Una buena mañana para correr (20)

Las 9 de la mañana. Domingo.

Joan se desperezaba en la cama. Llevaba ya medio despierto casi una hora, pero no lograba tener la cabeza lúcida. Llevaba dos noches durmiendo como un tronco, cosa que no lograba prácticamente desde que murió Ignacio. Y con el tema de Fermín, su insomnio se había acentuado.

De repente tomó una decisión: apartó de un golpe el edredón, se levantó de la cama, y derecho se metió en la ducha. Iba a salir a correr.

Fue una ducha rápida. Lo suficiente para desperezarse. Salió y se secó con la misma rapidez. Se miró en el espejo. Su pelo cortado al 1, sus ojos marrones, su barba de dos días. Su cuerpo esbelto pero con musculatura. Pelo en el pecho, y en el estómago solo el camino que llevaba a su pubis, pero no abundante. Su pene colgando, lacio, haciendo una curvatura hacia abajo, pero aún así con chicha. Luego en erección no resultaba enorme, pero siempre le había bastado para hacer feliz a sus clientes, cuando se dedicaba a la prostitución.

Al verse desnudo en el espejo, le había venido a la cabeza Alberto, uno de sus antiguos clientes, que siempre le gustaba mirarle desnudo. Le gustaba su culo suave, blanquito, y le gustaba que se girara poco a poco para enseñarle su pene, esa curvatura le ponía a cien, repetía hasta la saciedad, y sus testículos detrás, no demasiado grandes, ni colgaban demasiado.

Joan  recordaba con cariño a Alberto. De sus clientes habituales, era el que le mostraba más afecto, o algo de afecto, mejor dicho. No era solo unas caricias, una mamada, o una penetración… “¿Cuánto es?” “40 euros” “Vale, ten” “Hasta luego”. Con él era distinto. Hablaban, le miraba, le invitaba a su casa y le hacía pasearse desnudo. Le gustaba verle desnudo haciendo cosas normales, sentándose, comiendo…. Y luego, cuando follaban… le hacía sentirse persona.

Joan percibió una sonrisa en su reflejo en el espejo. Le gustaba recordar la cara de placer, de admiración que le ponía Alberto al mirarle desnudo. Hubo un día incluso que Alberto no quiso follar, solo mirarle, acariciarle, y besarle. Era de los pocos con los que se había besado… y de esa forma tan especial, no recordaba a ningún otro.

Alberto era un hombre mucho mayor que él. Tenía al menos entonces 50 años. Él tenía 17, aunque le mentía sobre eso. Siempre le dijo que tenía 19. Con él celebró un 25 de Junio, sus 20. El pobre… le daba pena haberle engañado. Tampoco era ese día su cumpleaños. Tenía entonces la precaución de dar los mínimos detalles sobre su vida. Ni el día de su cumpleaños real se lo dio a nadie. ¿Qué sería de Alberto? Tenía que mirar un día de encontrarle. Nadie le había mirado de esa manera, ni siquiera Ignacio. Fue con el único que se sintió seguro de su cuerpo. Las piernas. Sus piernas le gustaban también. Siempre las había tenido bonitas. De hacer deporte. Los muslos anchos, los gemelos rellenos, los tobillos estrecho, y unos pies sin callosidades ni durezas, suaves, sin venas visibles apenas.

Hacía tiempo que no se estudiaba así en el espejo. Estaba un poco más rellenito que entonces, cosa que por otro lado no era difícil. Entonces comía poco. El dinero se lo gastaba muchas veces en drogas, o en alcohol. Ahora que recordaba… Alberto algunas veces le invitaba a comer. Sí. Una noche le hizo la cena, riquísima por cierto. Él se quejó… y como excusa le dijo que quería verle comer desnudo. Le hizo desnudarse, cenaron, incluso bailaron unas piezas lentas. Alberto vestido, él desnudo. Y le pagó como si hubieran follado 4 veces esa noche.

Joan dejó su ensimismamiento ante el espejo y se fue a poner el pantalón de deporte y su camiseta. Se puso un chándal, y un impermeable encima. Veía por la ventana del salón que llovía. Se puso sus J’Hayber, y salió de casa.

Mientas corría Joan iba repasando todo lo que le había pasado estos días. Como conoció de vista a Fermín, como vio como se iban encoñando Gervasio y él. La discusión que tuvo con Gervasio cuando le contó que se habían liado… Gervasio no le podía dar nada a Fermín. Estaba casado… no iba a dejar a su familia por Fermín. Y este cada día parecía más colgado de Gervasio. Se le notaba en cómo le miraba.

Gervasio acabó la discusión diciéndole que se metiera en sus asuntos. Qué él sabía como manejar la situación. Que quería a Fermín. Joan dejó el tema. No lo volvió a sacar. Gervasio había llegado el momento de volverse a Santander. Ya había acabado su trabajo en Burgos.

Joan vio como Fermín se iba degradando en todos los sentidos cuando se fue el otro. Le veía como un fantasma por la calle. Le llegaron rumores incluso de que se había intentado suicidar. Pero eso resultó ser una patraña de algún desocupado, con dos cervezas de más. Sin darse cuenta, Joan se estaba colgando de Fermín de la misma forma que éste lo había hecho con Gervasio. Pero Joan no conocía prácticamente a su “obsesión”. Llegó el día de la cafetería, la discusión… el día del footing… el primer día que follaron…

Joan se paró un momento. Sin darse cuenta estaba delante del portal de Fermín. Mientras recuperaba un poco el resuello, miró hacía el piso. 4º. No parecía que hubiera nadie. Tuvo un impulso. Cruzó la calle, y pulsó el timbre de su casa en el portero. Parecía que no estaba nadie contestaba.

Ya se volvía, y escuchó una voz que preguntaba quien era. Pero no era de Fermín. Parecía la de un hombre mayor que ellos. Y esa voz no le resultaba desconocida del todo.

No quiso indagar más. Volvió a cruzar la calle y siguió corriendo.

Pasó por el sitio donde se encontró a Carlos sentado, llorando como un desesperado. Recordaba como le llevó a su casa, y como se acurrucó en la esquina de su sofá. Estaba helado. Le hizo un caldito caliente, y le dejó hablar. Le dejó que le contara con pelos y señales su desesperación, su sexo con Fermín, lo que le dijo, lo que le prometió. Como se había colgado por él… cómo había estado esperando su llamada, como le dio un vuelco el corazón cuando enfrente de su casa, le vio llegar corriendo. Como tardó en decidirse, y como al final subió y …

Carlos lloró lo indecible esa noche. Se sentía una mierda. Porque además, él había hecho lo mismo a muchos otros. Luego se enteró que a Ricardo había sido a uno de los que se lo hizo. Lo que le hizo a Ricardo… le pilla en el momento aquel, y le parte la cara. Ricardo tardó en salir del pozo al que le envió Carlos en solo una hora que estuvieron juntos. La degradación, la humillación que le hizo sentir… le dejó la autoestima por los suelos. Pero ahora Carlos estaba probando su misma medicina.

Al final esa noche se quedó durmiendo en esa esquina del sofá. Primero abrazado a él. Luego Joan se fue a su cama.

Carlos se fue por la mañana sin despedirse, hasta que unos días después volvió.

Venía a darle las gracias, y a follar. Cuando Joan se dio cuenta de la situación Carlos ya tenía los calzoncillos en la mano. Estaba bueno el jodido, pensó Joan. La ropa que llevaba no le hacía justicia a su cuerpo. Pero no. Le paró. Le hizo vestirse, y hablaron.

Joan necesitaba otra cosa. Estaba perdiendo el norte, le explicó a Carlos. Y no quería liarse con él, follar, y esperar a ver si surgía algo, o uno de los dos daba puerta al otro, en la primera o segunda noche.

– Mira Carlos, yo lo único que te puedo ofrecer ahora es amistad. Si te parece, podemos charlar, quedamos a comer, a tomar café, a estudiar juntos, si es que estudias, vamos al cine… y si un día surge, si nos apetece, si vemos que congeniamos, que nos queremos un poco, que esto puede ser algo bonito y duradero, pues follamos, y hasta nos casamos si quieres.

Carlos se le quedó mirando un poco decepcionado. Lo intentó otra vez. Intentó convencerle de que era su hombre, de que quería follar con él, de que lo que hizo por él la otra noche le había molado mucho… que creía que le quería…

– Carlos, Carlos, estás repitiendo casi palabra por palabra todo lo que Fermín te dijo el otro día, según me contaste. Llevo ya un año buscando el amor, el algo más que necesito, en la cama. Ahora quiero que sea al revés. Creo que eres un chaval de puta madre, con algunas ideas un poco equivocadas, a mí entender, y estás de vicio. Te pegaría un polvo estupendo. Pero no. Este camino no me está llevando a buen puerto, a dónde yo quiero. Ya te he dicho lo que te puedo ofrecer.

– Joder. No me queda otra. Pero yo iré a follar por ahí, yo…

– Carlos, no era eso lo que decías la otra noche… ¿recuerdas?

Carlos se le quedó mirando unos instantes. Bajó la mirada. Se levantó y se fue hacia la puerta. Iba a salir sin siquiera decir adiós, cuando de un pronto, se dio la vuelta.

– ¿Vamos al cine esta tarde? Ponen una de Sherlock Holmes. Sale el tío este Jude Low, que está mazo de bueno.

– ¿A las 7 o a las 10?

Y fueron al cine. Estuvieron a gusto. Joan al menos. Y creía que Carlos también. Se dio cuenta de que Carlos estaba en realidad muy solo.

Volvieron a quedar. Esta vez con unos amigos de Joan. Se lo pasaron bien. A Carlos le costó entrar un poco en el grupo, pero al final estuvieron todos a gusto. Esa noche al final se hizo tarde y se quedó a dormir en casa de Joan. Carlos vivía en casa de sus padres, en un pueblo cercano. Pero había helado, y… bueno el caso es que se quedó a dormir. Lo hizo en otra habitación, no durmió con Joan.

La cena en casa de Jaime…

– Anda coño –

Joan levantó la cabeza. Era Jaime.

– Estaba pensando en ti precisamente.

– Huy… espero que pensaras algo bueno.

– ¡Joder!

– ¿Sí?

– Nada, nada, me acabo de acordar de quien es la voz que acabo de oír en casa de Fermín.

– ¿Eh?

– ¿Tomamos un café?

________

Capítulo 1.

Capítulo 2.

Capítulo 3.

Capítulo 4.

Capítulo 5.

Capítulo 6.

Capítulo 7.

Capítulo 8.

Capítulo 9.

Capítulo 10.

Capítulo 11.

Capítulo 12.

Capítulo 13.

Capítulo 14.

Capítulo 15.

Capítulo 16.

Capítulo 17.

Capítulo 18.

Capítulo 19.

Historia completa seguida (nuevo)

5 pensamientos en “Una buena mañana para correr (20)

    • sonia… ains… como eres.
      Menos mal que vas reconociendo tu extremo odio hacia mí.
      jijijijiji

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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