Historias de Navidad (15): “La nochemala”, por Saiz.

Volvió a sentarse en su sitio de la mesa. La noche ya amenazaba fría la cena. Pero aún así, estaban todos juntos. Nochebuena, y a pesar de todo, estaban reunidos.

Durante unas horas quedarían atrás las discusiones, los malentendidos, las miradas asesinas… todo. Por una noche, serían una familia. O al menos lo aparentarían.

Debería sonreír, pero no lo hizo. Una noche no significaba nada…

Historias de navidad (14).

Martín cerró los ojos. Estaba cansado. Había perdido la cuenta de los días que llevaba tumbado en la misma cama del Hospital. Quería olvidarse de todo y de todos. Era Nochebuena, y aunque él quería olvidarlo, todos a su alrededor parecían empeñados en que no lo hiciera.

Nunca le habían gustado las Navidades. Nunca las había celebrado en sus 23 años de vida. Sus padres se separaron cuando tenía 14 años. Hasta entonces, desde que podía recordar, eran batallas campales entre ellos y a partir de ese momento, esos días se convirtieron en motivo de disputas sobre con quién pasaba Martín esos días. En cuando pudo elegir, decidió pasarlos lejos de su familia. Primero en campamentos y cosas así, y luego a los 18, se puso a trabajar, se fue de casa y fue rompiendo el contacto con ellos.

Sus padres no pusieron mucha oposición. Cada uno había rehecho su vida con otras parejas y tenían otros hijos. Y él parecía ser un estorbo que condicionaba su felicidad. Un mueble viejo que no pegaba con la nueva decoración del cuarto de estar.

Intentó cambiar un poco su posición en la cama, pero las escayolas le impedían casi cualquier variación. Una lágrima se le escapó por el dolor: el físico y el anímico.

Desde el accidente, algunos amigos le habían ido a ver de vez en cuando. Incluso sus padres se pasaron un par de días. Un par de días en casi tres meses, no estaba mal. Eso sí, Natalia iba todos los días. Y Joaquín también. Eran sus mejores amigos.

Hasta que llegaron las Navidades, los niños cantando el Gordo, los villancicos llenaron las emisoras de radio, los gorros de Papá Noel a los programas de televisión, y todos fueron dejando de ir. Él quería abstraerse de todo, de los planes de las enfermeras o de los médicos que los comentaban como si él no existiera. Pero el “¡Feliz Navidad!” continuo, con voz de mujer, de hombre, de niño, las voces idiotas de los adultos en el pasillo preguntando a los niños por los regalos de los Reyes, y estos mirándolos con cara de estar pensando “Que bobo eres”, le hicieron imposible olvidarse de que todos iban a estar de cenas, de comidas, con amigos o con la familia en esos días. Y él seguiría atado a la cama. Lo más, alguno que quisiera hacer una buena obra, se pasaría por allí para animarle un par de minutos, y luego seguir haciendo su buena obra en la habitación de al lado, y en la siguiente y en las del piso de arriba, y así sentirse mejor con ellos mismos. Ser objeto de caridad no era el destino que soñaba y le repateaba sentirse así.

Cuando todas las cadenas empezaron con el mensaje del Rey, apagó la televisión.

Intentó dormir, pero la fiebre tampoco le dejaba tener un sueño profundo. Incluso llegó a pensar que derilaraba a ratos. Era un duerme-vela agobiante.

Se despertó sobresaltado al notar unos labios en su mejilla. Abrió los ojos y vio la sonrisa de Natalia.

Cuando fue consciente de que su amiga verdaderamente estaba allí, a su lado, y no era parte de su sueño inquieto, intentó decirla que se fuera, que… pero ella le puso el dedo en la boca para indicarle que callara, a la vez que levantaba la mirada para posarla en Joaquín, que estaba al otro lado de la cama.

– Dale un beso tonto – le animó Natalia.

Y Joaquín se agachó desde su metro noventa, con timidez. Martín giró la cabeza para dejarle el camino libre a la mejilla. Natalia les observaba. Un Joaquín temeroso, tímido, quizás animado por la luz que vio en sus ojos, se atrevió a poner sus manos sobre las mejillas de Martín, y girarle suavemente la cabeza para poder darle un suave pico en los labios.

Martín miraba con sorpresa. Joaquín se retiró unos centímetros esperando su respuesta. Se miraron, y se miraron… y se miraron. Al cabo de unos minutos, que a Natalia le parecieron horas, Martín alargó la mano en dirección a su amigo. Fue a cámara lenta. Muy lenta. Joaquín fue acercando su mano hasta que se juntaron y entrelazaron los dedos.

Natalia se agachó a su vez, y le besó de nuevo a Martín.

– Ya era hora, capullo – le susurró al oído.

Y se sentaron los tres a ver el programa tonto con que cualquiera de los canales nos deleitan en esa noche. Natalia le acariciaba suavemente la mejilla a Martín, y este le agarraba la mano a Joaquín con fuerza, como si le fuera la vida.

– ¡Feliz Navidad! – les dijo cantarina la enfermera que entraba de noche asomándose a la puerta.

– ¡Feliz navidad! Dijeron los tres al unísono.

Era la primera vez que en ese día, las palabras tenía una correspondencia con el sentido que expresaban.

Historias de Navidad (13): anónimo.

Salió dando un portazo. no quiso esperar el ascensor. Y bajó corriendo las escaleras; al salir a la calle sintió un golpe de aire frio, fuera  brillaban  las luces y el bullicio, era el día de Noche Buena y la ciudad entera parecía caminar de un lado a otro inundada de risas y alegría. Él también caminaba, no tenía rumbo fijo, estaba en otro mundo, en su cabeza la discusión seguía, sonaban una y otra vez las palabras que había escuchado cuando se iba  “si sales por esa puerta, no me vas a encontrar cuando vuelvas “.
No podía evitar imaginarlo ahora saliendo ya camino a casa de sus padres, y el recibimiento que le harían al llegar: la madre le daría un abrazo  y el padre seguramente diciendo alguna de sus famosas frasecitas. Se acordó también de los suyos, estaban lejos… mejor así, y por primera vez aquel día sintió una especie de ahogo y de pena.
Tenía frío, fue entonces cuando se dio cuenta, había salido con lo puesto y ni siquiera llevaba abrigo. Pensó en pasar el rato en una cafetería, pero con la cosa esa del ambiente navideño, tanta gente gritando y riendo alrededor no… no podría.
Al final, sin darse cuenta, había llegado a un parque por el que habían paseado muchas veces, recordó el día anterior, juntos… y se acordó de los besos, de los planes, de las risas, de los mimos… , y le pareció increíble que en a penas un día las cosas pudiesen ser tan distintas, ” como la canción de Víctor Jara”. Pensó, “la vida es eterna en cinco minutos”, y entonces sintió aquella sensación de absurdo, y tuvo la seguridad de que aquel momento no  valía la pena , que era mentira.
Sacó el móvil del bolsillo y le escribió un mensaje, sólo ponía ” te quiero “,  después se quedó mirando la pantalla esperando respuesta, esperaba, mientras, los ojos se le iban llenando de lágrimas y empezaba a temblar de dolor y de frio.
Habían pasado ya varias horas, hacía rato  que no quedaba nadie por la calle, ni una voz, ni una risa, “debo ser el único que no tiene nadie con quien pasar esta noche ” pensó, y quiso llorar de nuevo, pero ya no podía.
 Se levantó despacio, estaba totalmente entumecido, iba a ser un milagro si llegaba al día siguiente sin pillar una pulmonía, lo mejor sería que volviera ya y se metiera en la cama, a ver si por lo menos conseguía dormir un rato.
Cuando llegó al portal, como tantas veces, por inercia, llamó al timbre, enseguida se dio cuenta de su error y comenzó a buscar nervioso las llaves por los bolsillos, ” ¡¡¡Dios!!!”, se las había dejado en el bolsillo del abrigo, durante un segundo se quedó petrificado ante la puerta, paralizado por la incredulidad más absoluta, fue entonces cuando escuchó ese zumbido del portal al abrirse, mientras una voz decía “anda… sube “.