Una buena mañana para correr (11).

Ricardo salió del despacho de Jaime hecho un lío. No, esa no era la palabra. Salió con un ataque de nervios. Eufórico. Tenía ganas de saltar.

Se encontró con Maribel. Le contó que iba a correr esa tarde con Jaime.

Maribel se le quedó mirando con cara de susto. ¿10 años de conocimiento mutuo? Maribel no había visto hacer deporte a Ricardo ni 10 minutos seguidos.

– ¿Y tienes chándal?

Pregunta inocente de Maribel.

Ricardo se quedó parado. Ni un músculo movió.

¿Chándal?

Mierda.

Salió corriendo.

Montó en el bus cuando casi salía.

Llegó a su casa.

Fue a su armario.

Allí había un chándal. Claro, en el instituto tenían gimnasia.

Se desnudó en un momento.

Se intentó poner el pantalón.

No pasaba del muslo. Imposible que llegara a la cintura.

Su hermano en la puerta.

Ricardo a saltitos, con los huevos colgando, y con un pantalón de chándal 8 tallas menor de la que necesitaba.

Su hermano, con la boca abierta.

Podría haberse desternillado de risa de su hermano, pero le jodía que se lo pusiera tan fácil.

– ¿Tienes un chándal?

Manuel le miró con esa expresión… como de no haber entendido nada. ¿Su hermano hablaba en chino?

– ¿Un chándal? ¿Tú? ¿Vas a una fiesta de disfraces?

– He quedado a hacer footing.

– Mamá,  Ricardo tiene la gripe A – gritó Manuel por el pasillo.

– ¿Qué dices? – contestó ella desde la otra punta de la casa.

– No le hagas caso, mamá.

Ricardo cogió a su hermano del brazo, y le metió en su habitación.

– ¿Por qué no te callas por una vez?

– Me callaré si me da la gana. ¿O no querías un chándal?

– Sí, sí…

– ¿Con quien has quedado? – preguntó con voz sugerente. – ¿Le conozco?

– No seas bobo, no he quedado con nadie.

– Pues no  hay chándal.

– ¡Manuel!

– ¡Ricardo!

Ricardo no veía otra salida.

– Sí he quedado con un chico, pero no le conoces.

– Dime a ver.

– Es uno de la Uni.

– ¿Joan? ¿Al final te has decidido a declararte?

– No, Joan solo es un amigo.

– Sí, ya… solo es un amigo porque él no te ha mirado nunca más que como un  paño de lágrimas.

– ¡Manuel! Joan es buena gente.

– Bueno… no sé yo… contigo no se ha comportado bien.

– Manuel, no seas injusto.

– Manuel, Manuel – dicho esto con tono de burla –  me vas a desgastar el nombre. Que no me vas a convencer. Que ese amigo tuyo… contigo no es legal.

– Man… solo pasa que no me quiere de la misma forma. Es igual que tú con Estefanía.

– Yo me declaré.

– ¡¡Ains!! Me estás volviendo loco. Joan… es un  amigo. Le quiero mucho… pero está claro que no es el hombre de mi vida.

– Ni el de nadie.

– Eso no es cierto. Estuvo casado  mucho tiempo con Ignacio.

– Y le puso los cuernos.

– Manuel, eso no es cierto. Y…

– Vale, déjalo. No vamos a ponernos de acuerdo. Tú defiende a tu amigo. Yo cuando quieras te demostraré que Joan, no es trigo limpio.

– El chándal…

– Si me dices quien es con el que vas a correr.

Ricardo le miraba con cara de furia.

– Jaime.

Manuel se quedó mirando a su hermano mayor…

– ¿El catedrático?

– ¿Le conoces?

– De vista. Un día me dijiste algo de su culo.

– ¡Joder! Hablo demasiado.

– Está bueno el jodido.

– Tú qué sabrás.

– Que pasa, ¿que porque no me vayan los hombres, no puedo saber ni opinar sobre la belleza de ellos?

– Bueno…

– Anda, cállate. Vamos a ver que chándal te queda mejor. Por cierto… ¿Tienes zapas? No pensarás ir con las bambas, o

– ¿Zapas?

– Si esa cosa que se pone en los pies para correr…

– Joder…

– Y eso no te las puedo dejar, tú calzas un par de números menos que yo.

– Joder.

– Lo que me voy a reír de cómo vas a volver de tu cita. ¡Ja!

– DSFGVSFV SVSdsacd

– Follar no sé si follarás hoy… pero destrozadito…

Y Ricardo le tiró un libro que tenía sobre la mesilla. Libro que Manuel esquivó sin mayor problema.

– Qué violencias. Coge pasta y vamos a comprar unas, anda.

– ¿Pasta?

– Si, sí, pasta… Money… dinero… euros…

– No tengo un pavo.

– Pues aquí se acaba tu cita para correr…

– Préstame…

– Hermano, yo soy el pequeño. En todos los manuales sobre los hermanos pequeños, dicen que estos son los que piden las cosas a sus hermanos mayores.

– Manuel…

– Esto no es justo… me estás privando de aprovecharme de mi hermano mayor.

– Con lo que yo te quiero…

– ¡¡Buagggggggg!! No me hagas vomitar…

– Vamos a comprar esas zapas.

– Ponte el termómetro Ricardo. – su madre había aparecido de improviso.

– ¿Qué?

– Manu ha dicho que tenías la gripe.

– ¿Desde cuando haces caso a Manuel?

– Sí, sí… mamá… mírale… tiene la gripe… ¡¡¡tiene una cita!!!

– ¿Una cita?

Y Ricardo cogió del codo a su hermano. Y salieron los dos a la calle. Y mientras salía, le dio una colleja. O dos.

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Capítulo 2.

Capítulo 3.

Capítulo 4.

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Capítulo 9.

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