Una buena mañana para correr (18)

Jaime estaba acabando de preparar la merienda.

No, después de lo que había visto en esa cafetería, no pensaba que Ricardo viniera. Estaba claro que había conseguido su meta. Joan había sido su meta, y ahora,  vete tú a saber como había sido, ya lo tenía.

Habían dudado en que hacer. En su fuero interno estaba convencido de que Ricardo no iba a ir a la cita. Estuvo tentado de irse al cine, y esconderse en la oscuridad de la sala, y llorar un rato largo. Ir empalmando peli tras peli, hasta que cerraran los cines.

Pensó luego que era una bobada. Siempre podía llorar en casa. Aunque llorar rodeado de gente siempre tenía un punto más dramático.

Desde que habían quedado por la mañana en su despacho, se había imaginado en como sería la tarde, y el finde entero. Era tan atractiva, en el fondo, esta situación, estas nuevas perspectivas para Jaime, la posibilidad de tener una relación con Ricardo, por primera vez en su vida, basada en el cariño, en la complicidad, teniendo sexo, por qué no… disfrutando de algo que el destino, o él mismo, le había privado durante toda su vida…

Pero era demasiado bonito para ser cierto. No le podía pasar eso a él, a Jaime, el antisocial. El raro.

Al final optó por preparar todo como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera visto nada. La decepción sería más contundente. Y de esa forma tardaría en volver a caer en la tentación. Solo se estaba mucho mejor. Se estaba solo, pero al menos no se sufría. Él no estaba preparado.

Abrió el libro de cocina de su abuela. Su hermano hace años había recopilado las recetas de su abuela. Y las había editado en libro, para la familia. Había pasado un buen rato haciendo la compra. Iba a hacer una tarta de manzana, con su masa quebrada, con su crema pastelera, su manzanita, claro, y su mermelada de albaricoque. Recordaba la que hacía su madre, era sensacional.

Iba a hacer también unas barquetas de langotinos, y unas gambas rebozadas. Había comprado unos patés que por el precio debían de ser algo estupendo. Y luego, para cenar, iba a hacer un pastel de merluza.

Mientras cocinaba se iba recordando por enésima vez ese beso de despedida en su despacho. La cara de felicidad que parecía tener Ricardo. Los calambres que le dio por todo el cuerpo de placer al sentir ese beso. Volvió a imaginar una noche abrazado a él, los dos desnudos. Su miembro erecto, mientas sentía las mano de Ricardo acariciándole su pecho, y mientras sentía palpitar el pene de Ricardo en su culo, aprisionado entre los dos lóbulos… Imaginaba como sonaría otra vez sus ronquidos… suaves, acompasados… se imaginaba cogiéndole entre sueños, sus manos… y besárselas… sentía como si lo estuviera viviendo ahora… un beso de Ricardo en su cuello… Se estaba excitando de solo imaginarse estas situaciones… de repente fue consciente que en todo este proceso mental, no se imaginaba mamadas, ni penetraciones, ni siquiera se imaginaba las manos de Ricardo sobre su pene… o al revés. Toques, roces, contacto físico, cariño a raudales… era lo que parecía que necesitaba más, lo que su mente le dictaba, su inconsciente…

Casi no escuchó el timbre de la puerta.

Miró el reloj.

Era pronto para que fuera Ricardo.

Se limpió las manos con el paño de cocina y se fue a abrir.

Miró por la mirilla… le dio un vuelco al corazón… era Joan.

Abrió la puerta.

Joan levantó la vista.

Se cruzaron sus miradas.

Jaime no sabía que hacer. Estaba completamente desconcertado.

Joan sonrió de medio lado…

– No me esperabas ¿verdad?

Jaime no dejaba de mirarle mientras pensaba qué le depararía esta visita. Quizás Joan que era más decidido que Ricardo, había tomado la iniciativa para ir a casa de Jaime y decirle que Ricardo y él habían empezado una relación. Incluso que habían follado en los servicios de esa cafetería nueva que no recordaba su nombre. Y que no le llamara ni nada.. .que se olvidara de Ricardo, porque era suyo.

– ¿Puedo pasar?

Jaime pareció recuperar la consciencia.

– Sí, pasa. No te esperaba.

Joan pasó. Tras un momento de vacilación le puso la mano en el hombro y le dio dos besos. Jaime apenas atinó a hacer el gesto con la cabeza para propiciar esos besos. Luego pensó que tampoco es que fueran besos. Simplemente un roce de mejillas.

Cerró la puerta. Jaime no dejaba de hacer el gesto de limpiarse las manos en el delantal. Era mejor eso que no saber dónde ponerlas.

– Perdona, estaba preparando una merienda… ¡¡Joder!!

Jaime salió corriendo hacia la cocina. De repente le había llegado a la nariz un olor a quemado… la tarta que iba a ser de manzana, parecía un carbón.

– ¡Hostia puta! Hoy no podía salir nada al derecho. La madre que me parió.

Y cerró el horno con el pie, dando un sonoro portazo.

– ¡Vaya! Lo siento. Si te puedo ayudar en algo…

– No deja, ya me has ayudado bastante hoy. No hace falta que hagas nada más.

– ¡Ah!

Joan se quedó un poco desconcertado con la respuesta de Jaime. Éste poco a poco recuperó la calma, y las normas de educación se impusieron poco a poco.

– ¿Un café?

– No, estoy un poco nervioso, si me tomo un café más…

– ¿Una tila entonces?

– ¿Tienes tila? Muchos no suelen tener tila en casa.

– A mi madre le gusta, y tengo por costumbre.

– ¿Te visita mucho tu madre?

– No, nunca. Es solo de esas costumbres que tienes arraigadas, y no sabes romper con ellas.

– Una tila entonces. Y perdona, no era mi intención el meterme dónde no me llaman… era solo que…

– No te disculpes. Siéntate si quieres en el salón, mientras yo te preparo la tila.

– No deja, no pasa nada. Te ayudo mientras a recoger lo de la tarta. Tenía buena pinta.

– La tenia sí. Pero bueno, la verdad es que era para una velada que me imagino que no se va a producir.

– Te ayudo si quieres a  hacer otra.

– Deja, hablemos antes, si no te importa. Me imagino que has venido a darme la puntilla.

– ¿Darte la puntilla?

– Sí, sí, déjate de rodeos. Os vi a ti y a Ricardo en ese sitio nuevo, cogidos de la mano.

Joan se quedó desconcertado, con la boca abierta. Jaime interpretó el gesto como que le había pillado en renuncio.

– No hostias… no es eso, Jaime. No caía. Fue un momento solo. Estaba contándole a Ricardo la rabia que sentía por lo de Fermín… perdona ya sé que es amigo tuyo…

– Conocido más bien – acotó Jaime.

– Lo que sea… es que… acababa de discutir con él y con Gervasio…

– Ese era amigo tuyo…

– Sí… conocido más bien…

Se quedaron los dos mirándose… y al final no pudieron evitar en romper en carcajadas…

– Esa agua parece que está hirviendo ya…

– Joder, vale, soy un desastre.

Cogió el cazo, y vertió el agua en la traza donde había puesto un sobre de tila. Tapó la taza con un platito, y se fueron al salón.

– Creo que entonces te debo más explicaciones de las que creía.

– No deja, no me debes ninguna explicación… parece que he interpretado mal…

– No, no te disculpes, solo quisiera que me escucharas un rato… luego te dejo con tus preparativos. Incluso si me dejas te ayudo a preparar la merienda, que tengo la impresión de que no tienes muchas tablas en esto de la cocina.

– Ninguna casi. Soy cocinero de libro – y Jaime se sonrió.

Joan intentó pegar un sorbo a la infusión, pero estaba demasiado caliente. Volvió a dejar la taza en el platito, y se dispuso a hablar.

– El otro día no me comporté bien contigo. Follamos, y te dejé a todo correr, para ir a follar con otro. No, no digas nada… déjame seguir por favor. Mira… llevo una temporada un poco difícil. Estuve casado con Ignacio unos años. A Ignacio, a parte de haberme enamorado como un gilipollas de él, le debo la vida. Eso es una historia muy larga… otro día si eso…

Hizo un parón. Jaime se había recostado en la butaca de enfrente. Había cruzado sus piernas, esperando pacientemente a que Joan continuara.

– Cuando murió me sentí perdido. Empecé a buscar a alguien que le sustituyera… necesitaba sentir que alguien estaba a mi lado. No podía soportar la idea de estar solo… no era tanto cuestión de sexo, en mis años mozos tuve todo el sexo del mundo. Un 90% de los hombres no harán en todos los años de su vida el sexo que he tenido yo antes de los 18. Y… probé con muchos. Jóvenes, de mi edad, mucho mayores… pero buscaba un clon de Ignacio. No físicamente, sino de forma de ser. Ya, ya sé, lo busqué en la cama, pero sabes, era lo que yo más dominaba… y un día vislumbré a Fermín. Estaba empezando a salir con Gervasio. Me pillé. Parecía ser un tío genial… y le veía con Gervasio, que yo sabía que no le iba a poder dar una relación, porque Gervasio está casado con una chica en Santander, en donde vive, y tiene dos niños pequeños…

– ¡Hostia! – le salió espontáneamente a Jaime, sin poder evitarlo.

– Sí, ¡hostia! ¿No te había contado?

– No. De todas formas hace tiempo que nos hemos distanciado. Tampoco hemos sido íntimos. Yo no soy de muchos amigos, y menos cercanos. Pero sigue, que si me lío…

– Un día me acerqué en una cafetería. Le saludé y esas cosas, y… acabamos discutiendo. Se portó como un borde… pensé luego que ese no era el Fermín que me había imaginado, o el que yo había conocido antes. Pero no sé si fue a la mañana siguiente o unos días después, nos vimos haciendo deporte, y cuando pasé por su casa me llamó, subí… y hicimos el amor. Fue bueno… cariñoso… como dirían algunos fue un polvo sensacional.

Joan cogió su taza otra vez, tomó un pequeño sorbo. Estaba caliente, pero ya se podía ir tomando.

– ¿Quieres que te cambie la taza?

– Eso estaría genial. Está quemando todavía.

Jaime se levantó y cogió la infusión. Se fue a la cocina y la volcó en una taza fría. Cuando volvió al salón se fijó en que Joan se había recostado, y que le temblaba la mano que tenía apoyada en su rodilla cruzada.

–         Pues, te decía que me pillé. He estropeado el curso, dejé de poder concentrarme, de hacer las cosas de casa, dejé un poco de lado a los amigos, o ellos me dejaron a mí. Estaba furioso, y ellos no me decían lo que yo quería escuchar, lo cual me hacía enfurecer más, y tratar de evitarles… Ricardo es el único que aguantó… y que no se cortó en decirme lo que pensaba. Bueno, no, al final no decía nada, Callaba… lo cual era peor, porque para mi desgracia en esos momentos le conozco tan bien… que podía sentir lo que pensaba, aunque no lo dijera. Y comprobar que le daba miedo mi reacción, me hacía sentir todavía peor… Ideé una estrategia para intentar encontrarme con él otra vez…

–         ¿Con Ricardo?

–         No, no, con Fermín, porque después de esa noche, me dio de lado. Desapareció. Bueno, eso ya lo sabes, fue cuando nos encontramos, no sé que te contó Fermín…

Y dejó un tiempo esperando que Jaime hablara, pero éste no quiso decir nada. A parte, no sabía que decirle. Al final Joan continuó su explicación. Con la taza entre las manos, como si necesitara de su calor para coger fuerzas. Pegando cortos sorbos.

– Y contigo me convertí en Fermín. O en Gervasio. Follamos, y fue genial. Hacía tiempo que no lo hacía con alguien que fuera virgen. Y eso me gusta… no, no te enfades, no es nada malo. A parte disfruté como pocas veces con alguien que no fuera Ignacio. Pero sabes, esta puta cabeza, o el corazón o lo que sea, seguía pillado por ese gilipollas. No sabes por qué, le das vueltas, piensas, te dices a ti mismo que no hay razón para estar así por alguien que te desprecia de esa forma, escuchas a todos, que te dicen lo mismo, pero no puedes salir de esa dinámica. Y Fermín me llamó. Y te dejé a todo correr, y me fui a su regazo. Como si no hubiera más hombres en la Tierra, como si fuera mi tabla de salvación.

Parecía próximo a llorar. Se estaba emocionando según iba hablando. Jaime se incorporó. Se acercó un poco a Joan. Pero no sabía si abrazarle, sentarse a su lado, cogerle la mano, rozarle la rodilla, decirle algo… al final se inclinó un poco y acarició suavemente la rodilla de Joan. Éste pareció no darse cuenta, pero de alguna forma le dio fuerzas para seguir…

–         Y apareció Carlos. Un chico con el que había follado el día anterior. Un chico joven. Apareció casi desesperado, había estado esperando a Fermín todo el día a que le llamara. O el finde entero, no recuerdo bien la escena. Ahí, tuve un clic en la cabeza. Me vi como Carlos, arrastrándome por alguien que me despreciaba. Sentí el desprecio que mostraba Fermín por ese chico, lo sentí como propio. Me sentí patético. No pude resistirlo y salí de allí pitando. Encontré a Carlos en la calle, tirado en el suelo, llorando como un desesperado. Lo llevé a casa…

–         ¿Y follaste?

Joan se sonrió. y le miró a los ojos…

–         ¿En ese concepto me tienes?

–         Bueno, yo…

Estuvieron un rato en silencio. A Jaime le empezaba a doler los riñones de la posición que tenía, inclinado hacia delante, para no dejar de rozar la rodilla de Joan.

–         No, no follamos. Le llevé a casa, y le abracé. Nos tumbamos en el sofá, y poco a poco se fue relajando. Cuando dejó de llorar, se durmió. No me atrevía ni a respirar, para no despertarle.

–         Vaya.

A Jaime no se le ocurría otra cosa que decir. Era demasiada información.

–         Perdona que te haya contado todo esto. Lo único que quería era pedirte perdón. Creo que mereces la pena. Y me hubiera gustado que las circunstancias hubieran sido de otra forma. Quizás en un futuro…

–         No, Joan. No sé lo que va a deparar el futuro, pero, sabes, de momento quizás me apetece intentar comprobar que sale de Ricar…

–         No, ya, no me malinterpretes…

–         No, bueno, no te interpreto de ninguna forma… yo soy muy tonto para estas cosas, sabes. No solo soy virgen en el sexo, también en el cariño, en… bueno en eso… en todo lo que es tener amigos íntimos, o novios, o como se llamen… Pero de momento Ricardo, creo que merece una oportunidad… no, no es que se lo merezca, es que me gusta… ya sé que hace poco que le conozco, pero… bueno, no quiero… eres su amigo al fin y al cabo… no estaría bien que te contara…

–         No, no te preocupes. Ricardo es un tío de puta madre. Seguro que sois felices.

–         Eso no lo sé… pero al menos lo intentaremos, o por lo menos yo. No sé si Ricardo piensa igual o…

–         Te puedo asegurar que a Ricardo le pones un huevo.

–         ¿Te lo ha dicho?

A Jaime se le iluminaron los ojos. Parecía que otro mundo se había abierto ante él. Si lo decía Joan, quizás es que…

– No, no me lo ha dicho. Hoy he sido egoísta y solo he hablado con él de mí. Ahora que pienso, suelo ser siempre egoísta con él. Pero se le notaba. Ha hablado dos o tres veces de ti, y solo con la luz de sus ojos…

Jaime se levantó de improviso. Se había puesto nervioso. Empezó a andar por el salón a grandes zancadas.

–         Y yo con la merienda estropeada.

–         Vamos, te ayudo a hacer otra tarta. Mientras tengas azúcar, huevos y harina, algo podremos hacer.

–         No, no sé… yo…

–         Yo te ayudo, y luego vosotros os quedáis solos y…

–         No, quédate y merendamos los tres…

–         Es que he quedado con Carlos…

–         Pues dile que… ¿es el timbre?

Jaime se dirigió a la puerta a grandes zancadas. Abrió la puerta…

– ¡Hostias!

Joan le había seguido.

–         Joder

–         Sí, encima con cachondeos. Ni se os ocurra reíros.

–         ¿y tú quien eres?

–         Esto … Carlos, este es Jaime… pero Ricar, ¿qué os ha pasado? Estáis empapados.

– Sí hombre encima disimula. Me has dicho que esperara un poco para subir, que querías hablar a solas con Jaime., y ha empezado a caer la mundial. No hay ni una puta cafetería abierta en los alrededores, y el puto portal está cerrado. Y nadie ha entrado, y el portero automático es inexistente, y joder, hace viento también, y nos hemos puesto como sopas, y encima este gilipollas viene y resulta que es él  Carlos, Tú Carlos. Una mierda de tarde. ¡¡Y tienes apagado el puto móvil!! Y tú también… hola Jaime, dame un beso, estoy muy enfadado…

Joan y Jaime estaban a cuadros con toda esa explosión de Ricardo, tan poco habitual en él, Jaime abrió los brazos para acoger a Ricardo que se pegó a él empapándole también, y  puso su cabeza en su hombro. Joan miraba con cara divertida la escena, mientras Carlos no dejaba de murmurar y de llamar gilipollas a Ricardo.

– Te estoy oyendo gilipollas.

– Ya te he explicado, coña.

– Pero ¿de qué os conocéis?

– ¿Recordáis esa cita desastrosa? Este fue el mamón.

– ¡Ya está bien capullo!

– ¡Vale! Id a quitaros esa ropa, y a secaros. Si queréis os podéis pegar una ducha caliente. Ahora os llevo qué poneros y unas toallas limpias.

Ricardo enfiló hacia el baño mientras Carlos se quedaba indeciso.

– ¿Vienes o qué? – se paró Ricardo para esperarle.

– Eres un cabrón con pintas. Menos mal que te di boleta.

– Todavía te doy una paliza, imbécil. Y vosotros, a ver si se os quita esa cara de gilipollas, y encendéis el móvil. Parecía que estabais follando y no quer… ¿Estabais follando?

– No jodas.

– Eso precisamente pregunto.

– Que no, pesado. Lárgate a cambiarte, mira como le estáis poniendo el suelo a Jaime. Le dejo todo para ti.

– Ya. Le dejas, le dejas… tú no dejas nada, yo me lo gané solito… ¡¡solito!! – e hizo un corte de mangas, mientras le sacaba la lengua.

Y cerró la puerta de un golpe.

– ¡Que te calles, Carlos! ¡Que te doy de hostias!

– Vale, vale…

_______

Capítulo 1.

Capítulo 2.

Capítulo 3.

Capítulo 4.

Capítulo 5.

Capítulo 6.

Capítulo 7.

Capítulo 8.

Capítulo 9.

Capítulo 10.

Capítulo 11.

Capítulo 12.

Capítulo 13.

Capítulo 14.

Capítulo 15.

Capítulo 16.

Capítulo 17.

Historia completa seguida (nuevo)

9 pensamientos en “Una buena mañana para correr (18)

    • Hola Chloé… claro que me acuerdo de ti.
      Gracias por la información sobre la novia de Joan Pedrola.

      Y bueno… nadie ha dicho que Joan fuera gay… solo que es un hombre atractivo, y que parece buena gente, y que es español, por lo que me gustaría que tuviera una carrera fructífera y larga.

      Es bonito tener gente así cerca, sean cuales sean sus opciones sexuales.

      Pero de todas formas, me hace una cierta gracia ese interés por demostrar que su opción sexual no es la de ser gay.

      Por cierto, Simon Nessman, tampoco es gay. Y Kerry Degman, tampoco. Andrés Velencoso, tampoco. Ains. Estoy pensando que no nos quedan guapos hombres para elegir… en fin.

      Gracias Chloé por visitarme de nuevo.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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