Una buena mañana para correr (43).

Carlos y Ricardo estaban abrazados en la cama. Llevaban así casi una hora. Carlos dormitaba, mientras Ricardo tenía perdida su mirada en el techo.

Había estado bien. Cuando vio que era Carlos con quién había quedado para follar, se le vino el mundo encima. Era como repetir de un plato que le daba arcadas.

Hablaron. Mucho. Cayeron al menos un par de rondas sin moverse de la barra del Coraçao. Hasta que Carlos se levantó de improviso y dijo:

– ¿No hemos venido a follar? Pues vamos.

Y le alargó la mano.

Y él se la cogió.

Y se fueron a casa de Carlos.

Según caminaban por la calle, Ricardo se fue poniendo nervioso. Estuvo tentado de darse media vuelta al menos media docena de veces. Pero no lo hizo por vergüenza. Carlos debía intuir algo, y no le soltaba la mano.

Llegaron.

Fueron a su habitación.

Ricardo cada vez estaba más nervioso. No podía apartar de su cabeza la vez que quedó con Carlos y éste le rechazó riéndose de él. “Paleto”, fue lo menos hiriente que le dijo aquella noche.

Carlos le cogió de la mano para atraerlo hacia él y obligarle a sentarse a su lado, en la cama.

A Ricardo le sudaban las manos de los nervios.

– Tranquilo – le susurró Carlos.

“¡Una mierda!” – pensó él.

De repente se le ocurrió que podría llevar él la iniciativa y así a lo mejor se le quitaban los nervios. Se lanzó en busca de los labios de Carlos, pero lo hizo con tanta brusquedad y casi con los ojos cerrados, que se encontró con su nuca. Éste se volvió al notar el golpe, y no pudo evitar reírse al ver a Ricardo doliéndose del golpe que se había dado.

Ricardo volvió a intentar levantarse para irse… Carlos volvió a cogerle del brazo y a retenerlo sentado junto a él.

– ¿Por qué estás tan nervioso, Ricardo? – Carlos le acariciaba la mano por la que le tenía agarrado.

– Pues mira, porque un día te reíste de mí. Y porque quiero que no tengas motivos para que te rías… Y porque has follado mucho más que yo, y yo no sé, y no quiero que te lo pases mal, y…

– Vale, vale… tranqui. Esto no es una competición… ni un examen.

– Pues lo era la otra vez que quedamos. A mí así me lo pareció.

– Vale, me equivoqué. ¿Cuantas veces quieres que te pida perdón? – Carlos abrió el brazo que tenía libre como signo de impotencia – He cambiado, Ricardo. Los últimos días han sido… – no encontraba las palabras para expresar lo que quería decir – Y ahora sé apreciar otras cosas a parte de los miembros enormes y los cuerpos perfectos. Ahora quiero otras cosas. Eso no me ha dado nada especial.

– No sé, eres tan…

– Tan nada, Ricardo.

– Eres guapo y tienes un cuerpo… y una p…

– Nada, te lo digo yo. No me ha valido para… mira, con todo eso que dices, lo único que he conseguido es estar solo. Y sabes, me quitaría varios centímetros de polla, si supiera que iba a tener un par de buenos amigos.

– Eso lo dices porque tienes… y porque has… – Ricardo se encontraba incómodo con la conversación. No estaba acostumbrado a hablar de sexo, de miembros viriles… – joder es que follando como tú lo has hecho, o pudiéndolo hacer porque todos los chicos se te derriten nada más verte, pues…

– ¿Por qué no te callas un rato, para que pueda besarte?

– ¿Eh? – Ricardo se le quedó mirando asustado, echando unos centímetros su cabeza hacia atrás, como para ver a Carlos en perspectiva.

Éste aprovechó la sorpresa para ir acercando sus labios a los de Ricardo. Los posó suavemente. Ricardo los tenía como acartonados, de la sequedad de boca que se le había quedado de los nervios.

No dijo nada, ni hizo ningún gesto que pudiera poner más nervioso a su pareja de esa noche. Fue dándole pequeños besos en el labio de abajo, en el de arriba, humedeciéndolos poco a poco con su propia saliva.

Se apartó un poco de él, para mirarle la cara. Todavía podía distinguir su agitación, su sorpresa, su inseguridad… y sus ganas de seguir, de disfrutar, de descubrir un mundo que hasta ese momento no se había atrevido. Volvió a acercarse y esta vez fue más osado al besarle. Su lengua hizo cortas incursiones en la boca de él. Cortas y poco profundas.

Pero Ricardo poco a poco se iba sintiendo más cómodo, y parecía que reclamaba más avances por parte de su partenaire. Los temblores de su cuerpo habían cambiado de ser por miedo a ser por placer, presente o esperado.

– Tengo que ir al servicio.

Ricardo salió de su ensimismamiento. Miró a Carlos a los ojos, y recibió impávido el suave pico que le dio mientras se levantaba. Se quedó mirándolo mientras se alejaba… “tiene un culo perfecto”, pensó. No pudo evitar una erección, otra más, recordando el momento en que perdió su cara dentro de los mofletes de esa obra de arte…

– ¿Te vas a quedar a dormir? – le gritó Carlos desde el baño.

– Pues… no se me había ocurrido.

Ricardo empezó a sopesar todos los pros y los contras. Por un lado era una idea que le atraía. Sería un colofón estupendo a una tarde noche maravillosa. Pero por otro lado, no creía que en su casa… no creía que fuera una gran idea. Debería dejarlo para más adelante, cuando se serenasen los ánimos.

Miró el reloj. Todavía era pronto.

– No creo que sea conveniente que me quede a dormir. Sabes, he discutido en mi casa y las cosas no están muy allá.

– ¿Y eso?

– Pues nada, que el domingo fui consciente de que Jaime y Joan, pues habían tenido algo antes de ir a la ceremonia.

– Define “algo”.

– Pues que habían follado. Yo creía que Jaime estaba por mí, pero me equivoqué. Y que Joan era un buen amigo…

– Y lo es. No sabes la envidia que me das por eso. Lo que me gustaría tener un amigo como Joan. O como tú, no te enfades…

– No, si no me enfado. Pero te equivocas. Un amigo no se acuesta con el proyecto de novio de uno.

– Pero si ya sabías que se habían acostado hace unas semanas. Sí…

– No me refiero a eso. Me refiero al sábado, o al domingo… hay que tener desfachatez para follar unos minutos antes de ir a las bodas de plata de mis padres. Me…

– Pero…

Carlos pensaba a toda prisa que hacer. Que contarle, que decirle, fomentar que se enfadaran, quizás así él… o empezar a dejar de hacer pagar a los demás por su pasado, por la incomprensión de los demás, por sus miradas furtivas, y empezar a consolidar unas relaciones estables y duraderas con las personas que le gustaban de una o de otra forma.

– Mira, Ricardo – Carlos volvió del baño y se sentó en la cama – te has columpiado de todas todas. Hasta el domingo por la noche, confidencia de borracho además, que es como si le hubiera puesto el suero de la verdad en vena, Joan no había follado con Jaime. Cosa que por cierto, se arrepentía mucho de ello. No por no follar, sino por no haber sabido ver lo grande que era Jaime y no haber sabido distinguir antes de que aparecieras tú, de que Jaime hubiera sido su pareja ideal. Porque según Joan, es un gran tipo. Pero… está coladísimo por ti. Y Joan no quiere ponerse por medio, porque, por nada del mundo quisiera hacerte daño… porque…

Ricardo se había levantado de la cama y estaba andando como un condenado a muerte de arriba a abajo en su cárcel imaginaria que ahora constituían las cuatro paredes de la habitación de Carlos…

– Yo les vi mirarse… había algo en el ambiente…

– Amistad, respeto, complicidad… ¿Sabes que cuando estaban vistiéndose para ir a la ceremonia llamé yo a Joan? Le pedía ayuda… estaba en una situación un poco…

– Ya, ya, lo de las fotos y eso.

– Pues resulta que era un chantajista profesional. Y antes de ir a las bodas de plata de tus padres, pues fue conmigo y … me alargo, abrevio, pues resulta que eran viejos “amigos” – Carlos hizo con los dedos el gesto de las comillas – y acabó Joan con un bate de béisbol rompiendo la casa de ese pavo, y dándole a él una paliza… sí, no pongas esa cara, yo tampoco lo hubiera imaginado, pero tío… impresionante… Joan parecía que medía 4 metros… con su abrigo largo… esa cara que puso… ¿Sabes algo de la vida de antes de Joan? Porque debe tener…

– Pero eso me lo tenían que haber contado… no me creo nada, te lo has inventado…

– Mira, vamos ahora…mejor, voy a llamar a Diego, que era el compañero de ese mamón, y que te lo cuente todo. Joan le ha ofrecido que se quede en su casa unos días hasta que encuentre un sitio donde quedarse.

– No hace falta… no te pienses que…

Pero Carlos ya había cogido el móvil y estaba marcando.

– Carlos, déjalo, anda. Volvamos a la cama que esto…

– No, Ricardo. Esto tienes que afrontarlo.

– Pero a ti ¿Qué más te da?

– Pues mira me da. Hasta hace unos días no me daba, digo sí, me hubiera dado igual. Pero sabes, Joan hizo por mí algo que nadie había hecho en mi puta vida, y… tú me caes guay, y mira que me jode decir esto, y encima… bueno, nada, pero… calla, déjame acabar… mira… tienes un novio cojonudo. Un amigo más cojonudo, que ya quisiera yo. Y tú eres especial… ojala pudiera.. pero bueno, aquel día me comporté como un…

– Pero hoy has estado genial. ¿Po…

– No… no Ricardo. No. No vayas por ahí… no… Hoy… pero tú tienes que volver con Jaime.

Ricardo agachó la cabeza.

– No sé si de todas formas quiero volver con él. Quizás estaba yo cegado, porque era mi única posibilidad, porque era el único chico que se había interesado por mí, y me engañé, por ser el único tren que creía iba a pasar. Pero a lo mejor necesito probar a más chicos como tú… o repetir contigo…

Carlos se levantó de la cama… no le estaba gustando el giro que estaba tomando el discurso de Ricardo. Se acercó al otro lado de la cama, y le cogió de la mano, mientras se arrodillaba sobre él y le miraba a los ojos…

– Ricardo, a veces, aunque parezca imposible, por ejemplo a mí, pero a veces alguien tiene suerte y encuentra a su hombre la primera vez. Por ser el primero y… o conocer a muchos más, no quiere decir que no sea el bueno. Sabes…

– Pero, Carlos… ¿Cómo puedo saber si no voy a encontrar alguien mejor?

– ¿Alguien mejor?

– Sí, sí, alguien mejor. Tú mismo, tienes un cuerpo más bonito, y no digamos tu miembro, y follas… quiero decir que sabes muchas cosas…

– ¿Y qué? Mañana mi cuerpo puede estropearse. ¿Qué harías entonces? A mí a parte de mi cuerpo no me conoces Ricardo. Y lo poco que has visto no es para echar cohetes.

– Hoy has estado…

– Pero otros días no. No me conoces para nada. Y mira, una polla grande como la mía, será el sueño del 90% de los hombres, pero te juro que la cambio por ser como Jaime. Que digo como él, de buena gente y demás, me conformaría con ser la mitad. La décima parte.

– Parece que te haya pagado para convencerme.

– Dos millones de dolares – Ricardo puso cara de sorpresa – de los del Tío Gilito… – Carlos se echó a reír con ganas – pero mira que a veces eres pánfilo…

– No se me dan…

– … bien las relaciones sociales. Ves, si ya habláis igual.

– No te rías, joder.

El teléfono de Carlos empezó a sonar.

Mira, es Diego, ahora él te explicará mejor…

– Hola Diego… Te hab…

– …

– ¿Estás bien Diego?

– …

– Pero… ¿Dónde estás?

– …

– ¿Las gracias? Pero ¿te vas? Oye… – Carlos se había incorporado completamente. Era como si necesitara estar erguido para captar todas lo que le decían por teléfono.

– …

– ¿Qué Joan no…?

– …

– Oye, dime dónde estás y voy y tomamos un café. Mira, te quiero presentar a un amigo, Ricardo. Buena gente. Y charlamos los tres.

Ricardo le hacía gestos como de que no… que no le apetecía…

– …

– Oye, Diego… ¿te pasa algo? Sabes que puedes hablar conmigo…

– …

– Vale, vale, ya te he explicado eso, no se trat…

– …

Carlos se hundió un poco en la cama, como dándose por vencido.

– Como quieras, pero si cambias de opinión, me dices y voy y damos una vuelta ¡Oye! Estaba pensando en que podíamos ir al sitio ese de la Plaza Vega… Bou, Pou, o no sé qué…

Ricardo escuchaba a Carlos hablar y se diluía la esperanza de seguir con la charla que tenían antes de la llamada, e incluso la posibilidad de echar otro…

– Vale, como quieras… ¿No te pasa nada seguro?

– …

– Ok, Ok. Nos vemos. Chao.

Carlos se quedó mirando el teléfono una vez que había colgado.

– ¿Hey?

Ricardo le pasaba las manos por delante de la vista…

– Na, es ese chico del que te he hablado, es que me ha parecido… voy a llamar a Joan, perdóname…

– Oye pero no le di…

– Na, tranquilo…

Carlos marcó… pero Joan no contestaba. Como no tenía puesto el buzón de voz, le mandó un mensaje. Esperaba que lo viera y le devolviera la llamada.

Dejó el teléfono en la mesilla y atrajo a Ricardo hacia sí.

– Perdóname anda, ¿por dónde andábamos?

– Pues me estabas intentando convencer de que Jaime es la hostia bendita en vinagreta.

– ¿En vinagreta?

– Se me ha ocurrido…

Los dos empezaron a reírse…

Cuando se paró la risa se quedaron los dos en silencio. Ricardo rodeaba con sus dedos los pezones de Carlos, mientras éste se quedaba pensativo mirando al techo.

– ¿Entonces piensas que me he equivocado?

– ¿Eh? – Carlos no estaba atento, pero rápidamente se puso en situación – Pues sí, creo que has interpretado mal la complicidad entre ellos. Lo has hecho de tal forma que no sé si serás capaz de arreglarlo. Esto de esta tarde, no ayuda mucho, la verdad. Si se lo cuentas…

– No se tienen porque enterar.

– Ains, no sé… mira…

– Joder, mira que somos complicados a veces, y actuamos de formas raras… esta mañana un pavo en la Uni, me he chocado con él… y fíjate que me ha dado por pensar que le importaba todo una mierda. Se me pasó por la cabeza la idea de que ese chico estaba como a punto…

– Sigue… ¿A punto de qué?

– Pues no sé, era un chico así gordito, pero guapo, con una chupa roja…

Carlos se levantó de golpe de la cama.

– ¿A punto de qué, Ricardo?

– No te pongas así… si es una bobada, pues se me pasó por la cabeza que estaba a punto de suicidarse; tenía esa mirada de despedida, de no importarle ya nada una mierda, de haber tomado una decisión, “la decisión”. Pero… ¿a dónde vas?

– Vamos. Me acompañas. Vístete, anda, no sé si necesitaré ayuda.

– Pero…

– Ahora te explico. Vamos…

Se vistieron los dos a todo correr.

Ricardo no entendía nada. La actitud de Carlos le estaba empezando a asustar.

– ¡El móvil!

Carlos volvió corriendo a la habitación, desde la puerta del piso, para cogerlo.

– Llama por favor a Joan, es fundamental que hable con él.

– Pero…

Hazme caso, joder, y deja… esto es importante… ¡mierda!

Ricardo se le quedó mirando… y sacó su móvil y llamó.

– ¿Joan? Mira que…

– Joder a ti te coge y a mí no, la m… ¡pásamelo!

– Oye, ¿estás en casa? Joder, mira que…

Pero la llamada se cortó.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

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