Una buena mañana para correr (45).

Nunca había visto la ciudad desde esa perspectiva. Se había llevado su anorak, el que usaba para ir a esquiar. Era una noche especialmente fría, con aire, y juraría que chispeaban como minúsculos trocitos de hielo. La visión no era muy clara… ¿sería que había neblina? Claro, por eso los cristalitos en suspensión, pensó.

Se sentó en un pequeño muro. Dejó a su lado una botella de Coca Cola y una bolsa de plástico con unos dulces. Era el sitio perfecto para acabar el día. Un día que había dedicado a saborear esos lugares en donde había pasado estos últimos meses. Meses de cambios, meses de roturas con el pasado… aunque este siempre tiende a volver cuando menos lo esperas. Bastó una pequeña chispa para que su cabeza se volviera a llenar de oscuridad, de gritos, de golpes, de miedos. Nada sirvieron los meses de terapias, de pastillas…

Abrió una bolsa de magdalenas rellenas de crema de cacao. Pegó un mordisco a una. Estaban ricas. Masticaba despacio, mirando el paisaje. Burgos de noche: toda la ciudad a sus pies. Con la catedral iluminada a un lado, con las luces que daban las farolas de las calles, saliendo hacia el cielo después de rebotar en el suelo. Con esa luminosidad extraña que da esos cristalitos en suspensión. Las luces de las ventanas… las familias viendo la televisión… el padre sentado en la butaca, la madre poniendo la mesa para la cena, los niños pequeños, corriendo por el salón, hasta que su padre se enfadaba porque no le dejaban ver las noticias, o a Mercedes Milá presentando Gran Hermano, y pegaba una voz mientras su mujer le miraba con cara de resignación, como diciendo “Manolo, no tienes ni idea de tratar a los niños”.

Mientras mordía de nuevo su magdalena, y abría la Coca-Cola de litro… se le pasó por la cabeza que mejor que la Coca-Cola, se podría haber subido un termo con chocolate caliente… pero no sabía si Joan tenía en casa termo, y no quería importunarlo. Tenía tantos problemas en su cabeza… le había escuchado a hurtadillas la otra noche mientras hablaba con Carlos. Y también le escuchó una conversación telefónica… esos líos que se traía con ese Jaime y ese Ricardo. Y los de Carlos… se estremeció al recordar las escenas que había vivido en casa de Juan Carlos, Joan con el bate, dando porrazos a diestro y siniestro, la cara que tenía Carlos de sorpresa… ¿y de orgullo? Sí, claro… orgullo… era la primera vez que alguien hacía algo así por él. Ahora entendía muchas cosas, frases inconexas, miradas escondidas… Carlos se sentía igual de solo que él, lo que pasa es que lo representaban de formas distintas. Carlos, levantando más la cabeza, y él, escondiéndola debajo de la cama.

Pegó un trago a la botella. Rebuscó en la bolsa, y escogió una especie de pastel de manzana. Le encantaban los pasteles de manzana. Su madre hacía una tarta de manzana superior. Pero hacía ya tiempo que no la preparaba. Salvo en el cumpleaños de su nuevo marido, hacía unos meses, no recordaba que la hubiera hecho en los últimos años. Pero… esa crema pastelera, la capa de filetitos de manzana por encima, metido todo al horno, con los bordes de la masa y de la manzana un poco quemados, y luego la mermelada de albaricoque… él prefería mermelada de albaricoque. A veces le ponía compota de manzana, pero a él le gustaba más la combinación de sabores de la manzana y la mermelada. Se acordaba hasta de la marca que usaba: Bebé. Era la mejor. Siempre lo decía su madre.

Pero el pastel que estaba comiendo nada tenía que ver con la tarta de su casa. ¿Qué estaría haciendo ahora? Chema, el nuevo marido, estaría con los deberes de su hermana Isabel, y con los de Raúl. Era buen tío Chema. Y su madre estaría seguro bañando a los gemelos. Estos eran hijos de Chema. Isabel y Raúl, y él, eran hijos de su primer marido. Valiente hijo de…

Tiró el trozo que le quedaba de ese pastel. No lo estaba disfrutando. Y recordar a su padre, le había hecho ponerse furioso…

Respiró hondo para recuperar un poco la tranquilidad. Hacía frío. Desde luego, Burgos no era el mejor sitio para sentarse en una azotea en el mes de diciembre y ver la ciudad, y pensar.

Se tenía que haber subido algo de música. Ese era el problema del cambio de casa, y de no haber cogido todavía confianza con Joan. Le intimidaba un poco… es que la imagen de él con el bate levantado, y soltándolo con fuerza sobre los riñones de Juan Carlos… valiente hijo de puta. Eso era una de las cosas que la psicóloga le había insistido: “No tenía que rebajarse para intentar complacer a todo el mundo”. Y, como siempre, no lo había conseguido. Había fracasado de nuevo. Ciudad nueva, vida nueva, nuevas personas con las que relacionarse y empezar de cero, y nuevo fracaso.

Volvió a respirar de nuevo. Tenía que dominar la melancolía. Y la tristeza. Quería dominarlo todo aunque fuera por una vez… quería dominar su estado de ánimo, sus pensamientos. No quería ponerse triste. Cogió la bolsa otra vez, y escogió un “Morenito”. Le gustaban de siempre. Recordaba cuando era niño, y su tía Rosario se los compraba al salir de clase. Era una tiendecita en el camino a su casa, que vendía chuches, y cómics, y helados en verano, y cromos… la de colecciones que había hecho de pequeño. Y no había acabado ninguna. De “La Guerra de las Galaxias”, de futbolistas, de animales salvajes, de soldados… Sí… ahora que recordaba, una de la liga española sí que la acabó. Consiguió el cromo que le faltaba en una tienda que organizaba encuentros entre coleccionistas. Era el de Guardiola. Lo cambio por 12 repes de los suyos. Ahora que lo pensaba, le podía haber dado al chico ese todos sus repetidos, total… pero no, negoció ese cromo como si su le fuera la supervivencia en ello. O a lo mejor lo hizo para impresionar a su padre. Porque entonces todavía creía posible impresionarlo. Y sobre todo, todavía quería hacerlo.

Cogió otro Morenito. Estaban de vicio. Era un vicio. Sonrió al pensar esto. “Hasta para tener vicios soy un soso”. Se fijó en una ventana de la casa de enfrente. Se veía el salón. Estaban cenando. Una pareja. De unos treinta y tantos. Aburridos. Se les notaba en la cara. Comían distraídos mientras veían la televisión. Se había cruzado esa mañana con ellos, cuando iban a trabajar. Parecían quererse… pero no sabían como hacerlo. Él siempre se imaginaba que cuando tuviera novio, viviría con él, y harían muchas cosas. Él se imaginaba esa escena, pero sin tele, y con música de fondo, suave. Y los dos mirándose a los ojos, como bobos, y al final, levantándose y bailando agarrados, con una copa de vino, de la que beberían alternativamente los dos. Daba igual que no le gustara el vino. Pero por su novio, bebería. Es que el vino… ¿Qué tenía el vino? ¿Un punto romántico? Tendría que aprender a beber vino… bueno, tenía tiempo, toda la eternidad, lo del novio lo veía como algo muy lejano en esos momentos.

Se sonrió de nuevo con esa idea. ¿Diego el seboso novio? ¿El pánfilo? No, esa posibilidad era algo que no entraba en sus planes… ¿Planes? ¿Tenía de verdad planes? Los pocos que había hecho le habían salido con el culo. Llegar a Burgos… pensaba que le iba a dar… pero no, no le dio nada. Porque él era el problema, él era el que no tenía nada. Nada que ofrecer, nada por lo que luchar, nada de lo que sentirse orgulloso…

Sacó otra magdalena rellena de chocolate. Se la comió de dos mordiscos. Bebió un gran trago de Coca-cola. Eructó aparatosamente. Miró el reloj. Ya era la hora.

Se puso de pie.

Se subió en el murito que separaba la azotea de la nada.

Miró hacia abajo… le dio un pequeño mareo, casi se cae al vacío. Miró entonces al frente. Solo veía el tejado del edificio al otro lado de la calle.

Miró hacia el cielo. Oscuridad. Parecía que estaba nublado.

Cerró los ojos.

Golpes… lloros, gritos… lloros y gritos suyos… “¡No!”, se escuchaba gritando… un escalofrío le recorrió su cuerpo desde la nuca hasta los pies… No más… “¡A mi hermano no!”… “Raúl, no… ¡¡No!!!!!!!!!”.

Abrió los ojos. Agitó su cabeza para espantar esas visiones que empezaban a hacerse realidad en su mente. Se le humedecieron los ojos de impotencia… no había podido… había perdido la batalla contra él, contra los recuerdos… no veía la forma de ganar… todo era…

Nada era posible…

Era hora de… sí… Diego siempre había sido un perdedor. Y ya era hora de dejar de engañarse, de… de dejar de luchar. ¿Luchar? Sí no sabía luchar… él se había entregado, nunca había luchado contra sus miedos, contra su padre, nunca… era un cobarde… un completo cobarde… y alguien como él, no merecía seguir… viviendo…

No.

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