Una buena mañana para correr (61).

Joan fue una de las personas que desapareció del campo de visión de Ricardo y Jaime. Caminaba tranquilamente pensando una excusa para su profesora, la madre de su “amiga” Inés. Pero nada le convencía. Al final se decidió por hablar con ella y explicarle por encima todo lo que le había sucedido. No para que le aprobara, sino para que viera que no había hecho las cosas por falta de ganas, sino porque las circunstancias se habían puesto en contra.

Y allí les vio, en ese momento justo en el que Jaime llegó y le dio un beso a Ricardo, y los dos parecían que tenía una luz especial. Se sonrió pensando que la noche para esos dos no había acabado cuando se despidió de ellos en el hospital. Una sonrisa con un toque de amargura, ya que quizás en el fondo de su mente, tenía una pequeña esperanza de poder empezar algo con Jaime. Pero era justo que ellos volvieran a tener una oportunidad. Él tiró la suya a la basura cuando todo estaba a su favor. No supo ni ver, ni valorar. Bajó la cabeza y siguió a lo suyo.

Carmen, la profesora, le escuchó atentamente. Como él esperaba, le dejó claro que no iba a hacer ninguna excepción con él en cuanto a plazos, y demás. Ella no iba a hacer nada. A Joan además le dio la impresión de que no se había creído nada de lo que le había contado. Seguramente influiría el estado de su relación con su hija. Inés había resultado una mujer intrigante y desagradable. Joan que se solía jactar de conocer a la gente, a ella no la vio venir. Y eso le dolía en su amor propio. Aunque con Fermín tampoco estuvo muy acertado. Ni con Ricardo, en sentido contrario. O Jaime. Decididamente, pensó, debía reconsiderar su opinión sobre sí mismo en relación a conocer a las personas. Aunque posiblemente, en lo que fallaba era en conocerse a sí mismo.

Metió la mano en el bolsillo del chaquetón, y lo acarició: el móvil.

Cuando salía de casa, lo cogió. Raúl se le quedó mirando mientras lo hacía. No dijo nada, ni cambió el gesto de su cara. Aunque Joan intuyó que en ese instante, le había dado un poco de lástima.

– No puedo evitarlo.

Lo dijo, sin darse cuenta. Fue un impulso, una necesidad. Una justificación que no pudo evitar. Pocas personas le habían impresionado como ese chaval. Quizás las marcas, quizás ese aplomo, esa dulzura, ese amor incondicional por su hermano.

Raúl se encogió de hombros:

– Solo te digo que me pareces un tío guay, y que cualquiera estaría encantado de estar contigo, a tu lado.

– Ahora no tengo a nadie en la forma que necesito.

– Esos tampoco.

– No lo sé. No me queda nada por probar.

– Tienes a tus amigos. Yo quisiera ser tu amigo.

– Y lo seremos. Y ellos están ahí. Pero hay un matiz que ellos no me pueden dar, ni tú tampoco. Y yo lo necesito ahora.

– Soy un criajo, no entiendo de esas cosas.

– Qué lastima que seas un criajo, y no te gusten los viejos como yo. Ni los hombres como yo.

– Vete tú a saber. Yo no he dicho todavía nada.

Raúl le guiñó un ojo.

– Vamos anda. No digas nada, pero tú sabes, y yo lo sé.

Joan llevó a Raúl al hospital. Subió con él, pero no había novedades. Enrique, el amigo policía de la familia estaba allí ya. Raúl se quedó con él, y Joan cruzó Burgos en dirección a la universidad. No vio a Carlos. Pensó en darle un toque, pero lo dejó para más tarde.

Seguía acariciándolo. Lo sacó y miró la pantalla.

Lo metió otra vez en su bolsillo, como alejando la tentación, y fue a la cafetería. Se pidió un café, y una aspirina, le dolía la cabeza. Lo cogió y se sentó en una mesa.

Le apeteció un dulce, y se levantó otra vez. Al volver se encontró a alguien sentado. Le daba la espalda.

– Oye, perdona, esa mesa está ocupada.. ¡ah! Eres tú.

– ¿Molesto? – dijo Manu.

Joan se encogió de hombros.

– Tú verás, no soy buena compañía estos días. Y sinceramente, siempre te he caído como el culo, así que no sé ahora este afán que te ha dado por verme. Tú hermano ya es feliz con Jaime, así que todos contentos. No creo que tengamos nada pendiente.

– Ya lo sé.

– Mira, no tengo ganas de hablar – dijo Joan centrando su mirada en la raqueta que se había comprado.

Manu se levantó resignado, cogió su mochila, y se giró para irse.

– Anda, dime que te pasa. Si no, no vendrías a hablar conmigo. Debes estar desesperado.

Manu se volvió a sentar.

– ¿No tomas nada? – preguntó Joan.

– No tengo money.

Joan se levantó y le trajo un café, y otra raqueta.

– No hacía falta – se quejó Manu, pero con poca intensidad.

– Calla, come, y dime que te pasa. Con el asco que siempre te he dado, debes estar a punto de caer muerto, o a tu hermano le han detectado un cáncer fulminante y letal. Cosa que me parece improbable solo con haberle visto hace unos momentos cuando se ha cruzado con Jaime.

– No es eso, es que creía que despreciabas a mi hermano, y eso… y yo…

– Qué más hubiera querido yo que darme cuenta de lo que me perdía. A tu hermano le he querido siempre, pero de otra forma Y él siempre ha sido importante para mí, aunque solo fuera por lo que me apoyó cuando murió Ignacio. Tantas cosas… soy gilipollas, y podría haber sido más que eso, pero mira, yo estoy perdido en el lodazal, y…

Joan se calló de repente. Se acababa de dar cuenta que estaba desvariando, y corría el riesgo de eternizarse en esa pequeña disertación, y no le apetecía desnudarse con Manu.

– Perdona, estaba delirando – se disculpó.

– Na, tranqui – Manu habló con la boca llena de raqueta.

– Come, come, ¿quieres la mía?

– No, no, come que te vendrá bien.

Joan levantó las cejas expresando su sorpresa por esa apreciación de Manu, mientras éste seguía comiendo a carrillo completo.

– No has dormido mucho, y tampoco comido. Estás hecho una pena.

Joan levantó más las cejas, y empezó a sonreír de medio lado mientras pensaba de qué iba ese chico.

– Oye, tío, un poco de…

– ¿Respeto? No tiene nada que ver el respeto con cómo estás. Si las ojeras te llegan al ombligo. Y pareces 10 años más viejo que el sábado.

Joan sacó su móvil, e intentó mirarse en el reflejo de la pantalla. Le jodía que alguien que le odiaba hasta un momento indeterminado de los últimos días, le estuviera dando consejos, y definiendo su estado deplorable. Lo que más le jodía era que tenía algo de razón, por no decir que toda.

– ¿Tan mal me ves?

– Na… estaba de puta madre la raqueta – Manu cambió de tema.

– ¿Quieres otra?

– No… – pero con la cara decía otra cosa.

Joan se levantó y en unos minutos volvió a la mesa con dos platos.

– No había ya raquetas. Te he traído un triángulo de crema, y un par de donuts.

– Yo… me…

– Deja de balbucear, y come. Yo voy a hacer lo mismo para intentar recuperar ese tono en mi ser que dices que he perdido. ¿Tú crees que esta raqueta me hará rejuvenecer al menos un año de esos que dices que he envejecido?

– ¿No te habrá molestado?

– No, para nada – Joan imprimió el tono justo para demostrar que quería decir lo contrario de lo que sus palabras decían. – Has dicho que parezco una mierda con patas, pero no me ofendes. Total, me lo llevas diciendo desde que te conozco, ya me acostumbré.

– Joan…

– Come, anda. Era ironía.

Ahora era Manu el que se quedó mirándole con fijeza, intentado descifrar hasta que punto le estaba tomando el pelo. Que se lo estaba tomando, era claro. Pero el grado, era lo que le ofrecía dudas. Y el sentido.

– ¿Desde cuándo no comes en condiciones? – preguntó Joan cuando acabó de comer el dulce.

Joan apoyaba cuidadosamente los cubiertos en el plato, mientras Manu se estiraba en la silla, frotándose el estómago.

– Desde el día antes de las bodas de mis padres. Y apenas duermo.

– Vaya, entonces el consejo que me dabas antes, vale para ti.

– Consejos para ti tengo, que yo no sigo – Manu sonrió – Sabes, acabo de darme cuenta que desde que me he sentado contigo, me he relajado. Y he comido, cosa que en muchos de estos días he hecho un esfuerzo para hacerlo. Incluso vomitando después de intentar disimular…

– Oye, no me asustes…

– Na, tranqui, era que tenía cerrado el estómago, pero tío, me mola estar contigo, me relaja…

– Vaya, pues mira, me alegra que produzca eso en alguien, algo que no soy capaz de hacerlo conmigo, como tú con los consejos, vaya, pues que produzca en los demás momentos masajes, sin manos ni nada. Y estando más solo que la una, como estoy yo.

– Eso es porque quieres, fijo.

– Una mierda. Estoy poco fino en la elección. Mira podías decirme ahora que te gusto, y podríamos ser amantes, y luego novios… total, por lo que veo, que aún lo flipo, me conoces de puta madre. Mejor que yo.

– ¿Follamos?

Joan le miró fijamente durante unos segundos. Manu no pestañeaba. ¿Era un farol? ¿Qué se proponía? ¿De qué iba? Valoró varias estrategias, al final se decidió por la de los hechos.

– ¡Vamos!

Joan se levantó decidido y se puso el abrigo. Cogió su bandolera, y se quedó mirando a Manu, que seguía sentado sorprendido por su reacción. Joan le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

– Me has puesto caliente – dijo Joan sensualmente mientras se acercaba a Manu. La mano que le había cogido para tirar de él y que se levantara, se la llevó a su paquete – Mira como palpita mi polla, Manu – le susurró al oído imprimiendo a su voz todo el toque sexual de que fue capaz – Y me apetece probar ese cuerpo tuyo tan cuidado, esos músculos, ese culo sensacional que tienes… Me apasiona probar a machos como tú, heteros con mente abierta…

Manu por su parte, se quedó paralizado, mirando de reojo a su alrededor. Pero nadie parecía haberse fijado en ellos y lo que hacían.

– Lo que te pasa es que no quieres que lo sepa la gente. No te preocupes, no nos besaremos hasta que lleguemos al coche. Tengo ganas de meterte la lengua hasta la campanilla, Manu… me pones hot – Joan se pasaba la lengua humedeciendo sus labios…

Manu se soltó y se sentó de nuevo.

– Será mejor dejarlo para otro día. Tenías razón, debo dormir, aplicarme mi consejo, y…

Manu había fijado la vista en el suelo.

Joan se había vuelto a quitar el abrigo, y dejado su mochila en la silla. Y miraba a Manu expectante.

Manu empezó a hablar. Despacio. Titubeante al principio. Sin levantar la mirada del suelo. Sin atreverse a comprobar la reacción que sus palabras tenían en Joan. Sin atreverse a comprobar si le daba asco, risa o pena. Porque eso era lo que él se daba a sí mismo. Por la posibilidad de haberse estado engañando a sí mismo hasta ese momento. Por no conocerse tan bien como creía. Él que se jactaba de conocer a su hermano mejor que él mismo, no era capaz ahora de centrarse en él, en sus sensaciones. No era capaz de saber quién era. Y la posibilidad de que estuviera enamorado de su propio hermano, le daba pánico.

Ser gay no le preocupaba. ¿O sí? Quizás también le daba miedo. A lo mejor ese era el problema. Lo entendía en su hermano, lo apoyaba, le quería. NO era un problema para él que Ricardo fuera gay. Pero serlo él… él, el ligón de su curso, el devora-mujeres, el chico con más éxito entre las chicas, incluso entra las mayores que él, de repente convertirse en gay. ¿Convertirse? No te conviertes en gay, iba diciendo en voz alta. “¿Me he estado engañando?”. Le asustaba esa posibilidad, porque podría significar que rechazaba a los gays, y no quería bajo ningún concepto, porque eso supondría rechazar a su hermano. Y a lo mejor a él mismo.

Porque a su hermano lo quería con toda su alma.

¿Lo amaba?

Joan le escuchaba. No dejaba traslucir ninguna reacción. Estaba hierático, escuchándole. Intuía que si tenía una reacción, un gesto equivocado, cortaría el divagar de Manu. Y posiblemente, eso fuera lo que necesitaba; divagar, sacar esas dudas que le atenazaban.

El tiempo iba pasando. La hora de la comida llegaba. Algunas mesas de la cafetería, se transformaban en mesas de restaurante. Algunos profesores y compañeros, ya estaban comiendo. Sintió en su cintura varias veces las vibraciones de su teléfono. Pero no hizo nada por contestar, ni siquiera por apagarlo. Dejó que sonara, y sonara.

Llevarían ya más de 2 horas hablando. Manu repetía muchas de las cosas que decía. Era como si necesitara oírlas varias veces en voz alta, para ser consciente de como sonaban en su boca. Decía muchas veces “si fuera gay” o “si amara a Ricar”. Pero no acababa de estar convencido de su sonido. Y repetía, cambiaba las frases para poderlo escuchar otra vez, daba vueltas a los mismos temas “soy gay” “Si fuera gay” no puede ser que “sea gay”, “¿Cómo me he podido engañar?”.

Joan empezó a sentir que el agotamiento ganaba la partida. Pensaba mientras le escuchaba, en lo que le podría decir, en lo que sentiría en su lugar, en… pero no atinaba con una idea que le resultara plausible, y que pudiera ayudarle en sus tribulaciones. Él no le iba a dar una respuesta, o quizás sí. Pero creía que era mejor que Manu llegara a las conclusiones que debiera por sí mismo. Cualquier otra posibilidad, le condenaría a la duda eterna sobre quién era, o sobre lo que sentía.

Llegó un momento en que Manu, agotado también, se quedó parado. Fue cuando levantó la vista, para fijar sus ojos en los de Joan. Se quedaron mirándose durante unos minutos más, en silencio. Manu buscaba ahora opinión, buscaba respuestas. Joan esperaba que Manu siguiera hablando.

Al final Manu no pudo aguantar más el silencio, y preguntó.

– ¿Y? – necesitaba saber lo que Joan opinaba.

Joan suspiró.

– Estás cansado. Solo eso. Y no has comido bien desde hace días. Si quieres comemos aquí mismo, y luego te acompaño a casa. Te metes en la cama, y descansas hasta mañana. Y si quieres, mañana hablamos. Posiblemente mañana por la mañana todo te parezca mucho más claro.

– ¿Crees que soy marica?

– Ya te he dicho…

– Contéstame, por favor. Necesito… ¡¡hostias!!

– Tranqui, Manu – Joan le hizo un gesto con la mano para que se relajara – No, no lo creo. Si lo fueras no te hubieras podido resistir a mi propuesta de antes – Joan le guiñó un ojo – Es broma – aclaró rápidamente ya que no estaba seguro de que Manu pillara esos matices en ese momento – Pero eso… mañana hablamos de ello. Hablarás tú además, seguro que descansado tienes las cosas más claras. Además, lo seas o no lo seas, todo estará bien si tú estás bien contigo mismo. Eso es lo importante.

Joan le tendió la mano cerrada, para chocar el puño, y sellar el acuerdo que le proponía. Pero Manu no estaba de acuerdo con la solución de Joan. Estaba a punto de enfadarse y mandarle a la mierda. Quería una respuesta inmediata. La necesitaba. La incertidumbre que le acuciaba no le dejaba ni respirar en algunos momentos. Todo eran preguntas, y eso no lo soportaba. Eran preguntas con respecto a él, y eso lo soportaba aún menos. Él estaba acostumbrado al papel de hombre fuerte para los demás. De sobrado. No concebía para sí el papel de débil, de indecisión, de desconocimiento sobre él mismo.

Pero comprendió que esa mañana no le quedaba otro remedio que esperar. Así que resignado, chocó su puño con el de Joan. Éste llamó al camarero, y comieron.

Manu apenas habló. Joan decidió convertirse en cotorra, y contarle todo lo que había pasado en los últimos días. No le apetecían los silencios.

Manu apenas escuchaba el sonido de la voz de Joan. Solo tenía sitio en su mente para estudiar el por qué, cuando Joan le había provocado, su miembro se había puesto duro como pocas veces. Hasta había tenido que buscar una posición en la que no le doliera. Y solo rememorar ese momento de Joan cogiéndole la mano y poniéndola sobre su miembro dormido, volvía a producirle una dolorosa erección, y su mano, en un movimiento reflejo, hacía como si acogiera suavemente los testículos de Joan para disfrutar de su tacto.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.