Esa cita…

Hola, ¿qué tal? Bien, gracias, encantado de conocerte, muak, muak. Te pareces mucho a la foto… o estás mejor al natural… o me gustas más con el peinado de la foto… esa camisa te hace más delgado… ¡¡Huy qué paquete!!!

Una cita más. Un chico más al que conocía. Risas más o menos forzadas, las mismas cosas… Muchos llegaron antes que él, algunos quedan, otros se fueron con la misma rapidez, o con la mismas prisas con las que llegaron. A unos pocos acabas conociendo, a otros pocos… nunca les conocerás… si es que se llegan a conocer ellos mismos…

¿Un café?¿Una cerveza?

Vas a ese sitio que es tan guay. Mientras vas, hablas, y hablas. Pero te das cuenta que te escucha. Y te sorprendes. Y de repente te das cuenta que le escuchas a él. Y te interesa lo que dice… y te sorprendes.

Ríes. No, ya no son las risas primeras. Ahora son de verdad… Y él se ríe… y piensas, no, no piensas… porque no piensas… pero crees que ese chico se ríe de verdad, te escucha de verdad, te pregunta de verdad, te responde de verdad.

No… no te das cuenta… pasan las horas y… y si el reloj no dijera que son horas, hubieras pensado que apenas han sido unos segundos…

No me apetecía mucho… tantos otros antes, que luego se fueron por el mismo camino, con solo unos segundos de vida compartidos, apenas unos gemidos, unas gotas de sudor, no apetecía que se fuera con la misma rapidez… pero… ¿Por qué? Él aparece hoy, con mensaje sorpresa… cuando no esperas nada, cuando apenas te apetece hablar con nadie, cuando hacer una sonrisa cuesta lo mismo que un kilo de oro… y apenas eres consciente de ello, y… el oro ha bajado de precio.

Es la hora. Muak, muak. Yo por la derecha, él de frente. Me alejo, se aleja. Tenemos los teléfonos, los MSN. Tenemos ya unos recuerdos. Tenemos ya mil conversaciones inacabadas, porque otras mil iban llegando a borbotones.

Me siento en un banco. Rememoro cada instante de ese encuentro. Me doy cuenta de que mil detalles se han ido con el humo de mis cigarrillos. Me llamo bobo… hay mil cosas de las que me tenía que haber dado cuenta, que tenía que haber aprehendido para mí… pero apenas me fijé… esa sonrisa, esas risas…

Mil antes llegaron. Pero hoy, sin saber por qué, esta mañana, la mañana siguiente sé, después de no pegar ojo por esa adrenalina que sale a circular por mis arterias, o por las tuyas, por mis venas, o por las tuyas, cuando algo importante ocurre, aunque no seas muy consciente de ello, sé, digo, en esta mañana, que quisiera que él, no se fuera en unos segundos de mi vida. Sé que quisiera que se quedara a vivir en mi corazón. Que durmiera entre mis brazos. Que podamos acabar esas mil conversaciones que no acabamos… y esas otras mil que tampoco acabamos…

Tengo su teléfono. No sé si llamarle ahora, o dentro de 5 minutos.

¿Qué diré ahora a esos a quien les juré que no me enamoraría? ¿A los que les expliqué hasta la saciedad por qué el amor no existía? Les tendré que explicar, por Dios, que no esperé 5 minutos para llamar. Y que la primera noche, no me lo tiré. Ni hice después una muesca en mi cinturón. Y que les dejo que me llamen bobo… porque me he enamorado.

Guay.