Una buena mañana para correr (32).

Juancar se había quedado blanco. Parecía haber visto a un fantasma.

– ¿Te sorprende verme?

No atinaba a contestar. Carlos iba mirando alternativamente a Joan, y a Juan Carlos.

– ¿No nos vas a invitar a pasar a tu casa? ¿Te ayudamos a sacar alguna cosa? ¿Te mudas?

Juan Carlos estaba petrificado en medio de la puerta.

– Vamos, cari – dijo Joan, al final tirando de la mano de Carlos – Seguro que Carlangas tiene una aspirina para el dolor de cabeza que te ha creado la mierda esa que te hizo beber anoche.

Y diciendo esto, enfiló decidido la puerta de la casa, apartándole con una mano.

– ¿El salón? ¡ah! Vale, por aquí. Carlangas esta casa es una pocilga. No me extraña que tengas que hacer chantajes para follar. Yo si no te importa, tomaré un zumo, y Carlos tomará otro zumo, y la aspirina. ¿Que le echaste? Va, déjalo, no me lo digas. Da igual. Cualquier mierda barata. Puedes cerrar la puerta de la calle, si quieres. No quisiera que los vecinos o ese pobre diablo al que acabas de echar, se enteren de las mierdas de las que vamos a hablar. Presente y futuro… Cari… quien nos iba a decir que el Juancar del que me llevas hablado toda la mañana, era mi “querido amigo Carlangas”. Futuro y presente que vienen a darse de la mano en un instante. Nos sentamos mientras nos traes los zumos. Por cierto, los zumos sin abrir. Por eso de que no se te caiga nada, que ya nos conocemos.

Antes de sentarse, apartaron unas revistas del sofá, y una caja de Pizza vacía. Pensándolo mejor, Joan decidió no sentarse, no estaba seguro de no mancharse el traje.

En un segundo, volvió el anfitrión con unos Bi-Frutas de Pascual, y una caja de aspirinas. Al final Joan encontró una esquina que parecía lo suficientemente limpia y se sentó.

– Ves, cari, como Carlangas es un buen anfitrión. Y tu que lo dudabas… Juancar, te has quedado blanco. Huy, cualquiera diría que te has encontrado de bruces con un fantasma. Pero mucho mejor así, ya no tendrás pesadillas por las noches pensando que me habías matado… ¿verdad? Yo, un joven de apenas 17 años, marica, y chapero – Carlos levantó las cejas, no se esperaba esa declaración de Joan – Tú un chulo de veintipocos, que necesitaba pisar a quien pudiera, para olvidarse de lo marica que se sentía.

– Yo no soy marica.

– ¡Ja! No es marica… – Joan se levantó teatralmente – Carlos… Juancar no es marica… ¡ah! Claro, que para él, marica es solo el que pone el culo. El es muy macho. Le gusta petar culos, pero son solo agujeros. Na… no es para nada marica. Aunque, entre tú y yo, Cari – Joan se acercó de su salto a dónde se había sentado Carlos, y puso la mano al lado de su boca, como indicando que le iba a contar un secreto – yo le he visto con el culo en pompa y con los ojos en blanco… sip.

– Eso es…

– Verdad, Carlangas. Y tú lo sabes. Por eso me diste ese golpe en el suelo,. Cuando estaba ido por el mono, y por los golpes de aquellos. Ese golpe que pensaste que me dejaría ya muerto.

– Yo…

– Tú ¿qué?, Juan Carlos. ¿Tú qué? ¿Quieres ver la cinta de video-vigilancia del local? ¿Y el del banco un poco más arriba?

– Es es un farol. No tienes nada de eso.

– Arriésgate.

Se quedaron mirándose ninguno pestañeaba. Uno estudiaba la posibilidad de un farol. Él otro jugaba sus cartas sin pestañear.

– Estoy seguro de que es un farol.

– Tú mismo. Yo que tú por si las moscas, entraría en tu estudio. Y borraría los archivos de las fotos de mi chico. Y me sacas las fotos que tengas impresas. Y también vete borrando las fotos que les has enviado a tus cómplices.

Mirándole de reojo a Joan, Juan Carlos decidió lanzarle un órdago. Nadie le iba a callar tan fácil en su propia casa.

– Te pone los cuernos y encima le defiendes. Sigues siendo patético. Sigues sin tener la más mínima autoestima. ¿Sigues haciendo chapas por 15 euros? ¿Sabías que tu chico era un chapero desde los 16 años? ¿Sabías que ha lamido culos llenos de mierda? ¿Cuanto cobrabas por eso… 25 euros?

– Buen intento, Carlangas. Te explico una cosa, marica de mierda.

Joan se fue acercando a su antagonista. Le puso la mano encima del hombro, y señaló a Carlos.

– ¿Ves a Carlos? Es guapo ¿verdad? Le has visto desnudo… tiene un cuerpo de muerte. Pocos cuerpos has visto como el de él. Le has visto la polla, pocas pollas como esa has visto tú. ¿Le ves la mirada? ¿Ves lo que transmite? No, ya sabía yo que tú no eres capaz de ver nada. Mira… Carlos, mi chico, es guapo. Y lo sabe. Y se lo cree. Y sabe que cualquiera cae rendido a sus pies, solo con pestañear. Es un chulo y altanero. Tiene a todos los hombres que quiera. Mírate en el espejo. No eres el tipo al que mi chico se follaría. Además, Carlos no es pasivo. Es más, le duele mucho cuando le penetran. No, no has follado con él hoy. Ni lo vas a hacer nunca.

– Muy seguro estás… mira las fotos…

– Ya las he visto. He visto las fotos que has enviado al amigo de Carlos. Y sigues siendo un maestro en el timo de la estampita. He visto un cuerpo bonito, abrazado por un cuerpo asqueroso. Y por cierto, llama a tu especialista en photoshop, que la foto de la penetración, está muy claro que no es el cuerpo de Carlos.

– Eso…

– Eso te lo digo yo, gilipollas.

– …

– …

– …

– …

– …

– Estoy esperando que traigas las fotos. Y ,mejor será que no tenga indicios de que esas fotos rulan por ahí.

– No puedes hacerme nada. Si tu hablas…

– ¿Me estás amenazando? Tengo prisa. Las fotos.

Joan se le quedó mirando de nuevo fijamente. Le extendió la mano, para indicarle que estaba esperando esas fotos. Juan Carlos era remiso a dar su brazo a torcer. No estaba acostumbrado a perder.

Al caco de unos minutos, Juan Carlos dio su brazo a torcer. Se dirigió al pasillo en busca de las fotos.

– Cari, tírame esa especie de bata que hay ahí.

– ¿Esto? Pero…

– Trae, pesado. Tu quieres que te explique todo, y tú no abres la boca. Vete hacia la puerta.

– Niño, pero…

– Vete a la puerta. Y ciérrala. Espérame en la calle. Si está el chico ese, ayudale a bajar lo que sea, y que se quede contigo.

– Pero…

– Haz de una puta vez lo que te digo.

– Vale, vale.

Joan se puso esa especie de bata.

Esperó a que cerrara la puerta Carlos.

Se puso los guantes.

Cogió una especie de cachaba que vio en el paragüero.

Fue rápido por el pasillo, hasta la primera puerta. La entreabrió. Juan Carlos estaba hablando con una chica…

– ¿Seguro que está todo bien grabado?

– Seguro, Juancar. Desde que han entrado lo he grabado todo.

– ¿Has copiado las fotos en…?

– Ahora lo voy a hacer. Luego le puedes decir que las borras. Mañana mandaremos esas fotos a todo el campus. Y ya he avisado a Germán para que me llame. Le encargaré que busque a todos los relacionados con ese Carlos, su familia, amigos de fuera…

– Bien. Voy a darle las fotos a ese gilipollas. Se va a llevar una sorpresa…

Joan aprovechó que los dos estaban dados la vuelta, buscando las fotos, para entrar. El primer golpe con al cachaba se lo dio en la parte de atrás de las rodillas. El segundo a la altura de las costillas. Se giró y le dio una patada a la chica en el estómago. Cayó hacia atrás, llevándose por delante la cámara que tenía instalada en un espejo falso del salón. La otra pared tenía otro espejo falso, y daba a la habitación en dónde Juan Carlos perpetraba sus aventuras amorosas. Golpeo los cristales con el bate improvisado.

Tocó ahora golpear el ordenador. Tiró la carcasa, y entre los desechos del mismo, entresacó su disco duro. Comprobó que no tuviera dos.

Miró como Carlangas y su amiga, se retorcían de dolor en el suelo. El miedo asomaba en sus caras.

Cogió una bolsa, y metió en ella el disco duro, y los CD y DVD que vio por allí.

Fue a un armario al otro lado de la habitación, y lo abrió. Fue tirando todo el contenido sistemáticamente. Cogió unos álbumes de fotos, en donde aparecían sus últimos trofeos. Alguna cara le resultaba conocida. Lo metió todo en la bolsa.

Se dio la vuelta, y le dio una patada en la espalda a Juancar.

La chica intentó reptar hacia la puerta.

– Puedes salir de aquí hoy con mucho dolor y moratones, o con la cabeza rota. Elige.

La chica se quedó quieta, llorando.

– Tú no sueñes, vas a salir con la cabeza rota. Esto que huele es mierda… ¿No te habrás cagado, valiente?

Revisó la mesa. Metió en ella todo cuanto parecía que podía ser de interés. Ya lo estudiaría con detenimiento. Unos DVD que encontró en un cajón, más fotografías en papel. Se alejó hacia la puerta. Echó un vistazo a la habitación. Miró hacia las esquinas de arriba, en busca de cámaras o algo parecido. Parecía que no se dejaba nada. Reparó en la cámara tirada en el suelo. Por si las moscas la cogió y la metió en la bolsa. Miró a la chica y se acercó hacia ella.

– ¿Como te llamas cielo?

– Virginia – dijo entre sollozos.

– ¿Virginia has dicho? Antes hablabas más alto… como ha cambiado la situación ¿Verdad? Antes creías tener el poder sobre los demás… ¡Como pone eso! Esos pobres gilipollas de la otra habitación, a los que tenemos en las manos. Podemos cerrar los dedos y escuchar como crujen sus huesos, como destrozamos su vida hasta que gritan ¡Basta! Y se entregan… a vosotros o… vete tú a saber.

– Te vas a cagar, voy a denunciarte. Vas a acabar en la cárcel. Tengo amigos en la policía. – le dijo entre estertores de dolor Juancar – Siempre has sido un mierda… chupapollas… “el tirao” “dos duros una mamada” “Tres, abierto de culo”.

Joan le miró con desdén. Volvió otra vez su atención a la chica.

– Bueno, Virginia, tu amigo parece chulito y seguro de sí. Así que me vas a ir contando, qué se me ha escapado de esta habitación. Tú eres su técnico – diciendo esto, la agarró de su melena y tiró de ella hacia atrás.

– Te lo juro. Aquí no hay cámaras, ni nada… te lo juro…

– Juancar me da que no te estás tirando un farol. Tiene que haber algo que se me escape…

– Ya lo veo.

Joan se dio la vuelta sobresaltado. Era Carlos que había entrado de improviso. Fue hacia una de las esquinas, en donde había una especie de mesita con libros encima. Allí asomaba apenas un portátil, de los pequeños, con su cámara y su micrófono.

– Guárdalo aquí, anda. Ya hablaremos. Es mejor que te vayas. Y…

– No, Joan. No me voy.

Dándose la vuelta le dio una patada a Juan Carlos a la altura del estómago. Y luego otra, y otra… parecía desbocado… Joan le agarró fuertemente, rodeándolo con sus brazos. “Tranki, Carlos” – le susurró.

– Ya, ya… ya estoy bien.

Joan empezó a soltarlo, pero Carlos se revolvió y esta vez le golpeó a la chica.

– Ya, ya, ahora sí…

Se miraron los dos, y Joan le indicó con la vista, que saliera de la habitación. Carlos le decía que no con un imperceptible movimiento de cabeza.

– Vas a tener suerte, Carlangas. Mi chico te acaba de perdonar la cara

Joan se agachó esta vez a su lado. Le empezó a dar suaves tortas en la cara.

– Eres capaz de sacar lo peor de mí, Carlangas.

Se le quedó mirando sonriéndole.

– Carlos, vete un momento y echa un vistazo a la casa. Sabes lo que debes buscar. Dile al de la maleta voladora que te ayude.

– No me…

– No va a pasar nada, Carlos. Hazme caso.

Se le quedó mirando, como estudiándolo. No estaba seguro de lo que veía en el gesto decidido de Joan. A parte de que no lo conocía suficiente, su rostro era impenetrable. Al final, no pudo aguantar el gesto, y salió. Volvió su atención hacia su amigo Carlangas, y intuyó un gesto de fastidio al ver a Carlos salir a revisar su casa.

– Parece que tienes algo más que escondes.

– No…

– Ya, veremos.

Joan pronto escuchó a los dos como revolvían el resto de la casa.

– Hoy, al verte, se me han revuelto las tripas, Carlangas. Y he tenido verdaderas ganas de matarte. Y de hecho, todavía no acabo de tener decidido el no hacerlo.

– No tienes cojones.

– ¡Bahhhhhhhh!, si es que no se trata de cojones. Se trata de ser de una forma u de otra. Yo creo que ser chapero, no está mal del todo. No es la mejor profesión del mundo, pero por lo menos no se hace daño a nadie. Tú eso lo denigras, y en cambio disfrutas jodiendo al personal. Haciendo chantaje, vendiendo drogas, pegando a la gente… No, no digas nada, ahora hablo yo. A mí casi me matas, pero a Juliana, sí la mataste. Primero la destrozaste la vida, y luego la mataste. Mi vida por entonces, no valía nada. Pero esa mujer, era todo bondad, era todo entrega a los demás. Comprobarás en los próximos días si lo de antes, era un farol mío o no. Yo por si las moscas, iría preparándome para vivir en la cárcel un tiempo largo.

Joan se levantó, empezaban a dolerle las piernas de estar en cuclillas.

– Procura mientras eso ocurre, que no te encuentre en mi camino. Y procura que tampoco te encuentren ni mi chico, ni ese otro al que has echado de esta casa hoy. Ni a ningún otro que pueda yo conocer aunque sea de vista.

Juancar, no levantaba la vista del suelo. La chica les miraba de reojo. Joan iba hacia la puerta, cuando volvió de repente, levantó nuevamente la cachava que había vuelto a coger, y lo estampó primero contra las espalda de la chica, y luego contra la de Juan Carlos. Tiró lo entonces, y salió de la habitación, cerrando la puerta.

Carlos y Diego le esperaban en el pasillo. Se quitó la bata que se había puesto, y los guantes, los metió en la bolsa con las demás cosas y salieron todos de la casa. Joan llevaba una bolsa con lo que había requisado y Carlos llevaba otra bolsa voluminosa con lo que había cogido del resto de la casa.

– Me llamo Joan

– ¡Ah! Yo Diego, encantado.

Joan se le acercó y le dio dos besos.

– Lamento haberte conocido en estas circunstancias. ¿Tienes dónde quedarte?

– Ya encontraré algo, no…

– Vale. O sea que no tienes ni puta idea de dónde dormir esta noche.

Diego bajó la cabeza.

El ascensor llegó al portal.

Joan sacó unas llaves de uno de sus bolsillos, y se las lanzó a Carlos.

– Llévale a mi casa, le instalas en la habitación del fondo.

– Vaya, has sacado tu lado mandón hoy… me has dejado de una pieza ahí dentro…

– Deja de decir paridas, que no tengo tiempo. Ya hablaremos esta tarde. Además solo he empezado a darte instrucciones.

– …

– Calla.

Joan sacó una libreta de otro bolsillo, y apuntó una dirección y un nombre.

– Luego, llevas todo lo que hemos sacado de esa casa, a esta dirección. Ahora le llamo para avisarle.

– …

– ¡Que te calles! Lo de hoy te va a costar unos cuantos recados. Y no son los de hoy, porque todo esto es por ti, nada más. Es para asegurarnos de que nadie te va a chantajear más. Y tú… ¿Diego me dijiste que te llamabas? Cierra la boca, que se te está quedando cara de bobo.

– Pero Joan, no sé…

– ¿Alguna pega? Tú tenías coche, ¿verdad? – miró a Diego, y este asintió – Pues lleva todo a mi casa. Y luego vas con Carlos a ese recado. Mañana hablamos tranquilo. Al menos unos días puedes quedarte. Y chicos, me voy, llego tarde a una celebración.

Dio un pico a Carlos, y un beso en la mejilla a Diego.

Joan se giró y con una corta carrera, acabó de llegar a la calle principal. Levantó la mano con gesto decidido, para llamar la atención de un taxi que pasaba por allí.

Se montó.

Miró el reloj. Comprobó que todavía llegaba a la ceremonia.

Dio la dirección de la iglesia.

Miró a Carlos y Diego, que le seguían con la mirada, con estupefacción en el rostro.

Sonrió.

Se recostó en el asiento.

Echó hacia atrás su cabeza.

Y agarró sus manos fuertemente, para intentar que no temblaran tanto.

Y cerró los ojos.

________

Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

3 pensamientos en “Una buena mañana para correr (32).

  1. Me he dado un auténtico atracón de lectura… ¡y yo que pensaba tomármelo con calma!…pero no, de un tirón…
    Así que, amigo, participaré en el engorde de tu ego. Ya sé que eso no es ningún favor, que estás deseando alcanzar altas cotas de humildad, pero ¿qué le voy a hacer? he disfrutado y no te lo voy a ocultar…
    Ya te lo dije: tienes facilidad para escribir, para enredarlo todo en un tejido interminable, para reirte de los sentimientos y para sentirlos a fondo…y para hacerlos sentir. Te puedes poner tierno, desagradable, violento, cercano, distante, inseguro, despiadado… no está nada mal, para saber expresarlo.
    ¡Ah! y por más sabores que formen parte del cóctel del relato, se adivina de fondo -siempre- el deseo de cariño verdadero…
    ¡Felicidades Tato…!
    Besos.

    • Gracias, gracias Orfeo. Aunque como dices, ejem, estoy persiguiendo la humildad absoluta, ejem, no vienen mal palabras como las tuyas.
      Desde aquí animo a las personas que pasen por aquí, y te copien. Yo haré el esfuerzo, y me regodearé en ellas.
      😛

      Besos.
      Muchos.
      envueltos.

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