Historia de Navidad (18).

Diana esperaba impaciente al otro lado del teléfono.

– Andrés, vente, que lo vamos a pasar genial y es una oportunidad.

– Pero es que…

– Las Navidades van a estar ahí, David. El año que viene con sus luces, y sus chorradas y su consumismo galopante, y sus…

Pero no la escuchaba. Era la misma canción de todos los años. Él mismo la repetía hasta la saciedad a todo el que le quisiera escuchar. Ya desde noviembre, en sus noches de borrachera, que eran casi todas las de los fines de semana, empezaba con la canción, una versión extendida de lo que Diana ahora le repetía por teléfono.

No sabe en que momento su discurso pasó a ser mentira. Quizás lo fue siempre y no lo supo percibir. El caso es que ahora, la posibilidad de irse a una playa paradisíaca con Díana, Ángel, Esme, Julián, Patricia, Sonia y Chema no le llamaba la atención.

No, porque se perdería el Belén que ponían en el Claustro de la Catedral, que era enorme y con figuras en movimiento y artesanales, y no pasearía por las calles iluminadas, ni escucharía a todas horas villancicos, hasta acabar aborreciéndolos, ni se quejaría que de que el turrón no le gustaba mucho, mientras lo comía a dos manos, como si no fuera con él…

Ni podría ir a la cena de la empresa, como todos los días iba a ser el 28 de diciembre, y criticar a todos, criticar la cena, y decir a los cuatro vientos que “¡qué mierda de cena!”… pero en el fondo le gustaba la “puta cena de navidad”. Y ponerse en evidencia esa noche, y que durante todo el mes de enero, cuando le miraran todos, le recordaran subido en la mesa, con la corbata a modo de cinta de pelo, y moviendo la pelvis cual vaquero a lomos de un brioso corcel a punto de tirar el lazo para agarrar a esa vaca boba que se empeñaba en irse por otro camino, la jodida de ella.

– Va Ángel, te lo recuerdo por si no te has copiado el tema. ¡Ángel! ¿Te vas a perder la oportunidad de follar con él? Los dos juntos en la playa, desnudos, una botella de ron en el cuerpo… – Diana le estaba poniendo ganas, incluso usó su tono insinuante, el mismo que empleaba con sus ligues.

Ángel. Era su amor platónico. O su obsesión. Un puto tío que se dedicaba a jugar con los demás, con sus sentimientos. Parecía que últimamente se estaba decantando por David, y le prestaba un poco de interés. Pero ahora lo que empezó siendo esa obsesión casi enfermiza, un sueño, ser la causa de sus lloros a las 6 de la mañana en cualquier esquina fría y oscura de la orbe mundial, estaba pasando a ser un ligero picor en ese brazo, que con rascarse unos minutos suavemente, se le pasaba. Aunque sería la oportunidad para que ese “Ángel de los cojones” como lo llamaba su hermano Daniel, le rascara día y noche.

– Pues, sabes Diana, me acabas de convencer.

– Ya era hora, tío. Es que el viaje no sería igual sin ti, joder, que es que eres la polla de diver.

– Sí, Diana, soy la polla cuando estoy pedo.

– Sí, jajajajaja, la verdad es que sí.

– Soy el alma del grupo. Un payasete en continua actuación. Sobre todo con una botella de alcohol de quemar recorriendo las venas a la velocidad de la luz.

Diana se quedó momentáneamente sin saber que decir, porque intuyó un cierto toque irónico en su última afirmación, aunque no era muy ducha en captar esos tonos de doble sentido.

– Oye que parece que…

– Nada, tranquila, no pasa nada… Espero que lo disfrutéis y demás. No contéis conmigo.

– Pero…

– ¡¡Feliz Navidad Diana!!

– ¿Y Ángel? Sí está muy…

– ¿Enamorado? ¡Ja! Diana, ahora haciendo de casamentera, ¡la polla!

Diana hizo oídos sordos a David.

– Pero es que el viaje no va a ser…

– El payaso se queda aquí, Diana. ¡Bon Voyage!

Y colgó.

Diana se volvió hacia sus amigos, que la miraban expectante:

– Está como una puta regadera. Dice que se queda por la puta Navidad – mostraba a todos su cara de estupefacción.

– ¿Y qué vamos a hacer? No va a ser lo mismo… con lo divertido que es… ¿Quién va a soltar parida tras parida para que nos riamos? – exclamó Ángel.

David le dio al play a la lista de reproducción que se había ido haciendo los meses antes, y empezó a sonar la voz de Bing Crosby. Cerró los ojos, y soñó con montes nevados, y con renos saltando llenos de regalos, y con duendes… que locos eran los jodidos duendes de la Navidad.

Pocas veces en sus 27 años, había estado tan a gusto. Sin nadie, escuchando música, con un libro en el regazo. Intuía que estas iban a ser unas maravillosas Navidades.

7 pensamientos en “Historia de Navidad (18).

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    • Bueno, PFE, yo creo que nuestro protagonista, al menos en este momento, está muy a gusto. Yo creo que es buscado. Tendré que profundiar en el personaje para comprobar si su soledad se extiende en el tiempo.
      :p

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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