Una buena mañana para correr (29).

– Ger, se me ha olvidado coger los potitos de las niñas, ¿subes a por ellos?

– Vete andando, ahora bajo.

Rosa cogió a sus hijas de la mano, y se fue camino del Paseo Marítimo. Hoy no llovía y había que aprovechar para que las niñas jugaran en la calle un poco. Llevaban casi 10 días sin que parara de caer agua.

Gervasio volvió, y subió a casa. Aprovechó que su mujer estaba con las niñas en la calle para conectarse a Internet y ver sus correos. Ander. Tenía correo de Ander. Se verían el lunes, cuando Gervasio fuera a Logroño. Pasarían la noche juntos. Tenía también correo de Tomás. Le contestó que no iba a ir a Palencia hasta la semana siguiente. Que le avisaba. También tenía correo de Fermín. 5. Los borró sin leerlos.

Buscó la dirección de Javier. Quería recordarle que se verían el miércoles. Un chico de Santander le había mandado un mensaje al perfil de la página de contactos. Fue a visitarlo. Parecía interesante. Luego le contestaría.

– ¿Qué haces?

Gervasio se sobresaltó. Miró hacia atrás. Se encontró con su mujer que le miraba con una expresión entre la pena y el desengaño.

– ¿Y las niñas?

¿De verdad te preocupan las niñas? ¿De verdad te preocupo yo?

– Rosa, no sé a que viene eso… yo…

– Tranquilo, las niñas están con tus padres.

– ¿Mis padres? No entiendo…

Rosa se dio la vuelta y salió de la habitación que hacía las veces de cuarto de estar. Gervasio cerro la tapa del portátil, y la siguió. No entendía el comportamiento de su mujer, pero estaba intranquilo. No sabía lo que había podido ver.

– Perdona, me he acordado que tenía correos del trabajo sin contestar…

Rosa no le dejó acabar.

– No me tomes por tonta.

– No te entiendo, Rosa. ¿Qué te pasa?

Rosa se fue al Salón y se sentó en una de las butacas. Gervasio intentó acercarse a ella y cogerla la mano… pero Rosa rechazó el contacto.

Se quedaron en silencio. Gervasio a su lado mirándola. Ella con la mirada perdida.

Él se sentó al final en la butaca de enfrente. Esperó. Estaba nervioso. No dejaba de mover rítmicamente, arriba y abajo, la pierna izquierda. ¿Por qué habría decidido mirar su correo? ¿Qué habría visto ella?

– ¿Cuanto pensabas estar con este juego Ger?

– No sé a que te refieres, cari. Ya te he dicho que…

– Y yo te he dicho que no me tomes por tonta. Deja de hacerte el tonto, o de tomarme a mí por tonta.

– No sé a que te refieres, cari.

Gervasio intentó otra vez acercarse, pero ella le puso la mano en alto, para indicarle que no lo hiciera.

Volvió a sentarse en la butaca, cada vez más inquieto.

– ¿Por qué te casaste conmigo Ger?

– Porque te amaba, qué pregunta.

– ¿Me amabas? ¿Cómo me puedes amar si eres gay?

– Pero cari – e hizo amago de levantarse con cara de indignación, aunque el gesto de su mujer le convención de no acercarse a ella – ¿Cómo puedes pensar eso?

Ella se le quedó mirando con cara incrédula…

– ¿Qué como puedo pensar eso? Deja ya esa pose Gervasio, por favor.

– Cari..

– Que lo dejes ¡joder!

Rosa se levantó iracunda, y fue ella la que se acercó a la butaca de Gervasio. Iba inclinada hacia delante, con los ojos desorbitados.

– ¿Y Fermín? ¿Y Diego? ¿Y Ander? ¿Y Jesús? ¿Y Rubén? ¿Y Sergio? ¿Y Borja? ¿Y todos esos de los que ahora no recuerdo el nombre?

Rosa chillaba. Tenía su cara a escasos centímetros de su marido.

Gervasio tardó escasos segundos en reaccionar. Apartó de un empujón a su mujer y se levantó. Ahora era él el que chillaba.

– ¿Pero que te has creído zorra? ¿Te crees que lo sabes todo? Todos esos son personas con las que mantengo relaciones de trabajo ¿Pero quién te has creído que eres tú, zorra? ¿Me estás controlando? ¿Quién eres tú para echarme en cara nada? ¿Te crees que soy marica? ¿Y tú que eres, imbécil? Una deprimente hija de papá, sin vida ni sentimientos… me das asco, Rosa. Asco.

Gervasio le dio la espalda, y se alejó de ella.

– Hija de puta – iba diciendo mientras se alejaba.

Rosa fue a uno de los cajones del aparador que tenían en el Salón. Sacó un sobre. Lo tiró ruidosamente encima de la mesa.

– Mira esto.

Rosa se fue hacia la puerta de la calle, poniéndose otra vez el abrigo.

– Comeré con tus padres y las niñas. Cuando vuelva, sobre las 6, no quiero verte en casa – abrió la puerta, y salió.

– ¿Que pasa, vas a poner a mis padres en mi contra, puta? – se lanzó hacia la puerta – ¡¡Putaaaaaaaaaaa!! ¡Llamarme marica a mí, estúpida frígida!

Gervasio estuvo tentado de ir tras de ella, pero casi en la puerta, se lo pensó y volvió al salón.

Se sentó en el sofá, al lado de la mesa donde había tirado su mujer el sobre.

Se lo quedó mirando.

Pensó que serían las condiciones de la separación. Si quería separarse esa puta, iba a saber lo que es bueno, pensaba. Le iba a costar un pico a su padre.

Pero estaba intranquilo.

Lo cogió.

No estaba cerrado.

Lo abrió.

Había muchas fotos.

Él y Diego.

Él y Fermín.

Él y Ander.

Él y Joaquín.

Él y Javier.

En todas estaba besándose. O en la cama, abrazados.

Estaba sus perfiles en las tres páginas donde los tenían.

Estaban sus mails.

Se quedó mirando la pared.

La boca abierta.

La mente bullendo.

Cogió su teléfono.

Llamó a su mujer.

Una

Dos

A los veinte minutos se cansó.

Rosa no le contestaba.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.