimos días, el tejado cedió por un lado; faltó poco para que cayera por la abertura. Y la puerta ya no se podía cerrar: los goznes se habían bloqueado definitivamente por el óxido. A lo mejor alguien había ocupado la casa y había decidido limpiar sus terrenos. O la habían tirado con el fin dejar la finca libre de estorbos y venderla mejor. O mil cosas.

Respiró profundo al dar la vuelta al recodo del camino y ver la silueta de la caseta. Tuvo un impulso casi infantil y corrió hacia ella, abriendo los brazos y riendo. “Qué bobo eres, Hugo”, pensaba mientras corría, pero le dio igual, siguió galopando y siguió riendo, solo, a carcajadas. De vez en cuando saltaba abriendo los brazos y riendo más fuerte. Dio un par de vueltas alrededor y comprobó que todo estaba en su sitio. Se sentó un momento sobre un tronco sujetado por unas cadenas, que hacía las veces de columpio, y recuperar el resuello. Miraba la cabaña, observando cada detalle, recordando y comparando. Al mirar el tejado, algo le llamó la atención: La parte que se había caído, estaba reparada. Y la puerta, estaba entornada, lo que quería decir que alguien había arreglado los goznes.

Se acercó cauteloso. “¿Hay alguien?”, gritó. Pero nadie respondió. “¡¡Ehhhhhhhhhhhhh!!” volvió a gritar. Abrió despacio la puerta, observando nuevamente cada detalle. Todo estaba igual, salvo que los desperfectos que recordaba, estaban reparados. Pero no percibió nada que hiciera pensar que alguien había utilizado la cabaña cuando él se fue.

Pensó en irse. Era evidente que ya no era su refugio secreto. Suyo, solo suyo. Aunque apenas cinco minutos sentado en el suelo, le hicieron cambiar de opinión. Nada había cambiado, en esencia. Así que se desnudó lentamente, dejó su ropa en la misma esquina de siempre, y subió por la escalera hacia el tejado. Se tumbó y cerró los ojos.

Era el mismo aire, la misma tranquilidad, el mismo rumor de la hierba, las mariposas, el sol… parecía que el tiempo no había pasado y que en lugar de cinco largos años, apenas habían sido un par de semanas desde la última vez.

Durante un par de minutos, pensó en que debería buscar a quién había arreglado los desperfectos. Todo indicaba que lo había hecho para él. Y eso, de una forma extraña, le reconfortaba. No estaba acostumbrado a eso, sobre todo sin buscar siquiera un agradecimiento.

Sin darse cuenta, empezó a oscurecer. Sintió un poco de frío y fue a vestirse. Recogió su mochila y cuando iba a salir camino de su casa, en una esquina, vio una pequeña funda de plástico con un papel dentro.

Bienvenido, Hugo. Esta sigue siendo tu casa, solo tuya”.

Le dio un pequeño respingo el corazón. Salió de la cabaña, miró alrededor, pero no vio a nadie. Volvió a pensar por un momento en que ya no era su rincón secreto. Meditándolo un poco mejor, era evidente que no lo había sido nunca. Quién había dejado ese mensaje, lo sabía de antes. Se sintió desnudo por primera vez, descubierto, en peligro, aunque fuera de una forma íntima. No… no podía volver ya… no sería lo mismo. Aunque… si antes estaba cómodo aunque alguien lo conocía, era evidente que no tenía ningún interés en molestarlo. No… no volvería… no era lo mismo. Ya no se sentiría solo, sin ataduras. Pero enseguida descartó la idea de no volver allí. Al fin y al cabo, nada había cambiado. Por saber que alguien conocía su secreto, no cambiaba nada. Todo seguía igual. En este caso, saber, no debía cambiar nada. Antes alguien sabía, aunque él no fuera consciente. Ahora lo era, pero eso, pensó, le daba igual. Seguía siendo el sitio en el mundo en el que mejor se encontraba.

La noche avanzaba. Apresuró el paso. Se sentía a gusto, como siempre que iba a la cabaña. Aunque una idea empezó a germinar en su mente. ¿Y si buscaba al que conocía su secreto?

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