Una buena mañana para correr (13)

Jaime no hacía más que mirar el reloj. Ya pasaban 10 minutos. Había deseado con tanta fuerza esa tarde que el resultado de la “cita” fuera un plantón, que al final… ¡plantón!

Hacía frío de cojones. Se estaba quedando completamente helado. Empezó a dar pequeños saltos para desentumecer los músculos y de paso que el proceso de congelación no siguiera su curso. Estaría bien como estatua helada, frente al nuevo museo de la Evolución Humana, que acabarían en un año de estos. Ahora que pensaba, se había quedado esperando frente a la pasarela peatonal… ¿y si Ricardo le está esperando a la altura del puente San Pablo? Estiró el cuello… pero con tantos andamios, vallas, montículos… a ver si acababan de una puñetera vez las obras… no tenía libre el campo de visión.

Así que cambió los saltitos en el mismo punto, por un trote cochinero de un puente a otro. Mirando atrás cada dos o tres pasos, por si se le ocurría aparecer en el puente que acababa de dejar… Pero no… allí le vio… estaba apoyado en una valla que tapaba un contenedor de esos para echar escombros, y parecía concentrado en los operarios que estaban trabajando en una nueva fuente ornamental.

Se paró un rato a observarle. Se le notaba que estaba helado. Se veía subir el vaho que provocaba su respiración. No… no era un adonis… pero era guapo… aunque creo que lo que más le gustó de él, era su mirada… esa mirada tímida con la que entró en su despacho…

Parece que la cita no se iba a cancelar… no le había dado plantón…

De repente Jaime tuvo miedo… Pensó en unas noches atrás, con Joan. Se acercó a él… acabaron en la cama… como Jaime había soñado siempre…Siempre le había mirado en la distancia… cuando le vio con Fermín… Fermín estaba perdiendo el norte… ya había dejado de llamarle… para qué, no podía ayudarle. Y las últimas veces que habían quedado le notaba artificial, como queriendo aparentar un estado de ánimo que no tenía… contando una tras otra aventuras de cama, o amorosas como las llamaba él, pero que de amor tenia más bien poco… se esforzaba en que no se compadecieran de él… y nunca ninguno de sus amigos, que él supiera, había intentando eso, compadecerse de él… más bien al contrario, quedarse a su lado… y apoyarle a que saliera adelante… pero ese Gervasio le cambió… y no había forma de que fuera por otro lado… ni al saber que era casado con mujer, de Santander… con doble o triple vida… a saber… Ya puestos, cualquiera podía sugerir que en San Sebastián, ciudad en la que pasaba temporadas largas, también tendría otra historia, o en Pontevedra… o en Bilbao…

Joan… Joan… cayó en los brazos de Fermín… otro que acabará machacado… pero mientras eso sucede, le ha machacado a él… Se dio la vuelta… no quería caer en lo mismo con Ricardo… o que éste le hiciera lo mismo a él… porque Ricardo era más que evidente, salvo para Joan, claro, que estaba enamorado de su amigo… No quería ni sufrir… ni…

No… pero no podía hacer eso… volvió otra vez sobre sus pasos… fue andando hacia Ricardo… Éste levantó la mirada… y le vio… levantó un poco su mano a modo de saludo tímido, y una atisbo de sonrisa apareció en sus labios…  Se le notaba nervioso… Jaime pensó que le había juzgado mal… no era más feo que Joan… lo que pasa es que Joan parecía tocado permanentemente por un “ángel” y Ricardo parecía más… apagado, tímido…

De repente se dio cuenta de que todos sus pensamientos sobre Joan, sobre Ricardo, sobre Fermín… o sobre Diego… ese chico de San Fernando que le encandiló hace dos veranos, y que apenas se atrevió a decirle hola un día… todos sus pensamientos giraban sobre la belleza… sobre el aspecto físico. Él que siempre había propugnado frente a los demás que la belleza física era solo algo superficial… que había que mirar al fondo… la forma de ser, la inteligencia, la bonhomía, la conexión que se establecía entre las personas… y él, el adalid de esa causa, se encontraba fijándose hasta en el tipo de piel que tenía cada uno, para hacer un ranking de belleza entre ellos…

Ya no podía echarse atrás… así que aceleró el paso…

– Hola ¿Ricardo?

– Sí…

– Perdona – le interrumpió Jaime – es que soy un desastre con los nombres, y aunque  entre las quinielas que llevaba hace un momento en la cabeza, parecía que Ricardo era el nombre que más me sonaba, René andaba por ahí…

– ¿René? Bueno… si quieres podrías llamarme René… no me importaría jajajajaja, nombre secreto…

– ¡Ah!.

– Perdona ahora tú, es una especie de juego que tengo con mi hermano. Nos cambiamos los nombres y esas cosas..

– ¡Vaya! ¿Te llevas bien con tu hermano?

– Sí, sí… muy bien. Tan bien que está en aquella esquina, en Don Jamón, cuidándome en la distancia, por si me dabas plantón o querías violarme.

– Ah… ¿tengo pinta?

– No bobo… pero es que yo en estas cosas…

– Pero parece más joven…

– Y lo es. Yo le saco 4 años…. Bueno, más o menos. Hasta hace unos años, era yo el que cuidaba de él. Pero desde que cumplió 16, estaba claro que él era más valiente, más decidido… y se volvieron las tornas. Ahora es él el que me vigila… bueno no siempre, hay cosas para las que sigo ejerciendo de hermano mayor….

– ¿Es gay también?

– ¿Manuel? Huy, que va… es un machoman y mujeriego el jodido.

– ¡Ah!

– Bueno que… ¿empezamos…?

Jaime le miró de arriba abajo…

– Esto… ¿Haces mucho deporte?

– Bueno… antes hacía… lo que…

– El chándal no es tuyo…

– No, bueno… es de mi hermano…

– Y las zapas son nuevas..

– No…

Se quedaron los dos… Ricardo subía las cejas… Jaime sonreía…

– Bueno que, ¿vais a empezar?

Manuel se había acercado a ellos…

– Manu… lárgate…

– Me llamo Manuel .

Y diciendo esto alargó su mano para estrechar la de Jaime.

– Jaime.

– Espero que seas bueno con mi hermano. El pobre está a dos velas…

– Manuel… te voy a meter la paliza más grande del Universo – y mientras decía esto, intentó ponerse entre Jaime y Manuel, echando el cuerpo hacia delante para poner su cara a menos de dos centímetros de la de su hermano, echando fuego por sus ojos.

– Tengo que cuidar de ti, que tú en estas cosas, quedas con cualquiera… Acuérdate del pavo aquél, el que encontraste en Bakala… anda que… – y diciendo esto le apartó con su brazo, para tener el campo libre con Jaime…

– Huy, Manuel, es interesante todo esto que me cuentas…

– Jaime, no le sigas el juego… Manuel, te piso la cabeza como no te largues…

– Es buena gente Jaime…

– Esto Manuel… ¿tú crees que es buena idea que tu hermano haga footing hoy con esas zapatillas nuevas… nuevas?

– Pues no. No es buena idea, porque le van a salir ampollas hasta en los calcetines. Mejor un paseo rápido y a ver esa peli que lleva en la mochila. A ver si congeniáis y así me libro de sus sesiones de cine… que me tiene aburrido…

– ¿No te gusta el cine?

– Sí, me gusta… pero es que Ricardo es un coñazo…

– Manuel, que te largues.

– “Manuel que te largues, Manuel que te largues” – repetía sin cesar Manuel con voz noña.

– Bobo.

Ricardo estaba perdiendo los nervios… su hermano se estaba pasando…

– Bueno… creo que deberíamos irnos… – Jaime se dio cuenta que Ricardo se estaba poniendo más nervioso.

Manuel se quedó mirando a su hermano. Luego miró a Jaime. Volvió la mirada a su hermano…

– Metí la pata… Me voy… encantado Jaime. No te enfades Ricar… sabes que soy un bobo. Si quieres algo llámame…

Estrechó la mano de Jaime y se fue… cabizbajo…

– Qué suerte tienes Ricar… tienes un hermano fantástico…

– Sí lo es… es un poco cansino a veces…

– No he visto…

– Deja a mi hermano en paz… por favor… y vamos a correr de una puta vez…

– Hey relájate… vamos caminando… ¿Vamos hacia la Quinta o paseamos por la ciudad?

– A lo mejor por la Quinta hace más frío… con tanto árbol…

– Paseemos por la ciudad entonces…

Empezaron a hablar de sus familias, del tiempo, de la Uni… estuvieron casi una hora andando a paso rápido. Al final llegaron al portal de la casa de Jaime. Vivía en una casa antigua, un segundo sin ascensor. Ricardo hizo burla, porque la escalera tenía dos bombillas fundidas, y entre la penumbra, y los ruidos de la madera de la escalera, parecía la casa encantada…

– Quítate esas zapatillas, que seguro que te han rozado.

Se quitó pues las zapatillas.

Sacó dos pelis de su mochila.

¿Cuál? Preguntó enseñándoselas a Jaime.

Eligió “Mi querida Señorita” Dijo que para hacer un homenaje a José Luis López Vázquez, que había fallecido no hacía mucho.

Jaime se cambió de ropa. Se puso el “chándal de estar en casa”, como dijo.

Sacó unos frutos secos para picar, y unas papas fritas.

Y un poco embutido.

Pepsi y Estrella de Galicia.

Ricardo puso el DVD.

Se sentaron uno al lado del otro en el salón, en el sofá.

Empezó la peli.

Se rieron un poco, dándose codazos, tomándose el pelo mutuamente sobre las cosas que habían pasado ese día.

Comieron un poco de embutido. Bebieron cervezas…

Jaime apoyó su cabeza sin darse cuenta en el hombro de Ricardo.

Ricardo le miró de reojo.

Ricardo se sintió bien.

De hecho no recordaba haberse sentido tan bien, desde que su hermano con 4 años, le dijo que le quería más a él que a mamá y papá.

Jaime cerró los ojos.

Ricardo sonreía.

Jaime se durmió. Por primera vez en unos días.

Ricardo acabó el plato de cacahuetes.

Jaime pasó la mano por encima del estómago de Ricardo.

Ricardo sonreía.

Ricardo apoyó su cabeza sobre la de Jaime.

También se durmió.

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Capítulo 2.

Capítulo 3.

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Capítulo 9.

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Capítulo 12.

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