Historias de Navidad (8).

Darío se sentó en una silla, frente a la terminal. Debía coger un avión que le iba a llevar a la otra punta del planeta. Iba a Japón, a trabajar.

Acababa de salir de su casa a todo correr. Vivía en Nueva York desde hacía unos meses. Compartía piso con dos colegas, modelos como él.

Era la envidia de la mitad del mundo. La gente importante le invitaba a sus fiestas y les presentaba a sus amigos. La gente se daba la vuelta al reconocerlo, y cuchicheaban. Algunos se sacaban fotos con él, le agasajaban. Todos los días recibía propuestas para tener un “affaire” con hombres y mujeres de toda edad y condición. Ganaba dinero, mucho dinero. No sabía lo que duraría, pero de momento todo iba bien. Pero cada vez estaba con más gente, cada vez más personas tenían su número de teléfono, pero cada vez se sentía más solo. Ese tipo de soledad que casi nadie entiende, por lo menos los que no la sufren: la soledad rodeado de gente.

– Tienes el avión a las 10,00 pm. Darío. Llegarás justo para la sesión de fotos. Al día siguiente tienes una presentación, y…

Esto fue a las 7,00 pm.

– No te duermas, y vete al aeropuerto.

Y su representante colgó. No le dejó ni protestar.

Le hubiera dado igual, porque ya sabía la respuesta: “Dario, hay que aprovechar. No se sabe lo que va a durar. Es una etapa convulsa, y cada vez salen más chicos dispuestos a todo. Y cuando digo a todo, estoy diciendo eso, a todo. Hay que aprovechar…”, y bla, y bla, bla, bla…

Y la fiesta a la mierda.

Habían estado preparándola los últimos 4 días. Como no podían volver a sus casas, pensaron en hacer una reunión “familiar”. Al menos, había tenido suerte de congeniar con Rodrigo y Esteban, otros dos modelos españoles. Además compartían casa, y eso que en el caso de otros modelos que habían conocido, supuso grandes problemas, en el caso de ellos se había conformado una camaradería a prueba de bomba. Incluso iba naciendo la amistad de verdad, cosa que en ese mundo competitivo y lleno de egos exacerbados, era muy difícil. Además, al fin y al cabo, competían por los mismos trabajos. Muchos días si uno estaba contento por haber conseguido un trabajo, eso quería decir que sus compañeros que se habían presentado a la misma prueba, habían sido rechazados. Pero lo llevaban bien, se apoyaban, se gastaban bromas, se reían de ellos mismos, se hacían compañía.

Por eso, la fiesta se había convertido casi para ellos en una razón de estado. Habían hecho guirnaldas, hinchado globos, comprado comida. Embutidos, incluso jamón serrano que habían encontrado en una tienda cerca de su casa. Habían hecho emparedados, sandwichs, comprado pasteles de distintos tipos y tamaños, y ¡habían hecho ponche! Bueno, a saber como les había salido…

Solo preparando la fiesta habían disfrutado como enanos. Johan se les había unido, y Mariah, y Corey, y Davinia.

Sonreía ahora, la cara que pusieron cuando ésta última había traído un “tocadiscos”, y una caja llena de vinilos. Pasaron la tarde bailando como si fuera un guateque de esos que aparecían en las películas antiguas, y que alguna vez habían escuchado hablar a sus padres.

Esperaba al menos que Esteban y Rodrigo se lo pasaran bien. Se quedaron los dos con la boca abierta, cuando le vieron que, después de colgar el teléfono, soltó el cuchillo con el que estaba cortando pan de molde, y cogió la mochila que siempre tenía preparada, y se fue hacia la puerta. A mitad de pasillo, se giró y les dijo:

– A las 10. Japón.

Salió escopetado sin despedirse. No quería escucharles sus protestas, lamentos. Eso lo haría si cabe más difícil. No quería que le vieran las lágrimas de rabia e impotencia. Necesitaba esa fiesta. La necesitaba como el respirar. A veces se ahogaba… Necesitaba sentirse que formaba parte de alguien. Su familia estaba lejos y cada vez era más distante su relación, al igual que con sus viejos amigos. Le miraban, y miraban a la vez una valla publicitaria con su foto en la parada del bus. Y ese gesto, solo ese gesto ya lo cambiaba todo.

La megafonía llamaba a los pasajeros de su vuelo. Cogió la mochila con su mano derecha, a la vez que con la izquierda se restregaba los ojos. Se la colgó de uno de sus hombros. Se acomodó los auriculares de su reproductor, y se puso en la cola.

De repente notó un jaleo detrás de él. Hizo amago de girarse para mirar, pero pensó que le daba igual. Como si estaban matando a alguien. A lo mejor era alguien conocido al que seguían los paparazzi, o alguna tontería de esas. Pero el barullo iba en aumento, e incluso notñó que le empujaban.

Se giró y se topó un par de japoneses que se quejaban airadamente y que en contra de sus costumbres y su forma de comportarse normalmente, estaban empujando a dos chicos…

– Perdón, hombre es que es una emergencia. Este bobo se iba sin sus calzoncillos de la suerte, y mira si le pasa algo.

– Pero… ¿qué?

Esteban no le dejó acabar:

– Pues pasar la jodida Nochebuena contigo. Después de la brasa que nos has dado el último mes, como para dejarte solo, idiota.

– Eso – apoyó Esteban.

Los señores de atrás seguían dándoles en la espalda.

– ¡Que sí coño! Que nos hemos colado. Pero… – Esteban se calló al ver que uno de los hombres empuñaba una cámara de fotos y parecía indicarles que si podían sacarse una foto con ellos.

– ¡Vale! – aceptó Rodrigo.

Y sonrieron los tres como buenos profesionales. Una, dos, tres, perdieron la cuenta.

Una con las azafatas. Otra con unos chicos que no les conocían de nada, pero que al ver que parecían famosos, se apuntaron a la ronda. Unas chicas llegaron histéricas cuando iban a pasar por el arco de seguridad.

Al final, consiguieron sentarse en el avión. Y juntos; eso sí, después de recolocar a parte de los pasajeros, a costa de unas cuantas fotos más.

Darío les miraba alternativamente. Sonreía. Quería decirles algo, pero… no sabía como hacerlo.

– Nada, nada, no nos des las gracias, pero, sabemos que te ha molado cantidad. Se te nota en la cara. Si no fueras a trabajar mañana, te daba un tortazo, por bobo.

– Gracias…

– Calla, calla, que encima vamos a llorar todos, y ya sabes que se me hinchan los ojos, y no se me quita en un siglo. Y yo también trabajo el martes, ¿sabes? – y Rodrigo le dio un codazo – Y no querrás que pierda el trabajo por tu culpa… por tu maldita culpa…

– Si es que en el fondo te queremos. Pero eso  negaré haberlo dicho, aunque me torturen, porque si no mi representante me mata, después que te dieran a ti aquel editorial que hacía Vivanco.

– Bobos…

Mirad mirad – Y Rodrigo y Esteban miraron hacia la zona del techo que señalaba Darío, momento que aprovechó para darles una colleja a cada uno, y seguido les abrazó del cuello, atrayéndolos hacia él… y que vino a decirles todo lo que mediante palabras no era capaz de expresar.

5 pensamientos en “Historias de Navidad (8).

  1. Pingback: Ciudades en Navidad: Burgos. « el rincón de tatojimmy v.2.0

  2. Pingback: Ciudades en Navidad: Madrid, París y León. « el rincón de tatojimmy v.2.0

  3. Pingback: Epílogo: Navidad. « el rincón de tatojimmy v.2.0

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s