Una buena mañana para correr (70).

Amor ¿Cómo estás?

Me gusta llamarte amor, ¿sabes? Ya hoy sí que te mando el correo. Es la tercera y última parte. Tendrás para leer un buen rato. Quizás debiera haberte mandado todo según lo escribía, pero sabes, pensé que tal y como acabamos el último día que estuvimos juntos, era mejor que intentara arreglar todas las cosas, antes de hablar contigo.

Sé que te he tratado mal durante la mayor parte del tiempo que nos hemos conocido. Y que lo has pasado fatal. Y tengo yo toda la culpa, lo sé. Hemos perdido además buenos amigos porque intentaron decirnos que éramos gilipollas, tanto tú como yo, tú por aguantarme, y yo por comportarme como un cabrón; pero, mis miedos y mis paranoias me impidieron actuar de otra forma. Espero que a partir de ahora sepamos volver a acercarnos a esos amigos a los que echamos de nuestro lado.

Como te dije en la parte anterior, quedé con mi mujer. Otra vez vino guerrera. Ha debido hablar con mis padres. Empezó a hablar de que lo de los homosexuales no era normal, era un pecado y que no podía consentir que nuestros hijos tuvieran nada que ver con un degenerado como yo.

La dejé hablar. Puse mi cara de subnormal, de pobrecito. Me ofreció, muy generosa ella, que podía coger de casa mis cosas, pero que no esperara nada más. Y de ver a mis hijas, nada de nada. O del niño que está por llegar. Ahora me pregunto si ese niño es mío. Quizás debiera preguntarme si las niñas son mías, visto lo visto. Pero me da igual. Son mis hijas aunque no las haya engendrado yo.

Cuando ella pareció que había acabado con su discurso, saqué el sobre de las fotos de mi maletín. Fue gracioso, porque se me quedó mirando con cara estúpida. Me reía por dentro de pensar en la comparación de ese día en que me puso a mi un sobre parecido en casa.

Le costó abrirlo. Me preguntaba que qué era eso. Yo solo le contesté que lo mirara, y saldría de dudas. Al final se decidió, y lo abrió. Se quedó blanca. Intentó decir que si tal, que si era una historia antigua, y demás. Pero también me había dado tiempo a llamar a un investigador, y que me hiciera unas pesquisas rápidas. Y venía un pequeño informe de la fecha en que se hicieron las fotos, y de por qué no podía ser unos años antes, cuando efectivamente, mi mujer mantuvo un idilio con ese hombre, antes de casarse conmigo. Porque por ahí intentó defenderse.

Además, la intuición de Mati, era cierta. A poco que escarbé, y pregunté directamente a algunos amigos comunes, resulta que casi desde la semana siguiente de casarnos, empezaron a verse otra vez. Yo fui la tapadera para ella. Resulta que todo fue un plan que había urdido ella, para que pudieran seguir con esa relación. Se casó conmigo conociendo que yo había tenido un pasado “marica”, y así poder mantener esa historia con ese hombre, casado, con una porrada de niños, del Opus, y con el agravante de que el dinero del matrimonio, y su posición social a la que tanta importancia da, vienen de su mujer. Si se separaran, él se quedaba sin nada, porque tienen separación de bienes. Y el bufete en el que trabaja, es de ella también, aunque lo dirige él. Pero a las malas, se quedaría en la calle.

Así que mi santa pensó en casarse conmigo, para tener una tapadera. Lo que no he averiguado todavía, es por qué ha roto de repente el status quo que tan bien había planeado. Pero me enteraré, seguro. Y lo que he dejado también aparcado de momento es saldar cuentas con “mis amigos”, que tan bien se han preocupado de tenerme en la más absoluta de las ignorancias al respecto. Lo que se han tenido que reír de mí… vale, yo tampoco he sido un santo… pero son cosas distintas.

Se fue indignada. Se levantó a lo gran diva, e hizo una salida digna y casi de mujer ofendida.

Se me ha olvidado contarte que antes de ir a la cita con ella, yo me había ido a ver a mi todavía suegro, y le había contado. La verdad es que no le extrañó nada. Yo creo que estaba al cabo de la calle de todo, aunque callaba. Posiblemente no estuviera de acuerdo con su hija, pero es su hija.

Logré sacar mejores condiciones para el tema empresarial. Me lo ofreció él, además. Creo que en el fondo, le caigo bien. O su hija le cae mal. Algún día me enteraré, seguro. ¿Te has fijado de cuantas cosas “me enteraré en un futuro, seguro”?

La verdad es que la espantada de mi “querida” esposa, por un lado me llenó de gozo, por poder ganar aunque fuera un asalto del combate. Pero me dejó sin respuestas. Luego había quedado con Mati, y me desahogué un poco con ella. Aunque me sentía frustrado, sabes, creía que las cosas iban a ir por otros derroteros y a esa hora iba a tener una propuesta de futuro mucho mejor, o más clara al menos.

Pero no tardó en llamarme. Me dijo toda digna que prefería que no nos viéramos más, y que mejor se entendieran nuestros abogados. Me pareció bien. Llamé al mío, y resulta que ya habían quedado con el de Rosa.

Parece que se ha arreglado. Incluso mejor de lo que pensaba. Ha hecho una declaración en la que me cede la custodia de las niñas y del niño que va a nacer. Dice que no le gusta ser madre, y que no podría atenderlos debidamente en la nueva vida que va a emprender. De piedra me quedé. No sé qué estará tramando…

Así que solo quedan unos flecos económicos y el que yo organice todo para irme a vivir contigo. Será cuestión de un par de semanas.

Este fin de semana, no voy a poder ir a Burgos. Pero el martes, estaré ahí, para cocinar un buen guiso, cenar a la luz de las velas, y hacer el amor contigo, hasta caer extenuados. El vino lo pones tú, y yo que tú avisaba en la bodega, que el miércoles no irás a trabajar. Porque te voy a dejar agotado.

Te amo, Fermín. Te amo, te amo… no me canso de escribirlo. Es la primera vez en mi vida, en que puedo cantarlo, gritarlo a los cuatro vientos. No sabes las ganas que tengo de cambiar todo en mi vida y juntarme contigo. Y vivir. Por primera vez en mi vida, vivir de verdad. Vivir mi vida… ¡Mi vida! Como suena… ¡Mi vida! Y mi vida eres tú… Vivir una vida con mi empresa, que me apasiona, con mis hijos, que son parte de mí y con mi primer amor, y espero que eterno amor: tú.

Te amo, Fermín.

Te amo… ¡qué bonito!…

Te lo envío, ya. El martes nos vemos.

Gracias por tener paciencia conmigo.

Un beso de tornillo.

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Gervasio releyó el correo entero. Pensó que algunas cosas estaban un poco confusas, y que se repetía mucho. Pero no quiso darle más vueltas. Le dio a enviar, sin pensarlo mucho más.

Era la una de la madrugada. Seguía en el apartamento de su amigo. Se sentó con un coñac frente al ventanal, y con música tranquila a modo de acompañamiento. Pensó en que si ahora pudiera tener a Fermín a su lado, la dicha sería completa. Quizás debiera haberle propuesto que se viniera. Se imaginaba con él, mirando el mar al fondo, con algunas luces de la ciudad antes, el ruido de las olas al romper, que no podía escuchar, porque tenía las ventanas cerradas, hacía frío fuera. Y cosa curiosa, ahora no llovía. Lo había hecho durante toda la jornada, pero justo ahora, había parado. Quizás era una señal, pensó.

Tenía muchas cosas que arreglar. El colegio de las niñas, el ir aclimatándolas a la nueva ciudad, a Fermín. A la nueva vida sin su madre. Él creía firmemente que Rosa no las vería mucho. Ahora que pensaba fríamente, nunca se había comportado como una madre solícita. Era más bien, como si fuera un trabajo. Volvió a pensar en la razón de por qué Rosa había roto la baraja. No tenía muchas posibilidades de casarse con su amor. Algo se le escapaba. Pero esperaba que el detective, le sacara de dudas.

De repente tuvo el impulso irrefrenable de llamar a Fermín. Pero casi cuando estaba marcando el teléfono, se contuvo. Era mejor que leyera el correo primero. Lo que si hizo fue mandarle un sms:

“Fer, te he mandado un mail. Cuando lo leas me llamas. Ok? Te amo”

Dejó el teléfono sobre una mesa, y subió los pies en un taburete. Pegó un buen trago al coñac, y se perdió en la música que sonaba en el equipo.

Jacques Brell.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.