Una buena mañana para correr (39).

Ricardo pensó que estaba haciendo el tonto mirando las musarañas y decidió que era un buen momento para irse a dar una vuelta. Eran las 7 de la mañana. Salió de su habitación sin hacer ruido, y se fue a duchar.

Manu había decidido ir a correr, pero al escuchar a su hermano, esperaró a que se fuera.

Jonás no había decidido nada. No tenía ganas.

Ricardo se duchó rápido. No tenía ya en que ni en quien soñar. Se vistió y se fue a la cocina. Bebió un vaso de leche, y dejó una nota en el frigo diciendo que no vendría a comer.

Salió de casa. Y se fue con paso decidido a ningún sitio.

Si su padre o su madre le sintieron irse, no hicieron ni intención de hablar con él.

Manu espero a estar seguro de que se había ido. Le hizo un gesto a Jonás, y éste se apartó. “Duerme un poco” le susurró. Jonás no le contestó. Se tumbó y le dio la espalda.

Se duchó y salió de casa.

Empezó un trote suave. Sin haberlo previsto, al cabo de un rato estaba corriendo por delante de la casa de Jaime

Jaime no consiguió dormir en toda la noche. Repasó cada gesto, cada palabra desde que llegó a la Iglesia, hasta que se fue. A las 8 se levantó al servicio. A las 8,05, cogió el teléfono y llamó a la Uni para decir que se encontraba mal y que no iba a ir a las dos primeras horas. Le sustituiría Matilde, su ayudante. Seguro que le había dado la alegría del trimestre. Regalo de Navidad adelantado.

Jaime cambió la cama por el sofá. Le pesaban los ojos. Era como si tuviera una tonelada de pena en los párpados. Lo mismo que hacía escasamente 24 horas le producía felicidad, ahora le producía angustia, tristeza… dolor. Ganas de no seguir viviendo. A parte del dolor de cabeza y la boca pastosa, seguro a consecuencia de ese san francisco “sin alcohol”, del que había bebido por litros.

Pensó en el momento en que Carlos le llamó a Joan. Quizás fue esa llamada, sin pretenderlo, la que había cambiado algo. Carlos parecía que estaba llamado a marcar la vida de Ricardo, y la de la personas que le rodeaban. Tenía su punto curioso y hasta gracioso. Pero Jaime en esos momentos, no tenía ganas de disfrutarlo.

A las siete y media, Carlos decidió levantarse e irse. No tenía ganas de encontrarse ni con Diego ni con Joan. Esa afirmación de Joan de que le había mentido esa mañana, le había descolocado. Él creía que había urdido bien su historia. Quizás no la dijo con la suficiente determinación. Le asustaba que Joan pudiera enterarse de la verdad completa. No era por Joan, era porque… él había decidido enterrar su pasado. Y la mejor forma de hacerlo era que nadie lo supiera. Joan tenía sus secretos ¿por qué no podía tenerlos él?

Salió de puntillas, y se fue a su casa.

Joan escuchó el ruido que hizo Carlos al cerrar la puerta. Aprovechó para incorporarse. Miró el reloj. Apenas había dormido media hora. Iba a ser un día largo. Y no tenía ni idea de por dónde empezarlo. Debía atar el tema de Juan Carlos. No quería que se le escapara de las manos. Debería intentar hablar con Ricardo. Debería llamar a Jaime, para comprobar que estuviera bien. O quizás, debería plantearse no hablar por una temporada con él. Quizás eso beneficiaría el que se volvieran a encontrar… ¡qué gilipollas Ricardo! ¡Qué forma de complicar todo… y si encima supiéramos qué le había llevado a comportarse cómo lo hizo! Muchos quizás, y pocas certezas.

Se levantó y fue a la cocina. Se acordó de Diego, y pasó por delante de su cuarto. No estaba.

– ¿Diego? – le llamó en voz alta.

Nadie contestó.

Dio una vuelta rápida a la casa, pero no lo encontró.

– Pues sí que se ha ido pronto.

Diego estaba enfrente de su casa hasta el día anterior. Estaba apoyado en el coche. Curiosamente en el mismo sobre el que habían discutido Joan y Carlos antes de subir a enfrentarse con Juan Carlos. De repente se echó a reír… Joan y Carlos… y Juan Carlos. Casualidades de la vida…

Recordó como había venido hacía apenas 3 meses a enfrentarse a una vida nueva. Ciudad nueva, vida nueva. Nadie le conocía… en aquel momento le pareció lo mejor. Empezar sin conocimiento del pasado.

Pero se encontró con que su pasado, aunque no era conocido ahora por nadie de su nuevo entorno, él si lo conocía. Y la pesadilla de esa noche, era la prueba de que seguía pesando y afectandole, a poco que las cosas se torcieran.

No obstante le gustó el piso, y en un primer momento sus compañeros le cayeron genial. Pero a los pocos días, el juego extraño que se traían… Juan Carlos intentó follar con él… pero aunque estuviera desesperado, pensó, era mejor no comerse una rosca que hacerlo con semejante energúmeno. Era feo, además. “No era su tipo”, se repetía.

Pero aún con todas esas cosas raras, pensó que tras unos comienzos difíciles, esto era un paso para olvidar, para dejar de mirar atrás… para otear el horizonte que tenía por delante. Pero un bate de béisbol, describiendo círculos por el aire, y estrellándose en un cuerpo… bastó para que todo el pasado volviera. No… no quería volver a las pastillas… no quería volver a pasar las noches en blanco, para evitar que la “oscuridad” conquistara de nuevo su espíritu.

Llevaba ya dos horas largas perdido en esos pensamientos. Con una medio sonrisa amarga en su cara. Se irguió, se frotó el culo, que se le había quedado un poco frío de estar apoyado tanto tiempo en el coche, se subió los cuellos del plumas, y con paso lento se alejó de allí. Se giró un poco, y saludó con la mano, a modo de despedida de ese sitio que fue, o pudo ser, pero que no será. Otro escenario fallido, pensó. Sin darse cuenta cruzó el paso de cebra sin mirar… un coche frenó en seco a pocos centímetros de sus piernas. Se quedó blanco… y cruzó el resto de la calle corriendo…

Jaime estaba blanco también. Lo único que le hacía falta era atropellar a un chico a las puertas de la Universidad. Iba disparado… Matilde le había llamado diciendo que se había quedado afónica. Para una vez que la dejaba dar las clases, y… a la segunda, se queda sin voz. Él no estaba para dar clases… no estaba de humor… no estaba en condiciones, le dolía la cabeza, el cuerpo… estaba jodido de… de amores. Amor.

– ¡Mierda!

Otra vez tuvo que frenar en seco. Se quedó mirando… pero si parecía que era el mismo chico… ¡Joder! Espero que no haya tercera… ya sabes lo que se suele decir…

Logró aparcar al final. No estaba acostumbrado a dar tantas vueltas, cuando venía en coche. Pero llegaba normalmente mucho antes que ese día.

Llegó corriendo a su despacho. Ahí le esperaba Matilde, toda triste y malhumorada. Matilde era una mujer de 33 años, que había enfocado su vida hacia la docencia hacía relativamente poco. Tenía mucho interés… y a veces mucha ansiedad. Hoy era el caso.

Matilde intentó excusarse, intentó… pero Jaime no le dio oportunidad. Estaba cabreado con el mundo, y aunque en otro momento la hubiera mirado condescendientemente, y se hubiera sonreído, y hasta la hubiera soltado alguna coña, hoy no estaba para esas tonterías.

Así que Matilde, al cabo de un par de minutos de comprobar que Jaime, su adorado catedrático no estaba para bromas, ni para excusas, ni para nada, se quedó callada sentada en una silla, con sus ojos húmedos, y la rabia comiéndola por dentro.

Jaime salió de su despacho, después de coger el material que tenía preparado para la siguiente clase, sin apenas mirar a Matilde.

Cuando salió, se chocó con un chico que parecía quería llamar a la puerta. Mientras se disculpaba sin prestarle la más mínima atención, y volvía a salir disparado hacia el aula que le tocaba, escuchó su nombre de boca de ese chico. Se paró en seco, y se volvió. Esta vez si que lo miró. Era Manuel, “el hermano”.

Sin poder refrenarlo, una rabia incontenible estaba invadiendo cada poro de su cuerpo. Jaime no había mirado en la vida a nadie con la cara de desprecio y odio que le ofreció a “El hermanísimo”. Fue a decir algo, pero se contuvo a tiempo.

Manu nunca hubiera pensado que la persona afable y tranquila que había conocido apenas hacía unas pocas semanas, pudiera transmitir tanto odio ni enfado como la expresión que acababa de sentir.

Cuando sin pretenderlo acabó en la misma calle en la que vivía Jaime, pensó que sería buena idea ir a verle, y preguntarle… y explicarle… o intentar que… ¿Intentar que? se preguntó a sí mismo. No sabía que había pasado por la mente de Ricardo. No sabía que le había llevado a comportarse de esa forma tan tonta. Y menos a hacer daño y con esa saña, y en público a dos de las personas que más quería. Le dio pena como se fue Jaime del restaurante. Con esa cara de tristeza, borracho perdido, de incredulidad… como se pasó toda la comida persiguiendo a Ricardo, y como éste no solo no le hizo caso, sino que le lanzaba puyas delate de todos los invitados, sobre todo de aquellos que tenía menos comprensión con su condición sexual. Y como con la excusa de una broma, le indicó a los camareros que le echaran vodka en el San Francisco.

El primer plato que acabó en la camisa de Jaime, la verdad es que le hizo gracia. Los niños reían alborozados. Porque Ricardo les había sentado en la mesa de los niños. Joan se partía el eje… hasta que unos 5 minutos más tarde, recibió un chorretón de salsa rosa en el pelo.

Pero Manu creía que, a pesar de todas las humillaciones que Ricardo les infligió tanto a Joan como a Jaime, lo que hundió a Jaime, fue, las miradas de desprecio, de asco, que le dirigía cada vez que se cruzaban.

Por primera vez Manu encontró a Joan perdido, sin saber muy bien como afrontar la situación. Intentó hablar con el un par de veces, pero Manu pensó que no debía hacerlo delante de su hermano. Creyó que eso le distanciaría de él… Tampoco le hubiera podido dar más pistas que las que le dio en el taxi.

Manu se encaminó hacia la cafetería de la Universidad. Se tomaría un bollo o algo. Tenía hambre. Tanta comida de campanillas, en restaurante guay, y al final, para lo que comió… aprovechó que un chico se levantaba de la mesa, y dejó su mochila en ella. Después intentaría volver a hablar con Jaime.

Carlos salió de la cafetería. Había intentado tomarse un café, pero apenas había podido con un par de sorbos. Era matarratas…

Seguía dándole vueltas a si le convenía ser sincero con Joan, o no. No acababa de llegar a ningún acuerdo consigo mismo. De repente miró el reloj, y se dio cuenta de que llegaba tarde a clase. “¿Iba a ir a clase?” se encontró preguntándose con sorpresa. Pues… a lo mejor era una buena forma para no pensar. Empezó una carrera tranquila por los pasillos de la Uni, hasta llegar a clase. No se dio cuenta de que hizo que se le cayeran los libros a un chico en uno de los pasillos adyacentes.

– ¡Capullo!- gritó Ricardo.

– Será hijo de puta – dijo ya en un tono más bajo mientras se agachaba a recoger todo lo que se le había caído.

– No hay una puta cosa que me salga bien. Sería mejor acabar con todo, la madre que me parió…

Había estado caminando a paso rápido desde que salió de casa por la mañana. Fue sin rumbo, aunque cualquiera que le hubiera visto por la calle, hubiera pensado que iba a algún sitio en concreto. Paso decidido, cabeza arriba. “¿De qué servía ir con la cabeza gacha?” “Para que luego te dolieran las cervicales”, se contestó en ese diálogo absurdo. Y levantó más la cabeza.

Había tomado la decisión de no volver a ver a Jaime, ni a Joan. Y a sus hermanos les evitaría en lo posible. Todos parece que se había posicionado en contra suya. Hasta sus padres. Ya era hora de que tomara las riendas de su vida. Hasta ahora le habían manejado y engañado todos. Eso se había acabado ya. Pero es que se tenía que haber dado cuenta… su mejor amigo y el lerdo ese de Jaime… follaron aquel día… seguro que estaban liados desde entonces. Pero jugaron a darle un caramelo al idiota de Ricardo. Seguro que había follado más días mientras se suponía que él estaba enamorándose por primera vez de alguien estupendo y bueno. ¡Hostias con los buenos! Por eso no le había propuesto follar, porque estaba montándoselo con Joan todos los días, y delate de sus narices. Valientes hijos de puta…

Se levantó ya con todos sus libros, y con el trabajo que debía entregar esa mañana vuelto a ordenar. Menos mal que no se había perdido ninguna hoja. Sería un coñazo buscar ahora un ordenador donde poder imprimirlo… Jaime y su despacho eran una opción, hasta el viernes anterior. La madre…

Al girar la esquina, le pareció ver a Joan. Se echó para atrás rápidamente. Hoy no quería verlo… ni a él ni a ninguno. Tenía que fijarse, si entraba Joan, él se daría media vuelta…

– ¡Ri…!

Joan se paró. Se lo pensó mejor y decidió no llamar a Ricardo, aunque lo había visto mientras se echaba para atrás en la esquina del pasillo. Estaba claro que hoy no quería hablar con él. Mañana sería otro día.

Debía entregar un trabajo. Un trabajo que con todas las movidas de los últimos tiempos, no había hecho. Venía a disculparse con la profesora. Tenía el tiempo justo para ir luego a ver a Jacinto. Esperaba que desde la llamada que le hizo el día anterior, le hubiera arreglado un par de cosas. Y le contara otras cuantas. Jacinto era el detective que solía contratar Ignacio para los asuntos que requerían un tratamiento especial. No quería jugársela con nadie, sin saber que terreno pisaba. Joan tenía la idea de que Jacinto sabía más sobre él, que él mismo. Seguro que Ignacio le mandó investigar. Un día se lo debería preguntar.

Llegó al principio del pasillo dónde estaba el aula. Vio a Ricardo hablando con los compañeros en la puerta. Así que decidió que se disculparía con la profesora en otro momento. Miró por la ventana, y ahí en el jardín, con los brazos abrazándose a si mismos, porque hacía frío, vio a Diego, sentado y pensativo. Tuvo la idea de bajar y hablar con él… pero desechó la idea. Ya hablaría con él mañana o pasado. No había prisa.

Diego miraba los edificios del Campus. Hoy, pensó, lo iba a dedicar a visitar esos rincones que en los últimos meses habían tenido una presencia destacable en su vida. Diego era de lugares. De calles que le evocaban una persona, un hecho. De edificios que le causaban tristeza o alegría, solo verlos, y recordar hechos y vivencias que tuvieron lugar en él.

Llevaba más de una hora sentado en ese banco, con el frío que hacía… y solo le venía a la mente… eso precisamente: frío. Nada destacable. Ni miedo, ni risas, ni memoria, ni tristeza. Su paso por la Universidad se había resumido en… nada. No le producía nada. Ninguna sensación. Nada. Nada. Nada.

Diego llegó a pensar que eso es lo que era: nada. Un nada pesado, con mucho volumen, eso sí. Pero nada, al fin y al cabo.

Pensó en ir a la cafetería. A lo mejor ahí encontraba alguna sensación. Al menos, encontraría un café caliente. Que ya lo iba necesitando. Se levantó con decisión, y entró en el edificio.

– Y tú a ver si te fijas por dónde cruzas la calle, idiota.

Jaime no se pudo contener. Acababa de salir de la peor clase que había dado en su vida y se había topado con el chico al que casi atropella dos veces. Otro día no le hubiera dicho ni hola. Pero hoy…

Se dirigió a su despacho. Descansaría un rato.

Manu le estaba esperando en la puerta.

Levantó su mano, para indicarle que no quería hablar con él.

Manu no insistió. Se hundió un poco de hombros, y dio media vuelta.

Ricardo salió de clase. Se puso los cascos, y se fue a caminar.

Jaime no estaba a gusto, y se fue a casa.

Joan se fue a arreglar los problemas de Juan Carlos. El detective le enseñó los informas que había preparado para éste. Había uno de Diego, y otro de Carlos. Al final, no debería decidir encargar o no las pesquisas. No los leyó en profundidad… no le parecía “legal” con sus amigos. Se entristeció pensando que la vida era injusta a veces con algunas personas. Era más triste todavía si esas injusticias eran cuando no eres lo suficientemente mayor para que toda la vida debas enfocarla para tapar, para olvidar… para superar. De todas formas, pensó, aunque le gustaba ayudar a la gente, pensó, no le gustaba demasiado el cariz que tomaban las cosas. No le gustaba ser una ONG. Parecía que atraía hacia él a gente con problemas y parecía que debería solucionárselos. Y no le gustaba ese papel… no.

Germán, el detective, le informó de lo que habían hecho él y su equipo el día anterior. Borraron cualquier vestigio de que Joan hubiera estado en ese piso. Juan Carlos y la chica, recogieron sus cosas y se fueron. Antes de tomar esa decisión, intentó llamar a Jacinto, que era también su detective, pero éste se negó a ayudarle. Conflicto de intereses, dijo. Y Joan y su marido, eran clientes de toda la vida, además de amigos, le dijo. Juan Carlos también intentó llamar a unos matones… prácticamente con el mismo resultado que con el detective. Parecía que Joan daba respeto.

Jaime llegó a su casa y se tumbó en el sofá. No había comido, pero no tenía hambre. Si consiguiera dormir un poco…

Diego al final decidió dejar la búsqueda de sensaciones, para el día siguiente. Volvió a casa de Joan, y se tumbó en la cama. Si consiguiera dormir un poco…

Carlos acabó la última clase. Salió del aula y se quedó parado en medio del pasillo. No sabía que hacer. Al final, se decidió por irse a casa. Se tumbaría en el sofá, y escucharía música.

Joan salió del despacho del detective. Estaba cansado. Pensó en llamar a Ricardo. O en llamar a Jaime. Pero no se decidió. Mejor se iba a dormir. Diego… podría hablar con él… Iría a comprar algo de comer al mesón de la esquina. Quizás eso relajara a Diego. Daba igual, si no, cenaría como un príncipe que no tiene ganas de cocinar.

Manu se rindió, y con el ánimo por los suelos, se fue a su casa. No contestó a los mensajes de Diana que le pedían explicaciones por haber roto con ella.

En cuanto llegó, se metió en su habitación. Se sentó en el suelo, y escuchó música.

No había nadie en casa.

Jonás llegó poco después.

Casi detrás, llegaron sus padres.

Cada uno se fue a su cuarto.

Mati fue a ver a Jonás a su habitación. Sintió el rechazo a cualquier acercamiento por parte de su hijo, así que se fue otra vez a su refugio: la cocina. Prepararía algo de cenar. Llevaría a los vecinos de abajo todo lo que cocinó la noche anterior y nadie había comido hoy. Seguro que darían buena cuenta de ella. Eran estudiantes, sin ganas de cocinar.

Mati se quedó parada en la puerta de la cocina. Y escuchó. No oía nada. Y eso en esa casa era algo extraño. Pensó en cómo volver a enderezar el rumbo. En como hacer que los gestos, las palabras hirientes, se olvidaran, o cuando menos se enterraran en una caja de seguridad de un banco. Para que curen las heridas que dejaron en el ánimo.

Iba a hacer una tarta. Estaba convencida de que mientras batía los huevos, se le ocurriría algo.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.