Una buena mañana para correr (27).

Jaime estaba como loco buscando algo que ponerse.

Desde que recibiera la llamada de Ricardo, conminándole a que se presentara en la iglesia donde sus padres iban a celebrar sus 25 años, estaba en un sin vivir.

Primero intentó quitarse el muerto de encima. Que no, que si planes, que si… pero como ya le había confesado a Ricardo que esa mañana no iba a hacer nada, porque se había olvidado de que Ricardo tenía esa celebración, y había pensado pasarla con él… ninguna de esas excusas baratas que se buscó a toda prisa, servirían para algo más que llenar el cubo de la basura.

Luego empezó con que no tenía nada que ponerse… pero no coló… porque Ricardo le había visto el montón de trajes que tenía en su armario. Porque Jaime otra cosa no tendría en el armario, pero trajes… y camisas… y corbatas a juego…

Pero es que la idea de enfrentarse a los padres de Ricardo, y al hermano pequeño… le aterraba. Ya tenía bastante con el otro, que en ese momento ni se acordaba de cómo se llamaba. Y eso que le había caído bien. Menos mal que había sido así, encontrarse con él por un pasillo de la Universidad, y recibir su mirada… si cayéndole bien parecía que decía “Cuidadín Jaimito, que si le haces algo a mi hermano, te rebanaré el cuello, después de hacer lo mismo con tu polla” Porque el hermano de Ricardo era más de decir polla, ó picha, que pene o miembro viril. Y Jaime en esos momentos se le imaginaba con un cuchillo, mirándole fijamente y diciéndole: “Pórtate bien, que si no… “

Además, pensaba, era demasiado pronto para ir a un acto familiar, como la pareja de Ricardo… ¡Si se acababan de conocer! ¡Si ni siquiera habían follado!

No, no, bueno, eso no se lo podía decir a su madre, por favor… o sí, a lo mejor la tranquilizaba… o no, a lo mejor le hacía pensar que si era impotente, con lo rápidas que iban las cosas hoy en día, seguro que su madre estaba al cabo de la calle de esas cosas… O a lo mejor pensaba su padre que se estaba aprovechando de su hijo, y cogía el mismo cuchillo que…  ¿Dónde estaba el jodido traje gris marengo que se había comprado apenas hacía unos días?

“Tranquilo Jaime… respira hondo”.

Por favor, si no se había ni afeitado esa mañana…

“¿Es la puerta?”

“Joder están llamando a la  puerta”

No, no… no estaba para recibir a nadie… no, no. Para nada. No abriría… no, no. Que viniera en otro momento…

Vuelven a llamar insistentemente.

“¿Y si es Fermín?”

Recordaba haberle dicho que si necesitaba algo… pero no… no podía venir en ese momento. Todo había cambiado desde que en la escalera le había llamado el Ricardo ese por el que empezaba a perder la cabeza, y le había dicho que le esperaba en una hora y poco en la puerta de la Iglesia para presentarle a sus padres, a su otro hermano, y al resto de la familia, como su chico… su pareja… su novio… ¡novio! ¡NOVIO! ¿Y en que iglesia había dicho que era la ceremonia?

“¿Qué hora es?”

“¡Agggggggggggggggggggg!”

Vuelve a sonar el timbre…

– Joder, pesado que ya voy, que estaba cagando.

Glups, que había dicho… joder, él no era así hasta… hasta… hasta hacía 10 minutos. Las influencias de Ricardo… pero si él se enfrentaba a 200 alumnos todos los días, a 200 fieras que apenas tenían un par de años menos que él, y algunos ni eso… y ahora se ponía histérico por conocer a un par de señores respetables que iban a casarse de nuevo, después de 25 años…

Otra vez el timbre.

– Que ya te he oído, coño, pero no estoy… huy… Joan…

– Vengo a ayudarte con el traje, y a llevarte arrastras a la iglesia.

– No, no hace falta… ¿NO se cree Ricardo que vaya a ir?

– No, más bien está convencido de que vas a echar a correr en dirección contraria.

– Qué falta de confianza en uno, por favor. ¿Habrá algún tren para las Maldivas que salga en 10 minutos? ¿Tú crees que llegaré a tiempo de cogerlo?

Jaime le miraba suplicante a Joan, esperando que le cubriera, esperando que le dijera que sí, que llegaría a tiempo, que había ese tren, no ya para las Maldivas, sino para el polo sur, que creía que estaba más lejos, o no, pero le daba igual, el caso es que fuera sinónimo de lejos, de un sitio inalcanzable… con algo donde esconderse, donde evitar que Ricardo o su madre le encontrara, o ese hermano pequeño que tenía que ser un diablo vestido de adolescente de 14 años. ¿O era 15? ¡qué más daba!

– Joan, ¿estás seguro que Diego no tiene un cuchillo para rebanarme los testículos si no estoy a la altura?

Joan se echó a reír.

– ¿Y quién es Diego?

– El hermano siguiente, el que conozco yo…

– Se llama Manuel.

– Pues Manuel, qué más da a buen entendedor….

– ¿Por qué no te afeitas Jaime?

– ¿Afeitarme? ¿No colará así?

– No, porque entonces a lo mejor si es verdad que su madre coge el cuchillo de la cocina y te afeita ella misma, odia las barbas.

– ¡Ay madre! Voy, vale, me has convencido – y salió corriendo camino del servicio, aunque volvió con la misma prisa – no se que ponerme Joan, no tengo ropa, no debería ir a ese sitio… no, no… sí…

– Vete a afeitarte, anda, y después te metes en la ducha. No me obligues a meterme contigo en ella…

– Sisisisis, y me besas, yo le llamo a Ricardo diciéndole que me he besado contigo, y que lo dejamos, y que perdón… ¿Su madre maneja bien el cuchillo? ¡Ay madre! Pero que he hecho yo para merecer esto. No me hablo con mis padres y voy a conocer a los de mi novio. ¡Mi novio! Pero si no he hecho la pedida, si nos acabamos de conocer, si no hemos consumado… nonononono… yo creo que debería irme a Chile, un gran  país, o a Argentina… ay madre…

Joan le empujó sonriéndose, hacia el servicio. Levantó la tapa y le sentó en la taza.

– ¡Caga! ¿No decías que tenías ganas?

– Pero espera al menos que me quite el calzoncillo.

– Estás en pelotas.-

– ¿En pelotas? Huy…  – Jaime se quedó pensando un minuto… y de repente entendió la cara de estupor que había puesto la vecina del 5, que bajaba por las escaleras cuando abrió a Joan.

Joan aprovechó esos segundo de abatimiento de Jaime, para salir e ir al armario para elegir un traje. Aunque era casi más práctico mirar por las sillas de toda la casa, o por la cama… casi todo el armario estaba desparramado por toda la casa.

– Ya he elegido el traje. Y la camisa – dijo al cabo de 10 minutos – Espero que ya estés bajo la ducha, aunque no oigo el agua… Jaime, o te metes en la ducha, o me desnudo y te meto yo. Y se lo cuento a Manuel para que saque la navaja…

– Vale, vale, tampoco hace falta ponerse violento, vamos digo yo, estoy echándome un poco de after-shave, para estar más suavito, no quiero pinchar a la madre de Ricardo… ¿sabes como se llama?

– Se llama “la madre de Ricardo” fundamentalmente. Ni zorra. He estado alguna vez con ella, pero no se me ha ocurrido preguntarle. Y como siempre habla de su madre…

– No te pregunto entonces por su padre.

– “El padre de Ricardo”.

– Y el hermano pequeño, será “El peque de Ricardo”, como si lo estuviera viendo.

– Hugo, creo que se llama Hugo.

Joan se quedó pensando…

– Pues a lo mejor no era Hugo… ni zorra de como se llama… visto mi éxito con Manuel, que a mí si que rebanaría sin ningún tipo de duda ni remordimiento, pues como que no he intentando hacerme amigo del resto de la familia. A parte que Ricardo tampoco ha propiciado que confraternice con ellos. Es curioso ahora que lo pienso.

Jaime asomó la cabeza por la puerta del servicio, que había entreabierto.

– ¿Tiene problemas en casa? No me ha dicho nada, yo tenía la impresión…

– Y es la impresión verdadera. No tiene problemas en casa, que yo sepa. Pero me he puesto a pensar y siempre le he oído que tal día habían ido a comer los amigos de alguno de sus hermanos, o la novia de Manuel… pero Ricardo nunca me ha llevado a comer, y rara vez he estado en su casa…

– Así que casi vas a conocer a la familia hoy…  como yo.

– Pues no tanto, pero lo que se dice compartir una fiesta o velada con ellos… sip.

– Vaya… ¿Y no estás nervioso? Eres su mejor amigo…

– Pues sí lo estoy. Pero estaba disimulando bien, pero estás consiguiendo que me ponga histérico como tú… así que dúchate de una puta vez, y nos vamos, que encima llegamos tarde.

Jaime se quedó mirándole.

– ¡Vamos!

– Voy, voy… no tardo nada…

– Frota bien el culo, por si acaso.

Jaime salió escopetado una vez más del cuarto de baño…

– ¿Qué has querido decir? No… a mí no me hace gracia – Joan se estaba riendo a carcajadas sentado en una de las butacas del Salón.

– Que te duches coño… ¡Hombres! Mejor cerdos, que no tienen problemas cuando les comes el rabo.

Jaime se quedó mirándole mientras pensaba la frase. Mientras pensaba su anterior recomendación. Joan miraba. Sonreía. De repente dieron los cuartos en el reloj de pared.

– Jaime, o te acabas de preparar, o te dejo aquí solo…

Quince minutos después, Jaime estaba completamente vestido, y acabando de colocar bien el nudo de la corbata. Joan se le acercó por detrás, y le dio el Ok a través del espejo. Aprovechó para darle un beso en la mejilla.

– Estás guapísimo Jaime. Cada vez me arrepiento más de haberme ido de aquella forma de aquí.

– Gracias – Jaime le sonreía a través del espejo – No te lo había dicho antes… pero hoy estás especialmente arrebatador.

Joan se le quedó mirando.

Los dos cruzaron las miradas.

Apenas se tocaban, salvo en la imagen que reflejaba el espejo.

A Joan… cada vez le gustaba más Jaime.

A Jaime… siempre le había gustado Joan.

Y emprendieron una conversación sin palabras. Con el espejo de testigo.

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