Una buena mañana para correr (73).

Colgó el teléfono. No quería seguir escuchando. Quería mirar el mar. Quería que el Cantábrico le dijera si lo que acababa de escuchar era verdad, o si se trataba de una pesadilla macabra en el día en que todo parecía encauzarse de la forma en que él y Fermín querían. Deseaba al menos que le dijera, si lo que acababa de escuchar era un castigo por algo que había hecho, por lo mal que había llevado este tema; por lo mal que había llevado su vida en general. Y todo por no enfrentarse con dureza a la gente que le había despreciado, empezando por su familia. Por esconderse detrás de una fachada hecha a la medida del mundo que lo rodeaba.

Había intentado llorar justo después de que la voz de Joan se apagara. Intentó convulsionar su cuerpo y con esto producir unas lágrimas que él creía imprescindibles para convencerse de que todo esto le dolía. Que amaba de verdad a Fermín. Si no era capaz de llorar, le parecía que no sentía de verdad la muerte de la persona a la que había elegido para pasar los siguientes años de su vida.

Y no podía llorar.

Se fue al ventanal. El mar. Había temporal esa noche. Era como si se hubiera puesto de acuerdo para hacer el ambiente conforme a la situación. Muerte y desolación, lágrimas rebeldes que no quieren salir. Opresión en el pecho… porque el pecho le había empezado a oprimir.

Y la cabeza.

De repente no pudo soportar el dolor. Se fue doblando sobre sí mismo. A la vez intentaba llorar, intentaba respirar, porque tenía la impresión de que el aire había abandonado la habitación. Solo podía gritar. Gritos que nadie podía escuchar, ni siquiera él mismo.

Fermín dando vueltas a su bebida. En el salón de su casa. De repente esa imagen apareció en su cabeza y aparcó las demás. Su cara de ofendido, o de enfadado, o de falta de esperanza. Nada de lo que él le contaba parecía satisfacerle. Todo… todo había sido en vano. Él era el único que pareció entender que no había futuro. Él sabía que todo había sido en vano. Gervasio llegó tarde a todo. No entendió a tiempo que le amaba. No entendió a tiempo que estaba actuando mal. Todos se lo decía, pero él escondió la cabeza debajo de la arena de la playa, después de pasear por ella con mirada altanera. Allí estaban el chico de Bilbao, o el de Palencia. Los de Burgos, o los de Valladolid. Las decenas de Madrid, uno por noche durante los varios meses que tuvo que pasar en la capital para cimentar adecuadamente su empresa. Oscuridad… como la de esa noche.

Le tenía que haber dicho lo mucho que lo amaba. Se lo tenía que haber gritado. Ese día, el de su última cena, debía haberse arrodillado delante de él, y jurarle por lo más sagrado para él, que eran sus hijas, que todo se iba a arreglar, y que ellos iban a estar juntos siempre.

Gervasio estaba hecho un ovillo en el suelo. Gritaba… “no”, “no”… lloraba sin lágrimas. El mar rugía de fondo, como haciendo los coros. El viento ululaba… “no”… “no”. Su pecho parecía que iba a estallar. Su cabeza… golpes y más golpes… le iba a estallar también…

Ya no sería posible ese sueño. Fermín y las niñas, y el peque por llegar, jugando en la cama, metiéndose con él. Y él peleando contra todos, pero estos, al final, ganaban siempre. Y acababan comiendo tarta y chocolate en el Menfis. Y cuando su economía se recuperara del desastre en la que su ruptura le iba a sumir, comprarían una casa en Santander, para pasar muchos fines de semana en el invierno. El mar embravecido, también merecía prestarle atención. Las olas rompiendo sobre las rocas, y jugando a no mojarse. Ir a comer pescado a los puertos del litoral, o hacer excursiones a Asturias, o a Vizcaya… con el mar siempre presente, bravío, enfadado…

– ¡¡¡¡Diossssssssssssssssssssssssssssssssssss!!!!

No podía llorar. Lo intentaba, pero seguía sin poder. Su cabeza llena de ruidos, el pecho oprimido… esa imagen en su cabeza, pegada a fuego: Fermín girando su copa de whisky con esa mirada de desesperanza en el futuro. Él intentaba cambiar esa mirada, lo intentaba, le hablaba… aunque no salían palabras por su boca. No tenía palabras, aunque parecía que hablaba, era todo muy extraño… pero Gervasio extendía su brazo derecho hacía él… quería llamar su atención… Fermín… Fermín… no podía respirar, le faltaba el aire… la habitación le daba vueltas, y no hacían más que sonar unos golpes en su cabeza… y el mar… el mar que le decía que nada iba a ser igual, que todo se había perdido por su mala cabeza… que había destrozado su vida, y la de Fermín… nada tenía un sentido, nada merecía ya la pena, la suerte estaba echada, como decía uno del que nunca recordaba su nombre, y que debía tener muchos años… muchos…

La niebla venía del mar, y de repente llenó toda la habitación. Gervasio intentaba llorar, seguía intentándolo… pero no lo conseguía… ¿Será que no podía amar? ¿Sería todo una película en la que ocupaba su mente por las noches? Un hombre con sombrero, y fumando un cigarrillo, apareció entre la niebla. Llevaba una gabardina sucia y arrugada. Le miraba de una forma extraña, fija… le miraba a los ojos. Tenía mirada de muerte. De repente supo lo que tenía que hacer: levantarse del suelo, y abrir la ventana. Todo sería muy sencillo. Así ya no tendría importancia llorar. Así el dolor del pecho desaparecería, y los ruidos de su cabeza. Seguían esos ruidos, eran como si alguien le golpeara con un bate de béisbol en sus sienes… levantarse, y abrir la ventana… si ese dolor en el pecho pudiera mitigarlo unos instantes siquiera, podría conseguirlo… esa mirada del hombre de la gabardina… mirada de muerte y asco, como grabada a fuego, como grapada… Gervasio intentó apartar esos ojos penetrándolo hasta lo más profundo de su alma, intentó cambiarla “eres un sueño, ¡maldito!,” le gritaba en su cabeza. “No eres real, solo un puto y asqueroso sueño”. Porque ya no tenía fuerzas para gritar en voz alta. Solo para hacerlo silenciosamente en su cabeza… ¡¡Joder!! Intentaba levantarse… unos centímetros, apoyado en el ventanal… casi llegaba ya a la cerradura… esos golpes en su cabeza… su pecho… ¡¡Aire!! quiero aire… necesito aire… logró levantarse unos centímetros más, tocó con sus dedos el pestillo de la ventana, lo quitó…¡¡Aire!! ¡¡Aire!! No podía llorar… esas putas lágrimas no querían salir las jodidas… ¡Te amo, joder, aunque no pueda llorar! ¡¡Joder!!… quería gritarlo… pero no le salían las palabras… solo en su cabeza resonaban esas súplicas… La niebla… se incorporó unos centímetros más, el hombre de la gabardina parecía haberle guiñado un ojo… Fermín girando y girando su vaso… esa mirada triste, sin vida… Fermín, ¿Por qué?…

De repente cayó al suelo. La niebla se transformó en oscuridad absoluta. Ya no intentaba llorar, ya daba igual. Los golpes en la cabeza, eran ahora pequeños sopapos dados alternativamente en uno y otro carrillo. La vida no tenía sentido si no podías llorar por tu amor… Fermín… Te amo, mi amor, te amo, amor mío… amor… amor… notó un pinchazo en su brazo… y todo dejó de tener sentido, forma, el dolor desapareció, y el aire pareció entrar con libertad y soltura en sus pulmones.

El mar seguía rugiendo de fondo. Pero ahora parecía querer acunarlo. La niebla se fue… una luz potente enfocó sus ojos, primero al izquierdo, después al derecho. Su respiración se hizo más tranquila. Y el hombre de la gabardina apagó su cigarrillo en el suelo, pisándolo con saña, como si estuviera enfadado porque se le había escapado una presa que parecía fácil.

Quizás mañana, pensó, mientras se iba a buscar.

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