El hombre de la gabardina (2)

No era la canción que esperaba, pero era la que sonaba ahora, sin duda en algún lugar de su memoria quedarían ancladas para siempre ella y este momento. Sobre el foso marino de su memoria reposarían como un viejo buque vencido. Olvidados sí, pero al menos existirían. Y estarían juntos.

Se desabrochó el último botón de la camisa, era un gesto demasiado cinematográfico, un gesto casi que su imaginaria audiencia le pedía. Era lo que debía pasar. Se aflojó la corbata monocromatica (nunca había sabido escapar de la esclavitud de los colores neutros) y dejó asomar su blanca carne entre sus sucias ropas. Como un niño que asoma la cabeza entre el lodo. Ese destello de pureza en la negrura de la ciena.

Las manos sobre la barra, moviendo el zippo. Pim pam, pim pam. Demasiado tópico, demasiado típico, una sucesión de clichés atormentados. Una influencia makiavelika de películas de serie negra corriéndose sobre su rostro. Sabía cual sería su siguiente movimiento. Sólo una marioneta.

Pero él era un hombre.

Pero esa película ya la había visto

La gabardina descansaba en el taburete contiguo. La lluvia remendaba lo que su dueño negaba. Un poco más brillante, demasiado. Los lamparones mordían la tela. Pero brillaba. Siempre le gustaron las cosas que brillaban. El mate, siempre le recordó la muerte. La cara de un muerto subyugada en makillajes. Mientras la vida se comía su carne.

Muchas decisiones son fruto de circunstancias inesperadas. Y muchas veces, son decisiones que finalmente acarrean pesadas cargas o nos bendicen temporalmente. Ocasiones que aparecen de la nada. Trenes expresos que se detienen, para cólera del maquinista, en perdidas estaciones casi olvidadas. Te subes o no lo haces. Pero no esperes que vuelva pequeño. La vida no es tan maravillosa. Las cosas pasan cuando no pueden evitar escapar de ti. Todo desemboca para volver al nacimiento del río como un gran círculo existencial que nos devora. Y nos da la oportunidad de brillar. De brillar con luz propia.

No quería estar allí, no debía, podía, pensaba o creía que estar allí fuese a cambiar nada. Y sin embargo, el brillo de la vida había despuntado esa mañana en el ala de su sombrero desgarrandole los párpados. Con esa luz que nos regala la vida, que chispea entre las montañas para bañar la tierra finalmente. Como una ola, que se aproximaba y rompía sobre nosotros. Iluminandolo todo. Y oscureciendo algo. Aunque no sepamos bien el que. Algo se movía en el jodido cosmos y no eras sus pelotas se dijo el tipo de la gabardina. Y cuando algo se mueve en este jodido cosmos, o te quedas en casa emborrachandote en el suelo, con los calzoncillos y el sombrero como uniforme de campaña, o sales a la calle y te juegas la vida con el primer trilero que te prometa que el amor está debajo de su cáscara de nuez.

Odiaba esa situación. El haberle conocido, y no haber podido evitar enamorarse él. Odiaba que aquella playa, antaño refugio de sus delirios, encubadora de mil sueños y aventuras que ya nunca nacerían, se convirtiera a su lado en un lecho de estrellas donde poder amarse ante la curiosa mirada de la luna. Nunca debió amarlo tanto, con un poco menos de amor habría bastado para mantenerlo a su lado. Pero lo perdió. Y ese desagüe se llevó también parte de su corazón. Y no pudo evitar mirar el agua arremolinarse en el agujero, y creyó distinguir algo rojo. Habían sido demasiado impetuosos, como dos cabritillos dando tumbos, embistiendo sus corazones. Demasiado rápido. Tragaron más amor del que podía digerir. Ese amor era un ataúd. Ese amor no llevaba al altar. Llevaba directamente al cementerio.

Odiaba ver su amor lleno de esparadrapo tirado en cualquier calle de esa puta ciudad. Odiaba que sólo pudiese escuchar las atropelladas sirenas como única banda sonora. Hubiese preferido que no supiese a que sabe el suelo de su ciudad. Sabía que ese amor era fuerte, era duro. Pero estaba herido de muerte. Y el no tenía fuerzas para arreglar nada. Ni siquiera era capaz de arreglar su propia vida. Lo había perdido todo, y eso que nunca llegó a tener nada.

Y sin embargo ese rayo de luz le había quemado la piel de nuevo. Había hundido sus dedos blancos como la leche en su tierna carne, y había tocado su alma. Su esencia se había estremecido al son de la música de un te quiero. Se había vuelto a sentir vivo. A verse tocado por la mano de ese dios que tanto le había esquivado.

En aquella taberna había hecho las paces con dios. Había quemado su garganta con licor. Y había llorado desconsolado. Ahora dios le había perdonado también. Él no creía en dios. Pero necesitaba pensar que había purgado su pecado. Y el culo de su vaso le prometía un mundo mejor. Y en ese culo de vidrio azotado por miles de copazos, existía dios. Su dios. El único que le importaba.

Las 23:00. La hora. El principio de una esperanza. O la noche sobre su mejilla. Con su frío tacto. Que te consumía algo por dentro. Que se llevaba tu alma. Y solo dejaba dos estrellas gastadas en la orilla de tus parpados. El simple deje de las agujas del reloj derrumbó los muros de su realidad sobre aquella barra.

Y allí estaba. No era cómo creía. No era como había sido cuando hundía sus uñas en su carne, mientras su húmedo aliento devoraba su cuello. No era como había sido. Una estatua griega que algún rico dueño abandonó en un jardín. No brillaba pensó. Pero de repente, con la misma naturalidad con al que el pájaro se posa en tu cornisa. Entre las verjas de sus pestañas escapó un suspiro que hizo creer de nuevo al hombre de la gabardina. La vida estaba presa en esos ojos que lo habían visto todo. La esperanza gritaba ayuda ante la atenta mirada de sus carceleros. De aquellas arrugas que había crecido en su piel. Recordándole que había cometido demasiados errores. Y que el tiempo sólo es una vieja puta que corre demasiado para todo lo que ha bebido.

Pero el hombre de la gabardina no las veía. La luz del chico se lo comía todo. Era la luz que estremecía al animal en su jaula. Era un deseo y una promesa. No dijo nada. Pero su mirada perdida, lanzó el ancla de la vida hasta su pecho. Y así, entre los latigazos de la sangre que se derramaba sobre su camisa, la música pareció empezar a sonar de nuevo. Explotó en sus oídos y le hirió de muerte. Y todo volvió a girar. El cruel mundo empezó a moverse. Y los clientes entraron y salieron con el son de as agujas del reloj. Y las copas tintinearon sobre la barra.

Y por una vez, se sintió seguro. Y las olas rompieron sobre sus cuerpos desnudos. Y el viento cobijo sus gemidos en un te amo y lo lanzó hacia el infinito

“Esos dos acabados no están bien” murmuró la muchacha. Pero torció el gesto al detenerse en sus miradas. Algo se le quebró en el alma. Y supo que nunca amaría como ellos. Y no sabía por qué pensaba eso. Pero en esos momentos, era lo único sobre lo que tenía una certeza absoluta.

El amor de esos dos borrachos, había regalado al mundo un minuto más de esperanza.

Y sin duda, había matado al escritor. Pero eso es otra historia.

Biron, vuelve.

No hace falta que os presente a Biron. Es un fotógrafo americano, que suele tener la gentileza de enviarme de vez en cuando alguno de sus trabajos, para que yo los comparta con todos vosotros.

Sus trabajos son siempre interesantes, y en muchos casos provocativos. Son característicos los unos que hace del color, y de la luz. Así como que suele usar modelos no convencionales. Y no le cuesta experimentar con situaciones, o con temas provocativos.

Os pongo estas dos fotos, pero en estos días, he colgado el resto de la serie en “Y… vuelven mis dedos a volar sobre el teclado”.

Si queráis ver directamente las fotos de Biron, pinchad aquí.