Historias de Navidad (3): anónimo

Miró al chico a los ojos, él le sostuvo la mirada como un interrogante , no supo que decir y apartó la mirada , había aprendido lo básico del idioma durante estos meses , pero ahora estaba un poco nervioso y no se le ocurría nada .
Le había hecho gracia al enterarse de que allí no seguían las tradiciones navideñas cristianas y que el día de Noche Buena era en realidad el día de las parejas , un día para amarse y dormir abrazados. Esa mañana se le ocurrió hacer bromas en el trabajo sobre lo triste que iba a pasar él esa noche, con la familia lejos y nadie con quien meterse en la cama, aquello de reírse de si mismo se había convertido en algo habitual , era su escudo infalible contra todo lo que le rodeaba, entonces fue cuando alguien siguiendo la broma le había dicho  lo de aquella página destinada a encontrar pareja para aquella velada. Esa tarde la buscó nada más llegar a casa, “solo por ver que hay ” se dijo, como intentando excusarse. Encontró más de lo que esperaba , algunos cientos de perfiles y  fotos de posibles candidatos, y  cuando se dio cuenta estaba mandando mensajes, la mayoría fueron a otros como él, extranjeros, pero al final  el Único que contestó no lo era.
El chico le seguía mirando, ya no era una mirada interrogante, de alguna manera sus ojos se posaban en los suyos como buscando, a él le pareció como si le mirase por dentro, como queriendo descubrir  sus sentimientos y de pronto tuvo la sensación de que había amor en aquella mirada, entonces sintió un impulso en lo más profundo,  de dejarse llevar por esos ojos, y quiso tocar su piel y besarla.
 El chico  sonreía, había empezado a hablar, pero él no era capaz de escuchar. Como si le sobraran las palabras, posó suavemente su mano en la boca de él, sintió el tacto de sus labios. Mientras , por la ventana se colaban las luces y la música de la calle.

Historias de Navidad (2).

Suspiró.

– Espero que no sea por la chorrada de la Navidad, y hacer el bien y esas chorradas.

Julián le miró fijamente:

– Me he dado cuenta que te quiero. Y después de conocerte no puedo obviarte. No puedo hacer que no ha sucedido, dejarte de lado. No puedo apartarte de mi vida pese a todas las dificultades y a lo que dirá la gente. Estás ahí, dentro – y se señaló el corazón – te colaste sin que lo pudiera evitar. Y pese a todo y a todos… es lo que hay.

Jose sonrió.

– Entonces… ¿Vamos?

Julián se acercó y se puso detrás de la silla. Y empujó. Entraron en el salón, en dónde estaba toda la familia de Jose. Eran 26 personas, jóvenes, mayores, hombres, mujeres. Era el número mágico de la familia. Jose había nacido un día 26.

– Mamá.

Ella levantó la cabeza del cuento que estaba leyendo a sus nietas. Vio a su hijo como pocas veces. El brillo ese que llevaban sus ojos era único. Ni antes del accidente se lo había visto nunca. Algo se revolvió por dentro de ella, y comprendió que esta vez sí, aunque la elección de su hijo no le gustara. Era joven, demasiado. No era “cultivado”. Le gustaba el fútbol, hecho éste que, hasta que conoció a Julián, a su hijo le hubiera parecido razón suficiente para ni siquiera saludarlo. Trabajaba en el Hipercor, de reponedor, empleo sin glamour. Y era guapo: demasiado.

– Julián va a ser de la familia.

Jose puso su mano sobre la de Julián que reposaba en su hombro. Y cuando acabó de hablar se giró para mirarlo.

Ana pudo observar a Julián un instante cómo miraba a su hijo. Y supo que todo iba a ir bien, y que su mayor preocupación se había solventado al final. Eran las mejores Navidades desde que murió su marido.

Respiró profundo mientras sonreía satisfecha. Ya podría decirles a sus hijos, cuando pasaran las fiestas, que se moría. Ya había cumplido sus misiones en la vida. Ya podía descansar, y dejar de luchar contra la enfermedad que la machacaba desde hacía muchos meses… todos estaban bien, todo estaba bien. Era el momento más feliz de su vida.

Historias de navidad (1): por Sáiz.

Pues cerró la puerta de su cuarto. Se quitó la toalla de su cintura y mientras se frotaba los brazos para evitar ese tembleque que le había entrado desde la punta de los pies pensaba que ponerse. Pantalones marrones, camisa blanca, chaleco de punto y una corbata estrecha, ambas prendas negras.

-“Venga, que llegamos tarde” – le impacientó su madre desde el otro lado de la puerta

– ¡Voy! – exclamó Ángel.

– No te olvides de ponerte algo rojo

¿Algo rojo? “Mierda” pensó. No tenía nada rojo… ¿o tal vez sí? Lo meditó unos segundos, y, finalmente, abrió el cajón donde guardaba sus accesorios. Trasteo un poco, pero finalmente ahí la encontró: una pulsera de cuero rojo y acero, un regalo precioso de…

Hacía mucho que no pensaba en él. ¿Cómo le estaría tratando la vida? ¿Por qué se habían enfadado? ¿Por qué ya no se querían? No, no era capaz de encontrar respuesta a tantas preguntas que se le arremolinaban en la mente.

-¡Estamos en la puerta ya! – le sorprendió de nuevo su madre.

La cogió rápidamente. En el ascensor se la abrochó con cuidado. Pensó. Meditó. Y finalmente, sacó su móvil y escribió rápidamente: “Los malos momentos ya me han abandonado y por los buenos, te deseo lo mejor este año en el que nos avecinamos. Con mucho cariño”.

Sonrió, no había mejor forma de empezar el año que desclavándose espinas malsanas que le impedían vivir.