Historias de Navidad (13): anónimo.

Salió dando un portazo. no quiso esperar el ascensor. Y bajó corriendo las escaleras; al salir a la calle sintió un golpe de aire frio, fuera  brillaban  las luces y el bullicio, era el día de Noche Buena y la ciudad entera parecía caminar de un lado a otro inundada de risas y alegría. Él también caminaba, no tenía rumbo fijo, estaba en otro mundo, en su cabeza la discusión seguía, sonaban una y otra vez las palabras que había escuchado cuando se iba  “si sales por esa puerta, no me vas a encontrar cuando vuelvas “.
No podía evitar imaginarlo ahora saliendo ya camino a casa de sus padres, y el recibimiento que le harían al llegar: la madre le daría un abrazo  y el padre seguramente diciendo alguna de sus famosas frasecitas. Se acordó también de los suyos, estaban lejos… mejor así, y por primera vez aquel día sintió una especie de ahogo y de pena.
Tenía frío, fue entonces cuando se dio cuenta, había salido con lo puesto y ni siquiera llevaba abrigo. Pensó en pasar el rato en una cafetería, pero con la cosa esa del ambiente navideño, tanta gente gritando y riendo alrededor no… no podría.
Al final, sin darse cuenta, había llegado a un parque por el que habían paseado muchas veces, recordó el día anterior, juntos… y se acordó de los besos, de los planes, de las risas, de los mimos… , y le pareció increíble que en a penas un día las cosas pudiesen ser tan distintas, ” como la canción de Víctor Jara”. Pensó, “la vida es eterna en cinco minutos”, y entonces sintió aquella sensación de absurdo, y tuvo la seguridad de que aquel momento no  valía la pena , que era mentira.
Sacó el móvil del bolsillo y le escribió un mensaje, sólo ponía ” te quiero “,  después se quedó mirando la pantalla esperando respuesta, esperaba, mientras, los ojos se le iban llenando de lágrimas y empezaba a temblar de dolor y de frio.
Habían pasado ya varias horas, hacía rato  que no quedaba nadie por la calle, ni una voz, ni una risa, “debo ser el único que no tiene nadie con quien pasar esta noche ” pensó, y quiso llorar de nuevo, pero ya no podía.
 Se levantó despacio, estaba totalmente entumecido, iba a ser un milagro si llegaba al día siguiente sin pillar una pulmonía, lo mejor sería que volviera ya y se metiera en la cama, a ver si por lo menos conseguía dormir un rato.
Cuando llegó al portal, como tantas veces, por inercia, llamó al timbre, enseguida se dio cuenta de su error y comenzó a buscar nervioso las llaves por los bolsillos, ” ¡¡¡Dios!!!”, se las había dejado en el bolsillo del abrigo, durante un segundo se quedó petrificado ante la puerta, paralizado por la incredulidad más absoluta, fue entonces cuando escuchó ese zumbido del portal al abrirse, mientras una voz decía “anda… sube “.

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