Una buena mañana para correr (24)

Su padre de repente se quedó parado mirando a su hijo desnudo, mientras salía de la ducha y se secaba con decisión y enfado.

Ricar se puso la toalla alrededor de la cintura y salió disparado del baño.

Su madre que estaba en el pasillo, se quedó mirándole con cara de preocupación.

Mati giró la cara y miró a su marido.

Sin decir palabra, fue el padre el que tomó el camino de la habitación de Ricardo. Se encontró con Manuel, que iba en la misma dirección. “Esto es cosa mía, Manu”.

Alberto llamó suavemente a la puerta. No esperó respuesta, y entró.

Ricardo estaba buscando una camisa, y para ello tiraba toda la ropa que encontraba en el armario por la habitación. Estaba preso de una agitación como pocas veces le había visto su padre. Se acercó y le rodeo con sus brazos por la espalda. “Cálmate, Ricardo, vamos a hablar tranquilos”.

Ricardo se echó a llorar…

– Siéntate aquí, anda.

Su padre le dejó tranquilizarse un poco.

– ¿Por qué piensas que nos vamos a reír de ese chico o de ti?

– Jaime.

– ¿Se llama Jaime? Vale. Repito entonces. ¿Por qué piensas que nos vamos a reír de ti y de Jaime?

– Es lo que hacéis todos los días. “El pobre Ricardo”. “Que no se come una rosca, porque no vale una mierda”. Marica y encima gilipollas. Que necesita que su hermano pequeño le concierte citas y le siga para protegerle. 21 años y el bobo de él no se ha llevado nada a la boca. Y sus hermanos pequeños, ellos que son tan seguros, ya follan a todo pasto. Pero claro, son guays, y encima heteros. Y el marica es un gilipollas inútil que no vale para nada. Y feo.

Solo se oía el llanto entrecortado de Ricardo.

Alberto miraba de refilón a su hijo. Se armó de valor, y comenzó a hablar, despacio, titubeante.

– Ricar… yo nunca he pensado que fueras bobo, ni gilipollas. Y tu madre tampoco. Y feo no eres. Al revés, eres muy guapo. Diría que eres el más guapo de los tres, lo que pasa es que es más difícil verlo en ti, porque siempre tienes una expresión como de tristeza… Eres gay, o marica, o lo que te de la gana… y nadie te ha dicho nada. Y no podrás decir que te hemos puesto pegas, o que nos hemos enfadado contigo por ello, o que no lo hemos aceptado.

– No, papá, no es eso – Ricardo miraba con sus ojos llorosos a su padre, entre desesperado y suplicante – me habéis ayudado, y apoyado. Pero siento a veces que lo hacéis por lástima. “Mira el pobre Ricar que no sabe valerse”. Y os burláis… yo lo tomo en plan de chunga… pero Jaime es importante… es mi tabla de salvación… no quiero joderla, no quiero que salga corriendo porque Manu diga una chorrada de las suya, o porque vaya de super hermano protector, o Jonás diga cosas como esas que ha dicho antes en el pasillo… él no tiene porque entender ni tomarse a chunga las “bromas” que mis hermanos me hacen. O ese aire de estudiado desapego que tenéis a veces mamá y tú… de no importaros una mierda nada… nada de lo que pasa en mi vida, de mis miedos…

Alberto bajó la mirada. Repasaba a gran velocidad la vida de sus hijos, desde que nació Ricardo, buscando actitudes, respuestas, buscando risas y lágrimas… buscando como siempre hacen los padres el momento del error…

– No creo que necesites ninguna tabla de salvación, Ricardo. Eres lo suficientemente bueno para comerte el mundo si quieres. Jaime será tu pareja, tu novio, se casará o no contigo, será el amor de tu vida, pero nunca será tu tabla de salvación, no… porque no necesitas eso…

– ¿Sabes lo duro que es estar solo papá? ¿Sabes lo que es necesitar un abrazo, dar un beso en la boca a alguien, soñar con eso todas las noches, y no tenerlo?¿Sabes lo que es necesitar un roce de una mano especial, porque necesitas que te toquen… y no tenerlo? Sabes papá, desde que te dije que era marica, no me has dado un beso. Y Manu, en contadas ocasiones. Y Jonás, desde que se enteró que era gay, ni me ha rozado. ¿Sabes lo que es necesitar eso, y no saber como conseguirlo? Sentirte un bobo… porque los miedos te atenazan y ni siquiera a través de Internet ser capaz de decir a nadie que quieres follar con él? ¿Lo sabes? Soy tan tonto que necesito que mi hermano pequeño me busque un ligue. Mi hermano pequeño que es el más macho del lugar. Que cada día se folla a una, buscando un marica para que su hermano folle… ¡¡Alucinante!! Y el hermano, que está desesperado, o sea yo, acepta. Es patético. Y sabes, consigo un chico… y no quiero joderlo… no quiero que llegue y Jonás le diga no sé que de maricas, o se tape el culo para que no le folle, o que Manu le de su aprobación… ¡¡Porque no es nadie para aprobar a mi chico!! Si es que resulto patético, papá… pero ahora que por unos días me he sentido importante… quiero que dure lo más posible… por favor, papá… no me pidas que le llame…

Ricardo lloraba desconsolado. 21 años de frustraciones habían estallado el día que sus padres celebraban sus bodas de plata. Alberto se apoyó en el cabezal de la cama, y atrajo a su hijo para que se recostara sobre su pecho. Alberto notaba los estertores del llanto de Ricardo. Apoyó su cabeza sobre la de su hijo. Respiró el aroma del champú, mezclado con el aroma de su hijo… ese olor que todos despedimos y que solo el que está más cerca de nosotros es capaz de percibir. Ese aroma que hace que los perfumes no huelan igual en todos los que lo usan. Saboreó ese aroma. No recordaba de hecho, la última vez que lo había tenido tan cerca para sentirlo…

– Sabes, Ricardo, luchamos mucho por ti. No había forma de que mamá quedara embarazada. Al final, lo conseguimos. Naciste. Durante los primeros meses, creo que no hubo un solo instante en que no te miráramos. Tu abuelo decía que te íbamos a desgastar… Eras callado. Lloraste muy pocas veces… eso sí, cuando llorabas, eras incansable… estabas horas y horas. Mamá un día casi se vuelve loca. Estaba sola en casa, y no conseguía que te callaras. Al final te quedaste dormido chupando su dedo, y así estuvo 3 horas sin moverse. Sin atreverse a sacar el dedo de tu boquita…

Alberto empezaba a humedecer también sus ojos…

– Nació Manuel. Como todos los padres, tenemos miedo de que el mayor se sienta desplazado al venir un hermano pequeño. Contigo, enseguida nos dimos cuenta de que no debíamos temer nada de eso. Al revés, tú nos desplazaste de él. Le cuidabas, le dormías, con 6 años le dabas de comer… le protegías… Manuel fue mucho más llorón que tú. Pero aparecías… y se callaba. Mamá casi se coge el disgusto del siglo cuando Manuel le dijo un día, ante la pregunta tonta de la abuela María, de “A quien quieres más, a mamá o a papá” y el bobo de él contestó: “Ricardo”… y encima pronunciaba bien las “r”…

– Luego fue y me lo dijo a mí…

– Ya, lo escuchó mamá… yo en esos días te acuerdas estaba mucho tiempo fuera. De viaje de trabajo y eso…

– Sí, me acuerdo.

– Así que Manu y tú hicisteis una especie de “pareja”, que al final acabó excluyéndonos casi a nosotros. O nosotros nos apartamos, quizás porque nos gustaba que hubiera esa complicidad, o porque en el fondo era más cómodo.

Paró un momento para pensar por dónde seguir. Para ordenar sus ideas, sus sentimientos, y para encontrar la mejor manera de transmitírselos a su hijo.

– Habéis seguido así. Siendo uno el apoyo del otro. No te equivoques. Manu te necesita a ti tanto como tú a él. Él es… más lanzado aparentemente, pero duda muchas veces. Y si hace cosas, si se lanza, es porque te tiene a ti. Eres lo más importante en su vida. Si ahora le dices que deje a Diana, no tarda dos minutos en dejarla por ti. No pienses que ahora tú eres el que se apoya en él. No sientas que eres una mierda a su lado. Él es más abierto, sí, pero te necesita. Y no pienses que a mamá y a mí, no nos importas. Tomamos la decisión de guiaros, pero no imponeros. De apoyaros, pero no haceros dependientes de nosotros. Pero observamos. Y estamos ahí.

Volvió a callar. Notó que Ricardo se había tranquilizado. Notó como apoyó su cara sobre su mano, para rozarla… para tener ese contacto físico.

– Un día nos dijiste que eras gay. Mamá ya se había dado cuenta hacía unos meses. Pasaste mala época. Luchaste contra ese sentimiento en silencio muchos meses. No se lo contaste ni a Manu. Pero él se dio cuenta también. Te conoce mejor que nadie. No se le podía escapar. A ninguno nos ha importado nunca que te gustaran los hombres. Eso sí, posiblemente no hayamos acertado al darte apoyo. Quizás deberíamos haberte ayudado, aconsejado, o… bueno, no sé. Pero tampoco somos perfectos, y no encontramos la manera. Parecía que remontabas… y lo dejamos estar. No nos dimos cuenta a lo mejor de que esos miedos te atenazaban de una forma que no podíamos imaginar, y que te condicionaba tu vida de una forma que… no alcanzamos a entender.

Alberto giró un poco su cabeza, para poder darle un beso en la mejilla a su hijo.

– No he sido consciente de que no te había besado o abrazado desde que nos dijiste lo de ser gay y eso. Tendré que pensar en ello, y corregirlo… quizás pensé que no necesitabas esas demostraciones de cariño. Seguro que Manu no es consciente de ello. Si lo ha hecho, ha sido sin darse cuenta. Te adora. Te lo repito. Y Jonás… bueno, tiene 15 años. Está en esa edad en que a todos nos han sobrado los cariñitos. Para él de todas formas, aunque le habéis cuidado entre los dos, le habéis querido, pero nunca ha podido penetrar en esa complicidad que tenéis Manu y tú. Quizás por eso ha sido más desapegado. Pero Jonás, siempre ha ido a vosotros para que le ayudarais. Y te quiere como a si mismo. Esas cosas que dice, a lo mejor es que está dudando de lo que él mismo es. Y… muestra su confusión con esas expresiones…

Ricardo se incorporó un poco y se giró, para mirar a su padre…

– Papá… Jaime es importante para mí…

– Hijo, por eso quiero que venga. Porque si es importante para ti, es importante para tu madre y para mí. Y porque hoy quiero que todos los que son importantes para cualquiera de nosotros, pase el día celebrando nuestras bodas de plata. Por eso me gustaría que le llamaras, y que le invitaras. Va a venir Diana, y van a venir Juanjo y Fernando, los amigos de Jonás. Quisiera que hubiera venido también Joan, pero tampoco quisiste invitarle. Es tu mejor amigo… llámales a los dos, anda. Quiero mostrar orgulloso a los amigos y novio de mi hijo mayor. No voy a permitir que Manu venga con su chica, Jonás con sus amigos, y tú no vengas con tu mejor amigo, y tu chico especial.

– Pero…

– Venga, anda. Y además, a Manu le gusta Jaime.

– Pero Joan no.

– Bueno, pues que le den por lo de Joan. A mí no me gusta esa Diana, y no digo nada.

– ¿No te gusta?

– No. Es boba.

– A mí tampoco… pero no se lo digas…

Alberto le sonrió.

– No se lo diré, si llamas a Jaime.

Ricardo agachó la cabeza. Alargó el brazo para coger su móvil, que lo tenía en la mesilla. Su padre se levantó, y salió de la habitación. Allí se encontró con Manu, que tenía también los ojos humedecidos, y tenía cara de tristeza. Su padre le abrazó… y le besó en la cabeza. Jonás asomaba tímidamente su cabeza por la puerta de su habitación. Se le notaba desorientado. Su madre apareció por el otro lado del pasillo. Le abrazó por detrás, y le dio un beso en la mejilla.

– Anda, Jonás, prepárate. Tienes que ducharte y vestirte y todo.

– Jaime, hola… no, no, no seas tonto, no he acabado… jajajajajaja… oye… que te quería pedir un favor… ya sé que es un poco precipitado… ¿Podrías acompañarme a las bodas de plata de mis padres?… Sí, sí, a todo. Incluida la comida.. y la misa… sí… no seas tonto… que…

_______

Historia completa seguida (nuevo)

Historia por capítulos.