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¡Vamos! Vamos.

 

Nicolás respiró hondo.

Sonreía.

- ¡Buena suerte! – le gritó Carlos.

Miró hacia atrás y lo saludó con la mano. Le hizo un gesto para indicarle que lo llamaría por teléfono.

Juan lo esperaba en la última puerta. Lo acompañó hacia una ventanilla en donde le iban a dar sus objetos personales.

- Mire que no le falte nada – dijo la funcionaria con tono profesional – Compruebe el inventario.

Encendió su teléfono, echó un vistazo a su cartera, veinte euros, los carnets, las tarjetas de crédito la mayoría ya inservibles. Un pañuelo, un mechero, su reloj de todo a cien, la cadena de oro que le regaló su madre en la primera comunión con la medalla de la virgen del Carmen, un anillo de compromiso, también inservible ya.

- Está todo Señorita Domingo.

- Firme aquí.

Firmó.

Se giró de nuevo para encarar la puerta. Juan dio al botón de apertura.

- Ya acabó todo.

Nicolás asintió apretando los labios.

- Gracias por todo.

Juan se encogió de hombros.

- Nos vemos y tomamos unas cañas.

- Hecho.

Dio unos pasos. La puerta se cerró tras él. Se giró y saludó a Juan con la mano.

Volvió a respirar profundo, sintiendo el frescor de la mañana. Sintiendo la fuerza, la libertad, sintiéndose ligero por primera vez en muchos meses. Sintiéndose él, sintiendo la vida… la vida de nuevo, una nueva vida porque sentía que su vida anterior había muerto el día que lo acusaron. La vida. Su vida.

Pero de repente se le paró un poco el corazón. Miró a su alrededor y no vio a toda esa gente que estaba allí cuando lo trajeron. No había periodistas, ni estaban los vecinos gritando “Asesino, asesino”. Ahora deberían gritar: “Inocente, inocente”. No estaban los que le tiraban huevos, ni los que le dieron puñetazos cuando rompieron la barrera de seguridad de la policía. No estaban los que le condenaron sin siquiera escucharlo.

No estaban tampoco sus viejos amigos que le dieron de lado, ni su familia que también le dio de lado. Ni su ex-novia que se apresuró a dejarlo, porque no le creyó.

Vio parpadear las luces de un vehículo que estaba aparcado. De él se bajó trabajosamente un hombre mayor, al que le costaba salir del coche. “Las malditas rodillas”. Estaba muy delgado y con el pelo blanco. Hacía unos meses no estaba así, y el pelo era todavía oscuro. Desgarbado, encorvado, se le notaba que de repente se encontró con que la vida pesaba mucho más de lo que hasta entonces había percibido. Pesaba la vida y los sinsabores. Sus gafas eran nuevas, aunque no lo parecían. Aparentaban recicladas.

De la otra puerta bajó un hombre mucho más joven. Se apresuró a dar la vuelta al vehículo para ayudar el hombre mayor. Éste lo miró brevemente para darle las gracias. Dirigió su mirada hacia…

- Nico.

Se le trabó el habla. El llanto le llenó por completo. Abrió los brazos esperando a su hijo. Nico soltó la pequeña bolsa de deporte en la que llevaba sus mudas y algún recuerdo de la cárcel y corrió hacia su padre. Se apretaron en un abrazo fuerte, muy fuerte. Parecía que las pocas fuerzas que le quedaban las estaba empleando en ese abrazo.

Lloraba.

Nico también lloraba.

Su padre se separó un instante para ver de cerca a su hijo.

- Estás muy bien, Nico.

- Qué mentiroso eres papá.

Se miraban como si no se hubieran visto en la vida. Como si estuvieran aprendiendo de nuevo como eran, leyendo en el interior, sintiéndose juntos como quizás hacía muchos años que no lo hacían.

Quizás desde que Nico era un bebé y su padre lo acunaba por las noches. O desde que a los tres años le llevaba de paseo, pero a la vuelta, Nico estaba cansado y se negaba a dar un paso y su padre lo cogía amoroso en brazos y lo llevaba de vuelta a casa, mientras murmuraba:

- Lo que pesa este chico ya.

Luego se enfadaron y Nico se fue de casa. A los veinte.

- Manuel.

Su padre se apartó para que Nico pudiera saludar a su amigo.

- Perdóname.

Manuel abrió los brazos para saludarlo. Se dieron un abrazo más tranquilo, sin confianza. Manuel todavía recordaba cuando un día, hacía muchos años, le dio un beso en la mejilla, se le escapó, no pudo remediarlo, y Nico se separó de él con mucho aparato gestual y le dijo:

- Sin mariconadas.

Nico se dio la vuelta y se apartó. Fue el último día en que salieron con el mismo grupo de amigos.

- Gracias por cuidar de mi padre.

- No tienes por qué darlas. Tu padre… es como si fuera mi segundo padre.

- ¿Dónde está el resto de la gente? ¿No se han enterado de que soy inocente?

Su padre se rió con mucha pena.

- Lo han dicho en la tele, en la radio, en el periódico. Se han enterado – sentenció.

- Pero como de pasada, no te creas – apuntó Manuel.

- ¿Y los periodista que me lincharon en sus medios? ¿No han venido a ver mi liberación?

Giró sobre sí mismo, con los brazos abiertos, mirando en derredor.

- ¿Y los vecinos?

- ¿Y los amigos? ¿Dónde están mis amigos que me tiraron mierda de perro cuando me llevaron al juzgado?

- Creían que asesinaste a la chica. Ya se irán acercando.

- ¿Ahora?

- Natalia vino a pedir perdón el otro día.

- Esa es la que te rompió las gafas con una pedrada ¿No papá?

Su padre asintió despacio.

- Cuanto corrieron todos para condenarme. Ninguno dudó ni por un momento que yo pudiera ser el asesino. Ni un momento.

- No te amargues, Nico. Hoy debes estar contento.

- Y lo estoy, papá.- tragó saliva y apretó los puños – lo estoy.

De repente se dio cuenta de una cosa. Se giró hacia Manuel.

- Hablando de perdón, quiero pedirte perdón. Estos meses he tenido tiempo de recapacitar y de ser consciente de lo injusto que he sido contigo. Eres el único que podría haberme dado de lado con razón y has sido el único que has estado ahí.

Nico se arrodilló delante de Manuel.

- Por favor, que vergüenza. Somos amigos, levántate, por favor…

- Así es como me siento, Manuel, avergonzado. Te desprecié hace años y tú me has pagado creyendo en mí y cuidando de mi padre.

- Somos amigos, Nico. Solo he hecho lo que debía hacer. Estar con mi amigo, con mi otra familia. Y te conozco y sé que no eres capaz de hacer algo así.

- Aún así, te pido perdón. Fui injusto contigo y tú me has demostrado día a día lo injusto que fui, lo canalla. Eres al único al que he hecho daño de verdad y has estado de mi parte siempre.

- Vale, vale, te perdono, pero levántate, joder, que es un palo si nos ven. Tú ahí de rodillas. Que vergüenza.

Nico sonrió y se levantó.

- ¿Y si vamos a celebrarlo?

- En eso habíamos pensado. ¿Vamos al Mesón Juan XXIII a comer? He pedido un menú especial.

- Vamos, pues, me muero de hambre. La comida de la cárcel es una mierda.

- Vamos.

Cuando el padre iba a montarse en el coche, se acordó.

- A lo mejor quieres llamar a Esther. Me llamó ayer para preguntar…

Nico volvió a endurecer su mirada.

- Esther es pasado. Lo único que quiero es que me devuelva el anillo. Nada más. Me tiró como una puta colilla, no hace falta que me recoja. Vosotros sois lo único que me importa.

A su padre se le volvieron a humedecer sus ojos.

- ¿Quieres que conduzca yo?

- ¿Que te has pensado, que no puedo hacerlo? Soy mejor conductor con mis años que lo que tú serás nunca, chaval. Este coche solo lo conduzco yo.

- Vale, vale – levantó las manos para aguantar la avalancha de improperios. – No he dicho nada. Pero vamos, que al paso que vamos… ¡vamos! Que me muero de hambre.

- Juventud, siempre corriendo. Luego os cansáis y los viejos os debemos coger en brazos.

- Pero mira como las tira el viejo. Desde los tres años me la tiene guardada.

- Vamo, vamo, vamo, decías. Vamo… pero luego en venimos, en brazos de papá.

- Y papá ya era viejo y bla, bla, bla…

Manuel se echó a reír con ganas viendo las caras que ponían los dos.

- Vamos que se enfría la comida – apremió Nicolás.

- ¿A que os quedáis en tierra?

Al final entraron en el coche y arrancaron. Al dar la vuelta, Nico, que había montado en el asiento de atrás, se dio la vuelta para despedirse de la cárcel.

Y una lágrima se le escapó al pensar que durante unos meses creyó que no podría salir de allí en largos años. Y pensó también en los amigos que dejaba allí. Amigos algunos que seguro darían la cara por él, como no la habían dado los de su barrio, los amigos de su infancia, los que creía su gente, por los que dejó a su familia cuando tenía veinte.

- Vamos – murmuró girándose para mirar al frente. – Vamos.

Y puso sus manos en los hombros de su gente, de su padre y de Manuel, su amigo. Y les apretó. Y se sintió bien.

 

La vida pesa un quintal. Incluso algunos días, pesa dos.

Hoy es uno de esos días.

Venía a casa conduciendo, cuando he tenido que parar durante unos minutos. Ha sido en la carretera, viniendo de trabajar. He apartado el coche en el arcén. Los hombros se me hundían y los ojos se me cerraban, no de cansancio, sino de abatimiento. Una congoja insuperable inundaba mi pecho. Oscuros pensamientos han llenado mi cerebro sobre la conveniencia de seguir con esta pantomima o dejarlo estar.

He puesto los intermitentes y me he tapado la cara con mis manos. He intentado llorar, por si me despejaba la congoja, pero ni para eso tenía fuerzas.

- ¿Para qué? ¿Qué hay mañana que me incite a seguir?

Siento que viene un coche. Sería fácil abrir la puerta y salir a la carretera. Ésta es muy estrecha, con toda probabilidad me llevaría por delante. Y todo, todo acabaría en un segundo. Posiblemente ni siquiera me diera cuenta de nada, no sufriría dolor. El dolor me da miedo. El ridículo me da miedo.

Y es que me duele el alma desde hace tanto tiempo que … un día más de sufrimiento, me parece un suplicio inabarcable.

Ese coche pasa sin que haga nada. Pero viene otro detrás. Quizás éste sea el momento. Éste segundo coche pasa a más velocidad… parece que tiene prisa por llegar. Él tendrá a dónde llegar. No un sitio físico, sino algo más profundo. Llegar a alguien, a algo, llegar aunque fuera a un sueño. Ya no tengo sueños. Ni eso. Ni esa esperanza me queda.

- ¡Un kilo de sueños!

Lo pedí en el ultramarinos del barrio. Pero… el dueño me miró de medio lado. Pensó que estaba loco, lo vi en sus ojos. Y no le faltaba razón.

- La hierba me ha trastornado – y guiñé un ojo. No era cuestión de que me tomara por un demente.

“¿Y qué más da?” Pensé luego. Si total… lo soy.

“No, no soy un demente. Solo estoy triste”, me dije en un momento en que mi ánimo remontó una miaja. Pero qué más da como lo llame. Tristeza, desesperanza, depresión, bajo de ánimo, un sin alma o un sin espíritu, o un… ¿Un qué?

Un tercer coche. Viene todavía más deprisa. No controla mucho… le veo dar bandazos. Quizás no necesite abrir la puerta, él mismo se estrelle contra mí. Si me quito el cinturón, saldré despedido por el cristal y mi coche me atropellaría impelido por el golpe. Pero quizás el otro conductor o sus acompañantes, sufrieran también. Eso no estaría bien… Está loco ese…

- ¿Pero qué le pasa?

Fijo mi atención en el retrovisor. Alterno el de fuera y el de dentro. Me va a embestir… piso el freno, una, dos tres… doy al claxon, golpes secos cortos, para llamar la atención… lo dejo pulsado… freno…

Cuando parece que el golpe es inevitable, el conductor del otro coche da un volantazo y me esquiva. Va dejando detrás la estela de su propio claxon. Me he fijado que llevaba una silla de niño y que iba alguien más dentro del coche. Una cabeza se ha levantado al sentir el volantazo. He observado también como me hacía un gesto inequívoco de que se acordaba de mi madre.

Ahora sí, he salido del coche. No venía nadie. Las piernas me temblaban. Pienso que quizás no deseé tanto acabar con todo y la posibilidad de que mis deseos se hicieran realidad, me ha acojonado. Pero… no… una manita en esa silla de niño y esa cabeza que se levantaba en el asiento, y ese conductor descerebrado, loco… porque él tiene algo por lo que luchar, ese niño y esa cabeza, fuera quién fuera. Pensar que podría haber sido responsable de ese desastre aunque solo fuera de forma indirecta, me aterraba más que seguir al día siguiente con mi tristeza cuestas.

Me he apoyado en el capó mirando hacia delante. Busco la estela del coche, pero hace ya tiempo que se ha perdido. El hombre ha desacelerado un poco después del susto y ha tomado la primera rotonda de la ciudad sin problemas. De repente, al bajar la cabeza para darme un pequeño masaje en el cuello, me he fijado que en el arcén, delante de mi coche, había un montón de botellas rotas.

Me he sonreído. El destino es a veces un juguetón empedernido. Si ese coche hubiera seguido en la misma trayectoria que llevaba, hubiera acabado con toda seguridad en la cuneta, o en el lecho del río que había antes de la rotonda. Una, dos, tres, cuatro vueltas de campana… No, no quiero pensar en ello. En ese niño, en esa cabeza que se levantaba…

Me adelanto y voy apartando como puedo con el pie esas botellas rotas. Tiene narices que ahora que lo tendría fácil, con ir hacia atrás unos kilómetros, volver de nuevo, coger velocidad y conducir por el arcén hasta ese punto, podría dar yo esas vueltas de campana y acabar en el lecho del río. Una explosión pondría el punto de color a la noche, una llamarada, una columna de humo, los bomberos, las ambulancias… “No se ha podido hacer nada”. Ya no tengo ganas ni de eso.

Conduje como un autómata hasta casa. Bebí un vaso de leche, encendí el ordenador como todas las noches … me arrepentí casi al instante, no me apetecía hacer el camino de siempre, el correo, el facebook, mis escritos. Se me abrió el skype sin darme cuenta. Tampoco me apetecía en ese momento encontrarme con alguien.

- Hola Escritor.

Tuve la tentación de no contestar e irme al salón a llorar un poco mis penas, o a rememorar el momento del volantazo y llorar por la suerte de ese niño que iba en el asiento de atrás y que era evidente que estaba en manos de unos inconscientes.

- ¿Cómo estás?

Y a eso ¿Cómo contesto? “Una mierda” “Casi acabo con todo” “He salvado la vida a un niñito” “Me pesa la vida un quintal o dos” “No tengo ganas de vivir”.

- Escucha esto:

.

.

- ¿Bailamos? – me propone.

- Pero si bailas fatal – le pico. – Siempre me dices eso cuando te lo propongo yo.

- He estado ensayando con una amiga. Ya bailo mejor. Prometo no pisarte.

- Venga, va, bailemos – cedo.

- ¿Cómo estás? – insiste.

Sigo sin saber como contestar.

- Da igual – se rinde – bailemos en silencio.

Sonreí. Meneé la cabeza de lado a lado y me vi en sus brazos, bailando. Hasta hicimos alguna cabriola. Total, estamos a miles de kilómetros y soñar es libre.

- Y tú ¿Qué tal? – pregunté a la de un rato.

- Genial – me dijo.

Pensé que ese “genial” con el que Andrés me contestaba, era igual de mentiroso que mi silencio.

- Entonces todos estamos felices y el mundo es maravilloso, y la vida, y el amor…

- Mundo maravilloso.

;)

;)

Siguieron unas filas de risas enlatadas, un par por cada lado.

- Eres estupendo ¿Lo sabías?

- Tú tampoco estás mal. :P

- Qué poco se necesita a veces…

- No te entiendo.

- Da igual, no te pares, baila.

- ¡Si estoy bailando! – se quejó.

Y me reí. Los hombros se me relajaron y quizás, por unos momentos, la vida había dejado de pesar un quintal. Hasta vi reflejada en la pantalla del portátil, una ligera sonrisa. Era triste, pero era sonrisa.

Y fíjate por qué bobada.

Antes de las de hoy, ha habido más. Si pinchas en este enlace, las encontrarás.

¿Las vemos?

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Vamos a ello.

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Espero que os hayan gustado. Otro día más.

Nos despedimos con un beso.

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.

El luego es ya, ahora. Cogí el avión de vuelta al día siguiente. Me despidió con un pañuelo al viento en la terminal, como en las novelas románticas del siglo XIX. Me puse colorado y todo, de la vergüenza, todo el mundo mirando, algunos reían la ocurrencia, otros parecían mostrar algo parecido al asco, otros indiferencia. Pero aunque no lo reconozca, me gustó y me sentí lleno.

En el avión, la cosa cambió: me empecé a sentir un poco vacío. Quizás porque intuía que a lo mejor, eso había acabado ahí. Ahora sus guías recobrarían la ascendencia perdida en ese día y medio y harían ver de nuevo a Diego de la inconveniencia de esa relación. Por alguna causa no me produjo desazón. Ese día y medio había sido tan maravilloso que, al menos me quedaría eso. Y la imagen de Diego agitando su pañuelo en la terminal del aeropuerto.

Fue bonito.

Cuando llegué a Barajas y encendí el móvil, me encontré con 23 mensajes de Diego.

“Te quiero”

“Ya te echo de menos”

“Me han llamado de la televisión para hacerme una entrevista sobre nosotros”

“No te he dicho nada, pero te vi en la Fundación Juan March cuando toqué con el cuarteto. Me hizo mucha ilusión; esa tarde toqué para ti”.

“No sé si tendrás una habitación libre para la semana que viene”

“¿Te vienes a vivir a París conmigo?”

“Te quiero”

“Echo de menos tus besos”.

“Te amo”.

“Mi padre dice que quiere conocerte”.

“Mi hermano quiere ir a verte para que le lleves a ver la catedral”.

“Dice que si conoces a alguna chica guapa para él”.

“Lorenzo dice que te va a enviar un cómic que ha comprado para ti”.

“Me ha dicho también que ya era hora, que creía que me tendría que dar una colleja”.

“Te amo”.

“Te echo de menos”.

“Estoy alucinado de que siendo un niñato como yo, estés conmigo”.

“Alucino”.

“Tengo que trabajar un rato”.

“Voy a estar contigo la semana que viene, el martes”.

“Te amo”.

“Mucho”

“Mándame unos besos cuando llegues”.

Suspiré. Y contesté:

“Te amo, Mi Príncipe”.

Me contestó:

“Para ser escritor, no te has extendido mucho; escríbeme esta noche un relato sobre amores imposibles, uno como tú y otro como yo que se encuentran en el Museo Británico”.

Por no llevarle la contraria, fui escueto en la respuesta:

“Vale”.

Aunque luego, me arrepentí, y escribí algo más:

“Te amo, mira a ver si en lugar del martes, vienes el domingo”.

“Vale”.

“Te amo”.

“Eres mi vida, escritor”.

Me monté en un taxi y cerré los ojos.

- ¿A dónde va? – usó un tono un poco brusco, ajeno del todo a mi estado de gracia espiritual y amorosa. Pensé en decirle que me llevara dónde quisiera, pero quizás no era al taxista adecuado para esas misiones tan de novela romántica.

- A la estación de Chamartín.

Y ahora sí, cerré los ojos. Y soñé con Diego desnudándose en la puerta, como le pedí cuando nos enfadamos.

- Sería la hostia – exclamé.

- ¿Decía?

- Nada, nada, perdón, hablaba solo. El amor ya sabe.

Por la cara que puso, supe que estuve acertado en no usarlo como personaje de novela romántica para que me diera un paseo por Madrid, sin destino prefijado.

Saqué el teléfono y no puede evitarlo, escribí:

“Te amo”.

Y ya no abrí los ojos hasta llegar a Chamartín.

___________

Agradecimiento:

No puedo acabar esta historia, sin agradecer a Dídac su inspiración y apoyo. De él es el texto que Diego de Andrés escribe el primer día del Taller. Gracias, gracias, gracias.

Y también le debo el que haya elegido la música que acompaña a cada capítulo. Así que doble agradecimiento.

Biron me ha enviado las fotos de este chico especialmente para este blog. Eso sí, no os voy a publicar las fotos en las que sale desnudo, por eso de no asustaros si me leéis en la oficina. Ejem.

Pero sabes, yo creo que Biron intuye que a lo mejor, a Virginia y a Sonia, este chico, David, les podría gustar.

Así que, para ellas, de parte de Biron.

 

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Os recuerdo:

Pinchando aquí, su web, con una gran banda sonora, como ya os he dicho muchas veces.

 

http://www.photos-biron.com/ 

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