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Ha pasado mala noche. Pero al menos, he conseguido que no se fuera esta mañana de casa, como había asegurado.
Discutimos ayer sobre ello. Adri está empeñado en demostrar que este suceso no le ha afectado y que puede seguir con su vida.
Ayer se fue a trabajar con un par de clientes, cuando yo salí de casa a hacer la compra. Cuando regresé, no estaba. Me había dejado un papelito en el office. Por un lado me alegré, eso quería decir que al menos estaba un poco mejor. Aunque rápidamente cambié de parecer, porque… en realidad estaba seguro que todo era por demostrar al mundo que… él podía con todo y con todos y que ese energúmeno no podría con él. Estoy seguro que si ese hombre le vuelve a llamar, lo aceptaría.
Al volver a casa traía unos pasteles y una botella de cava.
- Guays, Jaime, hoy nos damos un puto homenaje de esos. Son de los que te molan, tío, de esa paste de Barrio Gimeno.
Traía una sonrisa de lado a lado. Hablaba por los codos y decía cada chorrada… pero era divertido, no puedo negarlo, y… no puedo eviatar reírme con él, aunque sepa que está haciendo teatro, que todo lo hacía para que no preguntara, para no dejarme hablar ni ponerle pegas a su forma de hacer. Estaba preparando el anuncio de algo que él sabía que n me iba a hacer gracia. Cuando la botella se acabó, los dos bailando apretados, me lo soltó.
- Joder, tío, que me las piro mañana. No quiero ser un paquete en tu choza, joder.
- No lo eres.
- Eres muy guay, Jaime, pero…
- No soy muy guay si te vas.
- Me las piro, porque…
- Porque eres un puto orgulloso.
- Joder, ¡Qué pasa! Pues soy un puto crío y un puto orgullos. ¿Pasa algo, tío?
Levantó la voz como nunca le había visto y se inclinaba hacia delante, como si se aprestara a lanzarse sobre mí. Me quedé callado, no porque no se me ocurriera una respuesta, que las tuve a decenas, pero… me contuve. Intuí que a lo mejor, algo se me había pasado en este tema de la agresión, o en la vida de Adri. Y no quería empeorar las cosas. Debería ir más despacio si quería ayudarlo.
- Está bien, si quieres irte, no puedo impedirlo. – contesté resignado.
Se quedó callado, con los ojos muy abiertos. No se esperaba esa salida. Quizás estaba preparado para una larga discusión sobre el tema. Incluso se me ocurrió de repente que a lo mejor lo que en realidad quería, es que lo convenciera de que se quedara. Pensé en rectificar, pero… ahí sí, me quedé en blanco.
- Pero ahora, vamos a seguir bailando. ¿Sí?
- Joder, tío, molas un güevo.
- Soy guays sí – le dije sonriendo pícaramente mientras lo rodeaba con mis brazos– y te quiero.
Eso último se lo dije al oído, muy bajito. Hizo que no lo escuchó, pero… su cuerpo si reaccionó con un pequeño escalofrío.
Lo dejé sentado en la mecedora de la galería, mientras recogía un poco la cocina y el salón. Puse de nuevo los muebles en su sitio, salvo una mesa baja que pesa lo suyo y que me era imposible moverla yo solo. Me acerqué por detrás para pedirle ayuda, cuando me percaté de que estaba inclinado hacia delante, mirando por la ventana, tenso, con la boca muy abierta y un ligero gesto de pánico en el rostro. Miré en la misma dirección y ahí lo vi.
“O sea que ese tipo es el causante”, pensé sin atreverme a expresarlo en voz alta. El hombre levantó de repente la mirada hacia mi piso. Sabía cual era exactamente mi piso. Adri se echó hacia atrás, como escondiéndose. Yo en cambio, no aparté mis ojos de él.
- ¡Joder, qué fuerte! – se me escapó en voz alta. Adri se dio la vuelta sobresaltado por mi casi grito – la mesa esa, que pesa un güevo – dije moviendo muchos los brazos, como si estuviera intentando mitigar el esfuerzo de haber intentado moverla yo solo.
Sonrió levemente. Puso cara de pícaro.
Joder con el Jaime. Ya largas como el Adri. Se te pega mi espich, que mola la hostia, no esos remilgos que largas tú.
- Sobre todo tu inglés, no te jode, mamón de mierda. – Fingí un poco de indignación y me di la vuelta camino de la mesa. – ¿Me ayudas de una vez? Hubo uno que se hizo viejo esperando.
- Si ya lo eres, tío.
- ¡Oye! – me giré señalándolo con el dedo amenazante.
- Te picas, jodido Jaime. Pues ya sabes, AJO.
Como reía. Seguí fingiendo un enfado que estaba lejos de sentir. En ese momento, era el hombre más feliz de la Tierra, porque había desaparecido por completo el gesto asustado que tenía hacía unos instantes en la galería.
- Sí, tío, estoy hecho mierda. ¡A la piltra!
Pero su relax no duró toda la noche. Apenas un par de horas después de acostarnos, sentí que se incorporaba de un salto y se iba hacia el otro lado del dormitorio. Encendí la luz y lo vi en una esquina de la habitación, acurrucado. Me levanté sin ponerme siquiera las gafas y haciéndome el medio dormido.
- Adri, necesito que me abraces. Tengo las cervicales como un tronco de pino, y no pego ojo.
Le tendí las dos manos para ayudarlo a levantarse. No podía mirarlo, porque en teoría yo estaba adormilado. Pero sentí que dudó. Creo que percibió que se la estaba dando, aunque no se atrevió a decirlo, por si no era así. Alargó las manos y tiré de él hacia la cama. Nos tumbamos, y se puso de espaldas a mí para que lo abrazara.
- No, quiero que me abraces tú a mí.
- Joder, tío, que estás gordo y los brazos casi no me dan.
Chasqué la lengua para hacer que me estaba enfadando.
- Vale, tío, joder qué jodido carácter de esos el tuyo.
Y me abrazó. Agarré sus manos con las mías y se las besé. No era la mejor postura para dormir, pero creo que los dos lo hicimos como unos niños peques. Y lo mejor es que, a la mañana siguiente, Adri no dijo nada de irse de mi casa.

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Muchas de ellas son pequeños detalles que tienes la suerte de captar. Espero que los de hoy, os hayan gustado.

Corresponden a la Procesión de la Borriquilla, el Domingo de Ramos por la mañana.

Es un mundo lleno de música, de ropajes, de orfebrería, de artesanía, de madera, de arte floral, de colaboración y también de espiritualidad.

Es el primer año que la Semana Santa de Burgos está declarada de Interés Nacional. Cada año van haciendo cosas nuevas, intentando mejorar. En unas aciertan, en otras no tanto. Pero al menos, se mueven, cosa que hasta hace unos años no pasaba. Dejaron morir la Semana Santa, como se deja morir muchas cosas en esta ciudad.

Estas fotos están tomadas en el inicio, con el paso y su cofradía camino de la Plaza Mayor para encontrarse con el resto de cofradías y seguir camino todos juntos hacia la Catedral. Un sol espléndido, una temperatura maravillosa.

Otro día, más Semana Santa de Burgos.

Ayer iba a ser un día especial. Era mi cumpleaños y quedé con Adri. Lo invité a cenar en casa y pensaba engañarlo para que escribiera para mí de nuevo. Pensaba bailar después con luz tenue, al ritmo de una música sensual que propiciara un abrazo apretado y olvidarnos de todo, uno en brazos del otro. Se que le gusta, aunque no lo diga en voz alta. A veces insinúa que follaría conmigo sin cobrarme, que le pongo. Yo sé que no es así, que no le pongo, pero que me quiere, porque nadie le ha querido y pocos le han tratado con respeto sin pensar en su boca o en su culo.
Alguna noche hemos dormido juntos. Yo he dormido como nunca y él, por mucho que no lo diga, se ha relajado como casi nunca.
Había preparado una tarta de queso que le gusta a muerte. Y un pastel de merluza, que también le gusta. Y un solomillo a la pimienta. Un vinito para acompañar, un Ribera de Duero, “que guay”, me imaginé que contestaba cuando lo sacaba.
Llamaron a la puerta y fui a abrir.
Era Adri.
Tenía la cabeza gacha. Era como un niño peque, encogido, escondiendo su cara. Su ropa estaba sucia y medio rota. Distinguí alguna mancha de sangre en su camiseta verde. Me quedé parado, sin saber muy bien que hacer. Tiene su amor propio y no es fácil a veces acercarse a él, ni consolarlo, “no quiero limosnas, por pena, joder”. Él no se movía, ni decía nada.
Alargué la mano. Esperé. Al cabo de unos segundos que a mí me parecieron eternos, él alargó la mano para ponerla sobre la mía. Suavemente, lo atraje hacia mí hasta abrazarlo. Al principio noté como si se resistiera al abrazo “joder, no quiero dar puta lástima, Jaime”. Pero insistí suavemente, y al final, se acurrucó en mi pecho. Hice que levantara las piernas y lo cogí en brazos. Al sujetarlo por su culo, hizo un pequeño gesto de dolor. Acomodé las manos de otra forma y con él abrazado a mi cuello y sus piernas rodeándome la cintura, lo metí en casa. Cerré la puerta y empecé a darle suaves besos en el cuello.
Era como un niño, aunque ya tiene veintitantos. Pocos, pero veintitantos. Él no quiere decirlo nunca, porque parece más peque y porque cree que si los clientes piensan que tiene dieciocho, estarán más contentos.
Lo llevé al cuarto de baño, y lo senté en una silla que conservo de mis padres. Me arrodillé delante de él, levanté su cara, miré sus ojos acuosos que parecían pedirme perdón.
- Joder, Jaime, he jodido tu cumple, soy la hostia de gilipollas.
Agarré su rostro y enfoqué a sus ojos. Quise transmitirle todo mi cariño, todo mi amor. Me acerqué y puse mis labios sobre los suyos. Le di uno, dos tres… cien suaves besos. Sabía a sangre seca y a bilis oxidada. Pero me dio igual.
Lo desnudé despacio. Tenia el cuerpo lleno de magulladuras y heridas. Fui limpiando con un paño cada una de ellas. Cada una que limpiaba la sellaba con un beso y con una mirada en la que ponía toda mi alma. A veces hacía un respingo de dolor, o de vergüenza. Seguro que estaba pensando en la de veces que le avisé de que tuviera cuidado y él me decía: “Tío, que yo controlo, sé lo que hago, hostias”.
Llené la bañera con agua caliente. Me desnudé y me senté en ella. Le tendí la mano. Él tardó en decidirse, pero al ver que yo no cedía, me la cogió y entró en la misma. Se sentó en mi regazo. Lo abracé con delicadeza y así estuvimos un buen rato. Luego, cogí una esponja suave, la llené de gel, y fui recorriendo su cuerpo lentamente, quitando toda su suciedad, toda su tristeza, su vergüenza.
- Joder, te he jodido el cumple.
Intentó revolverse para mirarme, pero no le dejé.
- Todo está bien, bobo. Eres lo que más quiero en este mundo, aunque no te lo creas. Y estoy contigo, rodeándote con mis brazos.
- Pero… – intentó protestar.
- Todo irá bien, Adri.
Noté como relajaba su cuerpo y se abandonaba en mi regazo. Pegó su cara contra mi cuello, y suspiró.
- Te quiero – musitó.
Yo sonreí y le apreté un poco más.

Sí.

Creo que ya os aburro con estas semanas del libro y demás. Pero… hay que leer. Básicamente porque nos gusta. Así que venga, sacudiros la pereza, la vergüenza y todo lo demás.

Además, a mí  me sirven vuestras propuestas. El otro día, sin ir más lejos, me compré dos libros que me habéis propuesto.  Los vi, y fui a por ellos. Ya lo hice antes con una propuesta que hizo Lorién hace ya tiempo.

Tengo en mente dos o tres libros para hablaros.  Hoy viene Adri a cenar a casa y espero convencerlo para que escriba una reseña también. Lo haré mientras bailamos apretado, que se pone sensiblero y no sabe decirme que no. No le digáis nada pero cada día me cae mejor… no, si al final, acabará por llevarme al huerto…

Así que, queridos todos, a elegir libro y a escribir cuatro líneas sobre lo que os ha parecido. Venga, anda.

Semana del libro en marcha.

Para el 23 empezamos. Qué mejor día ¿no?

 

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Un paseo por el Paseo del Espolón. Una delicia. Con el Arco de Santa María, y con la Catedral presidiendo.

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Advertencia: Si pincháis en las fotos, las veréis en grande.

 

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