Una buena mañana para correr (76).

No podía decir que no lo sabía. Carlos empezó a contárselo en la azotea de esa misma casa apenas hacía unos días. Diego se sonreía pensando que nunca acabó de creerse esa historia. Siempre le pareció algo que se inventaba Carlos con el fin de acercarse a él, para convencerlo de que no se tirara esa noche al vacío. Ni esa noche ni ninguna otra. En algún momento pensó que su nuevo amigo tenía una inventiva digna de un guionista de una serie de televisión en su décima temporada y que ya se les ha hecho todo lo imaginable a los personajes, se han divorciado 34 veces, han muerto y resucitado, han viajado al pasado y al futuro también, tuvieron hijos, fueron un rato gays, para luego cambiarse de sexo, y al final volver a ser gays, para luego casarse con alguien del sexo contrario, y tener hijos biológicos a pesar de que en un principio era hombre. Y ya para seguir haciéndola interesante, se daban vueltas de tuerca inverosímiles a la trama, como pudiera ser que se divorciara de su marido, el que le dejó embarazado, y que se casara con un extraterrestre de 5 metros de altura, y todo verde y gelatinoso. Así aguantan una temporada más, trabajito y dinerito a fin d emes y sin preocupaciones con la hipoteca de su casa.

Hubiera estado bien que todo ese montaje de su detención, fuera eso, un montaje. A Diego en el fondo, le hubiera gustado ser tan importante para alguien como para que se inventara una historia, y se inventara incluso una escena de acción para corroborarla. “Debe ser la leche”, se dijo Diego.

¿Era importante para Carlos? ¿Qué era Carlos para él?

Esa pregunta le atormentaba desde que se había despedido de su hermano y de Ricardo después de cenar un poco, y se había metido en la cama. Estaba cansado, pero antes de dormir, necesitaba poner en orden sus pensamientos y sus ideas. Estaba buena la tortilla que había hecho Ricardo. Y los crepes. ¿Por qué pensaba en eso ahora?

Quizás porque la complicidad de Ricardo con Joan le llamaba la atención. No lo pudo evitar y le preguntó a Ricardo si había vivido en esa casa. Conocía todas las costumbres de Joan, y todos los rincones de su casa. Se arrepintió de inmediato, porque Ricardo le contestó un poco seco: “Joan y yo no hemos tenido ningún lío; solo somos buenos amigos”. No supo como decirle que no había sido su intención molestarle, y que no se refería a eso exactamente.

Diego odiaba molestar a la gente. Apenas preguntaba nada a las personas con las que se relacionaba, por miedo a importunarlas. Ni siquiera a su hermano o a su madre. Era uno de los objetivos de su vida: no molestar. Le preocupaba en extremo lo que pensara la gente de él. Y la posibilidad de que Ricardo se hubiera sentido importunado por su pregunta, quizás demasiado brusca por la falta de costumbre de hacerlas, le preocupaba.

Él no había tenido nunca amigos así. No sabía hacerlos. Quizás porque su pasado pesaba mucho. O porque no se consideraba lo suficientemente interesante para que alguien quisiera ser amigo suyo. Esa era una de las consecuencias de haber sido tratado como una mierda durante años, y por su mismo padre: su irrefrenable falta de autoestima. Todas esas cuestiones era barreras insalvables por las que no conseguía amigos de verdad. En los que confiar, con los que ir a casa a ver una peli, y cocinar juntos una tortilla, o dar vueltas al café. Había intentado comprarlos, como cuando llegó a Burgos a estudiar. Pero no había dado ningún resultado.

Ricardo se debió de dar cuenta de su incomodidad con su respuesta tajante, y al poco rato le explicó. Le contó lo mal que Joan lo había pasado cuando murió su marido, y que él había pasado muchas noches allí, incluso días enteros haciéndole compañía. Y por eso era como su segunda casa. Era bonito… ¿Algún día tendría un amigo así? ¿Carlos quizás?

Carlos. Le gustaba. No lo había dicho con palabras, porque tampoco sabía hacerlo. Pero los ratos en que éste había salido de su habitación del hospital, le había echado de menos. Le hacía sentirse seguro, acompañado. Y era una sensación agradable, que desconocía hasta ese momento.

Aunque en realidad, por mucho que intentara engañarse, Carlos le gustaba desde que le vio en hombros del Juanjo ese de los cojones. Y cuando le vio desnudo, ese cuerpo con esa piel que parecía suave, esponjosa, piel brillante… le gustaba ese tipo de piel. Era como más aterciopelada, más joven, sin mucho pelo… y la expresión que llevaba en la cara, dormido por el somnífero que le echaron en el bar… eso es lo que le acabó por conquistar. Cuerpos bonitos habían sido muchos los que el gilipollas ese había llevado drogados a su casa. Y caras de ángel. Pero la de Carlos era distinta. Tenía un duende que se le había metido a Diego por los agujeros de la nariz, y le había invadido todo su cuerpo.

Diego no pudo seguir por más tiempo ordenando sus ideas y sobre todo, sus sentimientos. Acabó quedándose plácidamente dormido sobre su lado derecho. Quizás ayudara la pastilla que se tenía que tomar todas las noches, antes de irse a la cama.

Soñó.

Soñó con los dos, Carlos y él, corriendo por una playa agarrados de la mano, y desnudos. Diego se reía de Carlos, por el balanceo de su miembro, y Carlos se reía de Diego, por el balanceo de sus michelines. Acabaron los dos peleándose en el suelo, de broma, y rebozándose en la arena, como si fueran modelos de esos fotógrafos famosos y que gustaban de usar ese recurso para sus trabajos.

Reían.

Se tocaban.

Acabaron abrazados, rodando sobre la arena, besándose, como en las películas de toda la vida, aunque en esas películas no eran dos hombres los que se besaban, sino un hombre y una mujer. Pero en su sueño sonaba la misma música, con violines y chelos, con un toque de clarinete al fondo, y unas flautas haciendo la segunda voz.

Se levantaron de repente, y sin que ninguno hubiera dicho nada al otro, y, siempre agarrados de las manos, corrieron hacia el mar. El sol se ponía, y estaba medio oculto detrás de una palmera. Era así, porque el director de fotografía lo quería, porque quedaba muy bonito, y porque así era en las películas. Y Diego estaba viendo su propia película en sueños.

Se sentía bien. No recordaba haber estado tan relajado en su vida. Juguetearon en el agua, se hicieron aguadillas. Flotaron de espaldas, uno al lado del otro, con los dedos de las manos entrelazados. Ya no sonaban los violines, ni las flautas traveseras. Solo se escuchaba el mar rompiendo suavemente contra sus cuerpos. Y solo se sentían el uno al otro.

De repente un grito le sacó del agua.

Diego abrió los ojos asustado. Medio dormido, se levantó de un salto, porque después de ese primer grito, había escuchado nítidamente otro, que era de su hermano. Y él estaba programado para despertarse si escuchaba a su hermano gritar. Salió del dormitorio, asustado. Fue corriendo al salón, mientras escuchaba a Ricardo intentar explicarse atropelladamente. Cuando llegó vio a una señora bajita, con el abrigo puesto, y que amenazaba con su paraguas levantado a su hermano, que estaba en calzoncillos, y Ricardo se tapaba con un almohadón.

La señora se giró, al escuchar a Diego. Pegó otro grito:

¡Degenerados!

Y descargó el paraguas sobre la cabeza del último en aparecer, también en calzoncillos.

Ricardo soltó el almohadón y corrió para sujetar a Chelo, la señora de la limpieza de Joan, y que llegaba como todos los días, a hacer las labores de la casa, antes de que le diera más paraguazos.

– Señorito Ricardo, ¿es usted?

– Sí, Chelo, soy yo.

– Creía que se habían metido unos ocupas de esos. Y encima en calzoncillos. ¿No saben ponerse un pijama como la gente decente? Todos chicos y en medio desnudos, haciendo gua…

– ¡Eh! Señora, que nadie hacía nada – la cortó enfadado por el susto Raúl.

– Yo sé lo que he visto, jovencito.

– Chelo, tranquilícese. No lleva puestas las gafas, por eso no me ha reconocido, y habrá confundido…

– Por eso y porque nunca le he visto desnudo. Y ni falta que hacía – la señora Chelo se persignó – Y así me ha despistado. Pero yo sé lo que he visto, que soy vieja pero no tonta.

– ¡Chelo! – a Ricardo se le estaba agotando su paciencia.

– No me negará que está desnudo, señorito Ricardo. Y que ese chico está en calzoncillos. Y que ese otro también. Y que…

– Y nada más, Chelo. No tengo ropa para cambiarme, iba a ducharme e iba a por unos calzoncillos de Joan, y… como no creí que me viera nadie pues… ¿Pero por qué le estoy dando explicaciones?

Ricardo se giró indignado para volver al baño, sin preocuparse ya de taparse sus partes.

Raúl estaba resguardado detrás de una silla, sin atreverse a salir de su parapeto.

Y Diego se volvió a su cuarto para ponerse algo más de ropa, y no sufrir las iras de “la Chelo”. Pero cuando llegó a su habitación, sintió la necesidad imperiosa de sentarse un rato en la cama, para intentar recordar lo que estaba soñando antes de despertarse. Pero no se acordaba de nada. Solo sabía, porque lo sentía, que había sido algo bonito, que hacía que sonriera como un bobo sin saber por qué.

Ni siquiera sentía ya el paraguazo que le había dado en plena coronilla la “señora Chelo”. Aunque luego le dolería al tocarse.

Ni siquiera escuchó a su hermano pedir con mucha insistencia a la señora que soltara el paraguas, antes de decidirse a volver a la habitación de Joan, y vestirse.

Ni siquiera se enteró de cuando la señora Chelo, les preguntó si querían desayunar, una vez que se le había pasado el susto de encontrarse a tres jóvenes en calzoncillos, cuando no en pelota picada.

– Es que señorito Ricardo, una no es de piedra, y aunque tenga sus años, pues… ¡Qué desperdicio de chicos! ¡Qué pena que todos Vds. sean guays de esos! Yo tengo una nieta estupenda para ese chico más joven, el que no soltaba la silla.

Diego ni siquiera se preguntó lo que Ricardo y Raúl estaban perpetrando para que la señora Chelo pensara que estaban haciendo guarradas.

Ni siquiera pensó si, a lo mejor, las estaban haciendo.

Diego solo intentaba guardar esa sensación extraordinaria que sentía de los sueños de esa noche. Aunque como una ráfaga fugaz, se le pasó por la cabeza preguntarle a su hermano sobre el tema. Pero solo fue eso, una ráfaga fugaz, entre las palmeras de esa playa idílica, de la que no se acordaba.

________

Historia completa seguida.

Historia por capítulos.