Una buena mañana para correr (54).

Joan sacó el brick de leche del frigorífico. Llenó una taza de desayuno, y la metió en el microndas. Mientras Raúl le miraba, intentando descubrir algo de ese chico que era amigo de su hermano y del cual él no le había hablado.

– ¿Qué me miras? Parece que me quisieras taladrar con la mirada.

– Agg, sorry, eres atractivo.

– ¿Estás intentando ligar conmigo? – Joan le sonrió mientras le guiñaba un ojo.

– No, que va. No… bueno, me gustan las mujeres, así que no creo que fuera buena idea que intentara ligar contigo.

– No, la verdad.

Joan sacó la taza del micro, y la puso en un plato. Acercó el bote de Nesquik y una cucharilla para que Raúl se lo pusiera a su gusto.

– Diego no me había hablado de ti.

Joan se quedó callado y se le quedó mirando.

– ¿Tu hermano te cuenta todo?

– Bueno, no sé. Pero… hablamos mucho. Yo le llamo, y pasamos muchas horas hablando. Me gusta hablar con él. Me cuenta los chicos que le gustan, y de las clases… y él me ayuda con los deberes… mi hermano es muy listo.

– ¿Y tú no?

– No… bueno no soy tonto, no te creas, pero él es mucho más listo.

– O sea que tu eres el guapo, y él el listo.

– ¿Te parezco guapo? ¿No estarás ahora intentando ligar conmigo?

– No… tranquilo…

– Soy pequeño…

– ¿Tienes 16?

– Sí…

– Pues ya puedes consentir… jajajajaja. Pero no me va el intentar ligar con quién sé que no puede decirme que sí.

– Oye, que no me cierro a nada.

– ¿Eso es un tal vez?

– No…

– Era broma…

– Ya… sí…

Raúl estaba un poco desconcertado con ese intercambio de frases. Normalmente él estaba confuso sobre lo que era, lo que creía, lo que deseaba… nunca le había atraído los hombres, aunque en los últimos tiempos no estaba tan seguro. Pero también pensaba que a lo mejor era todo una paranoia por querer acercarse más a su hermano… ¿Por qué le había dicho antes a Joan que era atractivo?

– Decías antes que te ayudaba Diego con los deberes… ¿Cuándo has hablado con él últimamente?

– Pues, no sé, creo que el sábado. Ayer le llamé pero no me lo cogió. Y me extraña…

– ¿De quién te ha hablado de los que ha conocido aquí?

– Pues no de muchos. Estaba un poco desilusionado porque no podía hacer amigos de verdad. Estaba el chico ese con el que vivía, pero ese cada vez le caía peor. Decía que era mala persona, que quería irse de ese piso. Pero no sabía a dónde. Sabes, se había gastado una pasta en intentar hacer amigos, y tal…

– Huy, amigos pagados… mal asunto.

– Ya, eso le decía yo, pero sabes… ha estado muy solo… Está muy solo, y necesita… ya sabes…

Raúl cogió la taza con sus dos manos, y pegó un sorbo al Nesquik. Le pareció que sabía poco y abrió otra vez el bote para echarse más. Joan le acercó una cucharilla limpia.

– ¿Me dais envidia sabes? – dijo Joan, apoyándose en la encimera.

– ¿Envidia? Pues no sabes lo que hemos pasado, si no no dirías eso.

– No, no me entiendes, me dais envidia por la relación que tenéis. Sabes, Ricardo, un amigo mío…

– ¿Ese que estaba en el hospital? ¿El que…?

– Sí, uno de los que hizo el placaje a tu hermano. Pues Ricardo tiene algo parecido con uno de sus hermanos. Y siempre me ha dado envidia. Pero lo tuyo con Diego… yo es que no conozco nada de eso, sabes… siempre he estado solo…

– Tienes muchos amigos, no te quejes. El Ricardo ese, ese chico que estaba con él muy acaramelado, Carlos que lo poco que le he oído habla maravillas de ti… yo solo tengo un par de amigos amigos. Lo demás son colegas, para tomar unas birras o ir al fútbol. O para una pachanga.

– Pero no he tenido hermanos, sabes… ni padre, ni madre…

– Pues de padre no creo que te demos envidia…

– Conozco gente peor. Ese idiota que vivía con Diego, por ejemplo. Es un viejo conocido mío.

– ¿Hace cuanto conoces a Diego?

Joan dudaba de contestarle la verdad, o darle largas…

– Desde el domingo. Pero no le digas a tu madre… no sé, parecía que estaba más tranquila si…

– Ya, bueno. Tranqui, Mi madre está un poco desbordada con Diego. Sabes, fue la última en enterarse de lo que pasaba. Diego no lo sabe, y mejor que siga así, pero aún hoy, mi madre tiene pesadillas. Le impactó tanto la imagen de mi hermano en la comisaría, completamente desnudo, solo con la cazadora de Enrique puesta… sigue tomando de vez en cuando pastillas para dormir. No se lo perdona.

– Y… – Joan se dio cuenta de que Raúl iba a seguir hablando – Perdona te he interrumpido. Sigue.

– Sabes, es que mi hermano me protegía. Por eso le quiero tanto, daría mi vida por él. Y no es coña… si él se mata… yo… y no logro que coja la idea, es un gili que piensa que es mejor para mí que desaparezca que yo pueda preocuparme por él. Es gili el tío…

– Hey, Raúl, no se ha matado… y no lo va a hacer, ya verás.

– No estoy tan seguro. Debía haberle llamado más estos días. Me tenía que haber dado cuenta de que…

– Raúl, no puedes echarte la culpa… no la tienes, y…

– Pero mi hermano no dormía ninguna noche para evitar que mi padre me llevara con él, o me pegara. Iba él por mí… se ponía en medio cuando mi padre me iba a pegar, aunque a él antes le hubiera dado de hostias hasta hacerle casi perder el conocimiento. Sabes… ¿Sabes lo que esos hombres nos hacían? ¿Sabes las palizas que nos daba mi padre por cualquier tontería, o porque había perdido a las cartas ese día?

Raúl se levantó de la silla, y se quitó la camiseta. Se puso de cara a la pared, para que Joan pudiera verle bien la espalda.

Joan no pudo evitarlo, y estiró la mano hasta rozar la piel de Raúl. Era superior a sus fuerzas, y mientras iba siguiendo las líneas claramente marcadas todavía en su espalda, marcas de latigazos, de cigarrillos apagados sobre la piel… mientras recorría esas líneas un escalofrío le recorrió su cuerpo, al recordar correazos parecidos que algunos le dieron en su época anterior a Ignacio, gente como Juan Carlos, y otros parecidos con los que se había encontrado. Algunas de esas marcas seguían en su cuerpo todavía, pero menos visibles que las que tenía Raúl en su cuerpo. O simplemente era que Joan las evitaba, y no las miraba.

Joan bajó la vista. Raúl se había bajado un poco los pantalones. Un culo maravilloso, pensó Joan, surcado por infinidad de marcas de fustazos, de cigarrillos… Joan cerró los ojos y escuchó sus propios gritos cuando aquellos hombres le hicieron a él algo parecido. Sintió en su cuerpo lo que debieron sufrir Diego y Raúl con aquellos tipos, y esas eternas noches a le espera de que se abriera la puerta y su padre llegara y les sacara medio desnudos…

Joan apartó de golpe la mano que recorría la piel de Raúl, siguiendo las marcas… una piel tan suave, tan aterciopelada, un cuerpo tan bonito… y con tanto sufrimiento marcado en él.

– Imaginate como tiene el cuerpo Diego.

Raúl se subió los pantalones, y se giró para ponerse la camiseta…

– Joan, ¿estás bien?

Raúl estiró los brazos para sujetar a Joan. Se había quedado blanco completamente.

– Siéntate en esta silla. ¿Quieres un poco de agua fresca?

Joan asintió con la cabeza. Y señaló el frigorífico. Raúl fue hasta él y sacó una botella de agua. Le sirvió un vaso, y se lo acercó a Joan, quien lo agarró con las dos manos. Raúl volvió a coger la botella fría de agua, y se la puso en la frente.

– Sabía que estoy bueno, pero nunca imaginé que rozar mi piel… perdona, era una broma absurda.

Joan esbozó una sonrisa. Y amagó con darle un puñetazo a Raúl.

– ¿Estás mejor?

– Sí, tranquilo. Estoy cansado y…

– ¿Y si me cuentas lo que te ha pasado?

– No quiero, no tiene importancia, es que estoy cansado, ya te he dicho…

– Sé escuchar…

– No de verdad, que…

– Yo te estoy contando mis cosas. Y no lo suelo hacer con nadie.

– Ya…

Joan bajó la cabeza en símbolo de su rendición.

– Yo tengo marcas parecidas en mi espalda, y en mis piernas. Antes de Ignacio – Joan se dio cuenta de que Raúl no sabía quien era Ignacio – era mi marido, ¿sabes? – Raúl asintió con la cabeza – yo no tenía a nadie, vivía en la calle, y era chapero. Y una vez, yo necesitaba pasta, tenía el mono, y estaba desesperado… me propusieron hacer una sesión de sexo duro, sabes, con cuero y tal. Eso dijeron. Yo nunca había querido hacerlo antes, me parecía degradante y tal… pero no tenía pasta. Y sabes… me pegaron y pegaron… me humillaron… al tocar esas marcas de tu espalda he vuelto a sentir lo que ese día… la humillación, el terror… casi me matan, sabes… y cada marca de tu espalda he recordado… bueno… es como si en esos escasos minutos hubiera vuelto a ese cuarto… pero ¿cuantos años teníais?

Joan no había levantado la vista del suelo mientras contaba todo esto. Si no recordaba mal, era la primera vez que lo decía en voz alta. Ni a Ignacio se lo dijo nunca. Pero Ignacio lo supo por otros medios. Ignacio le lamía cada una de sus marcas, pasaba suavemente sus dedos por esas cicatrices. Esas caricias siempre le hacían sentirse bien a Joan. Las recordaba como una de las mejores experiencias de su vida. De hecho, esa forma de proceder del que luego fue su marido, fue una de las cosas que hizo que superara toda aquella época. Joan levantó ahora la cabeza para escuchar las respuesta de Raúl.

– Conmigo empezaron a los 10. Con mi hermano a los 12. Cuando empezaron conmigo, él ya llevaba dos años. Cada vez era peor, cada vez era más a menudo… y para Diego era todavía más angustioso, porque intentaba recibir lo suyo y lo mío.

– Pero… ¿No se dio cuenta nadie? ¿Tu madre? ¿En el colegio?

– Nadie quería ver nada. Mi padre era… bueno, es un tipo encantador. Con respuestas para todo. Si alguien se extrañó por algo, lo dejó correr. Sabes, es la primera vez que me quito la camiseta delante de alguien. A un profesor se lo enseñé, el de gimnasia, cuando me hizo ir a su despacho y me llamó guarro por no quitarme la camiseta después de hacer gimnasia… no volvió a hablar del tema, ni a decir nada de la camiseta. Me avergüenza mi cuerpo…

– No, Raúl, tienes un cuerpo muy bonito, y una piel muy suave. Si alguien te quiere rozar esas marcas le hará sentirse más cerca de ti…

– Eso tardará en llegar, primero debo saber que quiero, y…

– Eso da igual, no sé… no te pongas excusas para amar sean hombres o mujeres. Yo creo que sabes lo que quieres, pero tienes miedo y lo aparcas con esa excusa de las marcas. Sabes… esas marcas deben hacerte sentir orgulloso de ti, y de tu hermano. Que no te hagan avergonzarte… eres… te admiro, tío…

– Espero que al final Diego y tú seáis amigos. Me pareces buen tío. ¿Y tu marido?

– Murió hace un tiempo.

– Joder, perdona, no quería…

– Na, don’t worry…

– Be happy… me caes bien, eres buen tío…

– No, no los soy. Soy un desastre…

– No me lo creo… y acaricias muy bien.

– A ver si va a ser verdad que al final te molo…

– Una mierda. Además eres muy viejo para mí – le picó Raúl.

– ¿Viejo yo?

– Pero si eres hasta viudo. Eso es de viejos.

Raúl se arrepintió enseguida de decir eso. Miraba fijamente a Joan para ver como reaccionaba.

– En eso tienes razón. A ver si vas a tener razón… – puso cara de falsa preocupación.

Y Joan se levantó y se lanzó contra Raúl, buscando esa zona en dónde solemos tener cosquillas… Cosa que Raúl tenía a montones, y acabaron los dos riendo.

– ¿Y sí dormimos otro poco?

– ¿Te importa si dejo la puerta abierta? Es que… – Raúl bajó la vista avergonzado.

– ¿Prefieres dormir al lado mío? Mi cama es inmensa. Y prometo no meterte mano.

– ¿Roncas?

– Sí. ¿Te importa?

– No, mejor, así me siento más protegido.

Joan enarcó las cejas, sorprendido. Hasta ahora nadie le había dicho que sus ronquidos pudieran servir para algo, más que para molestar.

– Pues vamos a dormir – dijo con una sonrisa.

– Raúl apuró el Nesquik, y se fueron los dos a la habitación de Joan.

Joan le dio a elegir un lado de la cama, y Raúl se metió rápidamente. Hizo que cerraba los ojos, pero observó a Joan mientras se desnudaba. Y pudo ver las marcas de la espalda de Joan, las de su culo, y unas marcas tremendas en sus piernas, como si hubiera tenido puesto un cilicio mucho tiempo.

Y eso le hizo sentirse seguro y comprendido. Y por primera vez en muchos años, no tuvo que acabar levantándose a tomarse la pastilla para dormir.

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Historia por capítulos.