Una buena mañana para correr (63).

Poco más dio de si el jueves. Joan decidió después de comer con Manu y llevarle a casa, recoger a Raúl y echarse a dormir.

Raúl estaba también muy cansado. Al fin y al cabo, la noche anterior, por mucho que durmieran, no habían superado las 3 horas. Su día en el hospital fue muy agobiante. Cuando entró en el coche, empezó a parlotear incansable, contándole a Joan todas sus impresiones, sus miedos… cómo Diego parecía incómodo delante de él, y él solo quería quererle, y que se pusiera bien, y…

Llegaron a casa, y mientras se desnudaba para ponerse un pijama que le había traído su madre de casa, se recostó en la cama, y se quedó profundamente dormido. Joan dejó sobre su mesilla el tazón de Nesquik que le llevaba, le puso las piernas sobre la cama, y le tapó.

Él no tardó en hacer lo mismo en el otro lado de la cama. Se sentó y sacó de su bolsillo el teléfono y lo estuvo mirando unos minutos. Los mensajes nuevos seguían ahí. Los teléfonos de sus clientes, seguían ahí. Y él paseaba su pulgar por las teclas del móvil. Sin decidirse a apagarlo definitivamente, ni a abrir ese cofre que creía cerrado para siempre, y que ahora sentía que estaba medio abierto, y muy tentador. De pronto se dio cuenta de que le picaba una de sus cicatrices en el muslo. Se apartó el pantalón del pijama y la miró. Era la primera vez que lo hacía tan directamente desde hacía mucho tiempo. Siguió con sus dedos su marca, hasta que un escalofrío le hizo subirse el pantalón rápidamente y dejar el móvil en la mesilla. Se levantó de un salto y dio un par de vueltas por la habitación, hasta que se relajó, y se metió en la cama.

Y durmieron.

Parecía como si, esas experiencias parecidas del pasado les unieran de alguna forma, y el hecho de estar juntos les produjera una paz especial. Una paz que no encontraban en ningún otro sitio, ni en otra compañía. Parecía como si se hubiera establecido una conexión entre ellos, en el momento en que Joan recorrió las marcas que Raúl le enseñó en todo su cuerpo. Joan no dejaba de pensar en ello mientras se duchaba, y escuchaba canturrear a Raúl en la cocina, preparando el desayuno. Era bueno empezar el día así. Iba a ser un día completo. Diego saldría hoy del hospital, y volvería de momento a su casa. Raúl se iba a quedar hasta el domingo. Y su madre, se quedaría en un hotel.

Joan limpió de vaho el espejo de su cuarto de baño. Se miró durante un rato; estudiaba su cara. Intentaba a través de su reflejo, entender mejor lo que le pasaba, lo que sentía esos días. Quería indagar dentro de sus sensaciones, de su memoria, de su esperanza para el futuro. Pero solo vio que las ojeras habían retrocedido, y que parecía unos años más viejo que hacía un par de semanas. Y mucho más triste. Y su mirada, otrora luminosa, chispeante, estaba ahora apagada, triste…

Carlos también se miraba en el espejo. Esa noche había ido a dormir a casa, después de estar todo el día anterior en el hospital. Él se hubiera quedado otra noche durmiendo con Diego, pero éste había insistido en que se fuera y descansara y se cambiara de ropa. Había sido un día raro. No habían hablado mucho. Pero casi todo el tiempo habían estado juntos. Diego no lo decía pero parecía que estaba más tranquilo si Carlos estaba con él. Todos parecían haberse dado cuenta, y haber aceptado la situación. Solo el momento en el que los psicólogos y el psiquiatra habían hablado con Diego, Carlos había salido de la habitación y había aprovechado para tomarse un café en la cafetería del hospital. Un horroroso café que le supo a rayos, pero que al menos le dio una excusa para despejarse un poco.

Cuando volvió y se sentó en el pasillo, uno de los psicólogos aprovechó para charlar con él. Le pareció majo, aunque Carlos no estuvo receptivo al principio. Hubo un momento en que le preguntó directamente si tenía algo contra él, por lo brusco que estaba siendo. No le quedó más remedio que reconocerle que tenía un cierto asco a los de su profesión. “Experiencias anteriores”, comentó enigmático. Él psicólogo se dio por vencido, y se levantaba, cuando Carlos decidió que, al fin y al cabo, estaba intentado ayudar a Diego. Tampoco es que le pudiera contestar a muchas de sus dudas o preguntas. Diego y Carlos apenas se conocían de una semana atrás. Muy intensa, sí, pero una semana.

El psicólogo cuando se iba, le felicitó por su actuación en el tejado. Carlos se encogió de hombros. Seguía pensando en por qué Diego le había tocado esa parte de él que casi nadie había conseguido, como para que se implicara de esa forma. Era curioso que en las últimas semanas, hubiera hecho más proyectos de amigos que en el resto de su vida. Y aunque este hecho le hacía sentirse bien, le daba miedo: no estaba seguro de poder mantenerlos. Era un mundo nuevo para él. No se creía capaz de prolongar esas amistades recién empezadas. Y eso sería duro, ya que antes, no sabía lo que se perdía. Pero ahora sí. Y volver a esa soledad extrema, mitigada únicamente con sexo, o juergas alrededor del alcohol, le aterraba. Y Diego le empezaba a gustar.

Manu salía del baño, cuando entraba Ricardo. Cantarín como en los últimos tiempos. Bromearon los dos, y le recriminó no haberle cogido el teléfono la tarde anterior, cuando le llamó para que quedaran y hablaran de todo lo que había pasado, como habían quedado. Manu le contó eso de que estaba agotado, y que se metió en la cama a las 8 de la tarde. Hicieron que se pegaban, rieron, y Ricardo se metió a ducharse. Manu corrió a su cuarto, se vistió apresuradamente y salió de casa a toda velocidad. No le apetecía ahora hablar con su hermano. Su madre se quedó mirando la puerta con cara de preocupación. Debería hablar con él pero no sabía en qué momento hacerlo, sin que tuviera posibilidades de escaparse. Lo de Ricardo se había arreglado, parecía, pero había dejado rescoldos, y en la persona que menos esperaba: el fuerte de Manu.

Diego no se miraba en el espejo. No se atrevía. Nunca se había gustado, pero esa mañana, se gustaba todavía menos. Pensaba ahora que quizás, no merecía la pena perder lo que tenía. A lo mejor estas personas que había encontrado de repente y cuando menos lo esperaba, le daba una posibilidad de encontrarse a sí mismo, de estar a gusto, de no sentirse raro, apestado. Ellos no le debían nada, ni él a ellos. No les había comprado, ni se habían apiadado de su vida anterior. Se acercaron a él, por él. Joan, Carlos… Carlos… estaba ahora lejos ese momento en que se excitó al verle desnudo en la habitación de Juan Carlos. No era lejano en el tiempo, pero si en vivencias, en intensidad. Se sentía bien con él… Carlos. Pero no quería reconocerlo. Era mejor no tener nada, que tener y perderlo. Sí ahora resulta que pierde a Carlos, sin apenas haberlo tenido, sería… no sabía si podría superarlo.

Tenía que pensar. Tenía que recapacitar sobre todo, con tranquilidad. Si al menos esas pesadillas no volvían… y si pudiera evitar la medicación… no quería volver a estar medio tonto…

Llevaba 4 meses en Burgos, y hasta ese momento, no había conseguido acercarse a nadie. Era justo cuando otra vez llegaban esos fantasmas del pasado que le hacían insufrible su existencia, cuando parecía que de la nada, de donde no parecía que pudiera sacar nada, de una situación asquerosa y extrema, con su equipaje tirado en la calle, y sin un sitio a dónde ir, era cuando parecía haber encontrado a gente maja, de la cual pudiera ser amigo. Y dejar de sentirse solo, una escoria a la que nadie apreciaba ni respetaba, unos por asco, otros por pena.

¿Y si pudiera iniciar un algo con Carlos? No, Carlos era un tío tan bregado en todo… nunca se juntaría con un inútil como él. Si tenía suerte, a lo mejor podría retenerlo como amigo. Pero estaría bien… le gustaría hacer el amor por primera vez en su vida con él. Seguro que era delicado, y… va, que va, si es un chico que está acostumbrado a follar… eso de la delicadeza lo habrá perdido con… no sé… Diego, bobo… ¿Por qué tienes esa cara de bobo?

Y tenía que hablar con Raúl… Raúl… le pesaba en el alma su hermano. Es que veía tanto cariño, tanta devoción en su mirada… no quería coartar su vida… Raúl… no se podía querer tanto a alguien como él quería a su hermano. No soportaría que le pasara nada. No supo protegerlo del todo cuando eran más pequeños, y no quería otra vez… sería mejor que se olvidara de él… no se sentía a la altura de lo que Raúl esperaba de él, de la imagen que se había creado, o creía que… ¿Por qué todo era tan difícil? No quería defraudarlo, no quería que su hermano se fuera dando cuenta poco a poco que su hermano mayor no se parecía en nada a la imagen que se había creado de él.

Hacía tiempo que Diego había apartado la mirada de su reflejo en el espejo. Definitivamente no le gustaba lo que veía. Un pobre chico que estaba perdido, solo, y sin ningún atractivo para nadie. Que los únicos sentimientos que lograba producir en la gente que estaba cerca de él, eran de piedad, de desesperanza, de frustración, de miedo.

Diego miró el reloj. Era la hora de ducharse, y empezar a preparar la salida del hospital. Enseguida llegarían todos, para llevarle en volandas a casa de Joan. No estaba seguro de que fuera una buena idea, pero debía intentar seguir adelante sin esconderse otra vez en Soria, en su casa, detrás de cuatro cancelas, las faldas de mamá y los juguetes de sus hermano pequeño. Siempre podría cuidar a los peques… se sonrió al imaginarse con una cofia y una faldita de chacha, colocando los juguetes que sus hermanos pequeños, incansablemente, ponía por medio.

– A lo mejor Dieguito, es tu futuro. El destino que las estrellas tienen reservadas para ti.

– Pues no sé si sería yo un buen destino, no te creas – le decía con cara socarrona Carlos a través de su reflejo en el espejo.

Diego se volvió sobresaltado. Tan absorto estaba en su soliloquio, que no lo había visto entrar, y que le observaba apoyado en el marco de la puerta.

– Me has asustado, cabrón.

– Veo que ya estás mejor, ya me llamas por mi nombre.

Carlos sonrió.

Diego le miró en el reflejo del espejo, y sonrió.

– ¡Cabrón!

– ¿Te duchas tú, o tengo que frotarte la espalda?

– ¿Es una…? – pero Carlos no le dejó seguir.

– Anda, dúchate, no vaya a entrar esa enfermera que nos tiene ganas. Y mira que hora es…

Y Carlos salió del baño después de guiñarle un ojo y sonreírle, y Diego miró con cara de pena su espalda desapareciendo tras la puerta, esfumándose definitivamente la posibilidad de que le frotara la espalda bajo el agua de la ducha… los dos desnudos… juntando sus cuerpos…

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

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