Una mañana para correr (56).

Manu tardó más de 20 minutos en salir de la ducha. Su hermano Jonás le increpaba desde el pasillo, pero nada parecía perturbarlo en su concienzudo acicalamiento. Cuando al final abrió la puerta, mientras le echaba la bronca, llegó Ricardo de improviso y se coló dentro, después de darle un beso en la mejilla.

Ricardo cerró la puerta, mientras Jonás se quedaba con la boca abierta mirando hacia dónde hacía unos minutos estaba su hermano mayor.

– ¿Se ha reconciliado? – preguntó a Manu.

– Eso parece.

Jonás se dio la vuelta y se encaminó al cuarto de baño de sus padres. Su madre trajinaba en la cocina, mientras su padre volvía para ducharse, después de desayunar. Aprovechó la oportunidad, y se coló y cerró la puerta.

De nada sirvió a su padre enfadarse. Jonás abrió la ducha y no escuchó nada.

Ricardo pasó por el pasillo con una toalla en la cintura como único vestido, y saludó cantarín a su padre. Éste cesó momentáneamente en sus gritos hacia su hijo pequeño, y siguió con la mirada a su hijo mayor en el camino hacia su habitación. De repente se dio cuenta de que Mati estaba a su lado…

– Jonás se ha colado en el baño, y Ricardo me ha saludado – la explicó todavía con cara de susto.

– Ya – contestó escuetamente Mati, acompañando a su marido en la mirada hacia su hijo mayor.

– Chan chan – se oía a través de la puerta del baño.

– ¿Y si te vas al otro cuarto de baño? – propuso Mati a su marido mirándole con los ojos muy abiertos – Como se ponga con su solo de guitarra…

Alberto se fue camino del otro baño, con los hombros hundidos. De repente se dio la vuelta y preguntó con cara interesante a su mujer:

– Oye, Mati… no tengo claro qué es mejor, si que esté enfadado, o que esté guay con su novio.

Su mujer, como única respuesta le hizo un gesto con la mano para que siguiera con los suyo.

– Chan chan – seguía cantando Jonás bajo la ducha.

– Oye Mati – su marido esta vez con cara de despistado – ¿Te imaginas a Jonás haciendo ese solo de guitarra en la ducha? ¿Qué empleará como guit…?

– ¡¡¡Alberto!!!

– Vale, vale.

– Mamá, ¿No hay galletas Chiquilín?

Mati salió del estado de éxtasis en el que se había sumido escuchando a su hijo Jonás haciendo un solo de guitarra debajo de la ducha de su cuarto de baño.

– Ahora voy, Ricar. Jonás ¿me escuchas?

– Sí mamá.

– Tengo que prepararme, así que…

– Vale mamá, ahora acabo.

Mati abrió los ojos por la sorpresa de la respuesta de Jonás. Estaba preparada para discutir con él, y sus planes se habían diluido en el recién estrenado ambiente de su casa. Fue a la cocina todavía con cara de estupor. Ricar seguía solo con una toalla en la cintura, cosa que no hacía nunca. El único que hacía eso era Manu, que presumía de cuerpo atlético. En cambio Ricardo siempre se había avergonzado del suyo, y lo había intentado ocultar a toda costa.

– Vas a coger frío, vete y vístete. Ya te pongo el desayuno, anda.

– Gracias mamá.

Y le dio un beso al pasar a su lado para salir de la cocina.

Mati ya no podía aguantarse más…

– Si te piensas que todo lo que ha pasado estos días se me va a olvidar así – y chascó los dedos de las dos manos – te equivocas, Ricardo.

Éste se paró en seco

– No puedo cambiar el pasado, mamá. Puedo intentar aprender a pedir perdón. No sé si os valdrá.

Mati se quedó mirando a su hijo sin saber muy bien que decir. Las noches de dormir poco y mal, de intentar buscar soluciones para el mal ambiente de su casa de días pasados, le pasaba factura ahora. Por un momento meditó sobre la posibilidad de que un día en el futuro, se volviera a estropear la historia de amor entre su hijo y ese chico, Jaime, que le había gustado tanto, por cierto. Y meditó en la forma de conseguir que su hijo mayor se quisiera un poco más, sin depender de las vaivenes de la opinión de la gente sobre él. O de lo bien o mal que estuviera con el novio de turno. Pero no llegó a ninguna conclusión. Solo fue capaz de mirarlo y pensar una vez más en lo guapo que era, y en que nunca había entendido ese menoscabo que de siempre había sentido Ricardo a causa de su apariencia física.

Ricardo mantuvo la mirada de su madre durante unos instantes. La sonrió, se dio media vuelta y se fue a vestir.

Manu se cruzó por el pasillo con su hermano. Amagaron una pelea entre bromas en el pasillo, al intentar Manu quitarle la toalla a su hermano. Acabó Ricardo abrazándole y sintió en ese momento un escalofrío recorriéndole su cuerpo. Se dio por vencido para que su hermano le soltara, y llegó a la cocina.

Su madre le miró para disfrutar de la visión de su hijo feliz por la reconversión de su hermano querido, pero solo vio ansiedad y turbación. Mati arrugó el entrecejo y se acercó a su hijo para abrazarle, pero éste se escabulló. Puso una disculpa, cogió una de las tostadas que le estaba preparando a Ricardo, y salió de casa.

Matilde se sentó en una de las banquetas de la cocina, y pensó que, ese momento que había esperado todos estos años en el que su hijo mediano se sintiera desplazado de la vida de su hermano, y la perturbación que eso podía acarrearle. Debería hablar con él en algún momento de ese día. Quizás por la tarde fuera el adecuado. Se le acumulaban las charlas.

– Mamá, ¿no tenías tanta prisa? Huele a tostadas… hazme un par de ellas, por fa. – gritó Jonás desde la puerta del cuarto de baño.

Matilde no dijo nada, y metió dos rebanadas de pan en la tostadora.

“Nada puede ser perfecto” pensó para si Mati. Felices 2 – desgraciados 1.

– Cariño, me voy corriendo. Llego tarde.

– Tómate el café al menos, Alber. Ya lo…

Pero su marido había cogido el abrigo y había salido corriendo.

– Chan, channnnnnnn

Jonás seguía con su solo de guitarra. Por un momento recordó la pregunta de su marido, lanzada al aire, y se imaginó a su hijo haciendo ese solo de guitarra en la ducha… aunque rápidamente meneó la cabeza, y diluyó la imagen que se le aparecía en la mente. Era una madre moderna, pero esa imagen la superaba.

– No estoy preparada para ver ciertas cosas – se dijo entre dientes.

– Chicos, ya tenéis el desayuno, me voy a duchar. Y no os acostumbréis. El desayuno es cosa vuestra.

– Vale – gritaron los dos, desde sus respectivos cuartos.

– No te comas todo, maricón, que yo he pedido también tostadas – gritó Jonás.

– Macho man, sigue tocando la guitarra con… – Ricardo se contuvo a tiempo – y verás lo que comes para desayunar.

– Serás…

– Maricón, ya. Pero las tostadas para mí.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.