Una buena mañana para correr (62).

Un hombre paseaba por una calle oscura. Llevaba sombrero y gabardina. Era invierno, y llovía intermitentemente. Hacía frío, mucho frío. Se paró de repente, al lado de una farola cuya luz parpadeaba amenazando con apagarse definitivamente en cualquier momento. Sacó un cigarrillo del paquete de Pall Mall que acababa de sacar del bolsillo derecho de la gabardina. Acercó el pitillo al Zippo, abrió la tapa con un estudiado movimiento de muñeca, a la vez que pasaba el pulgar por la ruedecilla y se prendía la llama.

Cualquiera que le hubiera mirado desde una ventana, hubiera podido ver, entre sombras y la parpadeante luz de la farola, y la vacilante llama del Zippo, la cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda, y el gesto de altivez y desprecio al mundo que llevaba soldado en la cara. Esa misma persona que por casualidad hubiera apartado el visillo para observarle mejor, tendría indefectiblemente el impulso animal, irracional, de volver a correr las cortinas, y bajar la persiana lo más silenciosamente posible, para que el hombre de la gabardina y sombrero, y ahora con un pitillo en la boca, no se percatara de su presencia curiosa en la ventana.

Esa persona, la de la ventana y ahora la persiana bajada, al meterse en la cama, y acurrucarse debajo del edredón nórdico hecho en China, y alejarse de su mujer que solía tener los pies fríos, y él necesitaba calor, fantasearía, si es que podía conciliar el sueño y podía evitar el insomnio como compañero de viaje en esa noche, por los mares oscuros y procelosos de las visiones, ineludiblemente con la muerte, la misma que el hombre de la gabardina, a la sombra de una farola, llevaba impresa en tinta indeleble en esos ojos azabaches que miraban a todas partes a la vez.

El hombre que charló con la muerte en sus ensoñaciones, si hubiera tenido valor para quedarse un poco más observando al hombre de la gabardina y el sombrero y el pitillo encendido con un Zippo, hubiera visto como había inspirado profundamente, consumiendo casi de una calada el Pall Mall que había sacado de un paquete que a su vez, había sacado del bolsillo derecho de la gabardina, y había reanudado su cansino caminar hacia el extremo de la calle. La farola que tartamudeaba hasta hacía un momento, dejó de iluminar la calle en cuando el hombre dio el primer paso, e igual iba pasando con todas las farolas según él las iba dejando atrás.

Si esa mujer que se asomó a la ventana unos pasos adelante, para fumar un cigarrillo, Ducados, encendido por un Bic normal, un mechero, no el bolígrafo, hubiera tardado unos minutos más en querer fumarse ese cigarro, o su marido no hubiera sido de la liga anti-tabaco, radical furibundo, no hubiera entrado en trance al mirar directamente a esos ojos azabaches, inyectados en sangre, que la miraron sin pestañear durante lo que parecieron horas, pero que solo fueron breves instantes, nunca superiores a un par de segundos. Y no hubiera tenido el irrefrenable impulso de tirarse por la ventana, un tercero, y estrellar su cabeza contra los adoquines que quedaron deslucidos para siempre impregnados del rojo y plata de los diversos líquidos que salieron con decisión primero, y luego pausadamente, al ir llegando la sangre que el corazón, que tardó unos minutos en enterarse, iba mandando a dar una vuelta por las alcantarillas de esa calle oscura, cada vez más oscura, según el hombre de la gabardina iba avanzando por ella, y las farolas apagándose al ritmo de su lento caminar.

Su marido, enfadado porque se había quedado helado sentado mientras veía el partido de fútbol que tocaba ese día, se levantó echando pestes “maldita puta manía de esta condenada mujer de fumar, la puta de ella” en contra de ese maldito vicio que tenía su mujer, y que le iba a llevar al divorcio seguro, ya se lo decía todas las noches cuando ella iba a fumarse el único cigarrillo que fumaba en todo el día en la ventana, cuidando de echar el humo a la calle, por la rendija que abría.

El marido, al llegar a la ventana y no ver a su mujer, y la ventana abierta de par en par, y el cigarrillo cuidadosamente puesto sobre el cenicero, echando el humo dentro de la cocina, se puso como un basilisco, y recorrió toda la casa buscando a su mujer (“puta mujer, puto tabaco”) la que fumaba un cigarrillo en la ventana todas las noches, porque a él no le gustaba que fumara. Cuando no la encontró, no sabiendo muy bien si enfadarse o preocuparse, y llegando a la ventana de nuevo, fue a cerrarla, pero vio al hombre de la gabardina mirándole con esos ojos de muerte, y la misma muerte grapada en su rostro, y vio esa cicatriz que ahora, resultaba más grotesca si cabe, al unirse a una sonrisa macabra que se le había instalado en sus labios, cuarteados, secos, muertos.

El marido de la mujer que fumaba, se quedó con la boca abierta, y dejó de sentir frío. Al contrario, le entraron de repente unos calores propios del Caribe en verano, aunque no sabía muy bien si en el Caribe tenían verano o era siempre verano. Y no pudo evitarlo, se quitó la camiseta de tirantes que odiaba su mujer, porque le daba un mayor aspecto de garrulo, si es que eso era posible, y de hombre antiguo y sin ningún atractivo, con el cual se había casado en un momento de ofuscamiento y ante el soniquete continuo de su madre de que “te vas a quedar para vestir santos; busca un buen marido”, y no iba a encontrar un buen marido, algo que debía hacer una mujer honrada y limpia como ella, “No debes dejar pasar ni un día más”, repetía su madre por la mañana, por la tarde, en la merienda y en la cena. No dejó pasarlo, y se casó con el hombre que odiaba que fumara, y que vestía camisetas abanderado de tirantes, que le hacía parecer más garrulo de lo que ya era, y le quitaba cualquier atractivo, si es que ese hombre hubiera sido capaz de tener alguno, ni siquiera cuando le miraban con los ojos cerrados, y tapones en los oídos, para no escuchar ese desagradable tono de voz que empleaba hasta cuando hablaba en silencio mientras dormía..

Se quitó también de un golpe esos gayumbos cochambrosos, desgastados y con algún roto, y que no quería tirar, porque todavía se podían usar, y total, como no los iba a ver nadie, y mira, “mujer, hay que ahorrar un poco”. Y así desnudo, con sus carnes macilentas desparramadas, con su miembro empequeñecido, porque el hombre de la camiseta de tirantes tenía sudores, pero su miembro era más listo y sentía el puto frío que hacía esa noche, y que le daba de lleno, sus huevos colgando, pero no mucho, porque ni su miembro ni sus huevos habían sido nunca nada del otro mundo, se subió al alfeizar de la ventana, abrió los brazos, y fue a la búsqueda de su mujer, bajando los tres pisos, igual que ella, sin ascensor, y sin cansarse en bajar por la escalera… y fue a estrellarse justo al lado de su mujer, a la cual nunca había querido en realidad, pero al día siguiente de morir su madre, necesitó buscar una mujer que le zurciera los calcetines, y que le hiciera la comida, aunque nadie iba a cocinar como su madre, desde luego. Quedó con el culo levantado, enseñando a todo el que quisiera ver, como a veces la depilación no era una opción, si no una necesidad para el bienestar estético del mundo en general. Eso pensó el Sr. Ernesto, que bajó a tirar la basura, y se encontró semejante espectáculo al salir del portal. De la impresión, no volvió nunca jamás a bajar la basura, convirtiéndose, sin pretenderlo, y con mucho asco, en un practicante del síndrome de Diógenes, que no era como el de Andrómeda, según le dijo el vecino de arriba, aunque nadie sabe decir muy bien por qué surgió esa comparación. Sería porque son síndromes los dos, y uno tiene una película. ¿O era otra Andrómeda?

– Fermín, me voy.

Éste levanto la cabeza súbitamente, sobresaltado por María, a la que no había oído entrar en su despacho.

– Deberías irte tu también, ya es hora. Eso puede esperar al lunes.

“Campaña de marketing para Estados Unidos”. Era la carpeta que tenía en la mano Fermín, y sobre la que llevaba apoyado desde las 4 de la tarde.

– Tienes razón, pero me apetecía echarle un vistazo y pensar sobre ello con tranquilidad. Si en realidad es solo un proyecto sin fechas.

– Pues vete, hombre. ¿Tomas un vino? Estamos todos en…

– Na, deja, otro día. No soy buena…

– No digas sandeces, Fer, vente, y tomas un vino…

Pero María leyó en su cara que no iba a cambiar de opinión. María sabía que si insistía un poco más, Fermín le diría que sí, pero iría a la fuerza. Aunque estos últimos días Fermín había vuelto a trabajar como antaño, había vuelto a ser el hombre eficiente y con una capacidad de trabajo enorme, ella notaba que su estado de ánimo no era el jovial típico de él, antes de ese bajón que dio hacía unos meses.

Fermín no le contestó. La miraba sin saber que decir, buscando una disculpa, pero todavía “el hombre de la gabardina con un Pall Mall en la boca”, llenaba sus procesos mentales.

– Otra vez será – dijo al final María, sonriendo triste, y dándose por vencida. – Me debes una.

Fermín asintió sin atreverse a mirarla directamente.

– Te debo muchas – acabó contestando tragando saliva.

– Pero vete a casa, hazme caso en eso. O a dar una vuelta por Burgos. O quédate a dormir en Lerma, a lo mejor te viene bien un cambio.

– Enseguida me voy a casa, no te preocupes.

María se despidió de él levantando su mano, a la vez que soltaba la puerta para que se fuera cerrando lentamente.

Fermín se recostó en su butaca giratoria, e intentó volver “al hombre de la gabardina”, “al culo peludo y asqueroso del marido de la mujer que fumaba en la ventana por las noches”, pero se le había ido su inspiración.

– Es una pena – dijo en voz alta – me estaba quedando una historia de puta madre. Otra día la escribo.

Se levantó de improviso, como siguiendo un impulso.

Se puso el abrigo, y apagó la luz de su despacho. Se pensó en coger la carpeta de la propuesta de su campaña en USA, pero al final la dejó encima de la mesa, a la vista. En realidad estaba pensado y repensado. No podría mejorar el plan.

Se montó en el coche, y mientras volvía a Burgos, iba pensando a dónde iría a tomar una copa.

De vez en cuando miraba la pantalla de su móvil, pero por mucho que lo hacía, Gervasio no llamaba, ni enviaba un mensaje.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.