Una buena mañana para correr (58).

Joan se incorporó y echó un vistazo a Raúl. Escuchó un rato su respiración, pausada y tranquila. Parecía que dormía.

Se levantó y fue al salón. Era absurdo estar en la cama intentando conciliar el sueño, procurando no molestar al chico, y sin conseguir siquiera aproximarse lo más mínimo a un estado próximo al sueño.

Se sentó en su butaca favorita, en la que solía leer. Cogió un libro, y lo abrió. Cuando llevaba 5 páginas, lo dejó: apenas se enteraba de nada de lo que estaba leyendo. No conseguía aplacar esa sensación extraña que había invadido su cuerpo en esas últimas horas.

Se sonrió un momento al pensar en como había cambiado su vida en unos días. De pasar las noches en vela por aquel amigo de Jaime, Fermín, creyendo que era el hombre de su vida y que iba a ser el sustituto de Ignacio, si es que conseguía que se interesara por él de verdad, a estar en pleno proceso de recordar toda su vida anterior. Conocer a Carlos, ese minuto en el que abrió la puerta de la casa de Fermín, y lo vio, y ese otro minuto en el que le dio pena, en el que fue consciente de que no tenía nada que hacer con Fermín, y que aunque lo tuviera, no le gustaba ya, y ese otro minuto en el que había decidido no follar con Carlos, y éste se convirtió en algo parecido a un proyecto de amigo, y todo había derivado en esta tormenta de recuerdos, de sensaciones angustiosas. Y se encontraba inmerso en un grupo de personas a las que quería ayudar, como le había enseñado Ignacio, y… pero todo esto le superaba. Ese pasado presuntamente olvidado y superado, había vuelto a su cabeza, a todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo… cada poro de su piel parecía participar en esa tormenta interior perfecta.

El roce de sus dedos sobre las cicatrices de Raúl… no, no, tenía que apartar ese momento de su cabeza. No podía seguir… su corazón se encabritaba, hasta que parecía que se desbocaba… Respiró profundo, e intentó poner la mente en blanco… no… siempre acababan apareciendo esas marcas, ese cuarto que olía a orines y a mierda, las suyas y las de los que estaban disfrutando con él… las carcajadas de esos hombres espoleadas con cada grito de él pidiendo que pararan… y ese Juan Carlos de los cojones, tirándole el dinero acordado sobre sus propios vómitos, antes de irse sin siquiera ayudarle a levantarse, o preguntar cómo se encontraba, ni indicarle dónde estaba la ropa que había traído puesta…

Se levantó de un salto, como si así pudiera espantar esas imágenes de su cabeza. Porque no eran sencillamente recuerdos. Era algo parecido a ver una película. Y lo más curioso es que la veía como si el protagonista fuera otro. La veía en tercera persona, aunque él sabía que, la vivió en primera, y que ese chico que veía tirado en el suelo, escuálido, con su piel salpicada de marcas de latigazos, era él mismo. Anduvo dando vueltas al salón, a la vez que intentaba controlar su respiración. Fue a la vitrina y cogió una foto de Ignacio, y la apretó contra su pecho, meciéndose suavemente hacia los lados, e intentando llorar por todos los medios, porque creía que era la única forma en que se podría espantar ese ataque de ansiedad.

Y sirvió. Poco a poco fue controlando la respiración. Sin soltar la foto de Ignacio, se dirigió hacia el mueble bar. Abrió la botella de whisky y… pero no. Recapacitó y decidió que ese no era el camino. Ya lo había recorrido antes, y había acabado en esa sala oscura, rodeado de hombres que le pegaron y humillaron, por unas decenas de euros, que luego utilizaría para pagarse la droga que era su pareja en esa época. Y unos meses después acabó tirado en medio de un charco, apaleado por otros hombres distintos, en lo que fue una vorágine de peleas, drogas y denigración progresiva. Y con apenas 17 años. Un vaso de whisky, un peta, una raya, un pico… y luego otro, y luego otro… ese camino que parecía no tener importancia, que incluso a decir de algunos, era “guay”, que se podía controlar… casi le cuesta la vida…

Dejó otra vez la botella en su sitio, y se quedó ahí, de pie, buscando una forma de volver a cerrar esa carpeta en su memoria, en la que creía haber guardado definitivamente todos esos momentos de su vida que casi supusieron su destrucción.

Quizás debiera afrontarlo reflexionando en los buenos tipos que conoció también en aquella época. Alberto, por ejemplo. Ese hombre ya había aparecido en sus recuerdos hacía unas semanas. Ese hombre le trató con un cariño extremo. Y Fernando, igual. Fueron dos de sus mejores clientes. Pagaban bien, le respetaron, y…

Se sentó de nuevo frente a la mesa, en el sofá. La caja estaba ahí. No recordaba haberla llevado desde la habitación de Ignacio. “Daba igual”, se dijo; lo haría sin darse cuenta. Se quedó mirándola fijamente, sin apenas respirar. Dudaba si abrirla de nuevo o no. Si lo hacía, creía que no podría detener esa vuelta al pasado que ahora se le antojaba la única solución para encontrar la paz, y vencer sus miedos, o su incapacidad de ver amor entre los que le rodeaban. De dedicar el sexo al sexo, y no a conquistar a posibles sustitutos de Ignacio. Porque su marido no había surgido de una cama, y él, en todos estos meses, se había empeñado en buscar a su siguiente pareja con sexo, sin valorar otras opciones que había tenido al lado siempre, y que le hubieran hecho feliz. Personas que hubieran merecido una oportunidad, y que seguramente alguna de ellas, le hubiera llenado, pudiendo convertirse en su segunda pareja.

Levantó la tapa de la caja, sin ser otra vez consciente de lo que hacía, mientras se imaginaba cómo hubiera sido si hubiera considerado a Ricardo como algo más que su amigo. Y como hubiera sido recibir ese cariño extremo que era capaz de dar, y esa alegría innata, perlada de esas inseguridades que él le hubiera ayudado a disipar. Porque Ricardo era buena gente. Quizás no saber mirar más allá de su amistad, no haber sabido salir de los clichés que había creado respecto a él. Solo lo vio cuando empezó a salir con Jaime. A lo mejor solo lo vio al sentirse celoso. Quizás no pensaba que Ricardo fuera capaz de encontrar un hombre en el que apoyar su cabeza. Y Jaime. Si no hubiera estado inmerso cuando le conoció, en esa lucha por conquistar el amor inexistente de Fermín… Qué idiota… dos hombres extraordinarios, con los cuales hubiera merecido la pena intentar algo, y a los dos les había ignorado. Hasta que ya era tarde.

Allí estaban sus libretas, en la caja. Alejó sus ensoñaciones, para centrarse en la caja. Eran esas libretas en las que apuntaba las preferencias de sus clientes. Se lo recomendó otro chapero, Juan. Estaba apuntadas también las vidas que se inventaba para ellos, para no contradecirse. Y allí estaba otra vez su teléfono, el que utilizaba para trabajar, para que le llamaran pidiendo su cuerpo entero, o solo alguna parte de él.

Un aviso de mensaje.

Otro.

Otro.

Se levantó del susto, o de la emoción, o de… no estaba seguro cual era el sentimiento que le embargaba. No entendía tanto mensaje… Llevaba algunos años sin siquiera encenderlo. La factura seguía llegando, y la pagaba. Pero nada más. Escuchó un rumor detrás de él, se giró rápidamente…

– ¡Hostias!

Raúl estaba en la puerta.

– ¿Desde cuando estás ahí?

Raúl bajó la mirada.

– Desde casi el principio – contestó en apenas un susurro.

– ¿Y por qué…?

Joan dejó la pregunta en el aire. Se dio cuenta que estaba empleando un todo de voz cercano al enfado.

– Ya es la segunda vez que te quedas observando desde la puerta. Me vas a matar del susto, como sigas ha…

– Perdona… yo… si durmieras no pasaría esto – se defendió Raúl – Yo no me habría despertado…

Los mensajes seguían llegando al móvil.

– ¿No los vas a leer?

Joan lo miraba. Raúl tenía en la cara tal expresión de impotencia, de… ¿cariño? Le conmovió. No le había hecho gracia que le estuviera observando a hurtadillas, pero comprendió rápidamente que el chico se debatía entre ayudarle o no, y en caso de intentarlo, en cómo hacerlo, y de si le iba a sentar bien que lo hiciera.

– ¿Te sientas conmigo?

Joan alargó la mano hacia él, para invitarle a acercarse. No quería hacerlo él por si le incomodaba, o le asustaba. Raúl se lo pensó unos instantes, pero al final decidió dar esos dos pasos que les separaban.

Se sentaron los dos juntos, en el sofá.

– ¿Por qué estás así? – preguntó casi en susurros Raúl.

– Estoy nervioso, solo eso.

Joan intentó salir del paso sin dar muchas explicaciones. No sabía si le apetecía hablar con alguien de esos temas, y menos con Raúl, al que apenas había conocido hacía unas horas, y que ya tenía bastante con sus problemas.

– ¿Tiene relación con tus marcas? Te las vi cuando te desnudabas. Tenías razón, son parecidas a las mías.

– Me mirabas a hurtadillas ¿eh? Al final te va a acabar gustando el viejo éste.

Joan le guiñó un ojo a Raúl, intentado romper un poco la seriedad que estaba tomando la situación.

– Na, aunque a lo mejor por pena, te daba una oportunidad.

Sonrieron los dos, y se quedaron callados, mirándose de refilón.

– Sabes, Raúl – empezó a hablar Joan – hoy me has producido un torbellino de recuerdos.

– Yo…

– No pasa nada, no hace falta que te disculpes. No tienes la culpa. Además, esto lo estaba incubando desde hace días. Todo parece que se confabula para llegar a este punto.

– No entiendo…

– Me parece increíble que le vaya a contar esto a alguien que acabo de conocer.

– Y que es un criajo.

– Eso lo dices tú. No creo que alguien que haya pasado por lo que tú, se le pueda considerar un criajo. Además, pienso que eso no va con la edad física, sino con la forma de pensar y ser.

Raúl bajó la vista. No sabía qué responder.

– Este teléfono – lo cogió en su mano – era el que usaba cuando trabajaba – hizo una pausa – como chapero – trago saliva -. Sí, aquella paliza… bueno, aquellas, fueron por trabajo. Sabes, cuando tenía 16, más o menos, me creía el rey del mundo. Me imagino que les pasa a muchos. Creía que todo lo podría controlar, que podría hacer lo que quisiera. Beber, tomar drogas… mi familia era… como se dice… ¿desestructurada? Pero para eso están los amigos, para darte whisky, para darte un porro, una línea, ¿me la comes Joan? Al final acabé comiéndosela al que me daba una línea… “lo haces como nadie Joan”, me decían.

Joan se levantó de la sofá y empezó a caminar mientras hablaba.

– Luego, enseguida me puse a hacerlo en serio:

“Joan – me dije – esto puede ser una forma de ganar pasta haciendo algo que te gusta”.

Y así es, no es mala cosa. Pero si no tienes que comprar droga, o si no estás desesperado, o si no trabajas para nadie que te explote. Para alguien que le guste el sexo, y sepa poner límites, y lo haga, y elija a la clientela, no es mal trabajo.

– Yo nunca lo haría – interrumpió Raúl.

– Pues es cierto, la mayoría no lo haría – concedió Joan – Pero para mí no es nada ominoso ¿se dice así?

Raúl se encogió de hombros.

– Si no hubiera tenido las drogas… si no hubiera estado tan arrastrado…

– Cualquiera diría que sientes nostalgia.

– No… – contestó rápidamente Joan, aunque su cara decía otra cosa…

– Yo creo que estás mitificando esa experiencia porque ahora no te salen las cosas como quieres.

– Echo de menos un poco de cariño, puede ser.

– Pero esos chicos que estaban en el hospital, te quieren…

– Ya, sí… pero yo necesito algo distinto…

– Los clientes esos, no te van a dar eso.

– Puede que deba cerrar esa puerta definitivamente.

– ¿A mi me cobrarías?

– Pero si tu no eres gay… y yo soy un viejo…

– Eso…

– Yo creo que no. Puede que quieras ser como tu hermano, porque piensas que le debes algo. Si hubieras sido gay, no te hubieras resistido a mis encantos – y volvió a guiñar un ojo.

– Serás presuntuoso… eres viejo para mí, ya te…

– Una leche. Y quieres pagarme por tener sexo conmigo.

– Pero no me has contestado – le picó otra vez Raúl.

– Sí, claro que sí. Los negocios son los negocios. Pero te haría precio especial. La mitad o así.

Joan le dio un codazo en el costado, que Raúl no tardó en devolverle.

– ¿Nos vamos a dormir?

– Eres tú el que no para de dar vueltas. Yo me había dormido como hacía tiempo.

– ¿No duermes bien? Vale, vale – Joan se arrepintió de la pregunta – no…

– No es un sueño profundo. Pero tú me das seguridad.

– Pero si soy un viejo.

– Por eso.

– Serás…

– ¿Maricón? Puede.

Ahora era Raúl quién le guiñaba un ojo.

– Tiene suerte tu hermano de tenerte.

– Yo tengo la suerte de tenerle a él.

– Qué envidia me dais.

– ¡Empalagoso!

Joan se encogió de hombros mientras sonreía. Se levantó y le tendió la mano a Raúl para ayudarle a levantarse. Se fueron al dormitorio, y cada uno volvió a ocupar su lado de la cama.

Cerraron los ojos, y esta vez sí se durmieron.

Raúl tuvo un movimiento reflejo, y apoyó su mano en la cintura de Joan. Y en ese momento, cayeron los dos en un sueño profundo, como hacía tiempo que no tenían.

 ________

Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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3 pensamientos en “Una buena mañana para correr (58).

  1. YYYYYYYYYYYYYpinta bien, ya q Manu por ahora no esta, haber como sigue esta historia de Raul y Joan, me gusta. Abrazzzo

    Charlieind

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