Carta imaginaria de amor: Álvar (2)

Querido Álvar:

Ayer salía del cine, y me acordé de ti. No sé muy bien por qué pasó. La peli no iba de amores desconocidos, ni de una relación epistolar, como la que mantenemos tú y yo. Es una relación un poco desequilibrada, porque yo escribo las cartas, y yo las leo. Tú ni siquiera me recuerdas. ¿O a lo mejor sí?

Quizás estés esperando en el restaurante de tus padres a que vaya a verte. O quizás vas todos los días por el local que tiene la empresa en la que trabajo en tu pueblo, por ver si me encuentras. Quizás yo te escribo una carta en mi blog, y quizás tu me escribes en tu diario, o vete tú a saber, a lo mejor tienes otro blog y hablas de mí todos los días, y yo no te leo. Puede que estemos los dos declarando nuestros sentimientos mutuos, y nunca lo sepamos. Puede que tú luego te conformes con otra persona, y yo, quizás, me quede solo el resto de mi vida.

Ahora se me ocurre pensar… ¿Qué me gustaría leer referido a mí? Sí, sí, si tu tuvieras un blog, o un diario secreto, o quizás escribas cartas y las metas en una botella y las eches al mar… al fin y al cabo este blog, es una botella que baila a merced de las olas del océano que es internet. Ya te imagino en pantalones cortos, agachándote en las rocas, para echar la botella con cuidado al océano y no se rompa. Es una pena que yo no viva en la costa, y que nunca vaya a poder recibir esa carta. Aunque pudiera coincidir que llegue a la orilla en las fechas que me voy de vacaciones. Me acabo de decidir que este año buscaré el mar para pasarlas, por si la botella.

Es igual de difícil que tu encuentres este blog, y que leas precisamente esta carta, o la anterior que te escribí, o a la siguiente que te escribiré, y que relaciones, y ya sería la leche que me contestaras diciéndome “por fin te encuentro” y estuvieras aplaudiendo con las orejas de felicidad… Todas estas casualidades son casi tan difíciles como la de la botella.

Pero aún así, mi finalidad en la vida, y sobre todo en lo relacionado con este blog, es dar rienda suelta a la imaginación, que es la hacedora de los imposibles. Así que repito la pregunta: ¿Qué me gustaría leer en una hipotética carta tuya?

Me encantaría que me dijeras que era cierta mi hipótesis de que ibas a todo correr a la habitación desde la terraza, solo para verme. Y que cuando me iba, corrías a ella para verme montar en el coche. Por eso viste a ese herido que trajo el helicóptero, y que venía enfundado en esa especie de manta plateada, que debía ser para guardar el calor del enfermo.

Y me gustaría comprobar que no has abierto esa botella de vino, porque no has perdido la esperanza de que de alguna forma, nuestro futuro se entrecruce pronto, y podamos comprobar si es verdad que estamos hechos el uno para el otro.

Me gustaría que me contaras lo que bailaríamos después de cenar, los dos solos, en la terraza de tu casa, porque tu casa seguro tiene terraza. En esa cena, en la primera, o en la segunda, abriríamos esa botella de vino buenísimo y carísimo. Haríamos el paripé de que somos entendidos en vino, y haríamos los gestos típicos de unos buenos … no me sale la palabra… de esos que saben mucho de vinos, y que… bueno, da igual, ya me entiendes.

Me gustaría que me dijeras a que saben tus besos. A que saben tus labios. A que sabe tu mirada. Me gustaría que me dijeras cuándo iba a poder probarlos.

Me gustaría que me dijeras cuando podríamos sentarnos en una terraza y hablar. Mejor… sentarnos en una terraza y escuchar nuestro silencio con tranquilidad, sin nervios ni incomodidades. Eso querría decir que estamos ya unidos, y que de momento, no hay peligro de que nos separáramos. Si estuviéramos callados porque no tenemos nada que decirnos,y nos ponemos nerviosos por no saber que decir, todo estaría acabado antes de empezar. ¿No te parece?

Todo esto es para acabar diciéndote, Álvar, cariño, amor, que en realidad, lo que quiero leer en tu blog, o carta es: “Jaime te amo”.

Sabes Álvar, me gusta tu nombre, me emborracha de felicidad. Y eso que casi no te conozco. De hecho quizás me cruce contigo y ya no me acuerde de tu cara. Solo sé, querido Álvar, que aquellos días en la habitación del Divino Vallés, me robaste el corazón. Que maldigo todos los días mi suerte por no haber coincidido contigo en otras circunstancias. O por ser yo tan apocado. ¿Y si me lanzo y te digo, y me dices “no”? Quizás ahora estaría hundido en la podedumbre, y sumido en la suave complacencia de la baja autoestima.

Pero no era el momento. Y a veces, por no ser el momento, las cosas se pierden irremediablemente. Porque nadie nos asegura que se puedan repetir en circunstancias más propicias.

Pero a lo mejor, el destino juega a nuestro favor, y ves esta botella, o a lo mejor veo yo la tuya. Y puede que ya sean otras las circunstancias, y podamos decirnos cosas bonitas, e incluso podamos pelearnos, como hacen los enamorados. O eso dicen al menos.

Álvar, cariño, amor… creo que voy a ir terminando por hoy. Perdóname las tonterías que he podido decir en esta carta. Las incongruencias o las palabras mal elegidas. Pero hoy no era un día dedicado a la floritura, sino a los sentimientos y a la imperfección. Es como yo soy: todo sentimiento, y absolutamente imperfecto. No quiero que te engañes… no.

Álvar. Te amo.

PD. Permíteme que te siga escribiendo de vez en cuando. Me haría muy feliz.

1ª carta de amor a Álvar.