El despechado.

Tras la enésima vuelta en la cama, Abel encendió la luz. Se incorporó y se giró para poder apoyar los pies en el suelo.

Estaba frío. No había encendido la calefacción. Quería enfriar el terremoto interior que le removía las entrañas.

Ya hacía casi un mes, pero no lo lograba superar. David le había dicho que no, tras el enésimo intento de volver con él. De nada sirvió que le pidiera perdón, que le asegurara que iba a cambiar. Su prepotencia en los dos últimos intentos le habían pasado factura.

Pero no se resignaba. No soportaba que le dijeran que no. Y menos ese idiota que no iba a ser capaz de encontrar a nadie que valiera ni la décima parte que él. Todo se lo debía a él. Todo se lo había enseñado él.

Abel se levantó decidido.

Encendió el ordenador.

Entró en el escritorio de su blog, y empezó a escribir:

 

“Querido Ramón”.

 

No, no le gustaba lo de querido. Tenía que ser algo más contundente. Como él era. Ramón, tampoco le gustaba. Debía ser un nombre que se pudiera decir cariñosamente con facilidad.

 

“Amor:

Siento la necesidad esta noche de escribirte. Apenas nos acabamos de despedir hace un par de horas, pero ya te echo de menos. Y no hemos hecho nada.

Hemos estado los dos sentados en el sofá, desnudos bajo la manta esa de viaje que tanto te gusta. Leyendo. Me gusta escucharte leer en voz alta, y luego leerte yo igual. Y mirarte mientras te escuchaba, y sentir los bellos de tu cuerpo erizarse cuando leías ese poema de ese autor que ahora no recuerdo. Y me gusta sentir tu mirada posada sobre mí mientras leía a Borges, mientras pegaba mi cuerpo al tuyo intentando que no te dieras cuenta, para que no pensaras que quería algo más que sentirte.

Hace apenas unas semanas me parecía imposible que esto ocurriera en mi vida. Estaba acostumbrado a las relaciones basadas en el sexo. Y contigo casi no lo he hecho. Pero no te creas, no es porque no me gustas, es porque me gustas demasiado.

Recuerdo esa primera vez que nos vimos en esa conferencia en la Sala Polisón del Teatro Principal. Cuando acabó, me acerqué ha felicitar al conferenciante, y tú estabas delante. Te giraste cuando acabaste de hablar con él, y nos cruzamos la mirada. Sonreíste.

Me quedé atontado durante unos segundos. Suficientes para que se me colaran dos mujeres pesadas y gordas, que acapararon al disertador. Pero me dio igual. Me giré para seguir tu camino. Y tú te giraste justo antes de salir de la Sala, y me miraste. Y te miré.

Otra vez me quedé obnubilado. Algo pasó dentro de mí. Y por primera vez no era mi miembro el que respondía primero. Ni siquiera respondió. Era el resto de mi cuerpo que se había quedado atrapado en esa tela de araña pegajosa y envolvente que sale de tu mirada.

Apenas atiné a hablar con el orador. Quisiera haber compartido con él algunas discrepancias sobre su opinión sobre la obra de Émile Zola, pero de repente sentí urgencia de salir, y ver el camino que seguías.

Salí apresuradamente de allí. Casi salté por encima de las gordas esas que también a la salida, estaban en medio. Miré como loco a la derecha, a la izquierda, y no te vi. Recordé que me había dejado el pañuelo del cuello en la Sala, y volví, y al girarme, allí estabas, charlando con esa chica del pelo morado. Y estabas tan cerca.

La chica se fue. Y nos quedamos solos.

Nos presentamos.

“Yo Abel, yo Guillermo. Bonito nombre, el tuyo también. ¿Qué haces? Nada ¿Tomamos algo? Es que tengo prisa. Solo unos minutos. Pero solo unos minutos.”

Dos horas. Fueron dos horas en “La Trastienda”.

Nos despedimos con dos besos.

Y quedamos dos días después. Y otra vez nos entretuvimos.

Tuve ganas de invitarte a que vinieras conmigo a ese viaje que tuve que hacer a Zamora. Pero pensé que te podría poner en un compromiso o que te asustarías.

Y luego quedamos a mi vuelta, y viniste a casa, y cenamos. Me pasé la tarde cocinando. Y todo salió perfecto. Y te gustó y me diste un pico de agradecimiento. Y a mí me dio una descarga eléctrica que recorrió mi columna.

Sabes, Guille, me has hecho el hombre más feliz. Has conseguido que David desaparezca completamente de mi mente. Y que todos esos hombres a los que metí en mi cama, sean solo vagos recuerdos de la vida de alguien que pudiera ser que no fuera yo, alguien que fuera el co-protagonista de alguna novela de 5ª.

Amor, quería decírtelo.

Amor, has conseguido que me guste el dulce.

Amor, te amo. ¿Redundante? Sí como mi amor.

Mañana nos veremos. Espero ansioso ese momento.

TE AMO.

Abel, tu amor.”

 

Abel releyó lo que había escrito.

Se levantó de la silla y fue a la cocina. Sacó una botella de zumo de manzana, y bebió un buen trago. Se limpió los labios con el dorso de su mano. Si le viera su madre, pondría el grito en el cielo por ese gesto de poca clase.

Volvió al ordenador, y le dio al botón de publicar.

– Si se cree el idiota este que me va a joder, lo lleva claro. Es un mierda. ¡que se joda! y que compruebe que puedo vivir sin él.

Abrió el Facebook, y copió en su muro el enlace de su post. Para que David lo viera más rápido. Y fue al Twitter, e hizo lo mismo. Sabía que era lo primero que miraba por las mañanas.

Cerró la tapa del ordenador.

Y se fue a la cama. Por primera vez en semanas, tenía ganas de dormir. Porque iba a demostrar a David, que con él no se jugaba. Y menos juntándose con Marcos. Aunque fuera solo para ir al cine. ¿Qué tenía ese gilipollas que no tuviera él? Él era cien veces mejor. Él se había rebajado a pedirle perdón. Que se enterara que él no le necesitaba para nada.

Apagó la luz. Y apenas unos minutos, ya estaba durmiendo.

 

9 pensamientos en “El despechado.

  1. Siempre y cuando fuera de verdad todo, pero no se, creo que muchas veces estas cosas es mejor ni hacerlas, porque cuando ocurre todo esto, creo que lo mejor es que el tiempo pase.

    Un besoooo

    • elmo, pero no es verdad.
      El escribe esa historia ficticia solo para fastidiar. Par sentirse mejor pisando a quién le ha dicho que no.
      Esa era la idea al escribirlo al menos.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. ummm a mi me han hecho eso alguna vez, mandarme un correo que “se supone” que era para otro, para que yo lo leyese, o un mensaje al móvil, pero, creo que normalmente estas cosas se notan demasiado y solo te humillas más…

    como relato está genial, muy bien escrito, como siempre.

    un beso

    • Sergio, yo creo como tú, que te humillas más. Pero hay personas que sí lo hacen, incluso sin ser verdad, inventándose la historia.
      Muchas gracias por los elogios. Tiene más valor viniendo de ti.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  3. Esos actos fomentados por el despecho no me parecen, en general, buena idea. Conozco quien ha hecho algo parecido creyendo que el David de turno se iba a sentir mal, a ponerse celoso, a volver de rodillas pidiendo perdón, retorciéndose de dolor por la pérdida y de arrepentimiento y lo que ha recibido ha sido una felicitación un “me alegra que hayas podido rehacer tu vida”… Y eso aún duele mucho más.

    Buen detalle el del zumo de manzana.

    Un abrazo lleno de besos.

  4. Pingback: Los chicos del vídeo, sobre el amor y otras cosas. « el rincón de tatojimmy v.2.0

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