Una buena mañana para correr (7)

–        Hola.

–        ¿Te acuerdas de mí?

–        Recuerdo tu cara, y que eras amigo de Fermín, pero si te digo la verdad no recuerdo tu nombre.

–        Jaime.

Y extendió la mano para estrechar la de Joan.

–        Por cierto, me llamo Joan.

–        Sí, sí, ya sabía. Fermín habla a veces de ti.

–        ¿A sí? ¿Está vivo?

–        Sí… lo está.

–        ¡ah!

Se hizo un silencio incómodo. Joan no quería parecer interesado en Fermín, y Jaime no estaba cómodo con la conversación que estaban teniendo.

–        Mira, Joan… eh… Fermín no es buena compañía ahora. Desde que pasó lo de Gervasio ha cambiado mucho. Sigue obsesionado con él. Y… se ha metido en una vorágine de… malos polvos…

–        El mío no estuvo mal.

–        Fermín es bueno en la cama.

–        ¿Lo has comprobado?

–        ¡Huy! Qué más hubiera querido yo. No me ve con ojos de polvo.

–        Casi mejor ¿no? Quizás así no te haga daño.

–        Puede que tengas razón.

–        Sí.

Otra vez se quedaron callados. Joan tenía la cabeza un poco gacha, pero mirando a Jaime. Mirando sus reacciones. Y Jaime recorría su mirada por toda la calle, quizás buscando inspiración, quizás buscando un poco de coraje.

–        ¿Estudias? – preguntó al final Joan.

–        No exactamente. Más bien trabajo.

–        ¿En qué?

–        Catedrático.

–        Pero si eres joven…

–        Ya ves.

–        ¿Un lumbreras?

Jaime sonrió amargamente.

–        Según mis amigos, un aburrido.

–        ¿Fermín te decía eso también?

–        Sí.

–        ¿Y eras su amigo?

–        Su mejor amigo.

–        ¡Joder!

–        Le amaba.

–        Bueno… ¿Y has estado siempre pillado por él?

–        Sí.

–        Y habrás sido tan tonto de estar esperando todo este tiempo a que te mire.

–        Pues…

–        ¡Joder!

–        Pero ya abandoné. De hecho antes de lo de Gervasio… ya dejó de interesarme en ese sentido.

–        ¿Y ya has encontrado a alguien que te guste?

–        Sí.

Jaime se le quedó mirando. Ahora se miraban los dos.

–        Vivo aquí cerca

Joan era un hervidero.

–        Vamos – dijo al fin.

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