Una buena mañana para correr (40).

Sonaba un móvil.

Gervasio salió disparado hacia el salón.

Fermín se quedó en la cama, medio dormido todavía.

Era martes. Dos días de glorioso éxtasis con Gervasio.

No recordaba Fermín un día tan pleno como el domingo. Desde que llegó Ger todo fue como un cuento de hadas. Cómo le curó las heridas, le invitó a comer, le llevó de compras… hacía semanas que no tenía la despensa tan llena como ahora. Y luego… cómo se quedaron los dos dormidos en la cama. Apretados.

No echó de menos el sexo. El placer que sentía era tan inmenso… que un millón de orgasmos no podían igualarlo. De vez en cuando abría los ojos, y comprobaba que esto no era un sueño. Que estaba apoyado en el pecho de Gervasio. Que le rodeaba con sus brazos. Notaba su respiración… tranquila… serena.

Llegó un momento en que Fermín no quería dormirse. Quería disfrutar despierto de este momento de felicidad. Quería sentir con toda su consciencia el placer de tener en sus brazos a Gervasio… Gervasio… Gervasio… un nombre que evocaba su amor, su felicidad, y también su desesperación.

De vez en cuando, en esa noche maravillosa, un flash se le aparecía y veía a Gervasio yéndose por la mañana a primera hora, en silencio, sin despedirse. Como tantas veces antes. Una vez incluso, se sobresaltó: se despertó de repente, y no estaba con él en la cama. Iba a levantarse de un salto, cuando escuchó la cadena del servicio. A los pocos segundos, se abrió la puerta, y ahí volvía él, bostezando y rascándose la pierna. Le vio despierto, y le sonrió. Se agachó, y le dio un beso en los labios.

– Durmamos otro rato, ¿te parece?

El lunes no quería ir a trabajar. Quería estar con él. Todo el tiempo. Sabía que en cualquier momento le abandonaría… sin despedirse. Por eso cuando esa mañana Gervasio le obligó a levantarse de la cama y se metió en la ducha con él, para que no se escaqueara, le preparó el desayuno, y le mandó al trabajo con una sonora palmada en el culo, Fermín no pudo por menos que… ir al trabajo. Gervasio pasaría el día en Palencia.

Cuando montaba en el coche, Fermín tenía la impresión de que ese sería el momento en que Ger aprovecharía para irse. Como siempre. Aunque tenía el pálpito de que algo no iba como siempre. No sabía concretarlo… pero sí… era algo diferente…

No le vino mal ir a trabajar. Además, empezaba a tener problemas en el trabajo. Una cosa era que fuera amigo de los dueños, y otra que aguantaran todas sus ausencias injustificadas, y su falta de efectividad y dedicación. Fue el primer día en mucho tiempo en que su jornada cundió. No quiso pensar en que su casa estaría vacía, o en que a lo mejor tardaba semanas en volver a ver a Gervasio.

– Sí, Rosa, dime.

Pero no se fue. Le mandó un sms como a las 7 de la tarde. Le citaba en casa para una cena romántica. “Romántica”. Se había propuesto no soñar con que las cosas podrían cambiar entre ellos, con que Gervasio se pudiera quedar a vivir con él, o… irse los dos a Santander. O lo que fuera… pero había escrito… “romántica”… “cena romántica”. Lo intentó evitar… con todas sus fuerzas. Lo intentó… pero su corazón se desbocó. Su cara parecía una línea curva hacía arriba… la cara era solo esa línea…

– No, Rosa, las cosas no son tan sencillas. No es blanco y negro todo. No me has dejado explicarme.

– …

– No, no, Rosa, no voy a mentirte más. Eso ha sido un error. Reaccioné como un desconsiderado ayer, y te pido perdón por ello.

La última media hora de trabajo, fue de una actividad frenética. Cualquiera que le hubiera visto en ese momento y comparara su actitud de cualquier día de la semana anterior, hubiera pensado que no eran la misma persona.

– Rosa, escúchame…

Dejó terminados un montón de asuntos que tenía pendientes desde hacía tiempo. Ernesto, uno de sus jefes, se pondría contento por la mañana cuando tuviera en su correo esos informes que le pidió hacía semanas, y que no conseguía acabar.

Se puso el abrigo, y se fue a coger el coche.

Silbaba.

Saludó al gasolinero con el claxon.

Saludó al de la empresa de recambios de coches que tenía los almacenes al lado de sus oficinas.

Saludó a Marisa, la jefa de otras bodegas.

Tenía 25 minutos de camino hasta casa. Puso la música a tope. Hoy tocaba Pereza. “la estrella polarrrrrrrrrrrrrrrr…” gritaba a pulmón partido…

– Rosa, te repito que no todo es blanco o negro – Gervasio empezaba a perder la paciencia; sin darse cuenta iba subiendo el tono de voz.

– Mira, no sabes nada, Rosa. No lo sabes. Quizás si me dejaras explicarte…

– ¿Cómo que no quiero a las niñas? ¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra?

– Pero… ¿Qué dices? ¿Crees de verdad que los gays van violando a niños? Pasas demasiado tiempo con mis padres, cariño…

Llegó a casa. Las ocho y cuarto.

Abrió la puerta despacio. Justo al meter la llave le dio por pensar que a Gervasio le habían dado por irse otra vez de improviso… y le había dejado un bocadillo de mortadela en la mesita de la cocina. Y él odiaba la mortadela. Pero al poner el ojo en el resquicio que había abierto, vio luz en la cocina… le vino el aroma de un asado que se estaba cocinando… Se decidió, pues, a abrir la puerta con decisión, y a entrar. Un subidón… eso es lo que tuvo al ver en el salón una mesa puesta con su mantel de hilo, sus platos de porcelana, esos que le había regalado su abuela cuando se independizó… no recordaba sentirse así de bien hacía mucho tiempo. El día anterior fue genial. Y el día de hoy, fue de los mejores, hasta ese momento. Pero ahora…

– Mira, si quieres quedamos y hablamos. No, no estoy en Santander, ya te lo he dicho antes.

– …

– Eso Rosa, me vas a perdonar, pero no es asunto tuyo.

Se dio la vuelta… y ahí estaba Ger. Sonriendo. Tenía harina en las manos. Se acercó y le dio un beso, sin tocarle, eso sí, para no mancharlo. Pero Fermín le rodeó con sus brazos. Y… ahí se dio cuenta de que estaba desnudo. Solo tenía puesto un delantal… Se rió, le hizo dar dos vueltas… que culo más bonito tenía el cabrón. Los dos reían… le volvió a acercar hacia sí, y le abrazó… y le besó… Sonó un reloj en la cocina. Ger corrió, debía sacar el redondo del horno. Femín le preguntó si se ponía el mismo uniforme, pero le dijo que no. Que se duchara y se pusiera un traje. Y corbata. Iban a cenar elegantemente vestidos. Se dio de repente la vuelta y corrigió: “corbata no: pajarita”.

– Ahora mismo no sé como hacerlo. Estoy un poco confuso. No, Rosa. No creo que haya retorno. Lo dejaste muy claro el domingo. Y creo que estás en lo cierto. Me he dado cuenta que no puedo seguir con esta mentira.

– …

– No es fácil que lo entiendas, ya lo sé. Pero estate segura de que te quiero. Que me casé contigo porque te quería.

– …

– Son dos temas distintos, Rosa. Rosa… es difícil entenderlo, ya lo sé. Ni yo mismo lo entiendo a veces. Rosa…

Siguió las instrucciones de Gervasio. Él mismo cuando acabó de cocinar, hizo lo mismo. Se puso un pantalón gris, y una americana granate. Camisa gris oscura. Pajarita negra. Fermín su traje azul marino. Camisa amarilla oscura. Pajarita negra también. Abrió una botella de vino de las bodegas para las que trabajaba. Pusieron música de ambiente. Se sentaron en el sofá, y tomaron un pequeño aperitivo; unos canapés y unos pinchitos. El vino.

Hablaron.

Rieron.

Se besaron.

Miradas de besugos enamorados.

Fermín pensó que esa mirada que veía en Gervasio no podía ser mentira del todo. Algo le debía querer. Esa mirada era la que le daba esperanzas. Y a la vez, le producía desesperanza, inquietud y miedo.

– Esta tarde, a las 5.

– …

– No, en casa no. Mejor en un sitio público. Esa cafetería a la que solemos ir y nunca me acuerdo como se llama, esa que está en…

– …

– Esa, sí.

– …

– A las 5.

A las nueve y media más o menos, se sentaron a cenar. Gervasio encendió las dos velas que había puesto en la mesa. Bajó la luz…

Siguieron hablando.

Reían… sí… a Fermín le parecía mentira que después de que apenas dos días antes la desesperación era la dueña de todo su ser… ahora reía con la misma persona que produjo esa desesperación.

Se agarraban la mano. Gervasio se la acariciaba suavemente.

Esa mirada, volvió a pensar Fermín… esa mirada… no podía ser mentira… Era evidente que Gervasio lo quería… tenía que hablar con él… le tenía que explicar por qué de su actitud, la razón de sus huidas… por qué amándolo lo dejaba de esa forma… porque para Fermín era evidente de que Gervasio lo amaba… pero le dolía tanto su amor…

– Vale, vale…

Bailaron. Agarrados. Con una copa de champán en la mano.

Gervasio le hizo quitarse los zapatos.

Rieron.

Bailaron en calzoncillos, con las camisas, y las pajaritas puestas. Y los calcetines. Se miraban en el espejo de cuerpo entero que había en el fondo del pasillo, y que con la puerta abierta les reflejaba perfectamente… se reían…

Fermín le quitó la camisa a Gervasio. Y éste a Fermín. Y los calzoncillos. Pero se volvieron a poner la pajarita. Desnudos, juntos, apretados, abrazados… bailaron desnudos.

Luego fueron a la cama… Y se amaron… despacio… saboreando… se llevaron la botella de champán… cambiaron las copas por sus cuerpos…

– Fer… ¿Estás despierto?

Fermín pensó en hacerse el dormido, y fingir un despertar inocente…

– ¿Me has oído hablar?

– Sí.

– Se quedaron en silencio los dos. Fermín tumbado en la cama, mirando a la pared… medio girado al lado contrario en dónde se había sentado Gervasio.

– No te pongas así, Fermín.

– …

– …

– ¿Cómo quieres que me ponga Ger? Me vas a volver a dejar tirado como siempre.

– Al menos esta vez no me voy sin despedirme.

– Flaco consuelo… el resultado es el mismo. El dolor también.

Gervasio intentó que Fermín se girara y le mirara a la cara. Pero éste se resistía.

Al final cedió y se giró.

– Me quedo sin aire cuando te vas, Gervasio. Me quedo sin razones para vivir. Quiero morirme y maldigo el día en que te conocí cada instante que pasa y no estás a mi lado.

– Fermín…

– Calla, calla. Déjame… deja que me desahogue…

Gervasio hundió sus hombros y posó sus ojos en el rostro de Fermín.

– ¿Sabes lo que es despertar después de sentirte el hombre más feliz del mundo la noche anterior, y comprobar que el hombre que ha producido esa felicidad se ha ido? ¿Comprendes lo que significa amar a alguien y no tenerlo? ¿Sabes lo que sentí cuando me dijeron que estabas casado y tenías dos niñas? ¡Y que a parte de mí habría al menos 8 hombres más, uno en cada una de las ciudades que visitabas? ¿Estuviste en Palencia con tu hombre de Palencia?

Fermín empezó a emocionarse de tal forma que no podía ya contener los sollozos.

– ¿Sabes lo que es maldecir el día en que nací, por ser como soy, por pillarme de quien no puede ser mío? Soy patético, ya lo sé. No te avergüences de mí, Ger, por favor. Como me dijo uno, soy una marica plañidera y patética.

– Fermín, no te flageles…

– No me flagelo, Ger. Ahora no. En las noches inacabables, recorriendo los garitos de Burgos, en busca de un polvo fácil, ahí si que me flagelo. O cuando cansado de los pocos polvos que uno puede encontrar en Burgos sin ir a perfiles o chats, me iba a pasar la noche a Valladolid. O a Bilbao. Allí conocí, casualidades de la vida, a otro encoñado contigo… ¿Iñaki puede ser? Pobrecito… encima ni folla bien…

– Iñaki no es…

– Déjalo, anda, no te pido explicaciones. Da igual. Fíjate como me quedé al ver tu foto en la esquina de la pantalla de su ordenador. Dios. Él fue una de mis muchas víctimas desde que te conocí. Le hice sentirse bien, le elevé a los cielos, y le dejé tirado, como a la basura… a la segunda noche, para que no huela tanto a mierda. ¿Has visto en lo que me he convertido? ¡Te amo! ¡¡Joder!! ¿Es que no lo entiendes?

Fermín golpeaba suavemente con sus puños el pecho de Gervasio. Éste le dejó hacer.

– No he hecho bien las cosas. Nunca. Desde que tenía 15 años, no he hecho nada bien. No, ya sé que no es escusa. Podría echar la culpa a mis padres… algún día te contaré… pero sería lo fácil. Mis padres son lo que son… pero mis hermanos han actuado de otra forma. Lo único que puedo decir que me ha salido medio bien, es mi empresa. Sí, es mía. No suelo decirlo. Dejo que Antonio dé la cara como jefe. Pero en realidad soy yo. Era muy joven cuando la creé, y mucha gente no me tomaba en serio. Antonio estaba en el paro, y le contraté como gerente.

– …

– Sabes, en todo lo demás lo he hecho al revés todo. Me sentí gay, me sentí valiente, y lo proclamé. 15 años. Mis padres me internaron en un centro especial. Salí a los 18. Rosa fue la primera chica que vi. La cortejé… y nos en-noviamos. La verdad es que la quiero… si no fuera porque… da igual. Pero no pude contenerme. Creía que podría dominarme… pero no. Empecé a conocer hombres. Por el trabajo viajaba mucho… y al final acababa creándome perfiles en cada ciudad dónde iba a pasar un tiempo.

– A mí no me conociste así…

– Tú te colaste. No sé muy bien ni cómo ni por dónde – Gervasio le sonreía, mientras ponía las manos en sus mejillas – Me he portado mal contigo, Ya lo sé. Joan me avisaba de que te iba a hacer daño. Pero… no… bueno… sabes… – Gervasio no sabía como decir lo que quería… esas palabras después de tanto tiempo luchando contra ellas, no salían ahora con fluidez… no las encontraba en su diccionario.

– No, no me digas nada, Ger. Creo que sé lo que me… pero me va a doler… no, no me digas… no. Te vas a ir a Santander a hablar con tu mujer. Y al final retomarás tu vida. Tu empresa depende del dinero de tu suegro.

– Anda… ¿Y tú…?

– Te amo, Gervasio. Muchas noches sin dormir. Mucha desesperación. Tenía que saber. Joan ya no me iba a contar nada, después de cómo lo he tratado…

– Vaya. Me … me siento halagado…

– Na…

– No puedo prometerte nada. Ya no quiero mentirte. Tengo que arreglar muchas cosas. Es complicado. Me gustaría intentar algo contigo… algo serio me refiero. Pero no sé ni como ni si podré. Tengo dos hijas. Y creo que mi mujer está embarazada. Quiero a mis hijas… no puedo abandonarlas. Mi suegro es un hombre tolerante, pero su hija es su hija. No sé…

– Esto es desesperante, Ger… Esto…

Gervasio le tapó la boca con sus labios. Se fundieron en un abrazo, mientras se besaban con casi desesperación. Daban vueltas y vueltas sobre la cama. A Fermín le dolían muchas de las heridas del sábado anterior… pero le daba igual… esto no era la delicadeza de por la noche… esto era la despedida de la mañana… en no saber hasta cuando, ni siquiera si habrá cuando…

Gervasio de repente paró, se separó unos centímetros del rostro de Fermín…

– ¿Te hago daño? Las heridas…

– Me haces daño desde el día que te conocí, Ger. ¡¡Dios!! Bésame… como si fuera la última vez… ¡qué pedantería por favor! – Fermín soltó una corta carcajada – Pero me da igual… soy un pedante enamorado de un imposible… aunque si se te ocurre no volver, te juro que me tiro por la ventana.

– ¡Oye! Eso…

– ¡Cállate! – y esta vez fue Fermín quien le cerró la boca con su lengua.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.