Historias de Navidad (16).

Jimena estaba sentada en su silla. Estaba callada, triste.

Sus hermanos y primos jugaban entre ellos. Corría, se perseguía, se daban codazos, rompían de vez en cuando una copa, o una bola del árbol, para desesperación de sus padres respectivos.

Jimena estaba triste. Tres días llevaba triste. Y callada.

Sus padres apenas se habían dado cuenta. Llegó la familia de fuera, los preparativos de la Nochebuena, las confidencias entre hermanos que hacía tiempo que no pasaban un rato juntos, las estrategias para salir a comprar los regalos sin que se enteraran los interesados, las comida, las camas, más regalos…

Tenía siete años y estaba triste. Jimena.

Jimena siempre se había sentido distinta del resto de su familia. No sabía por qué, ni sabía expresarlo, y a lo mejor nunca lo conseguiría. Miraba a sus hermanos, y no se veía reflejado en ellos. Los ojos marrones y un pequeño lunar en el cuello era lo único que tenían igual. A ella le gustaban las historias, los cuentos. Le gustaba soñar, hablaba con sus amigos imaginarios. No, no, ya no lo hacía en voz alta, porque su madre un día la miró con esa cara con la que se mira a los enfermos, y supo en ese momento que debía callar.

– Ya tienes siete años, Jimena. Ya eres mayor – le dijo muy serio su padre unos días después, lo que vino a corroborar que su mundo debía pasar al apartado de los secretos.

Pero ella intentó durante un tiempo ser como sus padres querían que fuera. Que su hermano Rufo no le tuviera que decir más veces eso de “Ya está embobada”, y poniendo un dedo sobre su sien haciendo el gesto de los locos. Aunque intentó con energía durante unas semanas echar de su mundo a sus amigos, se dio cuenta de que no podía. Estaban allí, y querían quedarse. No podía echarles. ¿Dónde vivirían entonces? Pensó para ella. Incluso preguntó a su abuelo:

– Abu ¿A los amigos se les puede echar?

– No, Jimena… los amigos es lo más grande que tenemos… hay que cuidarlos, mimarlos, escucharlos, jugar con ellos… ¡Hay pequeña! – y le removió el pelo al contastarla.

Jimena a veces pensaba que su abu, la entendía mejor que nadie. Pero aún así, nunca se confió a él, no quería repetir la experiencia de sus padres.

Jimena siguió jugando con ellos. Y hablando con ellos. Y cuidándolos… eran sus amigos y era lo que había que hacer con ellos, como le dijo su abu. Pero ahora lo hacía bajito, tan bajito que solo ellos podían oírla.

Eso por una parte le gustaba, pero por otra, la hacía quedarse pensativa y triste. Estaba debatiéndose entre jugar con sus primos, o con sus amigos invisibles. ¿quién jugarían con ellos si ella se ponía a jugar con los demás niños? Los otros no podían verlos, así que no podrían jugar con ellos.

Jimena suspiraba. Estaba triste. Y callada.

Llamaron a la puerta: los vecinos del décimo. Andrés y Leticia y sus hijos Carlos y Leo.

Los mayores se fueron a la cocina para acabar de preparar la cena, y los niños se unieron rápidamente a los juegos de los demás.

Jimena cerró los ojos un instante, para escuchar mejor lo que le decía Tino, uno de sus amigos imaginarios.

– ¿Tú también los ves?

Abrió los ojos de repente, asustada. No era la voz de Tino, y no la había escuchado dentro de su cabeza.

Se encontró con los ojos de Leo, el vecino. Debía tener un año más que ella. Nunca habían hablado, aunque se cruzaban de vez en cuando en el portal.

Jimena movió casi imperceptiblemente la cabeza asintiendo.

– Sabes, podemos jugar todos juntos.

– No, porque ellos – señaló con la cabeza al resto de los niños – no pueden verlos. Y…

– Pero no hace falta. Ellos son tontos, y no se enterarán si no se lo decimos.

En su cabeza se hizo el silencio. Todos sus amigos esperaban su respuesta. Pero ella no se decidía…

– Ven a jugar con todos – Leo le extendía la mano – nos lo pasaremos chupi.

– ¿Chupi? – preguntó Jimena.

Leo sonrió.

– Lo dice mi padre. Se cree que así es más guay.

Jimena sonrió. Pero no se decidía a seguir la invitación de Leo.

– Me llamo Leo.

– Ya lo sé – dijo rápidamente Jimena.

– Tú te llamas Jimena ¿verdad? Me lo dijo Coque

Jimena abrió los ojos mucho. Coque era el hermano de Tino. Era un poco más mayor, pero más loco que Tino.

– No mires, pero Coque está escondido en ese Papá Noel de la mesa – le susurró Leo acercándose mucho a ella para que no les pudiera escuchar nadie.

Pero Jimena no se pudo aguantar y miró. Pero no vio nada que le hiciera pensar que Coque estuviera escondido en el muñeco de la mesa. Le iba a decir a Leo que se estaba riendo de ella, cuando el muñeco guiñó un ojo, y sonrió.

Jimena sonrió y miró a Leo.

– Es guay.

– ¿Jugamos entonces?

Jimena asintió con la cabeza más decidida. Cogió la mano que Leo le tendía, y se bajó de la silla.

– Nosotros también jugamos – dijo en voz alta al resto de los niños.

Y el Papá Noel, giró sobre sí mismo dando pequeños saltos de alegría, aunque solo lo pudieron ver Leo y Jimena, que se echaron a reír, ante el estupor de sus hermanos y primos.

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