De viejos, de parejas… de amor… con gotitas de soledad.

Iba a publicar hoy el siguiente capítulo de “El concierto” pero… dos post se me han cruzado. Dos post que me han dejado pensativo.

Ayer se me cruzó un post de Sweet. “el Mundo se rompe”.

Habla… de una señora mayor con la que se cruzó el otro día. Una señora enfurruñada. Con su marido al lado. Mirando los dos al pasar, el “cacillo” de una máquina tragaperras, por si alguien se hubiera dejado una moneda olvidada. Pasando el rato, mientras uno toma café, porque quizás no les da para tomarse un café cada uno, la mujer mira la gente pasar.

Como hace Sweet, podríamos pensar en que historia llevan estos hombres detrás. Su lucha, sus sinsabores, o sus alegrías. Para luego llegar a una edad en la que todo cuesta mucho, y quizás, encontrarse solos. Únicamente con la compañía del otro. Y con suerte, con dinero para tomar un café.

Pero por otro lado, podríamos pensar en que en el fondo tienen suerte. Se tienen el uno al otro. Han sobrevivido a todos los avatares de la vida y siguen juntos. Puede que hayan pensado a veces en separarse, hayan discutido, o se hayan sentido tentados de dejarse vencer por las adversidades. Pero ahí están. Enfurruñados con el mundo, pero juntos. Rodeados de una sociedad en la que primamos a la juventud. Yo el primero. Englobados en un mundo que las relaciones largas de pareja no es lo más habitual. Caminando despacio, en un mundo en que todo parece ir a una velocidad de vértigo. En el que “ir despacio” en una relación, pensamos que se refiere a que nos acostamos, en lugar de la primera noche, en la segunda.

Son un hombre y una mujer. Una de estas parejas que llamamos “tradicionales”. Y en el fondo tienen suerte, otra vez tienen suerte a pesar de todo, porque de su edad, es muy difícil que haya parejas de dos hombres. O de dos mujeres. Si ellos hubieran amado a una persona del mismo sexo, probablemente no hubieran podido vivir esa relación a través del tiempo. No hubieran podido cogerse de la mano, en sus tiempos jóvenes, ni decidir ir a vivir juntos, mucho menos pensar en casarse. Siquiera pasear por las calles de su ciudad, mirándose a los ojos.

Esa pareja… ¿se amaría? Amor…

De amor habla el segundo post que se me ha cruzado. Éste es de rem. “Cambios”. Éste sí habla de amor entre dos hombres.

Amor… ese objeto que todos buscamos, y siempre dudamos de haber encontrado. Ese sentimiento que nos hace quizás cambiar la forma de ver las cosas, la vida. Pero que apenas sabemos definir. Ni siquiera describir.

Me llama la atención de la disertación de rem… (en realidad me llama la atención casi todo, la verdad es que está muy bien escrito y dice tantas cosas, que sería largo, largo diseccionarlo todo) …  pero en especial, digo,  me llama la atención, una parte en la que viene a decir que, hasta hace unos meses, él pensaba llegar a un objetivo. Sin más. Sin quizás preocuparse de las imágenes que pasan por su lado, como si fuera en un tren y apenas fijara la vista en el paisaje por el que cruza el “chaca chaca chaaaaaaa”. Es ese estado en el que pensamos que nada, o mejor nadie, llamará a tu puerta para sacarte a lo mejor de un estado de soledad, quizás no tanto física y real, como mental o de sentimiento. “Sentirte solo”. Sentir que no encajas en ningún grupo, o al menos con pocas personas. Me refiero a un encaje de esos que dejan huella. No necesariamente amor. O mejor dicho, no necesariamente amor de pareja. Amor, amar, creo que se puede amar a los amigos, a la familia… Es ese estado mental o espiritual al que nos entregamos cuando nos hemos sentido desengañados por casi todos los que nos hemos encontrado en el camino. Esa resignación en la que nos zambullimos, para no hacernos daño. Ese estado de no esperar nada de nadie. De centrarnos en nuestro objetivo profesional, y despreciar cualquier atisbo de sentimentalismo, de cualquier tipo.

Cada vez tengo más la impresión, de que en la era de la comunicación, en la que todo gira en torno a eso, a comunicarnos, a los medios que utilizamos para ello, el móvil, internet, la radio,  la televisión… y es cuando menos nos comunicamos de verdad. Cuando menos complicidad encontramos en los que nos rodean. Todo eso nos hace a veces convertirnos en amigo-escépticos. O en amor-escépticos. Debe llegar alguien y colarse por la puerta apenas entreabierta, para que podamos recuperar las ganas de llegar a ese objetivo, pero disfrutando de las cosas que nos encontramos por el camino. Disfrutando de la sonrisa de un amigo, por ejemplo.   Aprendiendo a creer en la existencia del amor, en todo su amplio sentido de la palabra. Signifique lo que signifique. Lo describamos como lo describamos cada uno. Y nos refiramos a una pareja, a un amigo, o a María Santísima.

Pero… ¿Y si nadie entra por esa rendija de la puerta?

Debe ser estupendo tener objetivos. Ver como se avanza hacia ellos. Pero… hacerlo disfrutando de las cosas que nos encontramos por el camino, de las gentes que nos acompañan, debe ser orgásmico. Verse como esa pareja de viajecitos de Sweet, muchos años después de empezar su camino juntos, teniéndose el uno al otro… con una historia juntos, con esos objetivos cumplidos o no… pero juntos… es maravilloso… ¿no? Y rodeados de un grupo de amigos fieles… de buenos amigos…

Me hace gracia a veces lo que escribo. Soy un gran defensor del amor… escribo relatos románticos, a veces hasta soy perjudicial para los diabéticos… y en el fondo, yo, respecto a mí, soy un gran “amor-escéptico”.

Como suele decir un amigo mío, “hazme caso en lo que digo, pero nunca en lo que hago”.

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