Cuento de navidad, por dugutigui.

Hoy me vais a permitir que ceda la máquina de escribir a dugutigui. El otro día, en la segunda parte de mi cuento de navidad de este año, me escribió este cuento, que creo que merece no perderse en el olvido de los comentarios.

Aprovecho para recordaos también, que sigue abierto el plazo de votación del post que dugutigui va a llevar a su blog. Pinchad aquí, y votad, sip.

Os dejo con él.

El día más lento del año.

Una Navidad, hace unos años, me encontraba sentado en frente de Bobby en un bar de Río de Janeiro, viéndolo sorber su pollo –sus dientes se habían caído varios años atrás, posiblemente debido a su hábito de meterse 5 gramos de cocaína al día.

Le comentaba acerca de lo que acababa de leer en el National Geographic, sobre un antropólogo que estaba tratando de determinar los límites territoriales de una tribu amazónica conocida como los “flecheros”. Se les había dado ese nombre porque que cada vez que alguien osaba adentrarse en su área de la selva, estos le rociaban con flechas. Y, aunque el sueño de un antropólogo es siempre llegar a hacer el primer contacto con una tribu por descubrir, en esta ocasión, el objetivo -más modesto- consistía en establecer una zona de protección alrededor de esta tribu, para que nunca necesitasen verse expuestos a un mundo moderno que, con seguridad, destruiría su modo de vida.

Le decía a Bobby que yo no podría estar más de acuerdo con esta noble iniciativa, como ya lo había estado en Colombia la última vez que una tribu fue obligada a salir fuera de la selva y enfrentarse al despiadado mundo moderno. Los “Nukak” -o “Creyentes” como llegaron a ser conocidos- habían estado viviendo en paz en la selva tropical hasta que los combates de la interminable guerra civil colombiana les habían obligado a abandonar sus tierras. Al parecer, lanzas y cerbatanas no eran mucho rival para las armas semi-automáticas.

Recordaba haber visto a los primeros de ellos a su llegada a Bogotá, caminando descalzos por las calles, ajenos al tráfico, vestidos sólo con taparrabos y llevando, a sus espaldas, fardos de papaya y ñame. Y también que, sorprendentemente, no se encontraba sobre sus rostros la huella de una arruga o alguna línea de preocupación y que aunque posiblemente tenían pocos motivos para sonreír, cuando lo hacían se revelaban sus dientes afilados, inmaculadamente blancos, que nunca habían conocido la decadencia de una dieta de cazadores-recolectores. Y si bien se podría haber esperado encontrar en ellos un cierto nerviosismo ante las “maravillas” de la civilización -ninguno de ellos había visto antes una bolsa de plástico, por no hablar de electricidad, coches o rascacielos-, más bien llevaban su exilio estoicamente. Sus expresiones de profunda calma solo eran levemente traicionadas por la tristeza en forma de sutil brillo en los ojos.

Se les podía encontrar acampados durante la noche en los parques, acurrucados alrededor de pequeñas fogatas, cantando melancólicas canciones. Lograban sobrevivir asando las verduras que eran capaces de recoger del suelo de los mercados y -como se podía deducir por los huesecillos que se encontraban alrededor de sus fuegos- su nueva dieta se completaba con gatos callejeros.

Bobby seguía sorbiendo su pollo. No estoy seguro si prestaba mucha atención a lo que le estaba contado.

Unas noches más tarde -continué- en la televisión, a un antropólogo llamado Luis González -quien había hecho la investigación de campo sobre los “Nukak”- se le concedieron 45 segundos de fama en las noticias. González era un hombre corpulento de barba espesa que, de algún modo, compensaba su calvicie y que, evidentemente, estaba enfadado. Reclamaba al gobierno que tomase medidas inmediatas para proteger esa “gente especialmente vulnerable” -los “Nukak”- que eran conocidos entre los académicos como “los Creyentes” -explicó- porque su lengua no contenía los verbos “mentir” o “engañar”. En su hábitat natural en la selva, esta tribu estaba acostumbrada a tomar uno al otro por su palabra: Si uno gritaba “jaguar” todos trepaban inmediatamente a un árbol. Si otro decía “nido de abeja” todos venían corriendo a degustar la miel.

¿Cómo -preguntaba González- se podría esperar que esta tribu prosperase en nuestra difícil y engañosa sociedad?

Pero Colombia, en aquel tiempo, era un país con otras preocupaciones. Había una guerra civil contra dos diferentes grupos guerrilleros, paramilitares fuera de control y la autonomía de las ciudades amenazada por los poderosos carteles de la droga. El destino de “los Creyentes” difícilmente iba a ser considerado como un asunto de mucha importancia y en consecuencia, las autoridades prefirieron dejar que la naturaleza humana resolviese, en su lugar, el problema.

No fue ninguna sorpresa que las mujeres fueran las primeras en caer. Pronto, se las pudo ver vestidas con prendas provocativas y maquillajes mal aplicados, de pie en las esquinas de las calles, bajo la atenta mirada de los proxenetas locales. Los hombres “Nukak” no tardaron mucho en encontrarse trabajando 18 horas al día en obras de construcción por toda la ciudad, a cambio de un puñado de plátanos.

Otros “Creyentes” tuvieron una suerte mas discutible, cuando fueron detenidos por los paramilitares o los grupos guerrilleros y llevados de regreso a la selva para combatir en la guerra civil. Y allí se hicieron famosos por ser fieros guerreros que luchaban con uñas y dientes por lo que creían ser una causa noble -Ley y Orden o Libertad y Justicia, dependiendo del lado que los detenía en primer lugar.

Un par de meses después de que la mayoría de los “Nukak” hubiese desaparecido de las calles, me encontraba en un bar viendo como un presentador de noticias en la televisión apenas podía contener la risa cuando anunciaba que un “Creyente” había sido detenido con 10 kilos de cocaína en la frontera. Cuando se le preguntó por qué lo había hecho, el pobre diablo al parecer había respondido: “me dijeron que lo hiciera”.

Oí a alguien toser con cierta violencia y fue cuando me di cuenta de que a un par de metros de distancia estaba sentado el antropólogo, Luis González. Pedí un par de cervezas y me acerqué a él.

“Si tan sólo le hubieran escuchado a usted.”

“No tenían dinero, ni voto y ninguna influencia. ¿Por qué iba alguien a escucharme?” -dijo González, sin siquiera darse la vuelta. Se bebió la cerveza que puse delante de él sin ninguna pregunta y luego se volvió hacia mí con una expresión cansada.

“Lo gracioso -dijo- es que cuando regresé de vivir con los “Nukak”, hace años, pensé que me resultaría difícil readaptarme a la vida moderna. Pero ¿sabes qué? Me di cuenta de que los Creyentes están en todas partes. ¡Solo has de mirar a tu alrededor! Están rezando en las iglesias, marchan con los ejércitos, hacen cola en los grandes almacenes. Donde quiera que mires hay gente que cree en casi todo lo que les dicen. La única razón por la que no los sacan en las noticias se debe a que no se visten con taparrabos.

Y con eso, González se puso de pie, tumbando su taburete, y salió tambaleándose del local.

Bobby ya había terminado su pollo, pero eso no parecía haber mejorado su atención. Siempre estaba a mil por hora, lleno de química confianza en sí mismo y actuando como si se encontrara en la cima del mundo. Aquel día, sin embargo, parecía estar unos cuantos peldaños más abajo.

“Llevo aquí 20 años y eso está bien -cambió de tema Bobby, repentinamente. Desde luego, no echo de menos Canadá. Es solo que los domingos y el día de Navidad me sacan de quicio.”

Si -pensé-, Bobby tenía razón. Pregúntale a cualquier expatriado, incluso aquellos que están viviendo bajo un indulgente sol tropical, en alguna parte, felizmente libres y meciéndose en el regazo del Paraíso, y te dirán que cuando la Navidad comienza a desarrollarse a su alrededor, siempre se produce una extraña sensación de vacío. Incluso a aquellos a los que no les importan para nada las raíces paganas de una religión que barrió culturas como si de un virus se tratara, o los que detestan la insana adoración del consumismo que la Navidad representa; Aún así, a pesar de todo, sigue siendo para ellos el día más largo del año.

Y si bien, a menudo, los viajeros nos reímos de la idea de un hogar, una morada. Siempre desesperados por poder escapar de las trampas culturales y financieras que nos tienden nuestros lugares de origen, enseñándonos a nosotros mismos a odiar nuestras propias raíces, tan dispuestos a dejar nuestros países como lo estuvimos, en su día, a abandonar la casa de nuestros padres. Y aún, en algún lugar dentro de uno, late un íntimo deseo, como una necesidad de pertenecer a alguna parte, que cuando todo el mundo se encuentra jugando a la familia feliz enfrente del árbol, no hay forma de ocultar.

A un biólogo se le preguntó una vez cómo los pájaros pueden saber en que dirección han de volar, a la hora de migrar. Él reflexionó por un momento y dijo:
“Vuelan en la dirección en la que disminuye su nostalgia.”

Quizás todos nosotros seguimos -en algún nivel- ese tipo de llamada inconsciente, eligiendo nuestro camino a través de los caprichos a los que la vida nos enfrenta constantemente.

O si no, siempre podemos negarlo bajo un barniz de cinismo, o con un comportamiento sexual compulsivo o durmiendo todo el día. O con 5 gramos de cocaína.

De cualquier manera, el 25 de diciembre, para los expatriados como Bobby (y yo mismo), los minutos no pasan con la suficiente rapidez.

Si queréis visitar a dugutigui, pinchad aquí.

11 pensamientos en “Cuento de navidad, por dugutigui.

  1. Mentalidades como lo que se denomina”Los Creyentes”, fácilmente manejables, procurando mantener vacíos sus cerebros, para conducirlos como ganado, y que pueden encontrarse no sólo en grandes ciudades e incluso en clases sociales no precisamente pobres… burgueses a los que se les condicionan sus gustos y preferencias…

    Y es precisamente esa sociedad, con tan formidable poder de presión sobre los individuos, la que modela artificialmente la “festividad navideña”.- Tan poderosa, que a los que no están en condiciones de participar en esa colosal farsa de “paz y amor en un marco familiar” se les llega a crear esa sensación de “quedar fuera de las reglas de juego”.-

    Un abrazo fraternal.

    • Edgard, yo creo que, en algunas de esas cosas en las que la sociedad, el mundo o quien sea nos manejan, creo que podemos luchar un poco contra ellas. Yo creo que cada uno puede vivir las navidades que crea, o que le gusten. Lo malo es que intentemos vivirla como los demás lo hacen. Es difícil si, pero… creo que hay que intentarlo.

      Lo de estos pueblos asilados, es más difícil de solucionar… no sé.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Si lo leí, cuando dugutigui lo posteo en comentario a otro tuyo; pero no es un cuento, o mejor dicho sí; es un cuento, pero los personajes a que se refiere, los Nukak-Makú (la única etnia nómada de Colombia) son una realidad que nos deslumbra y a la vez nos entristece.

    Ellos andan completamente desnudos y sus posesiones se reducen a dos o tres elementos que utilizan para la caza y la recolección. Por supuesto, no entienden el concepto de propiedad, ni atesoran nada. Jamás se habían enfermado hasta que los “civilizados” les ofrecieron comida, dulces y gaseosas: inmediatamente se les empezó a carear la dentadura, se contagiaron de amibiasis, disentería y otro montón de enfermedades y los está matando la gripe. Los “civilizados” les dieron ropa, bebidas, comida como fríjoles y lentejas, y juguetes para los niños, y los Nukak no supieron que hacer con eso.

    Con ellos se está cometiendo uno de los etnocidios más dolorosos de este tiempo. Lástima, porque lo único en que la mayoría estamos de acuerdo, a pesar de que los estamos matando, es que los Nukak-Makú, son quizá los seres humanos más auténticos y bellos de que se tenga noticia.

    Besos pa… ya vi que mi post favorito de primero paso a tercero… 😦

    • manu, es una pena lo que les sucede a los Nukak-Makú. Creemos que nuestra forma de vida es mejor que la de los demás, o sencillamente intentamos conocerlos, enseñarlos como si fueran un parque temático de atracciones… es una pena, sí.

      Cirto es que tu post ha pasado a ser el tercero. Pero bueno, no pierdas la esperanza, a lo mejor recupera posiciones. Quedan todavía un par de días. Ains.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  3. No sabría si calificarlo de cuento de navidad. Más me parece una reflexión muy seria sobre la presión de la civilización sobre las pocas tribus que aún quedan en lugares recónditos, sobre los que se habían mantenido al margen de ella.

    dugutigui escribe de maravilla, me ha encantado leerle. Muchas gracias por publicar su cuento.

    Un abrazo y muchos besos.

    • PFE, él lo llamó cuento de navidad. Y es cierto, que no tiene un final feliz como se le supone a los cuentos de navidad.
      pero llámalo como quieras, está bien para pensar un poco en nosotros, en el mundo, en las civilizaciones, y en lo que vamos destruyendo a nuestro paso.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  4. Bueno, no se que decir. Lo creáis o no, me habéis puesto colorado… delante de un ordenador… ¡Ya me vale…!
    Gracias a todos.
    Yo también os quiero
    .
    Estos días he estado un poco liado y te he desatendido, prometo reformarme y dedicarle a tu blog el tiempo que se merece. Que es mucho.
    .
    Espero con impaciencia el resultado de la votación, y si no he votado yo mismo es porque me faltan cosas tuyas por leer. Mañana lo haré sin falta.
    .
    El día de la publicación de tu post en mi blog se celebrará con artificios y champán a raudales. Vamos que al mejor estilo geek me encenderé un cigarrillo y me tomaré un whisky, pero, eso sí, a vuestra salud (bueno el cigarro mejor no).
    .
    Tenía otro comentario preparado, pero era un poco pedante y no encontraba las palabras adecuadas. De todos modos, como me ha costado un hue.o, os lo dejo -y no me pidáis que traduzca, porque, ahora que lo pienso, ni yo mismo lo entiendo, jajajaja, que día…
    ooOoo
    Preciado Gobernador del el Rincón, Vuesa Eminencia Don Tato, Señor de Jimmy
    Henchido mi corazón late por Su versado verbo, gentil continente para un docto contenido. Es heteróclita regalía el recibir en mi plebeya mancebía persona de tanta alcurnia. Y patente es -¿en qué otra forma sería?- que Vuesa Eminencia no hierra en el dogma que en su compendio predica: “Mejor pasa y disfruta…”, erudito axioma es allá donde los hubiera; si arduo para el necio y temible para el tirano, no menos manifiesto al hermano conjurado.
    .
    Hacedero es, que a los excelsos oídos de su Eminencia llegase empero, la avillanada encíclica que transita mi parroquia, que me afano en mi martirio de la constante faena de traslucir la evidencia -aunque esta no profese y mi chispa sea enana.
    .
    Y ambiciono el regocijo de Vos Ilustre Caballero en convidadas frecuentes a mi humilde hospedería; y aunque de estirpe plebeya, más biencriado en la infancia, devuelvo por obligado Vuestro abono a mi morada,
    .
    Cuídese bien, mi Señor, pues somos faltos de ingenio y en tanto necesitados de Vuesa alta perspectiva. Dedíquenos su alto genio mucho más a estos quehaceres que a más inciertas venturas. Que non fidalgos, los humildes de mi origen, apreciamos Su sermón, e indulte esta mi habla en esta noche atezada por las artes del morapio y que no acierte a topar con el pillo lazarillo que me carmenó el tapón de la de hoy mi comida.
    ooOoo
    De verdad, este blog es de lo mejor que hay en la red.
    Y como dice Tato (que ya se que significa):
    besos.
    muchos.
    envueltos.

    • dugutigui, vuesa merced me abruma con sus loores y ditirambos. Tiemblan mis perniles, las palabras huyen de mis labios, y no soy capaz de agasajar a tan ilustre visitante, tan humilde y tan cumplido, que aquestos días son infrecuentes de encontrar.
      Si mis pobres palabras merecen el premio de vuesa atención, quedo dichoso por los siglos de los siglos.
      Me postro de hinojos en el frío suelo de piedra, y muestro mi respeto ante vuestra ilustrísima.

      ósculos.
      cuantiosos.
      ceñidos.

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