Una buena mañana para correr (31)

Joan pagó al taxista.

Apoyado en un coche le esperaba Carlos.

– Ya puede ser importante, voy a llegar tarde a las bodas de plata de los padres de Ricardo.

– ¿Al final vas?

– Sí, al final voy.

– Pues guay.

– Deja de cumplidos, y dale. ¿qué pasó?

Y le contó.

– ¿Pero qué más te da que te chantajee? No tienes pareja, estás fuera del armario… ¿O no lo estás?

Joan se quedó mirándole…

– ¡Joder, Carlos! Yo creía… te das esos aires…

– Pues no, no lo sabe nadie. Aquí soy gay, en mi casa no.

– Anda que tú, venir a salir del armario en Burgos, ciudad moderna y avanzada donde las haya…

– Y que quieres que hiciera… es un lugar tan bueno como otro cualquiera. Aquí nadie me conoce. En Palencia sí.

– Haberte ido a Valladolid…

– No, porque hay mucho trasiego entre Valladolid y Palencia. Corría más riesgos.

– ¿Riesgos?

Carlos miraba siempre al lado opuesto donde estaba Joan. Éste no hacía más que andar por delante de él. A veces se paraba y le buscaba la mirada, pero nunca la encontraba. Carlos siempre tenía un punto en la pared de enfrente, o en el suelo, o en el firmamento dónde posar sus ojos.

– Es muy largo de explicar, y tienes que ir a las bodas de plata de tu amiguito.

– De sus padres. Y no es mi “amiguito” – hizo el gesto de las comillas Joan – es mi mejor amigo.

– Bueno lo que sea.

– No, Carlos, lo que sea no. Ese aire es lo que te pierde. ¿Por qué debería perder el tiempo ayudándote a ti? Con esos aires que te das…

– Pues no me ayudes, joder. Parece que… en que hora te habré llamado. Para que me des la chapa ahora con que si… esto es una mierda – Carlos estaba agitado, se había levantado del coche y andaba dando vueltas alrededor de Joan .

– Oye, tío, nada de chapa. Que no tengo nada que hacer aquí. Desde luego lo de Fermín y todo lo que te pase lo tienes bien merecido, por chulo y engreído. Vas de líder, y en realidad eres un mierda. Que te den – Joan se dio la vuelta para irse hacia la calle, para coger el primer taxi que pasara por allí.

– Joder, Joan, ya me conoces…. no te vayas. – Carlos corrió detrás de Joan, y le retuvo cogiéndole del brazo. – Soy una mierda. – Joan se giró – Pero nadie lo sabe, y eso me salva. Lo sabes tú y me imagino que tus amigos. Pero si la gente se enterara de la mierda que soy… Joan, no tengo a nadie a quien pedirle ayuda. No tengo a nadie más que a ti. – Carlos le suplicaba con la mirada, le cogió las manos, y por primera vez buscó la mirada de Joan, mirada dura e interrogante – Perdóname… sabes que me cuesta pedir perdón… me cuesta prdir cualquier cosa. Joan, no tengo amigos, más que tú

Joan hizo un gesto para responder.

– No, no digas nada, Joan. Vas a decirme que no somos amigos, que nos conocemos apenas hace un par de semanas, si llega. Lo sé. Pero eres lo más aproximado a un amigo que tengo. Y lo siguiente sería Ricardo, así que imagínate… Joan… please…

Volvieron los dos sobre sus pasos, hacia el coche que estaba aparcado en frente del portal dónde vivía Juan Carlos. Joan, volvió a pasearse por delante del coche dónde Carlos se había vuelto a apoyar. Ahora era Carlos quien buscaba ansioso cualquier gesto de Joan. Y era éste, quien tenía sus ojos clavados en el suelo. Como si estuviera buscando la lentilla que nunca se le podría caer, porque no usaba. De repente se paró, y se plantó enfrente de Carlos.

– No entiendo varias cosas. A parte de lo que me has contado… ¿Crees que podría chantajearte con tus padres? Parece que se ha centrado en que piensa que tú y yo estamos juntos. Eso no es problema. Y si es por dar alas a las fotos, la verdad es que cualquiera que las vea, estaría encantado de visitarte en tu cama. Podrías hasta cobrar.

– Joder, no se trata de eso. ¿Y si se ha enterado que estoy en el armario? ¿Y si se entera de quienes son mis padres?

– ¿Quienes son tus padres?

– Déjalo, prefiero que no lo sepas. Es… déjalo, anda. – se levantó del coche y se alejó de él.

Joan se acercó por detrás, y le puso la mano en el hombro.

– Estoy pensando… – hablaba Joan – que es difícil que se haya enterado. Porque si no lo sabe nadie aquí, sería mucha casualidad que hubiera hablado con alguien de Palencia que te conociera y le contara. Y no creo que sus redes de investigación lleguen hasta tan lejos. No creo que se haya enterado. Nadie se lo puede contar. Y por mucho que tus padres sean ricos o poderosos, no son públicos, porque si no los apellidos te hubieran delatado.

– Pero Joan, no puedo estar seguro…

– Nunca podremos estar seguros. Pero debemos tener alguna estrategia. Parece que por lo que le ha enviado a Ricardo, todo hace indicar que lo que intenta es chantajearte con contármelo a mí, tu millonaria pareja.

– Más o menos.

– Estaba pensando… ¿Y por qué no follas con él? Total, no puede estar tan…

Carlos levantó su brazo derecho para darle un golpe a Joan, pero este fue rápido y se alejó lo suficiente para que fallara.

– Vale, vale, era broma. Tu fama de gran follador te precede.

– Y de gran miembro, no te jode.

– Hombre, en reposo no está mal. Como crezca en proporción, tienes que tener un miembro… interesante.

– ¡Cállate, joder! No, no crece en proporción, aunque no me quejo. Pero yo follo con quien quiero, y no follo con mierdas.

– Ya estamos con la prepotencia.

– Joder… ¿Intentas decir que debo follar con él? – Carlos se encaró con Joan – ¿Según tú debo plegarme al chantaje y meterme en la cama con él? Y luego mañana querrá cobrar por alquilarme, y le digo amén. Y pasado me lleva…

– Para Carlos, para. Era broma. Necesitas relajarte un rato.

– ¿Broma?

Carlos relajó un poco su cuerpo. No era un día en que apreciara las bromas, aunque era cierto que necesitaba relajarse.

– Es que encima me ha dado una mierda para dormirme, y me duele la cabeza, joder. Y esto me tiene…

– Para un rato, anda.

Pero Carlos seguía con su frenético caminar delante del portal.

– ¡Para, joder! Me estás mareando.

– Joder, no lo entiendes. Si se enteran mis padres… es que…

– Venga, vamos – Joan, le agarró del brazo, y le empujó hacia la puerta.

– Pero ¿qué le vas a decir? Pero…

– Calla, ya improvisaremos. Te estás comiendo la cabeza. Recuerda que eres mi pareja. – – Y estás colado por mí. Así que hazme el favor de agarrarme de la cintura, o de la mano, o mírame con cara de besugo.

– Yo no sé hacer eso…

– Pues con Fermín…

– Eres gilipollas. Debo estar desesperado para llamarte a ti…

– Estás desesperado, y no tienes a nadie. Así que no llores tanto, y dame la mano, gilipollas. Y ahora sí, muéstrate tan arrogante y chulo como eres siempre.

Joan, le extendió la mano, de la forma que se la extiende un padre a su hijo pequeño. Carlos al final se la cogió, y empezaron a acercarse al portal. Joan se paró de repente, y le agarró de la camiseta a Carlos, acercándole a él. Le dio un beso de enamorado. Se separó, y le miró con ojos de besugo. “¿Ves? Así quiero que me mires.” le susurró en el oído. Joan volvió a darle un beso. Y otro beso. “Relájate, coño”. Empezó a andar otra vez, y subir las primeras escaleras que llevaban al portal. Se volvió de repente y buscó otra vez la boca de Carlos. Éste ya estaba entrando un poco en su papel de enamorado. Ya no le sorprendían esos besos repentinos.

– Amor, llama al piso de tus amigos.

– Sí cielo.

Y Carlos llamó.

– Por cierto, no me gusta que me llames cielo. Busca otro epíteto cariñoso, o se me va la cara de besugo.

– ¿Niño?

– Vale, no es mi ideal… pero acepto.

De repente se abrió la puerta del portal, y salió corriendo un chico. Por detrás de ellos, escucharon un estruendo.

Se giraron.

Lo que parecía una maleta abierta, había caído precisamente sobre el coche en donde había estado apoyado Carlos, durante casi toda la conversación con Joan. Los alrededores del coche, se llenaron de camisas, calzoncillos, libros…

– ¡Hijo de puta!

– Insulta, insulta, gorda marica. No me tientes que te tiro la mierda que te he sacado al pasillo. Tienes 20 minutos, o lo prendo fuego.

– ¡Te juro que te…!

– Todavía te ganas una hostia, imbécil.

Joan y Carlos, cogidos de la mano, estaban con la boca abierta. Carlos reconoció a Diego, pero estaba tan sorprendido por la escena que no fue capaz de reaccionar. Joan tiró de Carlos, y aprovechando que la puerta del portal no se había cerrado, entraron.

– Pero… – intentó decir Carlos.

– Luego.

– Si es…

– Calla, joder, y tira.

Montaron en el ascensor. Joan le abrazó y le besó apasionadamente. Llegaron al piso y mientras Carlos abría la puerta, se seguían besando. Pararon un segundo, ya en el descansillo, para mirarse con mirada de pollos degollados.

– Sigue así, lo estás haciendo muy bien – susurró Joan, mientras me mordía la oreja.

– Creo que nos está viendo.

– Eso espero. Vamos…

Se separaron sin dejar de mirarse, y poco a poco se giraron hacia el piso. Había como una barricada de cajas, ropa suelta, libros, un portátil, una televisión… y allí, en medio de todo ese desbarajuste, estaba Juan Carlos, mirándoles.

Carlos y Joan enfrentaron sus miradas con la de Juan Carlos. Joan apretó ligeramente la mano de Carlos. Éste creyó entender el mensaje.

– Hola, Juancar, querido. He venido a tratar de ese mensaje que me has enviado a través de un amigo. Te presento a…

– Tranquilo, cari, no hace falta que nos presentes. Tú amigo Juancar y yo, somos viejos conocidos. ¿Verdad que sí, Carlangas?

________

Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

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