Una buena mañana para correr (66).

Carlitos era el hijo del hombre de la camiseta abanderado y del culo peludo y asqueroso, que se casó con la mujer que fumaba todos los días un cigarrillo en la ventana, porque a él, el de la camiseta de tirantes y los calzoncillos desgastados, no le gustaba que fumara.

Dormía en su habitación. Esto hubiera quedado bien en cualquier novela al uso, o en cualquier familia al uso, aunque las familias al uso cada vez son menos. Su apogeo se remonta al pleistoceno superior. Después, todo fue cuesta abajo y sin frenos, y todo acabó de estropearse cuando las mujeres, y qué necesidad tenían de eso, empezaron con la monserga de que tenían los mismos derechos que el hombre. “Y qué necesidad tenían de eso, las idiotas de ellas,” decía siempre el padre de Carlitos, el hombre cuyo culo peludo y asqueroso hizo que el señor Eustaquio, con nombre de guerra “Hilario”, se convirtiera en un practicante del síndrome de Diógenes, y acogiera con devoción y convicción la religión de los asexuales, ante la posibilidad de encontrarse en uno de sus innumerables ligues por Internet, con un hombre con semejante trasero. Y eso que el señor del tercero, al que no le gustaba que su mujer fumara, y la cual nunca habían salido las croquetas como las hacía su madre, se había quitado la camiseta abanderado, de tirantes, de esas de toda la vida de Dios, que si no, directamente se hubiera ido a que le hicieran la operación del eunuco, para evitar tentaciones futuras.

Pero aunque nadie lo sabe, en realidad, Hilario, antes Eustaquio, el vecino asexuado desde la noche aquella, en realidad era un snob, y solo practicaba ese síndrome de cara al vecindario. Luego tiraba la basura a escondidas por las noches, cuando nadie le veía. Pero es que Hilario, necesitaba un poco de atención, porque al final, no ligaba tanto por Internet, y además, no le había funcionado lo de convertirse en asexual, porque lo había buscado en Internet, y se suponía que no sentía nada por el sexo, y eso no era cierto, él no podía pasar sin su polvo diario, en solitario, o en compañía de otros.

Carlitos era el hijo de la señora que fumaba en la ventana de la cocina, y que también fumaba a escondidas por las mañanas, en un rincón en el camino al mercado. Ella iba siempre al mercado del Norte, porque siempre había sido una mujer del norte. La verdad es que le pillaba mejor el mercado del Sur, pero, esa afinidad con el Norte, le hacía darse ese paseo de casi media hora, que a la hora de ir estaba bien, pero cuando volvía cargada con las bolsas, porque su marido el capullo de él, no quería comprarle un carrito de esos, para que no llevara pesos, pero como le decía el condenado “si quieres ir al Norte, te jodes. Yo soy hombre de sur, y tú deberías ser mujer del sur, como está mandado”. Y en una callejuela pequeña que estaba en el camino al mercado del Norte, era donde ella se fumaba otro cigarrillo clandestino, no declarado a su marido. Aunque la verdad, cada vez se la traía más floja que a su marido le gustara o dejara de gustar que ella fumara un cigarrillo, o dos, o que lo hiciera con cigarros puros, como los que se fuma ese de Cuba, Fidel, decían en la televisión que se llamaba. O como lo que tenía el carnicero del mercado del Norte, Onofrio, que no echaba humo sino un liquido viscoso, y que para que negarlo, a la señora que fumaba en la ventana, también le gustaba de vez en cuando.

Carlitos era el hijo de la mujer del norte, y del hombre del sur. Del hombre que enseñó a todos los vecinos su peludo culo cuando decidió seguir el camino de su mujer, de la que le hacía el desayuno y le cocinaba, aunque nunca llegó a cocinar como su madre, porque su madre era la mejor cocinera del mundo. Lo mismo que le pasaba a Carlitos, su madre era la mejor cocinera del mundo.

Carlitos, estaba durmiendo en su habitación. Tenía 18 años, aunque cualquiera que le viera y no le conociera de antes, hubiera dicho que tenía 19 años. En realidad no dormía, porque se le había aparecido en sueños el hombre de la gabardina, al paso del cual, las farolas iban perdiendo su luz, como por arte de brujería. Carlitos, el hijo de la señora que fumaba en la ventana de la cocina, pensó en levantarse. De hecho tuvo ese impulso y puso sus pies en el frío suelo, e incluso hizo amago de ello. Pero se quedó en esa pose, de apoyar las manos en la cama, de inclinar el cuerpo hacia delante, como cogiendo impulso para levantarse. Era un chico hermoso, guapo incluso,como decía la vecina del 5º entre suspiros; le hacía ojitos cada vez que se encontraban en el rellano, cosa que ella procuraba que fuera al menos un par de veces al día. Pero Carlitos en realidad le hacía ojitos al vecino del 2º un cuarentón que le ponía mucho, y al que sacaba fotos a escondidas. Incluso tenía una que le había sacado por la ventana, y en la que se paseaba desnudo por la casa. Esa foto la había imprimido en la impresora de su amigo Jesús, el cual se tiraba de los pelos, porque en realidad el Carlitos, su amigo del alma, le ponía berraco cada vez que quedaban a estudiar, y no sabía como el condenado tenía tan mal gusto de estar prendado del señor del 2º, que tenía un porrón de años, y que además era gordo, y perfectamente heterosexual, porque se había tirado a la chica del 5º que a su vez estaba colada por Carlitos. Jesús se miraba todos los días en el espejo y comparaba la imagen del espejo con la foto del vecino del 2º, el que se paseaba en pelotas con la ventana abierta, en el mes de enero, para que el vecino del 3º, marica, le sacara fotos con su cámara, a él, perfectamente heterosexual. Y comparaba, y por más que comparaba, él, Jesús, salía siempre ganando. “y yo soy marica” decía como para asegurar su “victoria moral” sobre el vecino del 2º, que le estaba robando a su Carlitos del alma.

Carlitos, salvo para Jesús, llevaba su obsesión por los hombres, y en concreto, por el vecino del 2º, en el más absoluto de los silencios, porque a su padre, que no le gustaba que su madre fumara, menos le iba a gustar que su hijo fumara la polla del vecino del 2º, al cual detestaba dicho sea de paso, porque se afeitaba todos los días, y se echaba desodorante, cosa que consideraba de maricas, “condenados maricas”.

Jesús un día le propuso a Carlitos el hacerlo. Se puso rojo, rojo, como una sandía por dentro, pero sin pepitas, que era una jodienda que tuviera tantas pepitas las sandías. Se le quedó mirando así, como muy serio y tal, y a Jesús le dio cosa, y dijo muy seguido, y deprisa, que nada, que era broma. Pero a Carlitos le salió de dentro “el animal que todos llevamos dentro”, como dijo al día siguiente para justificarse, y arrancó a mordiscos la ropa a Jesús, al grito de: “a mí con bromitas de éstas”. Y lo hicieron, vaya que si lo hicieron. A Jesús se le secó el pene, que no fue capaz de sacar ni una gota de leche, en los siguientes 34 días. Es más, se la cogía con un dedo para “miccionar”, como decía su profesor de literatura, aunque a toda la clase les parecía una expresión muy cursi, y no cuajó entre ellos, que seguía diciendo “mear”, como toda la vida. Y tardó 27 días en poder sentarse con normalidad, aunque fuera en una bañera llena de plumas. Carlitos exhibió en dicha circunstancia una potencia sexual grandiosa, “de libro guinness” contó Jesús muchos años después al que fue su marido, un señor de 60 años, que le hizo muy feliz, y que se parecía curiosamente mucho al señor del 2º, del que estaba prendado Carlitos. Todo fue perfecto, seguía contándole Jesús al que luego fue su marido, sino fuera o fuese porque a Carlitos le dio por gritar a todo pulmón, durante el 8º orgasmo en la noche, el nombre del vecino del 2º. Menos mal que Jesús, el amigo de Carlitos, vivía en la otra punta de la ciudad, porque sino hubiera sido imposible que el vecino del 2º no se hubiera despertado al oír su nombre gritado con tanta potencia. Porque Carlitos tenía potencia en la voz. Vale, y en otros sitios.

Carlitos seguía en la posición del levantamiento de la cama. Cualquiera que le hubiera visto, hubiera pensado que era una foto, porque ni siquiera se le notaba cuando respiraba. Aunque un observador perspicaz, se hubiera dado cuenta que apenas respiraba, porque quería evitar que el hombre de la gabardina sintiera su presencia, porque Carlitos, sabía, en lo más íntimo de su ser, que si salía a la ventana y miraba al hombre de la gabardina, con la cicatriz en la cara, y un cigarrillo colgando entre sus labios, acabaría con el culo levantado en la acera, al lado de su padre, y de su madre. Y la verdad hubiera estado bien, por una parte, porque así hubiera mejorado la opinión de los vecinos sobre los culos de la familia, porque el culo de Carlitos, era un culo hermoso y sin pelo, y siempre dispuesto a recibir visitas…

Fermín estaba sentado en el coche, en el garaje de su casa. Había llegado hacía ya un par de horas, pero, su historia, la que tocaba ese día, le había mantenido ahí sentado todo ese tiempo, con la mirada fija en un punto inconcreto del infinito. Era una historia absurda, pero era la historia que le tocaba en ese día. Era su refugio.

Miró su teléfono, y comprobó que no se le había pasado ninguna llamada, o ningún mensaje. Abrió la puerta del coche de golpe, haciendo que rozara en la puerta del todoterreno de al lado. Pensó en mirar si le había dejado marca, pero lo desechó rápidamente. “Qué le den”, dijo quedamente.

Sacó la llave que llamaba al ascensor, y la metió en la cerradura. Inmediatamente se abrieron las puertas.

Mientras subía iba tanteando en su cabeza sobre lo que hacer esa noche. Había pensado en irse a tomar una copa por ahí, pero ahora ya no le apetecía. No se decidía por ningún plan.

Llegó a casa, y se sentó en el salón.

Puso música.

Sacó el teléfono y buscó el número de Gervasio. Estuvo paseando su dedo por el botón de llamada durante un rato. Pero no se decidió. Al final acabó dejándolo sobre su regazo.

Y se durmió sin haber tomado ninguna decisión sobre lo que hacer esa noche.

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Historia por capítulos.