Una buena mañana para correr (55).

Ricardo respiró hondo antes de meter la llave en la cerradura. Esperaba que todavía no se hubiera levantado nadie de su familia. Eran casi las 7 de la mañana, y no quería dar explicaciones de por qué llegaba tan tarde un día entre semana.

Contó hasta tres, y metió la llave. La giró con cuidado, y abrió la puerta.

Se quedó escuchando… nada.

Fue andando de puntillas hasta su habitación. Entró y cerró la puerta despacito. Cuando ya estaba cerrada, encendió la luz.

– ¡Joder! Ya era hora.

Ricardo pegó un salto a la vez que se giraba.

– ¿Qué hostias haces aquí?

– Esperarte, está claro.

– Pues…

– Déjate de leches, que te conozco. ¿Cómo ha ido? ¿Qué te ha pasado en los pantalones? Tienen sangre… ¿qué…?

– ¿Eh? Tranquilo nada, es largo de explicar. – Ricardo intentaba hacer tiempo y que su hermano le diera pistas de a qué se refería con su primera pregunta, antes de que se fijara en sus pantalones.

– ¿No ibas a follar?

– Y tú… ¿Has mirado mi ordenador?

– Nuestro ordenador – corrigió Manu.

– Pero…

– Qué quieres que haga si te vas a toda leche, y dejas la pantalla abierta.

– Eso… – Ricardo repasaba mentalmente sus movimientos de aquella tarde, pero era incapaz de acordarse con exactitud de lo que había, habían pasado tantas cosas… ¿se habría dejado todo abierto?

Se quedaron los dos mirándose fijamente. Manu se incorporó de la cama y se puso de pie, para estar a la misma altura que su hermano. No le gustaba que le mirara desde arriba.

– ¿Me lo vas a contar o qué?

– No sé que hay que contar – Ricardo se puso a la defensiva.

– Pues lo de follar esta noche. ¿has follado?

– Oye tío, pero que parece que soy idiota, o algo. ¿Tengo alguna obligación? Manu, te estás poniendo…

– Es más que nada para ver si hoy toca levantar el estado de sitio de casa, o me cojo un curso en Cádiz para pasar las próximas semanas lo más lejos posible de aquí.

Manu empezó a andar por el cuarto como si estuviera esperando ansioso esa respuesta, y de ella dependiera verdaderamente su futuro. No quería confesar a su hermano que había discutido esa tarde con sus padres por su culpa, y que se había ido de casa dando un portazo. Él estaba convencido de que, hasta que Ricardo no solucionara sus problemas y se relajara un poco, y hablara con sus padres y con su hermano Jonás, en esa casa la paz no volvería.

Eran una familia atípica. Ninguno de sus amigos y amigas, tenía una familia así. Tan cercana, tan alegre, siempre de coña entre ellos. Todos preocupados por todos, todos queriendo a todos. Pero sin roles marcados. Lo mismo Ricardo ayudaba a su madre, o Manu animaba a su padre, o era al revés, o Jonás hacía la comida, o iban a los recados. Todo lo habían hablado con naturalidad siempre. Pero era una maquinaria que, si fallaba uno de sus engranajes, nada volvía a funcionar. Y además, el engranaje que funcionaba mal, era para él, el más importante. Siempre había sabido que Ricardo era algo especial para él. Pero estos días se había dado cuanta hasta que punto era importante en su vida. Desde ese domingo en que todo se fue al traste, por esa paranoia que había sufrido Ricardo, había dado muchas vueltas en su cabeza al por qué… por qué era tan importante para él su hermano. Ninguno de sus amigos tenía esa cercanía con ninguno de sus hermanos, por mucho que se llevaran bien.

La primera noche que la pasó abrazado a Jonás, puso todo su empeño analítico en estudiarse. Incluso llegó a pensar que su hermano… que estaba enamorado de su hermano. No le fue fácil estudiar ese punto. Él nunca había sentido atracción por los chicos, o eso pensaba. Pero ese vacío que sentía con el tortazo que le propinó Ricardo, y todo lo que pasó a continuación… se parecía mucho a lo que los libros decía que se sentía cuando uno se desenamoraba… o cuando le dejaban… Le parecía ahora curioso que con ninguna de las chicas que había estado, había sentido algo por ellas. Algunas le habían caído mejor que otras, había tenido chicas de una noche, de una semana, noviazgos de algún mes… pero por ninguna había sentido nada parecido a lo que había sentido esa noche con la actitud de su hermano.

Y a la noche siguiente se imaginó haciendo el amor con Ricardo. Recordó la frase de su amigo Víctor, que se la decía a su otro amigo Félix, que estaba en permanente duda con su sexualidad: “Félix, tú… ¿con quién sueñas cuando te haces una paja? ¿Quién te la pone dura?”. Manu se desnudó por completo. Se puso mirando al techo en el suelo, con la cama tapando la visión desde la puerta. Se concentró en Ricardo desnudo, besándole todas las partes de su cuerpo.

Estuvo así un buen rato, pero no consiguió una excitación completa. Pero esto no le dejó tranquilo. Podía ser que el que fuera su hermano le produjera rechazo, o que fuera el hecho de que era hombre, lo que hiciera que no se excitara. Manu siempre pensó en su fuero interno, que se podría enamorar de un hombre, aunque fuera heterosexual. Quizás fuera este el caso, pero al ser su hermano le produjera una cierta desazón que le impidiera excitarse.

Por eso era importante para él que todo se solucionara. No solo ya por ver a Ricardo bien, y al resto de su familia, sino porque pensaba que así, podría tener un poco de paz para seguir estudiando sus reacciones. Para irse conociendo mejor. Porque ahora, ya un poco tarde, pensó, todo era incierto dentro de él. Ni lo que había tenido por verdad absoluta hasta hacía unos días, ahora lo era.

¿Y si estuviera enamorado de su hermano? ¿Qué haría? ¿Podría enamorarse de él sin ser gay? ¿O es que era gay y no lo quería ver? ¿O bisexual? Pero eso de enamorarse de su hermano… eso no estaba bien. ¿Sería solo que le quería como si fuera una parte de sí mismo? ¿Estaría confundiendo muchas cosas? ¿Sería el agotamiento de esos días?

Esa noche, cuando el cansancio le vencía ya, después del intento de masturbarse pensando en su hermano, se despejó de golpe al recordar una vez, en los vestuarios, que se había excitado al ver a Ernesto desnudo. Tuvo que meterse en un cubículo corriendo para ocultar a los demás su erección. ¿Sería eso una señal? Ernesto fue un chico que solo estuvo un par de meses en su clase. No tenía especialmente un cuerpo hermoso, pensaba Ricardo, pero sí que es cierto que había algo en él que le atraía. Su aire descuidado, su cara de niño bueno, sus “rarezas” en el sentido de no gustarle lo mismo que a la mayoría de los chicos. Incluso llegó a preguntarle si era gay, con la excusa de que su hermano si lo era… pero él lo negó. Eso no quería decir nada, Félix no hacía más que ponerse excusas, y dudas, y todos sabían que le gustaban los hombres. Félix es uno de los casos en que uno mismo, es él último en saber a ciencia cierta sus preferencias sexuales. O en reconocerlas.

Manu seguía caminando por el cuarto de Ricardo. Éste le miraba con extrañeza. Estos últimos días algo se le había escapado de Manu. Ya pensaría en ello luego. Ahora le urgía más decidirse por una estrategia. Contarle lo de Carlos, contarle lo del intento de suicidio… o contarle el final de la noche: sus últimas 4 horas. De repente se dio cuenta de que Manu estaba vestido, y que tenía el anorak en su cuarto.

– Manu, ¿me tienes que contar algo? ¿Por qué estás vestido?

– Eso da igual… no quieras escabullirte ahora. Yo he preguntado antes y necesito… ¡joder! Macho, no puedo pasar otro día sin dormir, sabes, me has provocado… ya no sé ni quién hostias soy… así que por una vez en esta puta semana, deja de ponerte a la defensiva y medir tus jodidas palabras, y cuéntame de una puta vez que has hecho esta puta noche. Lo necesito saber…

– He estado hablando con Jaime. Bueno, ha sido una noche un poco complicada… y bueno, hemos quedado en intentarlo de nuevo.

Manu se le quedó mirando con incredulidad. No… no podía ser cierto… esa noche Ricardo había quedado a follar con un chico… y precisamente esa noche se arreglaba con Jaime…

– No me estarás tomando el pelo, porque pienses que es lo que quiero oír. No quiero oír una puta mentira…

– Nonono… tranquilo, Manu…

Ricardo se acercó a él, pero Manu intentó rechazarle. Pero Ricardo insistió y al final no le quedó otra que abandonarse en los brazos de su hermano.

– Sí, sí… es cierto. Hablamos…

– Pero ¿le has contado que has quedado con otro para follar?

– Sí, se lo he contado. Y él esta noche me ha contado que, ha follado con Joan. Hemos puesto todas las cartas sobre la mesa.

– ¿Que ha follado con Joan? Host…

– Esta semana ha sido un poco surrealista…

– ¿Pero no te importa? ¿Ahora no te importa? Antes que no era cierto, te importaba, y ahora no… no lo entiendo macho…

Ricardo se encogía de hombros… y sonreía.

– ¿Y estás a gusto?

– Sí… estoy feliz…

Manu no dejaba de estudiar su cara… no veía ese rictus en ella desde el domingo por la mañana, antes de la ceremonia. Pero ahora tenía un toque distinto. Estaba como más seguro de todo. Ese punto de confianza nunca se lo había notado.

– ¿No te alegras? – preguntó Ricardo

– Si fuera verdad, pero… no me cuadra…

– Confía en mí, hermanito. Ha sido una noche larga, larga, con muchas cosas. Luego si quieres, hacemos algo por la tarde, y te cuento todo, todo…

De repente a Manu le llegó el cansancio de todas las noches sin apenas dormir. No sentía alegría por su hermano, ni liberación por él. Creía que todo se solucionaría cuando Ricardo encontrara el norte, pero, de momento no era así. Quizás todo lo que había pasado esa semana lo único que había provocado es que sus dudas ocultas salieran a la superficie. Y ahora, la solución no estaba en su hermano, sino en él. En él, que debía aclarar sus sentimientos por su hermano, su sexualidad, y por qué no había sentido nada por ninguna de las chicas con las que había estado. Pero los hombres no le excitaban. Salvo aquél chico…

– ¿Y por qué estás vestido? – recordó preguntar de repente Ricardo.

– Na, tonterías. Ya si eso te contaré cuando quedemos para hablar…

Ahora era Ricardo quien no se creía nada de esa aparente despreocupación. Manu había retirado la vista al hablar…

– Tío, que son casi las 8, habrá que hacer que nos levantamos y eso.

– Me voy a mi guarida. Me pido primer en la ducha.

– Una mierda.

– Ah no, si has vuelto con Jaime, te eternizarás en la ducha… no, no, no….

– Vete a soplar gaitas, imbécil, ¿Cuándo me he eternizado en…?

– No me hagas hablar, que te crees que por ser pequeño soy idiota y tengo memoria pez. Si quieres…

Ricardo cogió un almohadón de la cama y le dio un golpe con él para hacerle callar…

– Eso es traición, espera…

– Espera nada, largo, que hay que vestirse, y ducharse…

– Voy yo primero a la ducha… – mientras decía esto se empezó a quitar la ropa… y salió corriendo..

– Oye, capullo, no me dejes la ropa tirada, serás…

– Pero Manu ya estaba debajo del agua… agua fría… para enfriar las lágrimas que no pudo evitar. Lágrimas de desesperación por no saber, por dudar sobre sí mismo, sobre todo… ¿Por qué de repente todo lo que él era se había derrumbado?

– ¿Por qué? – se decía mientras el agua caía por su rostro.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.