Odio al mundo.

Esta es una de esas mañanas de domingo en que odio al mundo.

Domingo 12 de septiembre.

Se lo dije ayer a unos amigos. 6 de la mañana. Vázquez de Mella. Coche aparcado. Amigos limpiando el capó con sus pantalones.

Mi cabeza es un puro dolor. Mis cervicales, son como agujas de hacer punto taladrando mi piel desde dentro. La resaca invade mi entendimiento.

Suenan las campanas en una iglesia cercana. Y no sé muy bien que hora da. O yo tengo el ordenador mal, o al cura le entraron las prisas por la misa de “y media”.

O es un socarrón.

Cierro los ojos. Luces, cuerpos maravillosos, incluso algún rostro también maravilloso. Música… chunda, chunda. DJ, majete y complaciente. Se me olvidó darle un beso de despedida.

Chunda, chunda.

Chunda, chunda.

No, no tengo cara de vacaciones.

Odio al mundo.

Lo odio.

Y no preguntes. Si eres parte del mundo, te odio a ti también.

La última cerveza me sentó mal.

Y el último gin también.

Chunda chunda.

Ahora acabo de encontrar una cervical más.

Y gelocatil.

Sol.

Mi boca es un nanas aguardentoso.

Alcohol. Tabaco. Chunda, chunda.

– ¡¡Hostias!!

Pego un brinco, me giro.

– ¿Pero tú…?

… de dónde sales? Iba a continuar con mi frase. Pero una luz se enciende en la negrura de mi neurona sobreviviente.

Recuerdo… Mi amigo y yo en el Metro.

Linea 1.

Madrid.

Entramos en el andén. Miro derecha, miro izquierda.

Le veo, me ve.

Estuvo sentado en el escalón de la cabina de LP. Camiseta blanca, pantalón vaquero, zapas estilo playeras vintage. Negras. Rollo tonto con un colega. Que si quiero que me dejes, que no, que… Le miro, me mira. Se encoge de hombros.

Le miro, me mira.

Sonrío y le señalo… ¡Amante bandido!! le susurro a metros de distancia.

Sonríe.

Se acerca el amigo. Le afeitaría las patillas. Odio las patillas estilo rocker.

Se levanta, y bailan. Patillas rodea con sus brazos, ¡centollo! Grita alguien en mi cabeza. Pete, no conecta. Se separan y se vuelven a juntar. Patillas le rodea con sus brazos… Pete, no conecta.

Se encienden las luces.

Anden línea 1.

Metro de Madrid.

Sentido Pinar de Chamartín.

Pete apoyado en la pared.

Nos miramos.

Hablo con mi amigo.

Llega el tren.

Montamos.

Monta.

Llego a mi parada.

Me giro y le veo.

Me paro.

Nos miramos.

Se acerca. Y sonríe.

Estamos frente a frente.

Rodeo su cintura. Se pega a mí.

Rodea la mía.

Pasa alrededor el resto de la gente que sale en esa parada.

– Necesito quien me abrace esta noche – Le oigo decir.

– Yo necesito quien me bese – le contesto.

Me pega a su cuerpo. Le beso en los labios.

Nos abrimos como si fuéramos un libro, y sin soltar nuestras cinturas, nos vamos hacia la salida.

Bravo Murillo, pares.

Está desnudo.

Se sienta en mis piernas, a horcajadas, mirándome.

– ¿Te doy un masaje? Me dice leyendo por encima de mi hombro lo que había escrito.

Sonrío de esa forma que solemos sonreír para decir que… “sí mamón, no sé a qué esperas”.

Hunde sus dedos en mi hombro. Despacio, suave… fuerte… suave…

– ¿De verdad odias a todo el mundo?

Le miro calibrando mi respuesta.

– Solo te odio a ti – respondo al final.

Se para.

Me mira.

Sonríe de medio lado.

– Entonces tendré que ser todo tu mundo.

Le miro.

Sonrío de medio lado.

– Sea.