Una buena mañana para correr (4).

Fermín se despertó. Eran las 5 de la mañana.

Se levantó de la cama.  No iba a poder dormir.

Era domingo. Su segundo día de vacaciones.

Se levantó, pues, y se fue a la terraza.

Miró la calle. Era de noche. Y todavía faltarían un par de horas para amanecer. Sacó un nórdico… hacía frío. Se acurrucó dentro de él, y se sentó en una de las sillas. En la terraza.

Miraba la calle.

Miraba la gente que pasaba.

Buscaba lo de todas las noches, o las mañanas: Buscaba a Gervasio esperando a que saliera. O corriendo por los alrededores.

Pero era demasiado pronto para un domingo.

Dieron las siete.

Dieron las ocho.

Empezaba a amanecer.

Al final se levantó y se fue adentro. A pesar del edredón, se había quedado helado.

Se puso el chándal y se calzó sus deportivas.

Y salió a correr.

Corrió durante media hora. Paró unos instantes a recuperar el resuello. Se apoyó en uno de los bancos que había en el parque en dónde había acabado. Iba poco a poco regularizando su respiración. Debería volver a un paso más lento. No estaba en forma. Quizás, si saliera a correr todos los días…

Venía un grupo de frente, Era tres… no cuatro. Tres chicas y un chico. Le saludaron cuando pasaban por al lado. La solidaridad del corredor, pensó Fermín. No conocía a ninguno de ellos.

Empezó a caminar. Pensó en ir adelantando camino. Hacía frío. Cuando se encontrara de nuevo con fuerzas, empezaría a trotar suavemente.

Otro corredor venía de frente. Éste no le saludó al pasar por su lado.

Ya se había recuperado un poco… empezó a trotar suavemente.

Otro corredor.

Una chica.

Otro corredor.

Un chico.

Se fijó en él. Algo le resultó familiar. Le empezó a subir la adrenalina. Pensó… creyó… que era Gervasio… Se puso en tensión… todo le… no podía controlar… El chico que venía iba con la cabeza gacha… levantó la cabeza… no… no era Gervasio… era Joan… Fermín… no tenía ganas de hablar con Joan…

– ¡Hola! – saludó Joan, antes de que Fermín hubiera tenido tiempo de irse por otro camino.

– ¡Hola! ¡Qué sorpresa!

– Me imagino que agradable. No contestes… se te nota en la cara. Yo sigo corriendo, que pierdo el ritmo. Agur.

Y Fermín se quedó mirando como Joan seguía su camino.

Se giró y volvió a empezar su trote.

Al fin, llegó a casa.

Fue dejando su ropa por el pasillo hasta llegar a la ducha.

Se quedó parado sintiendo resbalar el agua por su piel. El agua bien caliente.

Diez minutos.

Quince.

Al final salió. Estaba todo arrugado.

Se secó.

Se miró en el espejo.

No le gustó nada lo que vio. Nunca había sido guapo. Ni su abuela le dijo nunca eso de que era el niño más guapo del mundo. Su abuela debió pensar que no debía engañar a los niños. Ni crearles expectativas que luego no se cumplieran. Nunca había sido guapo. Pero ahora además, pasaba factura las noches sin dormir. La tristeza. La falta de chispa en sus ojos.

Se puso el chándal con el que solía estar en casa.

Se fue a la cocina… pero al pasar por el salón, se fijó que se había dejado el nórdico en la terraza. Menos mal que no hacía viento ese día. Salió a cogerlo. Miró la calle… por si pasaba por allí… Justo pasaba Joan… iba andando… Tuvo un impulso…

– ¡Hey! ¡¡Joan!! Sube, te invito a un café..

Joan se quedó mirando. No parecía muy decidido. Al final cruzo la calle para entrar en el portal.

– 4º A – oyó que decía Fermín por el automático.

Se encontró la puerta abierta.

Entró y la cerró.

– ¡Hola!

Se agachó para quitarse las zapas. Había estado corriendo un rato campo a través, y tenían algo de barro.

– ¿Dónde puedo dejar las deportivas? Tienen barro…

–         Aquí en la cocina. ¿café?

–         Con leche, please.

–         Siéntate en el salón si quieres mientras se hace el café.

Joan le hizo caso y se fue al salón. Apartó un montón de revistas que había en una butaca, y se sentó.

–         A lo mejor te apetece ducharte – gritó Fermín asomándose por la puerta de la cocina.

–         No me importaría, pero no tengo ropa para cambiarme.

–         Te dejo yo si quieres. Dúchate y te saco un calzoncillo y calcetines.

–         No quiero…

–         No es molestia.

–         Pero…

–         Ya me los devolverás. O no. A lo mejor te sirve como fetiche.

Joan se quedó mirándole como escrutando la expresión de Fermín para saber como tomarse esa frase.

–         Perdona – dijo rápidamente Fermín.

–         Bien.

Joan se levantó de la butaca.

–         Por el pasillo, la primera a la izquierda.

Salió Joan pues hacia el pasillo.

Se fue quitando la chaqueta del chándal.

Encendió la luz del baño.

–         En el armario de debajo del lavabo tienes toallas.

Se quitó la camiseta.

Se agachó y cogió una toalla.

Tiró de la goma del chándal, lo bajó un poco, y lo dejó caer.

Se lo sacó con los pies, sin agacharse.

Dejó caer también los calzoncillos.

Abrió la mampara de la ducha.

Dejó correr un poco el agua. Hasta que salió caliente.

Entró.

Cerró la mampara.

Graduó la temperatura.

Colgó la cebolla.

Dejó correr el agua.

Fermín entró con una muda, y un chándal.

Se quedó mirando al trasluz la sombra del cuerpo de Joan.

Dejó la ropa en una silla.

Salió.

Desde fuera, se quedó mirando otra vez la silueta.

Volvió a entrar.

Se desnudó.

Abrió la mampara.

–         ¿qué haces?

Empujó a Joan contra la pared. Se pegó a el. Buscó su boca con la suya.

Besó, besó…

Joan intentaba separarle.

Fermín insistió.

Joan se rindió.

Se besaron.

Fermín recorrió con su boca de arriba a abajo el cuerpo de Joan.

Joan miraba al techo…

Y suspiraba.

 ________

Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

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