Una buena mañana para correr (19)

Fermín puso su brazo en una esquina del aparador, y lo barrió con él. Las fotos, las llaves, la colonia… todo lo que estaba un momento antes, pulcramente colocado en él, acabó estrellado contra la pared.

Lloraba espasmódicamente. Se dobló y se sentó en el suelo. Algo le apretaba los pulmones. No podía respirar… sentía como si tuviera una tonelada de mierda sobre el pecho.

Otra vez Gervasio se había ido sin decir adiós.

Una puta nota en la mesilla.

“Me tengo que ir. Te llamaré. Te quiero”

– ¡Una mierda “Te quiero”! ¡¡¡Mamón de mierda!!! ¡¡¡Hijo de la gran puta!!!

Cuando les echaron del “Carmen 13”, se fueron a casa. Comentaron por el camino lo hijo de puta que era Joan. Y se decía amigo de Gervasio. Fermín no podía imaginarse cómo Gervasio había podido ser amigo suyo tanto tiempo, y como él podía haber acabado en la cama con semejante Hijo de la Gran Puta. Y encima repetir. Culos y pollas tenía las que quisiera. No necesitaba las de un gilipollas como él.

Se desahogaron por el camino. Le pusieron a parir. Se reían con sus ocurrencias. Joan era historia para los dos, dijeron.

Y llegaron a casa.

Se fueron desnudando poco a poco. Cada prenda que se quitaban el uno al otro, iba seguido de besos en la zona que quedaba descubierta. Cada palmo recibía su correspondiente beso. Cuando llegó el turno de los calzoncillos, Fermín lamió despacio el miembro de Gervasio. Duro. Lo fue  saboreando despacio. Recreándose en la cabeza… Gervasio hubo de pedirle que parara un momento. No quería correrse tan pronto. Cambiaron las tornas. Gervasio tumbó a Fermín boca arriba, y le fue bajando los bóxer.   Apareció primero el capullo. Todavía estaba medio cubierto por el prepucio. Pero asomaba su punta sonrosada. Fue acercando su lengua con timidez. Lo rozó una vez, el pene de Fermín palpitó. Repitió la acción, con el mismo resultado. Mantuvo ahora entres sus labios la cabeza, haciendo un pequeño movimiento de arriba abajo. Casi imperceptible. Muy suavemente. Lo llenó de saliva, mientras le bajaba suavemente la piel.

Siguió descubriendo su miembro. Centímetro a centímetro.  Cada centímetro que se descubría lo envolvía entre sus labios, y le pegaba un muy suave mordisco. Cada gesto de estos era contestado por el miembro de Fermín con un pálpito incontenible. Y por Fermín mismo, por un  suspiro.

Ya desnudos los dos, se abrazaron y se besaron largamente. Abrazados. Prietos. Ni una brizna de viento podría haber traspasado la línea de unión de los dos cuerpos. Sentían latir sus corazones. Sentían sus miembros apretados contra el cuerpo del otro. Sentían las manos recorriendo todo su cuerpo, mientras sus labios y sus lenguas no se daban tregua.

Fueron recorriendo todas las posiciones posibles. Fermín tomó posesión de la cueva de Gervasio, y luego fue este quien hizo los honores al túnel de Fermín. Se besaron, se lamieron, se ducharon, para volver a sudar en la pasión de la acción. Olían los dos a eso, a pasión, a sexo, a semen. Olían a sudor limpio, solo contaminado por la saliva de ambos. Repitieron e innovaron. Dormitaron el uno sobre el otro, y al revés.

Al final, el sábado al mediodía, Fermín se rindió, y sucumbió al sueño. Despertó un par de horas más tarde, y Gervasio ya se había ido.

Como siempre.

Fermín consiguió levantarse e ir al servicio. Se sentó a mear en la taza del water. No era capaz de mantener el equilibrio. Allí estuvo un rato con los codos apoyados en las rodillas, y con la cabeza apoyada en las manos. Ya no lloraba. Repasaba toda la historia con Gervasio. No sabía que hacer para romper esa dependencia… miles de veces se había imaginado el mandarle a tomar por culo… pero luego, a la que veía su nombre en la pantalla de su móvil, era incapaz de nada que no fuera quedar con él, y decirle  lo que le había echado de menos. Y escucharle como si de un Dios se tratara.

Otra vez aquí, llorando, y sorbiéndose los mocos. Como si fuera un crío de 5 años. Y otra vez caería en los mismos errores de siempre. Era incapaz de tomar las riendas de esta relación. Las riendas de su vida.

Consiguió coger fuerzas, para irse otra vez a la cama. Se tumbó en ella, y buscó el lado en que no hubiera estado apoyado Gervasio, para no percibir su olor. Y consiguió dormir unas horas.

Cuando abrió sus ojos, había recuperado su determinación.

Se levantó decidido.

Quitó las sábanas de la cama, y las metió la lavadora. La puso a 80 º, y en el programa de ropa muy sucia.

Se fue a la ducha.

Tardó casi 40 minutos en ducharse. Quería quitarse todo rastro de Gervasio. Se frotó y frotó la piel. Dejó que el agua caliente cayera sobre su piel, hasta que esta estaba completamente roja del calor, y arrugada de la humedad.

Se dio una crema hidratante por todo el cuerpo.

Se peinó con sumo cuidado. Utilizó gel para fijar.

Fue al armario, y escogió la ropa que mejor le sentaba.

Se miró en el espejo, levantó la barbilla, y se tiró un beso.

Que le dieran por culo a Gervasio. Esta noche, iba a volver a casa con un culo caliente para atravesar. No necesitaba al gilipollas ese. Él, Fermín no necesitaba a nadie para echar un polvo, y para enamorarse de alguien, si quería claro.

Pero ahora no quería.

No necesitaba a nadie. Él solo se bastaba.

________

Capítulo 1.

Capítulo 2.

Capítulo 3.

Capítulo 4.

Capítulo 5.

Capítulo 6.

Capítulo 7.

Capítulo 8.

Capítulo 9.

Capítulo 10.

Capítulo 11.

Capítulo 12.

Capítulo 13.

Capítulo 14.

Capítulo 15.

Capítulo 16.

Capítulo 17.

Capítulo 18.

Historia completa seguida (nuevo)

4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (19)

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