Una buena mañana para correr (75).

Era la misma habitación en dónde había estado la última vez.

Era la tercera vez que le detenían.

Pero ésta había sido especialmente humillante.

Lo habían hecho a posta, delante de su gente. Para doblegarlo. Porque no tenían nada nuevo. Lo debían haber preparado durante tiempo. Era la ocasión en que con más gente se había juntado desde que estaba en Burgos, y en un sitio público. Seguro que le habían estado siguiendo y eligieron ese momento. Para destrozar su vida. Para empujarlo a decir cualquier cosa. A confesar lo inconfesable.

Y no tenían nada, porque no podían tenerlo.

Carlos miraba por la ventana. Estaba en un centro de menores de Valladolid. Era menor cuando sucedió todo, así que le correspondía ser tratado como un menor. Al menos en eso de momento, tenía suerte. No sabía si podría resistir ir a una cárcel normal.

A veces había pensado en declararse culpable y cumplir sentencia. Y acabar con toda esta historia. Pero ya era un reto para él. Aunque en esta ocasión casi se derrumba y renuncia a todo. No fueron los golpes que se perdieron y se reencontraron a la altura de su estómago o de su espalda, o incluso en su cabeza, allá en “la Bolera”, cuando le detuvieron. Fue la humillación de que toda la nueva vida que se había montado, incluso cambiando de ciudad varias veces, se había derrumbado y en público. Con decenas de móviles tomando la imagen de él siendo conducido por los policías. Mañana los periódicos acabarían con cualquier resquicio de intimidad. Su pasado, su historia, serían de dominio público, también en Burgos. Todos sus compañeros de facultad, los del piso, sus ligues, sus proyectos de amigos, sabrían que él, Carlos Menéndez Sastre , había sido detenido ya tres veces porque la policía estaba segura de que había matado a sus padres y a su hermano. Y además lo había hecho con saña, premeditadamente. Y harían hincapié en la crueldad de matar a su hermano de 13 años. “¿Qué mal le podía haber hecho?” Se preguntarían los periodistas y por ende, el público en general, incluido sus conocidos. “Mira el Carlos, como se las gasta”, diría alguno. “ya me parecía a mí que había algo raro”, dirían otros. “Ya sabía yo que no era trigo limpio”, asegurarían otros en la barra del bar de la facultad.

Y daría igual que fuera inocente o culpable. Todos lo condenarían. O al menos, lo mirarían de forma distinta. Incluso algunos, se apartarían porque pensarían que, si había matado una vez, podría hacerlo más veces. Ya le había pasado antes. Y volvería a pasar. Porque si la policía estaba tan convencida, sería porque era culpable, aunque no lo pudieran probar.

Y ayudaría mucho ver y escuchar a sus tíos pidiendo que le encarcelaran, y que le juzgaran. “Fíjate, hasta su familia, su sangre le cree culpable”, comentarían las señoras en el mercado. Sobre todo a su tío Marcelo, que le odiaba profundamente. No pediría la pena de muerte para él, porque no quedaría bien. Eso sí, no pueden disimular que lo prefieren muerto. No, no piden que se solucione, que se destripe el caso. Ellos ya lo condenaron hacía años, y quieren que se ejecute la condena. De momento han conseguido que se ejecute la condena de la publicidad. Intentan que acabe en la cárcel. Y de paso, que pierda la herencia de sus padres.

“¡Culpable! ¡Culpable! ¡Culpable!”, resuenan los gritos de la otra vez, cuando entraba en el juzgado. “¡Asesino! ¡Asesino!”, seguían gritando. Y entre ellas la voz de su tía Genoveva, que se debió quedar afónica.

Le interrogaron. Otra vez. Varias horas. Lo llevaron al juez. Éste no tomó una decisión, salvo enviarle al centro de menores a Valladolid. Una abogada se presentó casi inmediatamente en la comisaría de Burgos. La enviaba su abogado de Palencia, que “misteriosamente” se había enterado de todo con pasmosa velocidad. No había hecho falta ni avisarle. “Nuevas pruebas”, decía la policía. Él rió, como hacía siempre. No tenían nada. Nada. Todo lo basaban en que se rindiera y confesara. Pero eso no iba a pasar nunca.

¿O sí?

Él de todas formas calló. No salió más que una risa sardónica de vez en cuando, lo cual desde luego no contribuía a que la inquina que le tenían los policías disminuyera.

No tenía fuerzas. En la soledad de su celda, se sentía débil, vulnerable. Había pasado la noche llorando de rabia, de desesperación. No se creía con la energía suficiente de empezar de nuevo. Si quería volver a su vida, debería dar todas las explicaciones del mundo. Y la gente pensaría que les había engañado. No era así, porque tampoco nadie había preguntado. Bueno, rectificó, eso no era del todo cierto. Alguno si se había interesado por su vida, pero él había sabido salir con evasivas. Aunque tampoco insistieron mucho. Si Joan le hubiera preguntado a lo mejor se lo hubiera contado todo. De hecho, quería habérselo contado. Alguna noche incluso, soñó con eso. Y se sintió inmediatamente liberado, como nunca lo había hecho desde que mataron a su familia.

Joan era de esas personas con las que te gusta hablar, contarle tus cosas. Pero no había tenido la ocasión, o quizás aquél tampoco había mostrado demasiado interés. Quizás porque el detective ese con el que el gilipollas aquel le había investigado, ya se lo había contado todo. O porque no había sabido convencerlo de que le interesaba más como amigo que como polvo.

No tenía ganas de inventarse otra vida. De irse a otra ciudad, de huir. De volver a empezar de nuevo, volver a hacer amigos, otra universidad… amigos… en realidad nunca se los había permitido, y para una vez que se decidía a romper un poco su coraza… y dejar de pensar con la polla… pero ¿qué podía hacer con ese pasado? Cualquier relación profunda con alguien, amigos, pareja, hubiera supuesto tarde o temprano hablar de su pasado. Y callar, sabía, pero inventarse una vida… para eso no servía.

Muchas noches se había preguntado qué vio en Fermín para que le hiciera cambiar de actitud. Qué vio en él que le hizo pensar que ese hombre merecía la pena como pareja. Cual de sus frases grandilocuentes mientras follaban, apretó ese interruptor que había tenido apagado con tanto cuidado desde que emprendió su huida, desde que parte de su familia se le puso en contra.

Y Diego. No quería pensar en él. Era al único al que le había contado. No le habría pillado de sorpresa. Aunque es distinto que te lo cuenten, a ver que ese chico al que empiezas a querer, es detenido con tanta aparatosidad: cuatro polis de paisano, no se cuantos de uniforme… golpes, algarabía… todo un espectáculo. Cualquiera sacaría la conclusión de que era un criminal peligroso, y que la policía acababa de evitar que muchas personas acabaran asesinadas con saña y alevosía. Incluso ese amigo de Diego, el policía, aunque le hubieran golpeado, acabaría diciéndole que sus compañeros estaban seguros de su culpabilidad. Y que debía apartarse de él. “Algo hay, Diego, seguro”, le diría en tono serio.

Carlos se apartó de la ventana. Se tiró sobre la cama. Debería dormir, pero no tenía ganas. Mañana sería un día duro. Debería descansar. Pero no quería hacerlo. Necesitaba compadecerse de sí mismo, necesitaba convencerse de todo lo que, una vez más, estaba perdiendo.

Le empezaba a doler la cabeza. Quizás debiera llamar al celador para que le dieran un analgésico. Pero… casi le daba igual que le doliera la cabeza. Quizás era bueno que así fuera, para que dejara de pensar, de compadecerse, aunque era lo que estaba buscando… dolor… físico, mental, emocional… concentrarse en el dolor y volverse loco

¿Para qué seguir viviendo?

De repente esa pregunta que había apartado ya hacía mucho de su cabeza, volvía con fuerza. ¿Qué razón había para seguir?

Quizás declararse culpable, decir a la policía y al juez lo que quería escuchar. Descansar, apartar a los pocos a los que había dejado acercarse, que son su confesión sería cosa automática, y desaparecer. Dejarlo todo. Hacía apenas unos días salvó a Diego de suicidarse… ¿Alguien le salvaría a él?

– ¿Quiero ser salvado? – dijo entre murmullos.

Debía ser extraordinario sentir que alguien te quiere o necesita tanto como para querer salvarte. Estar pendiente de ti, e incluso jugarse la vida, o al menos la integridad física. Hacerlo… no se había parado a pensarlo, pero, luchar por Diego, le había hecho sentirse bien por primera vez en mucho tiempo. Incluso diría que le había hecho sentirse orgulloso de si mismo por primera vez en su vida. Pero ahora, con todo esto, ¿Diego lucharía por él? Ya tenía bastante con luchar por sí mismo…

Empezaba a clarear. Enseguida vendría a por él para ir a declarar a Palencia. Debería ducharse, y ponerse todo lo guapo que las circunstancias le permitieran. Para poder levantar la barbilla y decirles a esos cabrones que no podría con él. Que nadie podría doblegarle. Que buscaran, que buscaran, que perdieran el tiempo. Pero él ganaría. Porque era más fuerte.

Se desnudó con una decisión reencontrada y que le sorprendió a él mismo, ya que apenas hacía unos minutos, estaba pensando en la mejor forma de suicidarse. Se metió en la ducha. Y dio al agua fría para activar su circulación.

Y cantó. Solo para joder.

Quizás ese camino le alejara de todos otra vez… posiblemente fuera lo mejor.

A tomar por el culo.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.