Una buena mañana para correr (6)

A Joan el sábado por la noche, se le ocurrió una brillante idea. Mientras intentaba leer el libro que le habían mandado en la Uni. Una profe muy cachonda, les había hecho leer el primer libro de la saga Crepúsculo. El 90% de la clase, encantada. Ya lo habían leído… El marciano de Joan, y la marciana de su amiga Jimena, con cara de pánfilos. Con la boca abierta. Como diciendo, “esto es un sueño mi amor”… con acento entre jamaicano, cubano y colombiano. Eso sí… el pavo que decía eso… tenía una cara de socarronería…

Y Joan ese sábado se puso a la tarea. Después de haber leído a Shakespeare de cabo a rabo. Haberlas recitado con Ignacio. De haber leído a Zola, A Proust, a Pío Baroja, a García Márquez… y a tantos otros maestros de la literatura mundial… caer en Stephenie Meyer y su “Crepúsculo” le parecía una tomadura de pelo.

Pero la profe le dijo que, era necesario que leyera también las cosas que leían los jóvenes a los que iba a educar. Y que se fuera preparando para leer las otras 3 novelas. Y las de Eragon.

– Total, me han dicho que tienes mal de amores… por eso llevas esta semana gilipollas. Así a lo mejor aprendes algo.
Joan no dijo nada. Juró no volver a hablar con Inés.

Porque había sido Inés.

Odiaba a Inés.

Salió de clase ese viernes y echaba fuego por los ojos. Espuma por la boca.

Ricardo se fue a acercar… se lo pensó mejor y se fue a mear.

Tere le fue a dar dos besos, y decidió dárselos al conserje que pasaba por allí.

Inés le vio… y fue a su encuentro con una sonrisa.

– H…

Joan la miró con tal cara de odio que “yo no he sido. Por que la profesora sea mi madre no quiere decir que yo le haya contado nada”

Joan se relajó.

– ¿Contado el qué?

Inés se dio cuenta de que había metido la pata.

– Me voy.

– Mejor no te acerques más.

– Te conviene estar a bien conmigo… podría decirle a mi madre…

– ¡¡Puta!!

Joan echó la cabeza hacia delante diciendo “Puta”. Volvía a echar fuego por los ojos. Y esta vez la espuma salía disparada cada vez que decía… “¡¡Puta!!”

Inés desapareció.

Ricardo volvió a aparecer. Le tocó el hombro. Sobresaltó a Joan que no le había visto. Al sobresaltarse Joan, asustó a Ricardo, que apartó la mano rápidamente, como si temiera por su seguridad. La de la mano. O la de él entero. Había presenciado la escena con Inés.

– La zorra de ella le ha dicho a su madre que tengo mal de amores.

– No debes ir contando a todos esas cosas.

– Se suponía que era mi amiga.

– El concepto “amigo” está muy devaluado.

– ¿Tú eres mi amigo?

Ricardo se calló.

– Ten, “Crepúsculo” – y le alargó el libro.

– Pero lo tienes que leer.

– Ya lo leí. Mi hermano tiene otro, en caso que tenga que recordar alguna cosa.

– Vaya.

– Sí, soy de esos a los que desprecias por leer estas cosas.

– Hombre…

– Me voy.

Y Ricardo se fue.

Joan recordaba todas estas cosas ese sábado por la noche, cuando intentaba empezar a leer esa novela. Tenía hasta el viernes para hacerlo. Pero no tenía intención de andar corriendo. A parte, no tenía otra cosa mejor que hacer ese sábado.

Y cuando abrió la primera página… para sumergirse en su  lectura… le vino la inspiración: Iría a correr por la mañana, y con la disculpa de devolverle la ropa que le dejó Fermín, llamaría a su timbre.

Se excitó solo de pensarlo.

Empezó a moverse por la casa.

Recordó el tercer polvo… ese fue el mejor para él… cada molécula de su cuerpo se retorció de placer… y sintió que quería a Fermín… ahí se dio cuenta…

Ahora sí que no podía leer.

Intentó irse a dormir, pero fue peor todavía.

Volvió a intentar leer.

Imposible.

Dio un par de vueltas alrededor de la mesa del salón. En realidad fueron veinticinco. O treinta.

Encendió la tele.

A las 3 de la mañana se quedó dormido con las teletiendas. ¿O fueron los concursos chorras?

Se despertó a las 6. Dolorido y helado.

Se desperezó.

Se fue a la ducha.

Chándal.

Zapas.

iPod.

Llaves.

Se tiró a la calle.

En el portal se acordó que debía coger la ropa que le había dejado Fermín.

Subió otra vez.

La metió en una bolsa de Mercadona.

Y volvió a salir.

Fue por los mismos sitios que corrió el día que se le encontró. Pero no le vio. Llevaba 30 minutos corriendo. Estaba cansado. Se sentó un rato a recuperar en un banco. Hacía frío.

Volvió a correr. Decidió acortar el camino, e irse directamente a casa de Fermín.

4º A

Llamó al portero automático.

No contestó.

Lo volvió a intentar.

La misma respuesta.

Se sentó en un coche aparcado enfrente del portal.

10 minutos.

Media hora.

50 minutos.

Nada.

Se había vuelto a quedar helado.

Empezó a andar hacia su casa. Cabizbajo.

Casi chocó con alguien.

Levantó la cabeza rápido, para pedir disculpas.

Pero la cara que se encontró la conocía de algo.

Tardó en recordar.

– Hola – escuchó antes de saber quien era.

____

Capítulo 1.

Capítulo 2.

Capítulo 3.

Capítulo 4.

Capítulo 5.

Historia completa.

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