Cuento de Navidad (y II).

Para leer el principio:

Cuento de Navidad (I)

Sonó el móvil: un mensaje.

Jorge se desperezó en la butaca. Miró hacia la ventana, se había hecho noche cerrada. Miró alrededor… estaba solo… no estaban ni los niños, ni Tamara, ni Manolo, ni Juan, ni Álvar… Álvar… ese chico le gustó cuando se lo presentaron… Pero estaba con Jesús, y lo dejó pasar… ¿Por qué se juntó con Jesús? Llevaba días intentando recordar qué le llamó la atención de él… ¿Y por qué Álvar había aparecido de repente en su sueño, si hacía más de un año que no lo veía? De hecho solo lo había visto ese día.

Sacó el móvil para ver el mensaje.

“¡Feliz año nuevo!”

Era de Tamara.

Encendió una lámpara que tenía en una mesa auxiliar. Todo estaba en silencio, salvo por algún petardo que sonaba en la calle de vez en cuando, preparando la sesión de fuegos artificiales caseros y la mascletá que a partir de las 12, se distribuirían por toda la ciudad, con los padres distribuyendo juego entre los hijos, para luego poder decir “con estos chicos, no hay quien pueda, mira que les gustan los petardos”. Aunque luego la sombra que ves que se agacha para poner la traca y prenderla, tenga 57 años cumplidos hace ya algunos.

Se sonrió pensando en las discusiones que habían tenido Jesús y él sobre los petardos de Nochevieja. En este caso Jesús era partidario, mientras Jorge no lo era. La verdad es que Jorge siempre había tenido miedo a los petardos y a los fuegos artificiales. Por eso le molestaban.

Se levantó despacio… todavía no se había despejado del todo y estaba desorientado.

Fue a la cocina para comer algo. Sería lo primero que picaba en todo el día, salvo el café que había tomado por la mañana en el bar de Jose, y el bizcocho que le había dado a probar Isabel, su mujer. Era un trozo grande… era de yogur con manzana, extraordinario… lo había comido despacio… saboreándolo… masticando concienzudamente para que le llenara algo más el estómago… él con su traje, su corbata, su camisa con gemelos en los puños, elegante… para cualquiera que lo viera, dispuesto a comerse el mundo en una nueva jornada de trabajo… con cara de extasiado masticando y relamiéndose con la que probablemente fuera la única comida del día. Porque a pesar de los gemelos en los puños, y del aire decidido, ni había trabajo, ni nada que comer.

Abrió el frigo. Tenía para elegir un trozo de pizza del día anterior, o una manzana.

Eligió la manzana.

La puso debajo del agua, para limpiarla un poco antes de pegarle un mordisco.

Por el patio, se oía música clásica… no sabía por qué, esa música le puso más triste… hasta se le empañaron los ojos…

Era un vals. Sería de Strauss, pensó. Se recordaba bailando éste u otro parecido con Maripi. Eran otros tiempos en los que no necesitaba fingir ser quien no era. Tiempos en los que no sentía la necesidad de esconderse de sus amigos, o de sus vecinos. Él siempre había sido alguien alegre, cercano a todo el mundo, con mucha facilidad para hacer amigos, para hacerse querer. Sin darle importancia al hecho de ser algo o alguien.

Pero esa facilidad para hacer amigos, no la tenía para “hacer amores”. Algo fallaba en él. Pero no atraía a la gente. Alguna vez le dijo a su amiga, en esas noches de confesiones delante de una botella de licor de manzana, que los hombres preferían ser su amigo a ser su pareja. No le consideraban en ningún momento como una persona candidata a ser su novio.

Esa a lo mejor fue la razón de que, al aparecer Jesús con un aparente interés por él, en un aspecto diferente al de la simple amistad, se entregara a él de lleno.

Se conocieron en una fiesta que organizaba Tamara. Rápidamente congeniaron, parecían almas gemelas; intereses comunes, gustos parecidos, mismo sentido del humor… en cuestión de un par de meses, Jesús se trasladó a casa de Jorge.

Y Jorge, sin darse apenas cuenta, fue renunciando a muchas cosas por él. Porque no eran tan parecidos como al principio parecía. Sería que se engañó, o sería que interpretó mal, o que vio lo que necesitaba ver en ese momento… o que le engañó. O todas un poco. Nada suele tener una razón única, ni suele ser blanco y negro.

Pero en aquel momento, no dio importancia a esas diferencias sobrevenidas. Tampoco pensaba que fuera necesario estar con una réplica de sí mismo. Eso sería hasta aburrido. Creyó que era necesario hacer un esfuerzo por adaptarse, por hacer que Jesús estuviera cómodo a su lado, limar esas diferencias que empezaban a aparecer. Al fin y al cabo, en una relación, siempre hay que ceder un poco en nuestras preferencias y gustos. Y además, no podía perderlo, ahora que había encontrado a un novio. Debía “luchar por la relación”, como a veces le insinuaba veladamente el propio Jesús.

Poco a poco se fue separando de sus amigos: no le caían bien a su pareja, la mayoría. Fue dejando de hacer reuniones y comidas en casa. Jorge siempre había querido que su casa fuera un recinto abierto a todo el mundo. Pero Jesús era más celoso de su intimidad, le gustaba estar en su casa a gusto, sin gente, y sobre todo sin niños… los hijos de Tamara: les detestaba. Desde que nacieron, se convirtieron en sus “sobrinos”. A Jorge le encantaban los niños, y además, se le daban bien. Incluso dedicó una habitación de su piso para que se pudieran quedar a dormir. Ese cuarto fue motivo de discusión en numerosas ocasiones. Pero en eso, no cedió. El cuarto estaba como siempre. Incluso había dado instrucciones a la mujer que iba a hacer la limpieza tres veces por semana, que cambiara de vez en cuando las sábanas, y la limpiara, aunque ya hacía muchos meses que no venían… Las últimas veces que les vio, fue en casa de Tamara y Juan, para no importunar a Jesús.

Y también hacía muchos meses que no venía la señora que limpiaba. No se lo podía permitir.

Un día lo despidieron. Le pilló desprevenido. Era la víctima de un superior que no tenía ni idea de lo que se llevaba entre manos. Oponerse a sus decisiones en las reuniones de departamento, al final, le costó el puesto. Tamara no le defendió, o si lo hizo, no consiguió nada. Ella sabía que ese tal Ramírez, aunque se acostaba con él en aquella época, era un inútil. Pero los jefes le respaldaban. Al fin y al cabo lo habían fichado de la competencia hacía un año, dándole un sueldazo. Y le habían dado carta blanca para hacer y deshacer en el departamento. Tenían que defender su decisión ante el Consejo, y no podían contradecir su forma de trabajar al cabo de unos pocos meses. Entonces quizás, el puesto que hubiera peligrado era el de aquellos que contrataron a este personaje.

Tamara siempre había sabido bailar al son que tocaba en cada momento. Y no dudaba en utilizar su cuerpo para conseguir sus propósitos. A parte, ella necesitaba un plus de sexo. Su marido ya sabía como era cuando se casaron. Tuvieron una conversación antes de comprometerse: Tamara se casaba con él, porque estaba enamorada, pero… él renunciaba a la exclusividad sexual, y ella a cambio, le daba tres hijos, que en un principio no estaban en sus planes, de los que luego, eso sí, se encargaría principalmente Juan. Jorge nunca acabó de entender esa postura de ninguno de ellos. Pero era claro que se querían. Tamara le confesó un día, que uno de sus amantes la propuso que se casaran. Pero ella por nada del mundo dejaría a su Juan. Una cosa era el sexo, y otra el amor. Y ella estaba enamorada de Juan, a su manera, pero lo estaba. A parte, de momento, ella solo había cumplido en parte su trato de casamiento: faltaba un hijo. Estaban Dani y Raúl.

Dio un respingo… el timbre de la puerta. Algún día, cuando tuviera dinero, Jorge pensó que cambiaría por otro menos estridente.

No dio un paso. No le apetecía ver a nadie. Sabía que tenía que salir de este círculo en el que se había metido, de mentira tras mentira. Porque además, el contacto con la gente, y disfrutar de sus amigos y conocidos, era algo que echaba enormemente de menos. No sabía por qué se dejó convencer por Jesús de que mintiera al respecto, que fingiera que todo iba normal. Sería por lo de “luchar por la relación”. Él le decía que, si la gente se enteraba de que estaba parado, le mirarían con lástima… y “ellos no querían eso ¿verdad?”.

Llamaron otra vez. No hizo caso.

El hecho es que él cedió nuevamente. “Luchando por la relación” una vez más. Aunque a partir de ese momento, empezó a ser consciente de que cada día que pasaba esa lucha era inútil. Aquello parecía que iba cuesta abajo. Aunque a todas estas dudas les puso una sonrisa y un “pa’lante”, y se las quitaba de un manotazo.

Y otra. Esta vez, quien fuera, llamó un buen rato.

Hasta que hacía cosa de un par de semanas, llegó a casa una tarde. Venía cansado y aburrido de esconderse en cualquier lugar para seguir con el teatrillo de que seguía trabajando. Y Jesús le esperaba muy circunspecto en el salón. No le dejó ni sentarse. “Mira, esto no puede seguir, yo no puedo seguir luchando solo por nuestra relación, mira… creo que es el momento de dejarlo, antes de que la cosa se deteriore más y nos hagamos daño…”

Jorge se sonrió pensando la cara de estúpido que se le puso en ese momento. Sobre todo al ver como al cabo de 10 minutos escasos, llamaban a la puerta unos amigos de Jesús a los que apenas había tratado en los dos años de relación con él, que en una hora escasa, había arramplado con todas sus cosas, y por cierto, incluidas algunas de Jorge. Pero no le apetecía discutir por una lámpara o por alguna lámina, o un libro.

“Espero que seamos buenos amigos”.

Esa fue la despedida. Y después, dejó las llaves en el cestillo de la entrada, y cerró la puerta.

A él, le dio tanta rabia, que se gastó el poco dinero que tenía en cambiar la cerradura de casa al día siguiente. Porque recordaba que Jesús tenía dos juegos de llaves.

Y ahora, al que fuera que estuviera en la puerta de su casa, se le había quedado el dedo pegado al timbre.

Jorge cambió la tristeza, casi agónica, a la que había llegado a causa del devenir de sus cavilaciones, por la rabia, casi furia, que le producía la insistencia de quien estaba llamando.

– ¡Qué hostias…! – espetó con tono de mal humor sin siquiera esperar a ver quien era.

– ¡¡Tíoooooooooooooooo!! Ya era hora, estaba llamando al 112 para que viniera rápidamente a tirar la puerta abajo. Cielo, ¿Cómo estás?

– Pero Carlos… – Jorge había cambiado la furia por el estupor, mientras Carlos entraba en su casa dándole dos besos a modo de saludo.

– Vienen Pablo y los demás ahora. Es que yo ya sabes que no debo cargar pesos…

– Tienes un morro… ¿pero qué es eso de “los demás”?

– Por cierto – Carlos hizo como que no había escuchado la pregunta – parecías enfadado cuando has abierto la puerta.

– No…

– Ya sabes que tienes dos opciones, maricón: o sonríes y disfrutas, o te amargas y te jodes.

– No…

– Y no digas nada, que a lo mejor lo estropeas, que estamos todos muy enfadados contigo… Mira ahí llegan Pablo con Juan y los niños.

– ¡Tíooooooooooooo……..!!!

Los niños salieron corriendo del ascensor hacia Jorge. Éste se agachó olvidándose del mal humor y de su perplejidad ante lo que parecía se le venía encima, y abrió los brazos para recibirlos. El pequeño, Raúl se colgó de su cuello, mientras el mayor le abrazaba a la altura del pecho y se pegaba a él. De la fuerza con que lo hicieron, acabaron los tres en el suelo.

– Cuidado que voy cargado.

Álvar llevaba una caja entre sus brazos.

– Es la tele que no tienes – dijo Tamara apareciendo detrás de su cuñado – Niños, apartaos un poco que hay que meter muchos trastos.

– ¿Trastos?

– Calla, mejor será, que nos tienes…

– ¿Ya es la hora? – dijo doña Rosa asomando por la puerta.

– Aquí estamos nosotros – Manolo y Juliana bajaban cargados de bandejas.

– ¿Estas mesas dónde las dejamos? – era Pablo quien pedía indicaciones.

– Ahí en el centro irán bien – señaló María – Carlitos, no te escaquees, y ponte a hacer algo, que una bandeja de langostinos bien puedes sacar del ascensor. Y tú – dijo señalando a Jorge – no te vayas muy lejos, que en cuanto suelte estas cosas, te vas a enterar.

– ¿Se puede?

– ¡¡Darío!!

– Jorge se abalanzó sobre él y le abrazó. Perdona que…

– Na, tío, tranki. Estabas a lo tuyo, tranki.

– ¿Qué tal vas con…?

– De momento bien, resisto. Pero no es fácil, ya sabes… la heroína es… Pero he vuelto a estudiar…

– ¿Y los tíos?

– ¿Mis viejos? Guay, como siempre. Pesados y eso. Aunque con la guerra que les he dado…

– Viejos, viejos… juventud… ¡Hola sobrino! No le hagas caso a este hijo mío… que es un mangarrana desconsiderado. Estás muy delgado – La tía Enriqueta se separó de su sobrino para verle en perspectiva. – Mañana vienes a comer a casa, y así hasta que cojas los 7 kilos que te faltan…

– Tía…

– Hola sobrino ¿Estas bandejas dónde las dejo? – preguntó su tío Ubaldo.

En unos minutos el salón y el resto de la casa se llenó de personas. Apartaron los sillones y pusieron una mesa enorme en el centro, con sillas a los lados. En unos minutos, la mesa estaba llena de bebidas, de bandejas de marisco, de canapés, de jamón ibérico, de mini sandwich, de patés… de la cocina empezó a salir olor a pan tostado… Doña Rosa trajo una bandeja enorme de sus croquetas, sabía que a su vecino le chiflaban. Juliana se había encargado de hornear un par de capones rellenos. Jose, el del bar, subía con huevos rellenos, pimientos de marisco, y sus famosas rabas. Su mujer había hecho rosco de reyes casero. Así cogía práctica, dijo, para el día de reyes.

– Ahí lo tienes – dijo Tamara a Maripi.

– Vergüenza te debía dar, intentar engañarme así – recriminó Maripi a su amigo.

– Se abrazaron fuerte… fuerte. Eres idiota… ¿Lo sabes?

Jorge se encogió de hombros. Tenía los ojos acuosos… de vez en cuando se pellizcaba para comprobar que no se había vuelto a dormir en la butaca, como esa tarde.

Los niños le habían abrazado las piernas y no le soltaban por nada del mundo. Solo su tío Álvar era capaz de llevárselos por un rato.

– Este cuadro que tenías en el cuarto de los trastos, estaba antes aquí ¿verdad?

Jorge asintió, mientras Juan lo colgaba en su sitio.

-Perfecto – dijo separándose de él para ver si estaba derecho – Tu madre pintaba muy bien.

A Jorge se le humedecieron los ojos, al pensar en su madre.

Juan, Tamara, Darío y los tíos de Jorge, estaban sacando las cosas que almacenaba éste en el cuarto de los trastos, para colocarlos en los sitios en que estaban antes de que Jesús los fuera apartando para poner sus cosas.

– Vamos, que ya es hora de cenar… ¡a la mesa!

Carlos ejerciendo de maestro de ceremonias.

– Señora Rosa, no mire así a mi novio, que es mío.

– Pero que cosas dices, joven – respondió la mujer, con gesto de falsa indignación.

– Niños, al lado del tío George. Lo siento Maripi y Tamara, y María, y Álvar… te gusta el tío George ¿verdad?

– Pero mira que eres…

– Soy Carlos, y ya sabéis como las gasto. Así que no sé por qué te sorprendes…

E hizo una pequeña genuflexión con reverencia a los que concurrían en esa reunión.

– Chicos, chicas… – con las manos pedía un poco de calma.

– Todos se fueron callando.

– Hoy estamos aquí…

El sonido de un mensaje interrumpió el discurso.

– Para mí, perdón – Jorge levantó la mano, mientras con al otra sacaba el móvil del bolsillo.

– Venga, leelo, anda.

– Es de Jesús.

– Será maricón el idiota ese…

Jorge dudaba si abrir el mensaje. No quería que nada le enturbiara ese momento que empezaba a ser maravilloso… Y tampoco le gustaba que todos estuvieran pendientes de lo que decía, y de la cara que pondría al leerlo.

– Tía, ábrelo de una puta vez, y acabemos con esto, que tengo el discurso a medias.

Jorge hizo caso a Carlos, y abrió el mensaje:

– Espero que tengas un feliz 2011. Me gustaría tomar un café contigo. He estado pensando y creo que me precipité al dejarte. Te echo de menos.

Cuando acabó de leer, se quedó mirando como hipnotizado la pantalla de su móvil. Millones de ideas y de sensaciones chocaban en su cuerpo. Incluso durante unos instantes, su cuerpo llegó a temblar.

Un flash. Un pronto, y una decisión. Jorge escribió la respuesta en unos segundos. Cerró la tapa de su móvil estruendosamente, respiró hondo y se quedó mirando a Carlos.

– Tía, o haces el discurso, o me lanzo a las croquetas de doña Rosa, que me están guiñando un ojo.

Carlos carraspeo.

– Oye, tía. Lo menos que puedes hacer es decirnos que le has contestado al hijo puta ese – María le miró recriminándole – Tía, lo siento, no se me pone en el coño disimular más lo mal que me cae el estreñido ese. Si además es un… put… vale, me callo.

Jorge volvió a sacar el móvil.

– ¡Feliz año 2011!! Espero que seas muy feliz con Julio. ¿O era Fernando? Besos – leyó en voz alta.

– ¡¡Yepaaaaaaaaaaa!!!

Todos empezaron a aplaudir. Y Álvar, por primera vez desde que sonó el móvil de Jorge, levantó la cabeza.

– Bueno, chicos, que este hijo de puta me ha jodido hasta el discurso. Quiero deciros que… na, solo te digo una cosa, idiota – Señalaba a Jorge con el dedo índice de su mano derecha – Cómo vuelvas a darnos la patada, y a engañarnos como lo has hecho en los últimos meses, juro que te estrangulo con mis medias de seda. Y después te machaco el higadillo con mis zapatos de aguja.

Levantó su copa, y todos le imitaron.

– Por tí, maricón. Porque si no supiéramos que eres cojonudo, si no tuviéramos todos tantas cosas que agradecerte, maricón… vaya, que te queremos, idiota.

Y levantó su copa…Y levantaron todos sus copas… y brindaron…. y bebieron…

– ¿Por qué no le damos los regalos ahora? – propuso Tamara, dando palmas con las manos, como si fuera una niña.

Uno por uno fueron acercándose a él y dándole su regalo. Jorge estaba como en una nube. Apenas le salían ya las palabras de agradecimiento… le daba la impresión de que no era capaz de transmitirles lo contento que estaba por todo lo que estaban haciendo por él, y lo que le estaban haciendo sentir, sobre todo después de cómo se había portado con ellos en los últimos tiempos.

– Mi regalo es – Tamara era la única que faltaba ya – Antes decirte que Mario y Dani están fuera y no han podido venir, pero, cuando vuelvan se acercarán a darte una colleja. Y Alba, Estela y Joaquín, están con sus cosas de la Asociación y andan por Egipto o no sé donde.

– Y Ricardo está de pedida en Valencia, dónde viven sus suegros – apuntó Maripi.

– Vale, vale, ya me contará alguien quién ha organizado todo esto… no sé si para matarlo o para…

– Yo.

Todos levantaron la mano al unísono. Y todos rompieron a reír.

– Échame a mí la culpa, jovencito – dijo doña Rosa – total ya soy vieja.

– Doña Rosa…

– Qué manía con el doña, que me haces vieja.

– Pero si ha dicho antes…

– Que no me lleves la contraria, a ver ese regalo que falta, Tamara hija, que nos tienes en ascuas.

– Pues… – Tamara se acercó a Jorge por detrás – no tengo paquete, ni envoltorio, ni siquiera… nada… – diciendo esto enseñaba las manos en alto para que todos comprobaran que no había nada – Lo que yo te quería regalar es nuestro cariño, y a mis hijos durante un par de días… ¡¡hala!!

– Bien, ese regalo me gusta – dijo alborozado Jorge, abrazando a sus “sobrinos”.

– Si lo llego a saber, bueno, que no es ese el regalo, vale, ahora que lo pienso… me acabas de dar una idea…

– No te líes Tama – le reprendió cariñoso su marido.

– Vale. Jorge, si quieres y te parece, el día 10, lunes vuelves a tener trabajo.

– Todos gritaron alborozados… daban palmas… todos se levantaron para abrazarle, para besarle…

Tardaron unos minutos en volver a callarse y sentarse en sus sitios.

– Pero Tamara, de qué serviría volver si…

– Perdona, se me ha olvidado decirte que le han despedido hace unos días. Vuelves, para ocupar su puesto, no el que tenías antes.

Jorge arrugó la nariz, una idea se le ha cruzado por la cabeza.

– Esto… ¿No lo sabría…?

– Claro, se lo dije hace un par de días. Se lo dije para picarle.

Jorge puso cara de entender…

– No me digas que has pensado por un momento que el mensaje de Jesús iba de buen rollo… y era absolutamente desinteresado…

– No, daba igual, no hubiera vuelto nunca con él… – miró de reojo a Álvar – pero… – se quedó pensativo.

– Da igual maricona, haz los honores y empieza a comer, que mira Raúl como ya ha empezado a la chita callando, y me está dando una envidia el condenado…

– Pues a cenar…

Al cabo de un rato, se unieron Valva y Dani, los del 1º, con sus hijos, Rebeca, Guille y Mauri. También se dejó caer Joaquín, que se había vuelto antes de lo previsto y no quiso dejar pasar la ocasión de gorronear, como el mismo decía de coña constantemente.

Los platos sobre la mesa fueron cambiando según se iban acabando unas cosas e iban siendo sustituidas por otras. Cambiaban de sitio, unos hablaban con otros…

Llegaron las 12 de la noche.

Uvas unos, gominolas otros. Moras rojas y negras en concreto.

– No, no, que son los cuartos – Manolo controlaba en ese momento que todo saliera bien a la hora de comer las uvas.

– Una, ahora sí…

– Dos

– Tres

– Cuatro

– Cinco

María se atragantó al mirar a Pablo y verle con la boca llena a punto de explotar y todo colorado.

– Seis

– Siete

– Ocho

– Mamá, se me han caído las uvas – Rebeca se quejaba amargamente a su madre.

– Nueve

– Diez

– Once…

– ¡¡¡DOCE!!!!!!!!!!!

– ¡¡¡Feliz 2.011!!!!!!!!!!!!!

El salón se llenó de ruido de matasuegras y silbatos. Por la ventana abierta empezaron a llegar desde la calle el ruido de los petardos. Justo enfrente de la casa de Jorge, unos vecinos empezaron a tirar fuegos artificiales. Se apelotonaron en la ventana para verlos mejor…

Jorge aprovechó para ir al servicio y refrescarse un poco la cara.

Al volver, se quedó apoyado en el quicio de la puerta y observó un rato la escena. Los niños gritaban alegres cuando una flor de fuego y ruido estallaba en la calle, los mayores hablaban y reían… bebiendo un sorbo de cava, o mordiendo una marquesa, o un trozo de turrón.

– Qué distinto a tu Nochebuena ¿verdad?

– Jorge giró el cuello para mirar a Maripi.

– ¿Cómo sabes como fue m…?

– Es largo de contar.

– No sé como pedirte… pediros a todos perdón, y daros las gracias… hoy me habéis hecho el hombre más feliz de la tierra.

– ¿Ha sido por los regalos?

– Tonta – Jorge le dio un pequeño codazo en el costado – Sabes… hasta esta noche, no me he dado cuenta de lo gilipollas que he sido estando con Jesús. Renuncié a tantas cosas, me dejé manipular de tal…

– Ahora no te machaques, Jorge. Amor de ése, es lo único que te faltaba. Era normal que lo hicieras prevalecer… ¿se dice así? – Jorge asintió con la cabeza – prevalecer sobre los que ya tenías. Amigos no te faltan, y de los buenos. Para eso tienes buena mano.

– Para lo otro no… está claro.

– No sé, ese Álvar está muy bueno, y parece buena gente. Además, no te ha quitado ojo en toda la noche.

– ¿Sí? No me he dado cuenta – la cara de Jorge cambió rápidamente de color.

– Ya, ya…

Carlos levantó una copa vacía y empezó a golpear en ella con una cucharilla.

– Chicos, chicas, ahora que han acabado los fuegos artificiales con los que nos han obsequiado los vecinos de esta ciudad, antes de que pierda el sentido en los brazos del alcohol, yo creo que deberíamos decir al “anfitrión a la fuerza”, que nos dedique unas palabras.

– No, Carlos, por favor…

– Sin favor, maricón. Dale a la hebra.

Jorge paseó su mirada por todos los que estaban en el salón. Se sonrió…

– Solo quiero deciros que… que sois cojonudos. Sois mi familia. Casi la pierdo. Casi me pierdo yo. Pero vosotros me habéis encontrado. Y me habéis salvado. Cuando os tenía a todos a mi lado un día sí y otro también, no os valoraba. Me cegué buscando un amor que me parecía que era lo más en esta vida. Pero… me cegué y perdí la perspectiva.

Hizo una pausa para recuperar el resuello.

– Sabéis – continuó Jorge – esta tarde me quedé dormido en la butaca, y soñé. Soñé con una escena parecida a esta que estamos teniendo… según han ido pasando las cosas que he soñado esta tarde, se me iba poniendo cada vez más cara de gilipollas…

– Esa siempre la tienes

– Calla, Carlos, por dios, por una vez… – le dijo su novio – sigue anda, así podremos llorar de una vez.

– Acabo…

Jorge buscaba las palabras para expresar lo que quería decir… pero no le venía a la mente algo que fuera lo suficientemente bueno para que todos supieran lo que significaba esa noche vieja del año 2010. Al final empezó a ponerse nervioso, y continuó hablando.

– Pues sabéis, que me habéis hecho muy feliz. Que habéis conseguido cumplir un sueño, y no he tardado más que un par de horas en cumplirlo. Que sois geniales, que… os quiero a todos.

Jorge levantó su copa y les miró a todos.

– Por vosotros. Os quiero

– Y chocaron las copas y bebieron.

– ¡¡Feliz 2011!!

– ¡Yujuuuuuuuuuuuuuuu!

– No has atendido debidamente a Álvar. Yo creo que deberías ir a hablar con él.

– ¿Dices? – Jorge levantó las cejas al contestar a Tamara, a la vez que le entraba un ligero tembleque en las manos.

– Sí, pero ya te sostengo yo la copa, no vaya a ser que se la tires por encima.

– Sería una buena escusa… – dijo poniendo cara picarona.

– No, hoy no. que los niños duermen contigo. Y es mi cuñado, un poco de respeto – Tamara le guiñó un ojo.

– Pero no tengo…

– Lárgate a hablar con Álvar.

– Pero…

– Y una cosa, por cierto, compórtate o no te hago tío del tercero. Ni del cuarto.

– ¿Qué? – Jorge estaba desorientado.

Tamara solo sonreía.

– ¡Hostias! ¿Estás embarazada? – Y como un acto reflejo, puso la mano sobre su estómago, como había hecho con los anteriores – pero no entiendo lo del tercero y el cuarto. ¿Vas a tener otro?

– Es que son gemelos.

– ¡Joder! ¡joder!

– Pero no te despistes, a por Álvar.

Jorge se fue a regañadientes. De repente se acordó de una cosa y volvió hacia Tamara.

– Y te he dejado fumar estando embarazada.

– ¿Fumar? Hoy no he fumado… – Tamara le interrogaba con la mirada.

– Perdón, es que eso fue en el sueño.

– ¿Sueño?

– Sí… ese que he dicho antes que tuve esta tarde… Pues… – Jorge iba a explicarle la historia de esa tarde.

– Está bien tu intento de despistar… – Tamara le cortó – ¡A por Álvar!

Jorge intentó protestar, pero el gesto decidido de su amiga no le dejó otra opción que ir hacia Álvar. Según se iba acercando le iban temblando más las manos. Intentó darse la vuelta, pero su amiga no le perdía ojo, y tenía esa mirada asesina, lo cual le convenció de que era mejor seguir adelante. Al girarse de nuevo… él juró y perjuró durante toda la noche que no lo vio, que fue Manolo el que se puso en medio, pero el caso es que golpeó con su codo la copa de cava de Manolo, y con su otra mano, golpeó el plato que llevaba a doña Rosa, que se había sentado en una de las butacas, con una buena ración de rosco de reyes relleno de nata, yendo a parar todo, el cava, el rosco, la nata, y las frutas escarchadas, a la cara y camisa de Álvar.

– Perdón… yo… perdón… – sacó un pañuelo del bolsillo e intentó limpiarle la camisa, pero lo único que hacía era extenderlo más…

Tamara se desesperaba.

– Bésale ¡coño! – gritó su primo – Ni los hermanos Marx esos.

– Álvar miró a Jorge, y éste a Álvar.

A su alrededor se hizo el silencio. Todos estaban pendientes de ellos. Jorge se quedó casi paralizado, al igual que le pasaba a Álvar, que tampoco se movía un ápice de la posición en que estaba. Los dos se miraban fijamente y sus mejillas se pusieron de un rojo bermellón preocupante.

Sin saber como, fueron aproximando sus bocas… y al final, acabaron juntando sus labios.

– ¡Bravo! ¡Al fin! ¡otra, otra!

La casa se llenó de risas y de aplausos.

– ¿Donde estabas, Álvar? Desde ese día del que no me acuerdo ahora…

– ¿Y tú?

– Feliz año.

– Feliz año – contestó Álvar.

– No te pierdas otra vez… ¿sí?

Álvar se encogió de hombros y sonrió.