Esa vieja amiga, la tristeza.

Tengo un espejo enfrente mío. Me veo reflejado en él con solo levantar la mirada unos centímetros por encima de la pantalla. Y hoy, no veo, otra vez, más que una mirada apagada y triste. Un día más.

Hace unos momentos, pensaba en lo fácil que es dejarse llevar. Hace unos momentos, ahí fuera, en la terraza frente al mar, otra vez me sumí en esa desesperanza que me acompaña en los últimos tiempos.

Y ni siquiera pude llorar. Ya no. Me doy pena, no tengo esperanza en nada ni en nadie. Resuenan en mi cabeza dos comentarios de dos amigos. Dos bromas. O no. No lo sé. Dos cosas sin importancia. Porque nada la tiene. Casi nada. ¿qué es esto comparado con el fin del mundo? Vaya chorrada acabo de decir… cambiemos la comparación… ¿qué son mis cosas comparadas con las de Juan, drogadicto desde hace 4 años? ¿qué son comparadas con Alicia, con sus problemas con su hijo recién nacido y que posiblemente no viva para salir de la incubadora? O Guillem, el amigo de mi hermana, que ha quedado parapléjico por un accidente de coche.

Eso mi dice mi amiga Felipa, cuando le cuento. Felipa, bonito nombre. Se ríe ella, y me dice que hasta su nombre es mayor problema que los míos.

Un día leí una carta. De un chico que se suicidó. Contaba como se sentía todos los días, al llegar a casa y comprobar que sus padres no le escuchaban. Trabajaban los dos. Y no tenían tiempo. Llegaban cansados. Su hermana mayor, nunca tuvo interés en escucharle. Y él les quería contar que estaba mal porque se reían sus compañeros. Era por bobadas. Por la ropa, por las gafas. O porque era el preferido de los profesores. Al fin y al cabo a ninguno le dio problemas nunca. Se reían de él, si. Y esos profesores que tanto le apreciaban, tampoco le escuchaban. Un día, Mª Ángeles, la de matemáticas, le preguntó. E insistió tanto que, al final se lo iba a contar. Pero cuando empezó, ella dijo que mejor fuera a visitar al psicólogo, o al tutor. Pero que lo hiciera sin falta.

Una pena, porque al día siguiente, a él ya no le apetecía contar que no dormía hacía días. Ni que Raúl, el matón de la clase, le había tirado un cubo de agua, y se habían reído todos, y había tenido que ir mojado a casa, con mucho aire y frío, y que la llegar a casa, su madre ni se había dado cuenta de que entraba tiritando… podría haber gritado, y les podía haber dicho a todos que necesitaba ayuda, que … pero no quería molestar, así le habían educado…

Y un día lo vio claro. Fue consciente de que cada día crearía más problemas, y que el primero al que no quería molestar, era a sí mismo Porque ya no se aguantaba. Y de ahora en adelante, sería peor… así que una mañana de martes, porque tocó así, era martes y ya está, decidió no molestar a nadie, y dormir una buena siesta.

Sus problemas no tenían importancia. Comparados son los de sus padres, al miércoles siguiente. Pero ya no molestaría a nadie con sus problemas sin importancia. No.

He levantado un segundo la mirada de la pantalla. Y otra vez he visto esa mirada sin alma. Ya no tengo alma. No tengo vida. No tengo ni sonrisas, ni alegría. No tengo nada. Y esas frases de dos amigos, vuelven a resonar en mi cabeza. No quieren hacerme daño. Pero lo hacen. ¿Tendrán razón?

Una pesadez. Una oscuridad. Se instalan dentro. Y las recibo con los brazos abiertos. Hola tristeza, hola depresión. Siento como invaden cada una de mis células. Como se relajan cada uno de mis músculos. Hola vieja amiga. Te fuiste un día sin decir adiós, y llegas hoy de vuelta sin llamar a la puerta. Pero eres bienvenida… ¡oh sí! Porque se está tan bien así, en el fondo de todo, sin capacidad de levantarme, con los ojos enrojecidos por no tener lágrimas con que alimentarlos…

Porque esas cosas, esas tonterías que me acongojan, no tienen ninguna importancia. Ni la tendrán. Pero son mis cosas… mis cosas ahí dentro… que a nadie interesan. Quisiera que alguien encontrara esa palabra para disipar esa nube… pero nadie la encuentra… nadie quiere buscarla… aunque mejor así, porque quizás así pueda estar con mi vieja amiga la tristeza, así, bien unidos, cogidos de la mano, en las profundidades de la desesperanza…

Pero no tiene ninguna importancia… ninguna.

Nada la tiene.

Ni yo mismo.

Yo menos que nadie…