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La cabaña de Hugo.

Hacía tiempo que no iba a la cabaña. Al menos los cinco años que había pasado viviendo en diversos países del mundo. Primero en Australia, después pasó un año en Bélgica, por fin acabó en Berlín.

En cuanto acabó el bachillerato, se fue. Buscaba. Buscaba algo o alguien, no sabía muy bien. En todos ellos, al principio pensó que lo había encontrado. Pero al cabo de unos meses, tuvo la certeza de que no, no era lo que esperaba, lo que anhelaba. Su búsqueda debía continuar. En cuanto tomaba conciencia, se ponía a planificar otro cambio.

En todos ellos, echaba de menos su cabaña. No era nada especial, ni siquiera era suya. Era una especie de pequeño parque de juegos, posiblemente de una casa solariega cercana, que en otros tiempos, seguramente había acogido los pasatiempos de los hijos del dueño.

La descubrió un día que salió huyendo de su casa, porque le faltaba el aire. Tenía apenas 15 años. Corrió y corrió hasta salir de la ciudad. Anduvo por el campo hasta que la vio. De repente se dio cuenta de que estaba agotado, y sintió una necesidad imperiosa de sentarse y descansar. Se acercó con precaución, pegó un par de gritos para asegurarse que no molestaba a nadie, y se subió al tejado. Se sintió tan a  gusto, que se la apropió al momento. Al menos de manera figurada.

En verano le gustaba ir allí y desnudarse. Paseaba por los alrededores, se subía al tejado como aquel primer día, se tumbaba y tomaba el sol. Dejaba que las mariposas se posaran en su piel y que el sol calentara el frío que siempre sentía dentro de él. Si llovía se metía dentro y se sentaba a lo indio, cerrando los ojos y escuchando atentamente el repiqueteo de las gotas sobre la madera. Aunque a veces, prefería dejar que las gotas estallaran sobre su piel.

Era el momento en que se sentía en paz con el mundo, en paz consigo mismo.

No hizo ningún cambio, ni dejaba ninguna señal de su paso. Solo le acompañaba allí algún libro, aunque rara vez lo abría. No necesitaba. Solo necesitaba el sonido de la hierba mecidas por el aire, el calor del sol, el aleteo de las mariposas, el zumbido de las moscas. Todo ello aplacaba el desgarro que sentía por dentro, y que no acertaba a descifrar.

Nunca habló de ello, ni descubrió su refugio a nadie. Ni sus padres, ni sus parejas lo conocieron. Ni su hermano, que era muchas veces su confidente. El único. Pero a él tampoco se lo confió.

Ahora, después de abandonar Berlín, volvía a casa. No lo hacía por una causa especial, ni porque hubiera encontrado lo que anhelaba. En el fondo estaba convencido que la causa de su regreso era volver a la cabaña, cada día, desnudarse, cerrar los ojos y conseguir que la paz le inundara, aunque fuera por unas horas. Dejar que su cabeza se vaciara de todo lo que le agobiaba cada día, del torrente de pensamientos que lo acuciaban a cada instante.

Caminando hacia su caseta de madera, sintió miedo durante un instante. ¿Y si en esos años su refugio había desaparecido? Era ya muy vieja. Uno de los últimos días, el tejado cedió por un lado; faltó poco para que cayera por la abertura. Y la puerta ya no se podía cerrar: los goznes se habían bloqueado definitivamente por el óxido. A lo mejor alguien había ocupado la casa y había decidido limpiar sus terrenos. O la habían tirado con el fin dejar la finca libre de estorbos y venderla mejor. O mil cosas.

Respiró profundo al dar la vuelta al recodo del camino y ver la silueta de la caseta. Tuvo un impulso casi infantil y corrió hacia ella, abriendo los brazos y riendo. “Qué bobo eres, Hugo”, pensaba mientras corría, pero le dio igual, siguió galopando y siguió riendo, solo, a carcajadas. De vez en cuando saltaba abriendo los brazos y riendo más fuerte. Dio un par de vueltas alrededor y comprobó que todo estaba en su sitio. Se sentó un momento sobre un tronco sujetado por unas cadenas, que hacía las veces de columpio, y recuperar el resuello. Miraba la cabaña, observando cada detalle, recordando y comparando. Al mirar el tejado, algo le llamó la atención: La parte que se había caído, estaba reparada. Y la puerta, estaba entornada, lo que quería decir que alguien había arreglado los goznes.

Se acercó cauteloso. “¿Hay alguien?”, gritó. Pero nadie respondió. “¡¡Ehhhhhhhhhhhhh!!” volvió a gritar. Abrió despacio la puerta, observando nuevamente cada detalle. Todo estaba igual, salvo que los desperfectos que recordaba, estaban reparados. Pero no percibió nada que hiciera pensar que alguien había utilizado la cabaña cuando él se fue.

Pensó en irse. Era evidente que ya no era su refugio secreto. Suyo, solo suyo. Aunque apenas cinco minutos sentado en el suelo, le hicieron cambiar de opinión. Nada había cambiado, en esencia. Así que se desnudó lentamente, dejó su ropa en la misma esquina de siempre, y subió por la escalera hacia el tejado. Se tumbó y cerró los ojos.

Era el mismo aire, la misma tranquilidad, el mismo rumor de la hierba, las mariposas, el sol… parecía que el tiempo no había pasado y que en lugar de cinco largos años, apenas habían sido un par de semanas desde la última vez.

Durante un par de minutos, pensó en que debería buscar a quién había arreglado los desperfectos. Todo indicaba que lo había hecho para él. Y eso, de una forma extraña, le reconfortaba. No estaba acostumbrado a eso, sobre todo sin buscar siquiera un agradecimiento.

Sin darse cuenta, empezó a oscurecer. Sintió un poco de frío y fue a vestirse. Recogió su mochila y cuando iba a salir camino de su casa, en una esquina, vio una pequeña funda de plástico con un papel dentro.

Bienvenido, Hugo. Esta sigue siendo tu casa, solo tuya”.

Le dio un pequeño respingo el corazón. Salió de la cabaña, miró alrededor, pero no vio a nadie. Volvió a pensar por un momento en que ya no era su rincón secreto. Meditándolo un poco mejor, era evidente que no lo había sido nunca. Quién había dejado ese mensaje, lo sabía de antes. Se sintió desnudo por primera vez, descubierto, en peligro, aunque fuera de una forma íntima. No… no podía volver ya… no sería lo mismo. Aunque… si antes estaba cómodo aunque alguien lo conocía, era evidente que no tenía ningún interés en molestarlo. No… no volvería… no era lo mismo. Ya no se sentiría solo, sin ataduras. Pero enseguida descartó la idea de no volver allí. Al fin y al cabo, nada había cambiado. Por saber que alguien conocía su secreto, no cambiaba nada. Todo seguía igual. En este caso, saber, no debía cambiar nada. Antes alguien sabía, aunque él no fuera consciente. Ahora lo era, pero eso, pensó, le daba igual. Seguía siendo el sitio en el mundo en el que mejor se encontraba.

La noche avanzaba. Apresuró el paso. Se sentía a gusto, como siempre que iba a la cabaña. Aunque una idea empezó a germinar en su mente. ¿Y si buscaba al que conocía su secreto?

Antonio.

Iba en el coche y al girar para entrar en el Mercadona, lo vi.

Estaba sentado en la barandilla del aparcamiento. Tenía el mismo aspecto descuidado de siempre. Aunque hacía calor, mucho calor, él iba con su chaqueta de paño, ajada y sucia. Sus zapatos igual de gastados incluso rotos. Tenía la mirada perdida como si estuviera cansado. Llevaba una bolsa del supermercado de la esquina: le gusta más que el Mercadona. Allí le atienden con simpatía, no le atosigan ni le miran de mala manera si no encuentra una moneda en la cartera. En el Mercadona se siente perdido, un estorbo. Nadie le echa una mano ni le dirige una palabra amable. Las cajeras son antipáticas y no tienen ni el detalle de ayudarle a guardar la compra en las bolsas. Solo le miran impaciente si tarda, porque es torpe. Y si acaso luego, cuando piensan que no les escucha, se mofan de él o se meten con su aspecto. Pero él les oye, porque es viejo, pero el oído lo tiene muy bien.

Se llama Antonio. Tiene 81 años y está solo.

Un día me senté a su lado. Lo encontré sentado en un banco, en una placita cercana a mi casa. Olía a descuidado y su aspecto era igual de descuidado. Como ayer. Lo saludé y quise entablar conversación. Quería saber su historia. Pero él no estaba por la labor. Le costaba hablar, centrarse. De repente tuve una idea, algo que me recordó mi experiencia con mi padre. Saqué una botella de agua que acababa de comprar en esa tienda de la esquina que también visita él. Se la ofrecí. “Beba un poco, que hace solina”. Él dudó pero al final le pegó un trago. Y luego le pegó otro. Me la tendió, pero yo ya había sacado otra botella y bebía a su ritmo.

Hay veces que buscamos historias, como yo ese día. Sentarme al lado de ese hombre y que me contase. Pero no todos tenemos historias interesantes que contar. De hecho, casi nadie las tiene. Simplemente naces, juegas a la pelota con papá; luego vas haciendo amiguitos, vas al colegio y al final acabas trabajando. Te casas o decides no hacerlo. O no encuentras a la persona adecuada. Vives tranquilo, con tu trabajo, en tu casa, disfrutas de tu tiempo libre, de tu familia, vas al campo los domingos, o al fútbol. O a lo mejor te gusta el cine.

Luego llega un día en que te das cuenta que tus amigos, se van muriendo. Cada día tu pandilla mengua. Un día decidís todos, los que quedáis, que vais a dejar de reuniros, porque sin decirlo en voz alta, todos sois conscientes de los que faltan. Y os miráis y os preguntáis en silencio ¿seré yo el siguiente? ¿O serás tú, Enrico? Y eso duele.

Y se muere tu pareja.

Y te quedas solo.

Tus coetáneos se murieron, los que te siguen, no quieren cargar con un viejo que no da más que problemas, al que hay que recordar que beba agua, porque ya no siente la sed, y al que hay que recordar la necesidad de lavar la ropa, porque no es consciente y porque las ganas de hacerlo le faltan. Y otras muchas cosas.

Les falla la memoria y se hacen obsesivos, pudiéndote repetir miles de veces las cosas. No quieren olvidarlas ellos y te las dicen a ti.

Al final hablamos un poco. Me contó eso de los amigos, y eso de su mujer. No tuvieron hijos. Una vecina le ayuda de vez en cuando, pero él no quiere. Ella lo hace con buena intención y sin esperar nada a cambio. Pero él quiere agradecerle y como no tiene la cabeza ni las fuerzas para hacerle un regalo, un día le dio un dinero, “para que te compres algo bonito”. La vecina, Asun, se enfadó con él. Antonio, el pobre, se sintió turbado. No sabía de otra forma de agradecer las atenciones. Las gracias le parecían poco, solo palabras. Y el dinero es lo que queda.

- Beba un poco más de agua. – le insistí.

- ¿Qué le debo?

- Nada, es una invitación.

Se refería a la botella de agua.

Él me miró de una forma extraña. Despistado, o desconcertado. “Es solo una botellita de agua, no se preocupe”. Pero no acabé de convencerlo, se lo vi en sus ojos.

- Si quiere le ayudo a llevar la compra hasta su casa. – propuse. – Me recuerda a mi padre – dije para convencerle. – Murió hace poco.

Él se opuso en un principio, pero al final le convencí. Fuimos caminando despacio; cada unos cuan tos pasos, se paraba y me miraba y me cogía del brazo, y me contaba. Hablamos de esto y lo otro. De la vida, de hacerse mayor, de la soledad. La soledad. Antonio se siente solo. Está solo. Y es viejo. No es mundo para viejos, a todos nos gusta la juventud.

Mientras subía en el ascensor del Mercadona, cambié de opinión, y en lugar de ir al supermercado, salí a la calle a buscar a Antonio. Pero cuando llegué a la barandilla del aparcamiento del supermercado, ya no lo vi. Solo pensé que ojala se hubiera acordado de beber. Hacía calor y llevaba demasiada ropa.

¡Vamos! Vamos.

 

Nicolás respiró hondo.

Sonreía.

- ¡Buena suerte! – le gritó Carlos.

Miró hacia atrás y lo saludó con la mano. Le hizo un gesto para indicarle que lo llamaría por teléfono.

Juan lo esperaba en la última puerta. Lo acompañó hacia una ventanilla en donde le iban a dar sus objetos personales.

- Mire que no le falte nada – dijo la funcionaria con tono profesional – Compruebe el inventario.

Encendió su teléfono, echó un vistazo a su cartera, veinte euros, los carnets, las tarjetas de crédito la mayoría ya inservibles. Un pañuelo, un mechero, su reloj de todo a cien, la cadena de oro que le regaló su madre en la primera comunión con la medalla de la virgen del Carmen, un anillo de compromiso, también inservible ya.

- Está todo Señorita Domingo.

- Firme aquí.

Firmó.

Se giró de nuevo para encarar la puerta. Juan dio al botón de apertura.

- Ya acabó todo.

Nicolás asintió apretando los labios.

- Gracias por todo.

Juan se encogió de hombros.

- Nos vemos y tomamos unas cañas.

- Hecho.

Dio unos pasos. La puerta se cerró tras él. Se giró y saludó a Juan con la mano.

Volvió a respirar profundo, sintiendo el frescor de la mañana. Sintiendo la fuerza, la libertad, sintiéndose ligero por primera vez en muchos meses. Sintiéndose él, sintiendo la vida… la vida de nuevo, una nueva vida porque sentía que su vida anterior había muerto el día que lo acusaron. La vida. Su vida.

Pero de repente se le paró un poco el corazón. Miró a su alrededor y no vio a toda esa gente que estaba allí cuando lo trajeron. No había periodistas, ni estaban los vecinos gritando “Asesino, asesino”. Ahora deberían gritar: “Inocente, inocente”. No estaban los que le tiraban huevos, ni los que le dieron puñetazos cuando rompieron la barrera de seguridad de la policía. No estaban los que le condenaron sin siquiera escucharlo.

No estaban tampoco sus viejos amigos que le dieron de lado, ni su familia que también le dio de lado. Ni su ex-novia que se apresuró a dejarlo, porque no le creyó.

Vio parpadear las luces de un vehículo que estaba aparcado. De él se bajó trabajosamente un hombre mayor, al que le costaba salir del coche. “Las malditas rodillas”. Estaba muy delgado y con el pelo blanco. Hacía unos meses no estaba así, y el pelo era todavía oscuro. Desgarbado, encorvado, se le notaba que de repente se encontró con que la vida pesaba mucho más de lo que hasta entonces había percibido. Pesaba la vida y los sinsabores. Sus gafas eran nuevas, aunque no lo parecían. Aparentaban recicladas.

De la otra puerta bajó un hombre mucho más joven. Se apresuró a dar la vuelta al vehículo para ayudar el hombre mayor. Éste lo miró brevemente para darle las gracias. Dirigió su mirada hacia…

- Nico.

Se le trabó el habla. El llanto le llenó por completo. Abrió los brazos esperando a su hijo. Nico soltó la pequeña bolsa de deporte en la que llevaba sus mudas y algún recuerdo de la cárcel y corrió hacia su padre. Se apretaron en un abrazo fuerte, muy fuerte. Parecía que las pocas fuerzas que le quedaban las estaba empleando en ese abrazo.

Lloraba.

Nico también lloraba.

Su padre se separó un instante para ver de cerca a su hijo.

- Estás muy bien, Nico.

- Qué mentiroso eres papá.

Se miraban como si no se hubieran visto en la vida. Como si estuvieran aprendiendo de nuevo como eran, leyendo en el interior, sintiéndose juntos como quizás hacía muchos años que no lo hacían.

Quizás desde que Nico era un bebé y su padre lo acunaba por las noches. O desde que a los tres años le llevaba de paseo, pero a la vuelta, Nico estaba cansado y se negaba a dar un paso y su padre lo cogía amoroso en brazos y lo llevaba de vuelta a casa, mientras murmuraba:

- Lo que pesa este chico ya.

Luego se enfadaron y Nico se fue de casa. A los veinte.

- Manuel.

Su padre se apartó para que Nico pudiera saludar a su amigo.

- Perdóname.

Manuel abrió los brazos para saludarlo. Se dieron un abrazo más tranquilo, sin confianza. Manuel todavía recordaba cuando un día, hacía muchos años, le dio un beso en la mejilla, se le escapó, no pudo remediarlo, y Nico se separó de él con mucho aparato gestual y le dijo:

- Sin mariconadas.

Nico se dio la vuelta y se apartó. Fue el último día en que salieron con el mismo grupo de amigos.

- Gracias por cuidar de mi padre.

- No tienes por qué darlas. Tu padre… es como si fuera mi segundo padre.

- ¿Dónde está el resto de la gente? ¿No se han enterado de que soy inocente?

Su padre se rió con mucha pena.

- Lo han dicho en la tele, en la radio, en el periódico. Se han enterado – sentenció.

- Pero como de pasada, no te creas – apuntó Manuel.

- ¿Y los periodista que me lincharon en sus medios? ¿No han venido a ver mi liberación?

Giró sobre sí mismo, con los brazos abiertos, mirando en derredor.

- ¿Y los vecinos?

- ¿Y los amigos? ¿Dónde están mis amigos que me tiraron mierda de perro cuando me llevaron al juzgado?

- Creían que asesinaste a la chica. Ya se irán acercando.

- ¿Ahora?

- Natalia vino a pedir perdón el otro día.

- Esa es la que te rompió las gafas con una pedrada ¿No papá?

Su padre asintió despacio.

- Cuanto corrieron todos para condenarme. Ninguno dudó ni por un momento que yo pudiera ser el asesino. Ni un momento.

- No te amargues, Nico. Hoy debes estar contento.

- Y lo estoy, papá.- tragó saliva y apretó los puños – lo estoy.

De repente se dio cuenta de una cosa. Se giró hacia Manuel.

- Hablando de perdón, quiero pedirte perdón. Estos meses he tenido tiempo de recapacitar y de ser consciente de lo injusto que he sido contigo. Eres el único que podría haberme dado de lado con razón y has sido el único que has estado ahí.

Nico se arrodilló delante de Manuel.

- Por favor, que vergüenza. Somos amigos, levántate, por favor…

- Así es como me siento, Manuel, avergonzado. Te desprecié hace años y tú me has pagado creyendo en mí y cuidando de mi padre.

- Somos amigos, Nico. Solo he hecho lo que debía hacer. Estar con mi amigo, con mi otra familia. Y te conozco y sé que no eres capaz de hacer algo así.

- Aún así, te pido perdón. Fui injusto contigo y tú me has demostrado día a día lo injusto que fui, lo canalla. Eres al único al que he hecho daño de verdad y has estado de mi parte siempre.

- Vale, vale, te perdono, pero levántate, joder, que es un palo si nos ven. Tú ahí de rodillas. Que vergüenza.

Nico sonrió y se levantó.

- ¿Y si vamos a celebrarlo?

- En eso habíamos pensado. ¿Vamos al Mesón Juan XXIII a comer? He pedido un menú especial.

- Vamos, pues, me muero de hambre. La comida de la cárcel es una mierda.

- Vamos.

Cuando el padre iba a montarse en el coche, se acordó.

- A lo mejor quieres llamar a Esther. Me llamó ayer para preguntar…

Nico volvió a endurecer su mirada.

- Esther es pasado. Lo único que quiero es que me devuelva el anillo. Nada más. Me tiró como una puta colilla, no hace falta que me recoja. Vosotros sois lo único que me importa.

A su padre se le volvieron a humedecer sus ojos.

- ¿Quieres que conduzca yo?

- ¿Que te has pensado, que no puedo hacerlo? Soy mejor conductor con mis años que lo que tú serás nunca, chaval. Este coche solo lo conduzco yo.

- Vale, vale – levantó las manos para aguantar la avalancha de improperios. – No he dicho nada. Pero vamos, que al paso que vamos… ¡vamos! Que me muero de hambre.

- Juventud, siempre corriendo. Luego os cansáis y los viejos os debemos coger en brazos.

- Pero mira como las tira el viejo. Desde los tres años me la tiene guardada.

- Vamo, vamo, vamo, decías. Vamo… pero luego en venimos, en brazos de papá.

- Y papá ya era viejo y bla, bla, bla…

Manuel se echó a reír con ganas viendo las caras que ponían los dos.

- Vamos que se enfría la comida – apremió Nicolás.

- ¿A que os quedáis en tierra?

Al final entraron en el coche y arrancaron. Al dar la vuelta, Nico, que había montado en el asiento de atrás, se dio la vuelta para despedirse de la cárcel.

Y una lágrima se le escapó al pensar que durante unos meses creyó que no podría salir de allí en largos años. Y pensó también en los amigos que dejaba allí. Amigos algunos que seguro darían la cara por él, como no la habían dado los de su barrio, los amigos de su infancia, los que creía su gente, por los que dejó a su familia cuando tenía veinte.

- Vamos – murmuró girándose para mirar al frente. – Vamos.

Y puso sus manos en los hombros de su gente, de su padre y de Manuel, su amigo. Y les apretó. Y se sintió bien.

 

La vida pesa un quintal. Incluso algunos días, pesa dos.

Hoy es uno de esos días.

Venía a casa conduciendo, cuando he tenido que parar durante unos minutos. Ha sido en la carretera, viniendo de trabajar. He apartado el coche en el arcén. Los hombros se me hundían y los ojos se me cerraban, no de cansancio, sino de abatimiento. Una congoja insuperable inundaba mi pecho. Oscuros pensamientos han llenado mi cerebro sobre la conveniencia de seguir con esta pantomima o dejarlo estar.

He puesto los intermitentes y me he tapado la cara con mis manos. He intentado llorar, por si me despejaba la congoja, pero ni para eso tenía fuerzas.

- ¿Para qué? ¿Qué hay mañana que me incite a seguir?

Siento que viene un coche. Sería fácil abrir la puerta y salir a la carretera. Ésta es muy estrecha, con toda probabilidad me llevaría por delante. Y todo, todo acabaría en un segundo. Posiblemente ni siquiera me diera cuenta de nada, no sufriría dolor. El dolor me da miedo. El ridículo me da miedo.

Y es que me duele el alma desde hace tanto tiempo que … un día más de sufrimiento, me parece un suplicio inabarcable.

Ese coche pasa sin que haga nada. Pero viene otro detrás. Quizás éste sea el momento. Éste segundo coche pasa a más velocidad… parece que tiene prisa por llegar. Él tendrá a dónde llegar. No un sitio físico, sino algo más profundo. Llegar a alguien, a algo, llegar aunque fuera a un sueño. Ya no tengo sueños. Ni eso. Ni esa esperanza me queda.

- ¡Un kilo de sueños!

Lo pedí en el ultramarinos del barrio. Pero… el dueño me miró de medio lado. Pensó que estaba loco, lo vi en sus ojos. Y no le faltaba razón.

- La hierba me ha trastornado – y guiñé un ojo. No era cuestión de que me tomara por un demente.

“¿Y qué más da?” Pensé luego. Si total… lo soy.

“No, no soy un demente. Solo estoy triste”, me dije en un momento en que mi ánimo remontó una miaja. Pero qué más da como lo llame. Tristeza, desesperanza, depresión, bajo de ánimo, un sin alma o un sin espíritu, o un… ¿Un qué?

Un tercer coche. Viene todavía más deprisa. No controla mucho… le veo dar bandazos. Quizás no necesite abrir la puerta, él mismo se estrelle contra mí. Si me quito el cinturón, saldré despedido por el cristal y mi coche me atropellaría impelido por el golpe. Pero quizás el otro conductor o sus acompañantes, sufrieran también. Eso no estaría bien… Está loco ese…

- ¿Pero qué le pasa?

Fijo mi atención en el retrovisor. Alterno el de fuera y el de dentro. Me va a embestir… piso el freno, una, dos tres… doy al claxon, golpes secos cortos, para llamar la atención… lo dejo pulsado… freno…

Cuando parece que el golpe es inevitable, el conductor del otro coche da un volantazo y me esquiva. Va dejando detrás la estela de su propio claxon. Me he fijado que llevaba una silla de niño y que iba alguien más dentro del coche. Una cabeza se ha levantado al sentir el volantazo. He observado también como me hacía un gesto inequívoco de que se acordaba de mi madre.

Ahora sí, he salido del coche. No venía nadie. Las piernas me temblaban. Pienso que quizás no deseé tanto acabar con todo y la posibilidad de que mis deseos se hicieran realidad, me ha acojonado. Pero… no… una manita en esa silla de niño y esa cabeza que se levantaba en el asiento, y ese conductor descerebrado, loco… porque él tiene algo por lo que luchar, ese niño y esa cabeza, fuera quién fuera. Pensar que podría haber sido responsable de ese desastre aunque solo fuera de forma indirecta, me aterraba más que seguir al día siguiente con mi tristeza cuestas.

Me he apoyado en el capó mirando hacia delante. Busco la estela del coche, pero hace ya tiempo que se ha perdido. El hombre ha desacelerado un poco después del susto y ha tomado la primera rotonda de la ciudad sin problemas. De repente, al bajar la cabeza para darme un pequeño masaje en el cuello, me he fijado que en el arcén, delante de mi coche, había un montón de botellas rotas.

Me he sonreído. El destino es a veces un juguetón empedernido. Si ese coche hubiera seguido en la misma trayectoria que llevaba, hubiera acabado con toda seguridad en la cuneta, o en el lecho del río que había antes de la rotonda. Una, dos, tres, cuatro vueltas de campana… No, no quiero pensar en ello. En ese niño, en esa cabeza que se levantaba…

Me adelanto y voy apartando como puedo con el pie esas botellas rotas. Tiene narices que ahora que lo tendría fácil, con ir hacia atrás unos kilómetros, volver de nuevo, coger velocidad y conducir por el arcén hasta ese punto, podría dar yo esas vueltas de campana y acabar en el lecho del río. Una explosión pondría el punto de color a la noche, una llamarada, una columna de humo, los bomberos, las ambulancias… “No se ha podido hacer nada”. Ya no tengo ganas ni de eso.

Conduje como un autómata hasta casa. Bebí un vaso de leche, encendí el ordenador como todas las noches … me arrepentí casi al instante, no me apetecía hacer el camino de siempre, el correo, el facebook, mis escritos. Se me abrió el skype sin darme cuenta. Tampoco me apetecía en ese momento encontrarme con alguien.

- Hola Escritor.

Tuve la tentación de no contestar e irme al salón a llorar un poco mis penas, o a rememorar el momento del volantazo y llorar por la suerte de ese niño que iba en el asiento de atrás y que era evidente que estaba en manos de unos inconscientes.

- ¿Cómo estás?

Y a eso ¿Cómo contesto? “Una mierda” “Casi acabo con todo” “He salvado la vida a un niñito” “Me pesa la vida un quintal o dos” “No tengo ganas de vivir”.

- Escucha esto:

.

.

- ¿Bailamos? – me propone.

- Pero si bailas fatal – le pico. – Siempre me dices eso cuando te lo propongo yo.

- He estado ensayando con una amiga. Ya bailo mejor. Prometo no pisarte.

- Venga, va, bailemos – cedo.

- ¿Cómo estás? – insiste.

Sigo sin saber como contestar.

- Da igual – se rinde – bailemos en silencio.

Sonreí. Meneé la cabeza de lado a lado y me vi en sus brazos, bailando. Hasta hicimos alguna cabriola. Total, estamos a miles de kilómetros y soñar es libre.

- Y tú ¿Qué tal? – pregunté a la de un rato.

- Genial – me dijo.

Pensé que ese “genial” con el que Andrés me contestaba, era igual de mentiroso que mi silencio.

- Entonces todos estamos felices y el mundo es maravilloso, y la vida, y el amor…

- Mundo maravilloso.

;)

;)

Siguieron unas filas de risas enlatadas, un par por cada lado.

- Eres estupendo ¿Lo sabías?

- Tú tampoco estás mal. :P

- Qué poco se necesita a veces…

- No te entiendo.

- Da igual, no te pares, baila.

- ¡Si estoy bailando! – se quejó.

Y me reí. Los hombros se me relajaron y quizás, por unos momentos, la vida había dejado de pesar un quintal. Hasta vi reflejada en la pantalla del portátil, una ligera sonrisa. Era triste, pero era sonrisa.

Y fíjate por qué bobada.

Antes de las de hoy, ha habido más. Si pinchas en este enlace, las encontrarás.

¿Las vemos?

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Vamos a ello.

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Espero que os hayan gustado. Otro día más.

Nos despedimos con un beso.

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