Una buena mañana para correr (64).

– Tenías razón, Joan, después de dormir me he dado cuenta de que nada, estaba confundido. Era el cansancio de estos días y lo chungo que estaban las cosas en casa – Manu movía mucho las manos mientras se explicaba, y hacía que miraba a Joan, pero en realidad ponía los ojos un poco a la derecha de los de él – Lo de Ricardo y Jaime, ya sabes, y mis padres… nunca les había visto así, y Jonás estaba muy ploff, y me di cuenta, en realidad fue mi madre, que a Jonás le habíamos dejado siempre un poco de lado, sabes, y todo eso, yo creo que… y quiero mucho a mi hermano, y así, cansado, con tantas cosas, stress, queriendo ayudar a mi hermano, y estar frustrado por no poder hacerlo… sabes…

– Come un poco de bizcocho, y tómate un poco de chocolate, que se te va a enfriar.

Joan intentó cortar un poco la verborrea de Manu. Le estaba entrando dolor de cabeza del batiburrillo de cosas que le estaba soltando sin apenas ningún descanso, siquiera para respirar. Se preguntaba cuando y cuanto tiempo había estado Manu preparando esa cascada de excusas. Y en qué momento se había arrepentido de haberle contado a Joan su secreto, y visto la necesidad de echar balones fuera. El descanso había producido su efecto, pero no el que había esperado Joan. Para lo único que había servido era para crear una cortina infranqueable para todo el elenco, incluido el actor principal, tras la cual escudarse. Seguro que por la tarde quedaría con alguna de sus amigas, y seguramente follarían. Y si todo salía bien, se acabó el problema. Por lo menos durante un tiempo.

No es que Joan pensara que Manu pudiera ser gay, más bien pensaba todo lo contrario, pero por alguna experiencia de amigos, creía que la forma que estaba teniendo de afrontarlo, solo alargaría la duda y la ansiedad, y que evitaría quizás que Manu pudiera estar a gusto consigo mismo. Pero no era posiblemente el momento de hacérselo ver. Y quizás, pensó, no era él la persona adecuada. Joan no olvidaba que hasta hacía apenas unos días, Manu le demostraba su asco por todos los medios posibles. Y era una pena, porque el tío estaba mazo bueno, se dijo a sí mismo mentalmente, poniendo también una sonrisa mental, mientras oía en la lejanía el murmullo incesante que producía la catarata de argumentaciones sin sentido que estaba soltando Manu sin parar.

– Sabes, además me ha llamado Esther, una amiga que hace un tiempo tuvimos un rollo, para vernos y tal, y me he alegrado mazo, y esta tarde hemos quedado en su casa, sus viejos se han ido por… a un congreso de médicos y tal, y solo está su hermano en casa, y pues quién sabe, Esther está mazo buena, y tal, y …

Vaya, parece que Manu definitivamente lo va a arreglar con un polvo… volvió a sonreírse Joan, evitando mostrar cualquier gesto al exterior. “Si hubieras apostado Joan, hubieras ganado”, pero no apostaste… Debería haber cogido a Manu el día anterior, con las defensas bajas, y haber follado con él. Y luego encima si resulta que hubiera sido hetero… “los heteros se cuentan doble en la lista de polvos aguerridos”. ¿Quién decía esa frase? No recordaba… pero siempre le había hecho mucha gracia. Y luego añadía otra coletilla… era sobre si el hetero era hetero de verdad, y no de estos que marean la perdiz, y al final acaban comiéndose más pollas que un gay convencido. Y nunca había sabido que quería decir su amigo con lo de polvo aguerrido. Pero le hacía gracia.

De repente Joan se sintió mal por dejar que Manu hablara y hablara, y no prestarle toda la atención. Porque de repente le veía un gesto de tristeza, algo que se asomaba por sus ojos, y que rápidamente corregía. Manu era consciente de que todo lo que estaba diciendo, eran palabras sin sentido.

– Hay un chico en la puerta que te mira con…

Joan se dio la vuelta.

– Es Raúl, el hermano del chico que el otro día intentó… – a Joan no le salía la palabra suicidarse – y es que vamos a ir…

Joan se incorporó y le hizo un gesto a Raúl para que entrara en la cafetería. Éste se dirigió vacilante, mientras Joan se levantaba y Manu hacía lo mismo. Les presentó, se dieron la mano, y se sentaron.

Pero no tardaron ni 5 minutos en levantarse otra vez. Era evidente que Manu estaba incómodo, y que Raúl estaba muy inquieto, con ganas de ir al hospital a recoger a su hermano.

Joan siguió con la vista como se alejaba Manu, al principio, erguido, y poco después, con la cabeza baja, como si se le acabaran las fuerzas. Debería llamarle algún día para hacer algo con él. Un poco de deporte, estaría bien. ¿Y si le llamaba para correr un poco por la mañana? Eso a lo mejor le animaba otra vez a coger esa costumbre, que hacía tiempo que había abandonado. Y empezaba a notar su falta. Se lo apuntó mentalmente. Eso posiblemente le daría oportunidad de que si Manu tenía otra vez ganas de charlar, lo haría. Pero a ese pensamiento le siguió la duda sobre lo de ser un buen samaritano. Esto de ayudar a la gente, no se le daba bien, por lo que estaba comprobando. Y le dejaba exhausto. Quizás debería dejar de jugar a Dios, y centrarse en arreglar su vida, que estaba peor que la de cualquiera de los que estaba intentado ayudar. Bueno, enseguida se corrigió a sí mismo, al pensar en que iban a recoger a Diego, que había intentado suicidarse apenas hacía un par de días… ¿Y por qué antes no le había salido la palabra suicidio?

Sonó el móvil de Joan: un mensaje.

Era de Ricardo. Ya estaba en el hospital, y preguntaba dónde estaba, y si tardaría mucho. A lo mejor no le hacía gracia estar con Carlos, pensó Joan. Aunque rápidamente volvió a corregir su apreciación al recordar que apenas un par de noches antes, Carlos y Ricardo habían follado y todo parecía haber ido bien. Se sonrió pensando que, por una vez, un polvo había tenido buenas consecuencias.

Antes de guardar el teléfono tuvo un impulso, y marcó el teléfono de Manu. Le propuso que salieran a correr el sábado. Le contó lo de que hacía tiempo que no hacía deporte, y como era el único al que le gustaba, pues así se obligaba… para su asombro, Manu no puso ningún reparo, y quedaron a las 9 de la mañana para correr un rato.

Raúl iba callado. Miraba continuamente por la ventana. Parecía tranquilo, sino fuera porque no dejaba de mover su pierna derecha de arriba a abajo. Movimientos rápidos y cortos. Y porque no dejaba de “lijarse” con los dientes las uñas. Joan puso la mano en su pierna boca arriba. Raúl le miró, y tras pensárselo unos instantes, puso la mano a cuyas uñas estaba sacando lustre pocos minutos antes, sobre la de Joan. Éste se la apretó suavemente, y le empezó a pasar el pulgar sobre el dorso de su mano. Raúl sonrió agradecido, y apoyó su cabeza sobre su hombro.

Tenía miedo. Miedo a que a Diego le pasara algo, que no estuviera todavía bien, a hacer algo que le molestara, a que le rechazara, a… tenía miedo a todo. Aunque no conocía la ciudad todavía, notaba que ya estaban cerca del hospital. Era la hora de la verdad. Él, su madre, su padrastro, sus hermanos, Joan, Carlos, Ricardo, todos esos amigos… y a él era al único que parecía rechazar.

Llevaba pensando mucho tiempo en una estrategia para acercarse a él. Pero todo lo que había intentado no le había salido bien. Parecía durante un tiempo que Diego estaba cerca de él. Hablaban mucho por teléfono, y le llamaba, incluso mucho más que a su madre. A veces incluso ésta se sentía desplazada. Y era más fácil que Diego cogiera el teléfono a su hermano, que al resto de la familia. Pero llegaba un día, un momento, en que parecía que algo cambiaba, o que Raúl hubiera hecho algo que le había molestado, y Diego le rechazaba de plano, se volvía hosco en las contestaciones, esquivo al contar cosas de él, incluso se volvía impenetrable, sin contestar al teléfono. Intentaba apartarle por todos los medios de su lado.

Raúl notó como Joan le apretaba más la mano. Se había despistado con sus pensamientos y ya habían llegado. Le dio un vuelco el corazón… ¿Cómo estaría Diego con él? Respiró hondo mientras salía del taxi, mientras Joan pagaba.

Empezó a caminar hacia la entrada despacio. Joan le alcanzó enseguida. En las escaleras dos niños pequeños se abalanzaron sobre Raúl. Éste sonrió y les ayudó a escalar su cuerpo, y se dejó besar y abrazar. Su padrastro sonreía complacido. Saludó efusivamente a Joan que también miraba la escena divertido.

Fueron caminando lentamente hacia el ascensor. Charlaban animadamente del día tan soleado aunque frío que había salido, “parece que el destino quiere que sea un buen día”, “el viaje estupendo” y “el hotel igual, las habitaciones muy amplias y el baño completísimo”, y “hay un bache en la carretera” “A ver cuando hacen la autovía, que parece mentira”, y “mira estos ascensores” y “el nuevo hospital, pues vete tú a saber, ya sabes como son las administraciones y las constructoras”. Una señora que se les cruzó en el vestíbulo pensó que se habían escapado de alguna boda informal y tal, como además era viernes…

Pero Raúl aunque parloteaba con sus hermanos, y les hacía cosquillas, y ellos le besaban, y le abrazaban muy fuerte, y le contaban lo que le habían echado de menos y eso, y que le habían cogido el MP3, cosa que hizo que Raúl fingiera un enfado tremendo, tremendo, tremendo, para que al final acabara haciéndoles cosquillas y casi acaban los tres en el suelo “muertos de la risa, papá”, dijo casi llorando Álvaro, ¿O era Rodrigo? Casi nadie los distinguía, salvo su madre y Diego. Raúl también lo hacía, pero jugaba con ellos con que se confundía. Y con los demás se hacía el tonto. En realidad Raúl había descubierto que en muchos ámbitos de la vida, hacerse el tonto era la mejor opción. Además, le daba más posibilidades de tener disculpa para hacerles cosquillas y reírse, y jugar a “corre que te pillo” o a “pito, pito, gorgorito, corre que te pillo”, y a otros muchos juegos que se inventaba cada día.

Raúl estaba volcado en sus hermanos pequeños, reía con ellos, les escuchaba sus explicaciones aturulladas de las picias que habían hecho esos días, y las veces que su padre se había enfadado con ellos. Parecía que el resto del mundo no existía en esos momentos. Pero una gran parte de su cabeza, y de sus sensaciones, estaban pendientes de cómo estaría su hermano Diego. El estómago encogido, esa sensación de que una manada de bisontes galopaba dentro de él. Y cada paso que daba acercándose a la habitación, parecía que los condenados bisontes corrían más y más, y ni aguerridos vaqueros como Buffalo Bill eran capaces de dominarles siquiera un poco. No era ya ese momento que al fin y al cabo estaba con mucha gente, sino los días posteriores, el resto de su vida, y el conseguir que Diego no pensara en él como escusa para no seguir viviendo…

El ascensor se abrió y salieron todos del mismo, para alivio del resto de los que subían, que empezaban a mostrar una cierta incomodidad ante la algarabía de los niños, y la complacencia de los mayores que les acompañaban. Algunos iban pensando en sus propias miserias, o en las de los familiares o amigos que iban a visitar. Y les molestaba la alegría de los demás, la alegría de haber recuperado en el último momento, a alguien al que amaban de una forma u otra. Pero eso no lo sabían, y si lo hacían, les daba igual, porque cada uno lleva a cuestas sus propios miedos, sus amores mal expresados y puestos en evidencia cuando las cosas se tuercen. Aunque pasado ese momento, la mayoría siguen con su vida, y no cambian ni sus actitudes ante sus queridos, ni su forma de ver la vida en general.

Allí estaban Jaime y Ricardo. Charlaban animadamente. Isabel, la madre de Diego, hablaba con uno de los médicos. Los pequeños saltaron al suelo en cuanto la vieron, para ir corriendo hacia ella. Ella se agachó y abrió los brazos, para abrazarlos. Los niños le contaron rápidamente todas las novedades del viaje, y las veces que “Papá ha ido a más de 100”. Isabel miraba fijamente a su marido, fingiendo enfado, porque si no, los niños no estarían satisfechos.

Carlos salía en ese momento de la habitación. “Se le nota cansado”, pensó Joan. Pero, “está mucho más atractivo: hay algo que ha cambiado en su mirada.”

– Na, ya está acabando de prepararse. Ahora saldrá.

Pero los pequeños no quisieron esperar, y echaron a correr por el pasillo. Su madre les llamó, pero no la hicieron ni caso. Su padre y Raúl corrieron detrás de ellos, pero reaccionaron tarde. Al final todos fueron detrás, como en procesión. El médico sonreía… quizás pensó, no había podido medicar más efectivamente a su paciente que con la medicina que ahora iban a darle los descarados de sus hermanos.

Le pillaron de espaldas.

Se giró a tiempo de verles saltar contra él.

Intentó esquivar el golpe, pero no le dio tiempo. Esos dos pequeños tigres hicieron blanco arrastrando a su hermano hasta caer encima de la cama.

Reían.

Esta vez eran ellos los que le hacían cosquillas a su hermano mayor.

Llegó el resto.

Carlos empujó a Raúl, y éste cayó encima de sus hermanos.

Chema se acercó a poner orden, pero alguien le empujó también, y acabó sobre ellos.

Su madre dudaba sobre lo que hacer, hasta, que Enrique, que acababa de llegar, fue el que la empujó.

A Joan le pareció que era un momento tan íntimo y mágico, que le daba vergüenza estar observándoles, y salió de la habitación. Los demás siguieron su ejemplo, hasta que de repente, un ruido atronador vino de la habitación.

La cama se había roto, y estaba en el suelo, junto con toda la familia.

Un momento de silencio y expectación.

Una enfermera corriendo.

– Es que esto no es serio – dijo en tono enérgico, y con cara todavía más enérgica.

Todos la miraron.

Isabel no pudo contenerse, y soltó la primera carcajada.

Y el resto la siguió.

La enfermera su puso roja de ira. Fue a decir algo, pero el médico la cogió suavemente del brazo, y la guió hacia el pasillo, mientras le hablaba despacio y casi al oído.

Y dentro, la familia al completo, seguían riendo.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

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