Pongámonos serios: Hablemos de depresión.

Escuchaba un día cualquiera al dueño de una cafetería. Hablaba despectivamente de las bajas por depresión, o por ansiedad.

Recuerdo haber escuchado las mismas cosas en mi empresa, hace ya muchos años.

Es cierto que algunos abusan de ese tipo de disculpas para no trabajar. Pero… el que haya tenido que ver a un ser querido bajo las garras de la depresión, o de la ansiedad, le entran ganas de estrangular a esta gente: a los que se aprovechan, y a los que no lo entienden.

En “5 horas con Mario” de Miguel Delibes, podéis encontrar un caso típico. Carmen, velando a su marido, y “hablando con él”, una de las muchas cosas que le echa en cara es el cuento que tuvo cuando estuvo con depresión. Porque dice ella, “todo fue solo eso, cuento”, en “inter nos”, como decía ella.

Mi madre sufría de ansiedad. Y tenía depresión crónica. Temporadas mejores… otras en las que dolores inexplicables, hacían que su vida fuera una mierda. Durante mucho tiempo, no entendí algunas de sus actitudes. Pero para mi desgracia, la vida me ha dado la oportunidad de entenderlo a la perfección, sufriendo en ocasiones, los mismos efectos, para imagino, las mismas causas. Cuantas cosas he comprendido desde que murió. Cuantas respuestas a preguntas que ni siquiera estaban formuladas antes de que muriera.

Un amigo muy querido sufrió de eso, de ansiedad. En un año, casi pierde todas sus ilusiones, su vida, sus estudios… y a su familia, que no sabía como ayudarle. Estaban convencidos de que tomaba drogas; era la única justificación a su comportamiento que encontraban.

Tengo un amigo ahora, muy querido también, que empieza a sufrir de ansiedad. Ataques sin avisar… en situaciones aparentemente agradables… pero eso tiene esa enfermedad… que las cosas que tenemos dentro, que nos preocupan, que nos aterran, o que no nos gustan, duermen en nuestro interior, hasta que despiertan todas juntas… aunque silenciosas, no gritan y dicen: “Gilipollas, que es que tu pareja es un imbécil que te mina la autoestima, y te está destruyendo”. Despiertan sin alzar la voz, y de repente parece que tienes que ir a urgencias por un amago de infarto. Pero no… no es un infarto… son los problemas, reales o imaginarios, los miedos, la impotencia… que tocan a diana a las 15,15 h. ¿Por qué? Por nada… porque sí, porque toca.

Pero para muchos es… como lo diría… es una situación que las personas que lo pasan, lo sufren porque quieren. Con lo fácil que es decir: “¡¡Ánimo!! Con los problemas que tienen en Somalia… lo tuyo es una mierda…”, “si no tienes motivo de preocupación, vives como un marajá”; “pues no pienses en ello, y san-sacabó”. ¿Y como les explicas que es que ni siquiera estás pensando en ello, ni en nada?

Es difícil entender, si no se ha pasado, o le ha pasado a alguien cercano, la impotencia que tienes dentro, por no poder hacer cosas, por no poder sonreír… por no poder evitar la taquicardia, o los dolores de estómago… La impotencia que sufres por sentir como todo tú, cada célula de tu cuerpo, está llena de esa sensación de abatimiendo, de hundimiento, de que nada vale la pena… y encima sientes que estás a gusto así… mirando la misma pared todos los días… ¿Para que vas luchar? Y lo peor… ¿cómo luchas? Las palabras de ánimo, te hunden más, las atenciones de tu gente, nunca son suficientes… y no tienen ningún efecto… Y no hace falta ser consciente de los problemas, o de las cosas que no te gustan de ti… esas cosas están ahí, dentro… haciendo su trabajo callado… minando todo tu ser… carcomiendo cada día un poco más las ganas… de soñar, de reír… de hacer las cosas que te gustan, o las que debes… minando las ganas de vivir…

Pero eso nadie ajeno lo entiende.

Ojalá esos que no alcancen a “empatizar” con los que sufren esas enfermedades, no las entiendan nunca. Porque no está bien desear el mal a nadie. Y si un día las comprenden, es que las empiezan a padecer, ellos mismo o su mujer, o sus hijos, o hermanos, o amigos… Porque hay niños bien pequeños con depresión. Y jóvenes. No es algo que les de solo a los carcas, ni a los que tiene responsabilidades familiares, laborales, o de otra índole.

Por eso, que haya personas que jueguen con ello, y pongan como escusa una depresión falsa, o una ansiedad igual de falsa, para timar a su jefe… ¡al paredón!

Y a los que juzgan con dureza y altas dosis de incomprensión a los que las padecen de verdad: ¡al paredón!

Y hoy estoy generoso, que no les ha mandado a la hoguera, porque como ya sabéis porque os lo he dicho muchas veces, “la hoguera es lo mejor”. (como decía la canción).