Una buena mañana para correr (33).

Estaba sentado en la cocina. Tomaba un tazón de leche, con un chorro de coñac. Poco a poco iba poniendo su cuerpo a funcionar. Estaba intentando recordar qué pudo llevarle a  acabar con ese tío. Lo único que se le ocurría, era el alcohol y la desesperación.

Se movió un poco en la silla. Todavía le dolía mucho el culo. Debía buscar una posición en que le molestara menos. Se había dado una crema que había encontrado en el baño. Parecía que le había aliviado un poco el dolor que tenía en todo el cuerpo.

Sorbió de la taza. Le estaba sentando bien. Se levantó a por unas galletas. Sentía que el estómago empezaba a reclamar algo sólido. Solo quedaban 4 galletas Chiquilín. Mañana debería hacer un esfuerzo e ir a hacer la compra. Apenas le quedaba nada que comer, ni que beber. También tendría que ir a trabajar. No podía seguir faltando al trabajo. Debía centrarse un poco, o todo se iría al garete.

Mientras masticaba la última galleta, pensó que debía dar un giro a toda su vida. No podía seguir en esa dinámica. Gervasio había llegado a su vida, y se la había destrozado. Él pensó que iba a ser su amor, lo que iba a darle estabilidad emocional, conocer la vida en pareja, que hasta ese momento se le había escapado. Y en lugar de eso, se había convertido en la causa de ese viaje medio destructivo que había emprendido. Mucho sexo, mucho placer… mucho alcohol, risas, tonteos… pero todo envuelto en un halo de desesperación, que hacía que nada de todo eso, fuera pleno.

Fermín se acordó que a veces guardaba algunas cosas en un armarito de la terraza. Las galletas le habían abierto todavía más el apetito. Tuvo suerte, y encontró una bolsa de magdalenas. Estaban caducadas desde hacía días, pero no se iba a poner estupendo. También había un bote de mermelada de fresa, y un paquete de macarrones.

Volvió con su botín a la cocina. Abrió el bote de mermelada, y empezó a untar las magdalenas en la mermelada, para luego untarlas en la leche “chocolateada con coñac”. Se sonrió de su gracieta… recreando el anuncio de Nesquik.

Sonó el timbre.

Fermín se quedó parado. Pensó quien podía ser. En ese hombre… en Jaime… No tenía ganas de ver a ninguno de ellos. No hizo caso, y abrió otra magdalena.

Sonó otra vez el timbre, con mucha más insistencia.

Se sobresaltó. Se imaginó al José Luis ese, dispuesto a darle otra vez duro. Y eso le dio miedo… a la vez que le excitó. Se puso nervioso con esa excitación. No podía creerlo. Y tampoco podía evitarlo. Solo pensar que el que llamaba era José Luis, le hizo recuperar su virilidad, que hasta hacía unos minutos, pensaba que tardaría en poder tener una erección. Pero aún así, se quedó sentado.

Otra vez el timbre.

Y seguía.

Y otra vez.

Seguido.

Al final, Fermín se levantó. Según se acercaba a la puerta, se iba excitando más. Estaba seguro que esa forma de llamar, solo era posible que fuera él. Miró por la mirilla, pero no vio a nadie.

Otra vez el timbre.

Al final abrió la puerta de golpe.

– Vete a tomar por el c…

– Bonito recibimiento. Te dejo unas horas… pero Fermín, cariño… ¿qué te ha pasado en la cara? Pero… ¿Estás bien?

Era Gervasio. Era imposible… Gervasio. Y él estaba hecho una piltrafa.

– ¿Me vas a dejar pasar? Parece que has visto a un fantasma. ¿A quién esperabas?

Fermín no reaccionaba, y estaba en mitad de la puerta, impidiendo el paso a Gervasio. Al final éste le apartó suavemente con un brazo, y entró en casa.

– ¿Comemos en casa o salimos?

– Pues…

Gervasio dejó una bolsa de viaje que traía y la dejó en el sofá del salón.

– Voy a mirar que tienes en la despensa…

– No, deja, casi…

Pero Gervasio ya estaba abriendo todos los armarios de la cocina.

– Pero mi amor… si estás seco. Venga, vístete… que ya me he dado cuenta al entrar que estabas empalmado… que pillín… Pero antes de eso, hay que… tienes mala cara, ¿te ha pasado algo? Venga,  vístete que conozco una tienda que no cierra los domingos en Cardeñadijo. Vamos en un momento y surtimos tu despensa.

Fermín estaba como embobado, mirándole.

– ¡Vamos! Cuanto antes compremos y comamos, antes podremos bajar ese bulto…

Se acercó a Fermín, y le puso la mano  en el paquete…

– ¡Huy! Si ya te ha bajado.

Al tocarle, Fermín no pudo reprimir un rictus de dolor. Gervasio se le quedó mirando. Le quitó su camiseta. Le bajó los pantalones del chándal. No pudo reprimir la sorpresa. Fue  rozando cada moratón, cada herida. Le llevó hasta el baño.

Se metió con él en la ducha.

Salieron.

Le secó suavemente. Y le fue curando cada herida. Fermín le mostró la crema que se había dado, y se la fue repartiendo por todo el cuerpo. Cada poco tiempo, Gervasio le iba dando pequeños besos en el cuerpo, en los labios, en los ojos. Cada poco le susurraba también, que todo iba a salir bien.

Le ayudó a elegir la ropa.

Se vistieron.

Bajaron al coche de Gervasio, y fueron a la tienda de Cardeñadijo.

Compraron de todo.

Llenaron casi el maletero.

Fermín casi no hablaba. Estaba como en una nube.

Gervasio no hacía más que parlotear. De vez en cuando, miraba su móvil, pero nadie le llamaba.

Volvieron a casa, y coloraron todas las cosas en su sitio.

Al final, Gervasio convenció a Fermín para comer en un restaurante.

Fermín seguía como en una nube. Ya no le dolía nada. Algo habría ayudado el Gelocatil que se había tomado antes de ir de compras. Pero indudablemente, Gervasio y su actitud, estaban haciendo mucho.

Volvieron a casa, sobre las 6, después de ir a tomar un café al Memphis.

Irlandés, Gervasio.

Blanco y Negro, Fermín. Pensó que  le iba bien con el día que llevaba: Negro por la mañana, blanco por la tarde.

Gervasio le desnudó poco a poco.

Fermín se dejaba hacer.

Se metieron en la cama.

Se besaron.

Fermín apoyó su cabeza en el pecho de Gervasio. Éste le acariciaba lentamente el pelo.

Al final, se durmieron los dos, desnudos, sintiéndose ambos a gusto y felices.

Plenos.

Felices.

Nada les importaba.

Nada les preocupaba.

Tuvieron sueños, y fueron dichosos.

________

Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (33).

    • Desde luego, sonia… no valoras el esfuerzo que hago al propiciar que practiques la virtud de la paciencia… este esfuerzo, por otra parte absolutamente incomprendido que realizo yo en post de tu mejora espiritual, te va a costar y café y tarta un día de estos.
      Sip.
      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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