Cuento de navidad 2010 (I): con introducción.

En contra de mi costumbre cuando publico un relato, voy a hacer un par de breves comentarios.

Algunos dirán que ya no es momento de poner un cuento de navidad. Pero… ¿No estamos siempre hablando de romper con los convencionalismos? Pues este es mi granito de arena.

Tengo la impresión de que últimamente fallo a la hora de transmitir lo que quiero decir cuando escribo.  El post anterior de la navidad gay es un buen ejemplo. Quizás deba utilizar menos el sarcasmo y la ironía. Creo que pensaré en ello en los próximos días.

Y chicos, chicas, ahora sí, os dejo con la primera parte de mi cuento de navidad de 2010. Espero que os guste. No es apto para diabéticos, aviso. Es un cuento, y es por navidad, así que haceros una idea.

Cuento de navidad:

– ¡¡Feliz Navidad!!

– Feliz año nuevo, Jorge.

Jorge caminaba sonriente camino de su casa, portando multitud de bolsas de tiendas de ropa, de regalos, de delicatessen…

– Señora Encarna – y levantó una de sus manos cargadas para llamar la atención de la mujer.

– Feliz año nuevo, hijo – le contestó ella.

– Está usted guapísima, como siempre, pero hoy más.

– Halagador y embustero – contestó entornando los ojos coqueta, protestando pero a la vez recibiendo con gusto los piropos.

Jorge llegó al portal. Dejó las bolsas en el suelo, y sacó la llave. Pero el vecino del 5º salía en ese momento, y le abrió la puerta.

– Menuda fiesta vas a montar esta noche, con todo lo que traes.

– Hay que aprovechar, Manolo. Solo es noche vieja y año nuevo una vez al año.

– Dale recuerdos a Jesús, que hace tiempo que no lo veo.

– De tu parte.

Montó en el ascensor, y le dio al 4º.

Abrió la puerta de su casa.

Cerró.

Dejó las bolsas en el suelo de la entrada, y apoyo su espalda en la puerta, respirando hondo, buscando relax y descanso de la tensión que le suponía en los últimos tiempos, salir a la calle.

Al cabo de unos minutos se puso erguido de nuevo, y fue a colgar su abrigo al armario empotrado que tenía en el mismo hall.

Ya no sonreía. Sus hombros estaban hundidos, no como apenas hacía unos minutos, ahí fuera.

Entró al salón y paseó su mirada por la habitación.

Se fijó en los huecos vacíos de las paredes, en donde hasta hacía unos días había cuadros y fotografías. Miró las estanterías también medio vacías. El lugar en dónde antes estaba el televisor.

Volvió a la entrada y cogió las bolsas que había traído. Las llevó al cuarto de los trastos, un cuarto pequeño que tenía al fondo del pasillo en el que almacenaba un montón de cosas. Las puso junto a otras que había traído el día anterior. Todas llenas de nada, de papeles arrugados para hacer bulto, de cajas vacías cuidadosamente envueltas en papeles brillantes de regalo. Fue a encender la luz, y recordó que Jesús se había llevado esa lámpara también el día en que se fue. La había comprado él, dijo. Jorge no se acordaba; le daba igual. Cogió una pequeña escalera, y entró en su dormitorio. Se subió a ella, y desenroscó una de las bombillas. Volvió al cuarto de los trastos, y la puso en el casquillo vacío. Dio al interruptor y así pudo observar los huecos que había… Jesús.

Sonrió con tristeza. Hacía un par de meses, casi no cabía nada en él. Estuvieron hablando incluso de alquilar un trastero en algún lado o de llevar las cosas que ya no iban a utilizar a Cáritas. Ahora se alegraba de que no lo hubieran hecho. Al menos recobraría alguna de las cosas que tenía puestas antes, para rellenar esa casa fantasma en que se había convertido su hogar. Quizás serviría para recuperar algo del Jorge que en los últimos tiempos se fue diluyendo en la nada.

Miró el reloj: era casi la hora de comer. Pero no tenía apetito. Se fue al salón y se sentó en una butaca. Puso los pies sobre una silla que tenía al lado, y cerró los ojos. Una cabezada estaría bien.

Sonó el teléfono. Lo sacó del bolsillo del pantalón: Maripi. Estuvo por no cogerlo, pero pensó que luego debería devolver la llamada, y tendría que inventarse algo para no haber contestado en su momento. Y ya no sabía que escusa inventarse, o que mentira idear; su repertorio se estaba acabando.

Así que contestó. Estuvieron hablando casi media hora. Maripi quería contarle lo bien que le había ido una entrevista de trabajo que había tenido esa misma mañana. Jorge se alegró de verdad por ella. Se lo merecía. Lo había pasado mal en los últimos tiempos. Un accidente de coche la había dejado postrada en un hospital durante meses. Aprovechando la circunstancia, su novio la dejó: no estaba preparado para afrontar esa situación, dijo. Perdió un trabajo que tenía apalabrado. Y lo peor: perdió las ganas de vivir.

Jorge se volcó con ella: era su amiga del alma, su confidente. Desde niños. Tuvo muchas discusiones con Jesús por ello. Pensó que en algún momento tuvo celos. Pero era lo que tenía que hacer. Maripi estuvo a su lado cuando tuvo sus dudas sobre su sexualidad, cuando perdió a sus padres con pocos meses de diferencia. Le cogía su mano en las primeras desilusiones amorosas que tuvo. En sus inseguridades. Dio la cara por él. Alguna vez pensó que podría concebir su vida sin pareja, pero no podría hacerlo sin ella. Grotesco, pensó, es tan importante para mí, y hace unos minutos dudaba si contestar su llamada, y de las mentiras que idearía en caso de no hacerlo.

– ¿Estás bien? ¿Me vas a contar que te pasa?

De repente Maripi había cortado en seco su parloteo. Jorge juró y perjuró que nada le pasaba, que todo estaba bien. Cansado y eso por tanto trabajo en esos días, y por preparar la navidad.

– Ya sabes que a Jesús no le gustan estos preparativos – sentenció con el fin de convencerla.

Ella se calló unos instantes al otro lado del teléfono.

– Esta tarde tomaremos una copita ¿no?

Jorge se disculpó como pudo. Los preparativos, tenía que meterse en la cocina “ya sabes” y no iba a tener tiempo… pero la llamaría cualquier día para tomar un café y charlar. Jorge vio que sus disculpas iban perdiendo fuerza, y al final se escudó en que tenía otra llamada que debía responder. Ya hablarían, dijo.

– Besos muchos.

– Muchos besos.

Y colgó.

Jorge se acomodó en la butaca. Cerró los ojos, e hizo un repaso mental de cómo había cambiado su vida en los últimos meses. Perdió su trabajo justo antes del verano. Y perdió a su pareja justo antes de Navidad. Parecía que Jesús no podía soportar que su hombre no fuera un triunfador. Esos meses en el paro, fueron testigos del progresivo deterioro de su relación, sin que hubiera ninguna otra causa que lo justificara, al menos que Jorge supiera. En algún momento llegó a pensar que Jesús estaba midiendo los tiempos para que pareciera que la cosa no funcionaba por otros motivos, y así tener una escusa plausible al irse. A parte de Julio, claro. Julio sí tenía trabajo, y buena posición social. “Pero Julio era un aburrido”, pensó Jorge. De alguna forma debía consolarse. Y se sonrió.

Llamaron a la puerta.

El timbre lo sobresaltó y se incorporó de un salto. Miró a su alrededor desorientado… se debía haber quedado adormilado imbuido en sus pensamientos.

Volvieron a llamar.

Pero esta vez produjo el efecto contrario: se volvió a recostar en la butaca. Tenía la boca seca… pero no le apetecía ir a la cocina a beber un vaso de agua. Volvió a entornar los ojos…

El timbre sonó otra vez.

Estuvo tentado un segundo de ir a abrir… pero esa idea solo le duró eso: un segundo.

Otra vez.

– ¡Ya va!

En esta ocasión Jorge se dio por vencido y se levantó, más que nada porque el que estaba llamando se había olvidado de separar el dedo del botón del timbre y si seguía así, posiblemente lo quemara.

– ¿Tamara? – dijo sorprendido al abrir la puerta

– Sí la misma. ¿Puedo pasar?

Jorge se quedó mirando como entraba decidida en casa.

– Jesús no te ha dejado gran cosa – dijo casi a modo de saludo.

– ¿Cómo…? – Jorge pensaba a toda velocidad las intenciones que llevaba su amiga.

– A Jesús te lo presenté yo ¿recuerdas? – aclaró Tamara para explicar por qué sabía que Jesús le había dejado.

Jorge asintió despacio con la cabeza.

– Lo conozco desde peques. Por eso me extrañó que durara tanto contigo después de lo del trabajo.

– ¿Qué tal las cosas en la empresa? – Jorge intentó llevar la conversación por otros derroteros.

– Bien, bien. Parece que las cosas se arreglan. Por cierto, a Ramírez le han dado puerta.

Jorge enarcó las cejas interesado por el último comentario de Tamara. Pero ella no siguió hablando. Entró en el salón y se sentó en la butaca que poco antes ocupaba Jorge.

– ¿No me vas a contar nada? – preguntó Jorge, deseoso por saber más noticias de su antiguo trabajo, y de cómo había quedado estructurado el organigrama después de que ese hombre fuera despedido.

– ¿Vendrás a cenar con nosotros?

Jorge negó con la cabeza y dio la dio la espalda dirigiéndose hacia la cocina a beber ese vaso de agua que antes había echado en falta, cuando había estado sentado en la butaca que ahora ocupaba Tamara.

– ¿Por qué eres tan orgulloso? Antes de Jesús no eras así – Tamara levantó la voz para que su amigo le oyera desde la cocina.

– No soy orgulloso.

– Sí lo eres, no has dejado que te ayudemos.

– Pero es que no necesito… – contestó con vehemencia Jorge mientras volvía de la cocina, todavía con el vaso en las manos.

– ¿Y compañía?

– Y la tengo…

– ¿Con quien cenas esta noche?

– No hay por qué cenar con nadie… la Navidad es para…

– A ti te gustan las navidades

– Pero no éstas.

– Que le den a Jesús. Pasa de él.

– No es Jesús…

– Sí es Jesús. Y el trabajo, claro.

– Eso sí me jodió. Ese puto… – Se calló antes de… Tamara estuvo liada con él un tiempo, y no sabía muy bien cómo habían quedado.

– No hay nada entre nosotros ya, puedes ponerle a parir. Antes también podías… creía que lo sabías. ¿Puedo?

Levantó el paquete de tabaco… Jorge asintió acercándole un cenicero.

– ¿Juan?

– Bien, como siempre. Y los peques también. Te echan de menos.

– Ya iré un día a verlos.

– ¿Cuándo?

– ¡Ay!, no sé, Tamara. No me apetece mucho ver gente últimamente.

– Me han comentado en el bar de enfrente que trabajas mucho.

Jorge que se había apoyado en el brazo del tresillo, bajó la cabeza.

Llamaron a la puerta de nuevo. Jorge se levantó resignado a abrir.

– Hola vecino – dijo Manolo entrando en la casa sin dejar opción a Jorge a impedírselo. – Mi mujer ha hecho cena para un regimiento, se debe creer que los niños están todavía en casa. Así que te traigo unas cosillas para que cenéis… te lo dejo en la cocina.

– No hace falta – intentó protestar Jorge.

– Aunque si lo prefieres, puedes subir a cenar con nosotros. A Juliana le gustará.

– No…

– Tengo una idea mejor – apuntó Tamara – Podrían bajar Vds. a cenar aquí.

– No Tamara, no tengo… creo que deberías irte – Jorge se sentía cada vez más incómodo.

El timbre volvió a sonar.

Jorge miró al techo desesperado, mientras un “joder” silencioso brotaba de su cabeza.

– ¡¡Tíoooooooo!!

Dos niños se colgaron de un salto del cuello de Jorge.

– ¿Ya no nos quieres? – dijo el pequeño.

– No cariño – dijo mientras le comía a besos – Es que…

– Es que es un poco bobo tu tío – interrumpió Tamara, su madre. – ¿Papá? – preguntó a Dani, el mayor.

– Ahora sube con la tele.

– ¿Tele? – Jorge miró muy serio a Tamara.

– Claro, no tienes tele. Nos han regalado una nueva con muchas cosas, y enorme, y nos sobraba la que compramos para el mundial, así que te la hemos traído.

– Pero… ¿Cómo sabes…?

– Jesús es amigo mío, te recuerdo. Y el otro día estuve charlando largo y tendido con él.

– Pero – Jorge bajó la cabeza – yo no tengo…

– Es nuestro regalo de Navidad.

– No, no puedo…

– Sí, sí puedes.

– No…

– Esta discusión la tuvimos, al revés, cuando te quedaste con los niños el año pasado, durante un mes, cuando Juan y yo nos fuimos a ese viaje… y no quisiste que te…

– Eso es distinto…

– Para mí es lo mismo. A parte, así me sentiré mejor por no haberte defendido cuando te echaron. Pero eso también lo he arreglado…

– Paso, que no veo, que esto pesa un poco – Juan llegaba cargado con la tele.

Se apartaron todos y Juan fue directo al lugar en donde estaba antes el aparato. Un chico venía detrás de él con una mesa para ella.

– Juan, espera que pongo la mesa.

– Es mi cuñado Álvar. ¿Te acuerdas de él? Ha venido para quedarse.

– Hola, nos conocimos aquel día en la boda de… – le extendió la mano para saludarlo.

– Sí, sí, lo recuerdo… ¿Cómo me iba a olvidar? – Jorge se arrepintió de lo que acababa de decir.

Tamara sonrió.

– Hola ¿se puede?

María asomaba por la puerta.

– Pero… ¿qué haces aquí?

Jorge se acercó a ella y la abrazó. Hizo las presentaciones… María era una amiga a la que no veía hacía un tiempo, porque no le caía bien a Jesús, y ella se apartó para no inmiscuirse en la relación.

– Venía a cenar contigo.

– Bien, cuantos más seamos, mejor lo pasaremos.

– Bajamos a por la comida – dijeron Juan y Álvar.

– ¿Comida?

– Voy a decir a mi mujer que se prepare y cenamos todos aquí.

– ¡Qué animado está esto!

– ¡Joder! – exclamó desesperado Jorge.

– Oye, si no somos bien recibidos, nos vamos…

Carlos tenía los brazos abiertos hacia arriba, y movía la mano como si fuera una reina cualquiera saludando a la concurrencia.

– Hola Tamara ¿Cuánto tiempo? Pablo está ayudando a un señor que sube para aquí con unos bultos. Ahora vienen. Yo ya sabes que no puedo cargar… la espalda…

– Mucho morro tienes – Jorge se acercó sonriendo a darle dos besos.

– Yo… siempre, ya sabes – dijo sonriendo el interpelado – mira, ahí vienen.

– Pero qué jaleo tenéis.

La vecina de al lado, una señora de unos 70 años, salió al descansillo al escuchar tanto trasiego de gente al que no estaba acostumbrado.

– Doña Rosa, perdone, pero es que esta gente es lo peor – Jorge puso cara de falsa indignación …

– Ya, ya, hijo, te lo perdono, por ser tú ¿eh? Me gusta verte contento. No como últimamente que parecías estreñido.

– ¿Yo contento? Que dice doña Rosa… estoy que echo humo por las orejas, no ve la que…

– Deja de doña y esas pamplinas, que me haces vieja, que te lo he dicho muchas veces. Y no intentes dármela, que soy vieja, pero no tonta. Solo hay que mirarte la cara…

– Pase a cenar con nosotros, d… Rosa – Jorge retuvo a tiempo el doña

– No quiero molestar…

– Que vas a molestar, mujer. Mi Juliana baja ahora, precisamente la iba a buscar. ¿tienes un plan mejor?

– Pero tengo estos pelos…

– Está estupenda señora – Carlos se acercó a ella y la cogió de la cintura

– Oye jovencito, que no nos conocemos de nada ¿Y esas confianzas?

– Los vecinos de mis amigos, son mis vecinas… me llamo Carlos…

– Y la plantó dos besos, que recibió gustosa la señora.

– Paso, paso…

Pablo y Jose, “el señor de los bultos”, llegaban cargados de sillas, un par de tableros plegables, y una caja de cava.

– Jose – Jorge se puso colorado…

– Sí, el mismo que viste y calza, que te crees que soy bobo y no me di cuenta de lo que pasaba. Sobre todo cuando el idiota de tu novio fue con su nuevo ligue al bar y le contó todo delante de mí.

– Pero, ¿por qué no me…?

– ¿Y por qué no me lo contaste tú?

– Pero todas las mañanas…

– Voy a hacer unas croquetas que sé que te gustan – dijo dirigiéndose a Jorge – me empolvo la nariz, y paso – dijo Rosa.

– ¿La puedo ayudar? Así me fijo en como las hace, a mí no me salen ni a tiros – se ofreció Tamara.

– ¿Apartamos esas butacas? – dijo Álvar.

(continuará)

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13 pensamientos en “Cuento de navidad 2010 (I): con introducción.

    • sonia, pero… ¿no hemos quedado en que navidad debe ser todos los días?
      Pues eso.
      Con tranquilidad.
      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

        • sonia, de eso nada.
          Yo estoy por abolir los convencionalismos.
          El próximo cuento de navidad lo voy a escribir en Semana Santa.
          ¡Hala!

          besos.
          muchos.
          envueltos.

  1. Esta claro que no siempre tenemos una familia a mano, a veces la familia nos abandona… Pero también a veces aparece la gente que realmente nos quiere.

    El ambiente de esa escalera me recordó una peli que vi hace tiempo titulada El hada ignorante ¿la has visto?

    Espero que la segunda parte me guste tanto como esta primera.

    Un abrazo.

    • PFE, cierto, a veces aparece esa gente que nos quiere. Aunque no sé si todos la tienen… no sé.
      NO recodaba esa peli, pero es cierto, tiene un aire. volveré a ver la peli en estos días. Es muy bonita.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Buufff… Recuerdo cuando pasé una fuerte crisis, con depresión incluida, y trataban de ayudarme y apoyarme…
    Para mi era una tortura. Cada cual tiene su ritmo y para mi la soledad fue clave hasta que pude levantar cabeza.
    Espero que a Jorge le siente bien semejante desenbarco masivo en su casa.
    Y es que, a veces, los Reyes son imprevisibles…

    • Sí Orfeo, cuando tienes depresión, esas ayudas suelen ser contraproducentes. Pero Jorge no llega a ese extremo. Está perdido, se ha dejado llevar, y está confuso… y solo.
      Veremos lo que pasa en la segunda parte.
      :p

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  3. Me gusta mucho. El año pasado escribiste uno que aun recuerdo y que fue genial. A mi me gustó por que acababa muy bien, y espero que este tbm lo haga, eh eh eh eh?????? jajajaja. Bueno, a ver si es cierto que en estas fechas las familias se vuelven mucho más generosas y sobre todo, que les dure todo el año.

    Un beso cielo

    • Isra, sí, sí, yo también lo recuerdo.
      Pues si quieres saber como acaba este, ya lo puedes ver… jijijiji.

      Sobre la generosidad de las familias y demás, y su extensión a todo el año… casi como que me abstengo de comentar.
      ejem.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  4. Pingback: Cuento de Navidad (y II). « el rincón de tatojimmy v.2.0

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