Una buena mañana para correr (38).

Joan se despertó a las 4 de la mañana. Creyó escuchar el sonido del móvil: un mensaje. Se desperezó poco a poco.

Tardó en situarse. Se sorprendió de estar durmiendo en el salón. Encima podía haber abierto el sofá, que al fin y al cabo era sofá cama. ¿O era el del despacho? Era el del despacho… otro día se acordaría… aunque no sabía ni siquiera si tenía sábanas… ¿Y por qué estaba durmiendo en el sofá? No lo entendía…

– ¡Hostias! Qué dolor de cabeza. Puta mierda…

Intentó levantarse, pero se mareó un poco. Se quedó un rato boca arriba, intentando relajarse. Respiraba profundo y despacio.

Lo volvió a intentar al cabo de unos segundos.

Dolía la cabeza al moverla. Era como un martillo hidráulico, de esos que utilizan para levantar las calles… ta, ta, ta… a ritmo de latido de corazón… corazón que estaba un poco desbocado, por cierto… Se sujetó las sienes con fuerza, parecía que así el golpe del martillo era menos duro. Pero al menos esta vez se pudo sentar.

Se quedó así un rato. Otra vez respirando profundo y despacio. Intentando dejar la mente en blanco. Menos mal que había dejado una luz encendida del salón. Así al menos no tendría que pensar como llegar hasta dónde estaban los interruptores.

Pensó en lo que había hecho que se despertara.

El móvil. Un mensaje.

Pero… ¿Dónde lo había dejado? Otra vez su cabeza le indicó que no estaba preparada para trabajar todavía. Volvió a sujetarse las sienes con fuerza, hasta que el martilleo volvió a bajar de intensidad.

Despacio, se pudo levantar, agarrándose a la mesa y al respaldo del sofá. Otra vez la cabeza… Cuando ésta dejó de martillear, recorrió los lugares en dónde podía haberlo puesto. Al final lo encontró en la mesa de la cocina… aunque no recordaba haberlo dejado ahí para nada. De hecho no recordaba haber entrado allí… daba igual.

Era un mensaje de … ¡Ricardo! Miró la hora… las 4,22.

“Eres un cabrón hijo de puta. Me has quitado a Jaime. No quiero verte en mi puta vida”

Una maza golpeó por dentro su cabeza.

Abrió la nevera, y sacó un brick de leche, que bebió a morro.

Abrió un cajón y sacó aspirinas.

No sabía que hacer, si contestarle… al final cogió el móvil y escribió:

“Mañana quedamos y lo hablamos. Te estás columpiando. Y bien harías en llamar a Jaime que está out.”

No tardó ni 2 minutos en recibir respuesta:

“Una mierda. Si te veo a ti o a ese desehco, os parto los huevos. Quédate con tu Jaime de los cojones. Que os aproveche”

No se lo pensó:

“eres un puto inmaduro con la autoestima plof. No sabes lo que tienes, y lo vas a perder por cagueta. Y ten cuidado no te parta yo los huevos a ti, por imbécil”

Y apagó el móvil.

Mañana pensaría algo con que arreglar esto. Si seguía contestando a los mensajes, al final iba a ser más difícil todavía arreglar nada.

De repente se quedó parado. Se oían como unos gemidos… no… eran llantos… o gritos ahogados… caminó hacia el pasillo… venía de la puerta del cuarto de invitados… ¿Estaría follando ese chico? No… no era posible… ¿Con quién lo iba a hacer? Joan se llevó de nuevo las manos a la cabeza. Le estaba dando otra vez punzadas de dolor… apretándola con sus manos parecía que se mitigaba un poco el dolor. ¿No sería Carlos que se lo había pensado y…? No… Carlos no follaría en la vida con ese chico… cuyo nombre no recordaba, por cierto… Carlos apareció también por la puerta de su habitación… Le habían despertado los ruidos…

Se miraron extrañados. Joan tomó la iniciativa y llamó con cuidado a la puerta. Aplicaron el oído, pero nada cambió. Seguían los ruidos… esa especie de gemidos… Joan y Carlos se miraron. Al final Joan optó por abrir despacio la puerta.

Solo estaba Diego. Estaba en la cama, se movía como un poseso. Gritaba… pataleaba como si estuviera intentando librarse de alguien que le agarraba, o que le quería atar. Estaba empapado de sudor… su cara denotaba terror…

Joan miró a Carlos, pero este hizo un gesto de ignorancia, y de pasar del tema. Joan iba a salir de la habitación siguiendo a Carlos, pero algo le impulsó a volverse y acercarse a la cama. Le puso la mano en el hombro, y le llamó por su nombre, el cual acababa de recordar, para intentar despertarlo. Pero no lo consiguió.

Al final se decidió a ser más contundente, y lo agitó con decisión.

Diego abrió los ojos. Se incorporó de golpe. Miraba alrededor y parecía no recordar dónde se encontraba.

Estaba completamente empapado.

– Tranquilo, Diego… tranquilo. No pasa nada. Solo estamos nosotros – Joan se había separado unos pasos de la cama, al sobresaltarse por el repentino despertar de Diego.

– ¿Vosotros? Ah sí, el chico mala gente que le dieron de su propia medicina, y el chico justiciero.

Carlos y Joan se quedaron atónitos.

– Vaya, gracias. Si lo llego a saber, te dejo aquí nada más traerte, y que te las hubieras arreglado tu solito, no te jode – Carlos dirigía su mirada indignada a Joan en busca de apoyo.

– Perdón… no sé lo que digo – Diego le miraba con cara suplicante.

– Ya, ya, no lo sabes – Joan imprimió un deje cantarín a su forma de hablar, para intentar quitar hierro al asunto; veía que Carlos se lo había tomado a pecho – Para no saberlo, has sido bastante perspicaz.

– Oye, tú, no te pases – apuntó Carlos que empezaba a enfadarse de verdad, y no percibió el tono de broma que intentaba dar Joan a la situación.

– Tú mismo lo has dicho esta noche – Joan abrió los brazos para intentar que Carlos cogiera el tono jocoso.

– Una mierda. Además estabas pedo. No te habrás enterado bien del asunto.

Joan dejó la disputa con Carlos para otro momento, porque vio que iba a derivar al final en una discusión.

– ¿Estás bien? Tenías una pesadilla – preguntó a Diego, dándole la espalda a Carlos.

– Sí, tal vez… – Diego no parecía tener muchas ganas de hablar sobre el tema.

– Bueno, yo me voy a dormir – dijo Carlos – para la opinión que tienes sobre mí, mejor te doy el OK y me voy a sobar.

– Carlos, perdona, yo…

– Déjale, anda, no ha tenido buen día.

– Pero yo no quería decirle… – miraba implorante a Joan, como intentando que le comprendiera para que le explicara a Carlos y le perdonara.

– Da igual. Además, solo has dicho la verdad. Y él lo sabe.

– Ya, pero yo… da igual – Diego parecía que se resignaba. Otro de sus errores, pensó.

– ¿Tienes algo para cambiarte? No puede seguir con ese pijama. Ahora te traigo otras sábanas y las cambiamos en un momento.

– No de verdad, no hace falta… no tienes buena cara… ya me las apaño. Ya es bastante que me dejes dormir aquí un par de días. Mañana mismo me pongo a buscar…

– No hace falta, te puedes quedar aquí. No necesito la habitación.

– Pero…

– Mañana lo hablamos. Levántate y quítate eso. Voy a por sábanas secas.

Joan salió de la habitación, mientras Diego se levantaba y se quitaba el pijama. Rebuscó en su maleta y al final sacó una camiseta y un calzoncillo. No encontró el otro pijama que tenía.

Joan había entrado otra vez, y estaba quitando las sábanas mojadas de la cama. Diego se tapó sus genitales de forma instintiva.

– Esta mañana no eras tan pudoroso – Carlos había vuelto.

– Bueno es que… me va por momentos… la situación es distinta…

– No le hagas ni caso. – le dijo Joan a Diego – ¿Y tú no te ibas a sobar?

– Venía a echar una mano, pero si sobro…

– Tu mismo. Pero si vienes a ayudar, coge de ahí y estira. Y deja tus comentarios mordaces para mañana – esto último se lo dijo casi al oído, cuando le acercó una de las puntas de la sábana.

En un momento Carlos y Joan hicieron de nuevo la cama. Diego se protegió un poco de la vista de sus compañeros, y se acabó de cambiar.

– ¿Quieres hablar de tu sueño? ¿Te ha hecho Juan Carlos algo?

– No, no… no más de lo que ya sabéis. Bueno de lo que le conté a Carlos esta mañana.

– Pero si no me has contado nada, capullo.

Joan no hizo caso a la apreciación de Carlos.

– Nos ha parecido que luchabas contra alguien que quería atarte, o que te pegaba…

– Era una pesadilla, solo eso…

– ¿Seguro que no es algo que te haya hecho ese cabrón? Dímelo que vuelvo y…

– No, no, por favor. No… no hace falta.

– ¿Te ha hecho chantaje de alguna forma? Diego, puedes confiar en nosotros…

– No, no de verdad… – Diego imploraba con la mirada que le creyeran, iba mirándolos alternativamente.

Diego empezaba a ponerse nervioso. Joan decidió dejar de preguntar.

– Si cambias de opinión y quieres hablar, ya sabes que puedes. Y por la habitación no te preocupes, te quedas aquí por una temporada.

– No quiero molestar…

– Y dale, al final le voy a dar yo una leche… – dijo Carlos mirando a Joan.

– Carlos, ¡cómo estás! Déjalo anda, yo queriendo que se relaje, y tú…

– ¿Pero has visto lo que me ha dicho?

– La verdad. Y ya está. Duele, pues te jodes – le dijo sonriendo y guiñándole un ojo.

Diego bostezó aparatosamente.

– A roncar toca. Vayámonos y dejemos a éste dormir. Te cierro la puerta…

– No, si no te importa déjala abierta…

Joan se le quedó mirando pensativo.

– Ok. Descansa.

Carlos y Joan se fueron de nuevo al salón. Carlos señaló la botella de Cardhu… pero Joan le hizo el gesto de darle una ostia de revés.

– Podrías llamar a ese detective y que le investigue.

– ¿Qué detective?

– ¿No ibas a llamar…?

– Deja ese tema. Si he dicho algo, olvídalo.

– Ok. Pero es muy raro. Parecía que estaba recordando algo… Yo que tú lo investigaba. Para ayudarle y eso.

– No sabía que fueras un poco maruja. ¿O es que te gusta?

– Para nada, ¿flipas? Pero si es gordo.

– Ya, ya, gordo. Pero es guapo. Y le gustas.

– A ese le gusta cualquier cosa que tenga polla, no te jode.

– Ya, ya…

– ¿Vas a investigar? Yo…

– Pero tío… ¿Por quién me has tomado? Y que perra te ha entrado.

– Perdona, pero lo de hoy, da una idea distinta completamente de ti. No conozco a nadie que sea capaz de esa escenita de la mañana. Ya me contarás…

– No te contaré nada – le cortó tajante – Mucho deberás avanzar en tu capacidad de hacer amigos, y de conquistar esta plaza – Joan se señalaba a si mismo – para que te cuente según que cosas.

– Pues no me cuentes, pero…

– Si le investigo a él, te investigo a ti. Porque tu historia de hoy, no pasa ni media prueba.

Carlos se quedó callado.

– ¿No confías en mí? – contestó ofendido.

– No es eso, Carlos. Pero hoy no me has contado toda la verdad.

– ¿Me has investigado? – le espetó desafiante.

– No jodas. Ni lo haré. Pero… ¿qué te has creído?… Sabes, ahí fuera, en la puta calle, de donde vengo, o distingues a un mentiroso, o tienes menos horas de vida que las de una mariposa.

– No sé por qué dices eso…

– Ni yo. Dejemos el tema. A dormir.

– Pero que sepas… – Carlos intentaba explicarse…

– Mañana me cuentas lo que quieras. Esta puta cabeza no deja de darme martillazos… la madre que me parió… como me entere de lo que el idiota de Ricardo nos echó en la bebida, le…. A dormir, ya basta de problemas y de… lo que sea por esta noche. Y no apagues la luz del pasillo…

Carlos se levantó y se fue hacia su cama de esa noche.

Joan se tumbó de nuevo en el sofá, y apagó la luz.

Carlos apagó la del dormitorio. Pero por mucho que lo intentó, ya no consiguió dormir ni un minuto más esa noche.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.